11. Fuera del armario #5
—Pues entonces, vamos. —Clara dio la vuelta al coche para entrar por la puerta del copiloto, pero antes de entrar se giró hacia mí—. Noah, ¿quieres venir con nosotros?
Se produjo un momento incómodo. David me lanzó una silenciosa advertencia en forma de mirada y supe lo que tenía que hacer.
—Gracias, pero no puedo. He quedado con Pablo para comer —improvisé.
—Entonces, hasta mañana, dale besitos a Pablo de mi parte. —Se metió en el coche y David cerró la portezuela tras ella. Luego se dirigió a la puerta del piloto y, antes de abrirla, me miró una vez más.
—Noah —susurró—, ha sido un placer.
Entró en el coche, arrancó y se fue tan rápido que no me dio tiempo a decidir si sus palabras habían sido mera cortesía o una referencia a la noche en que nos conocimos.
Mortificado, sacudí de mi mente esos pensamientos y dirigí mis pasos hacia la Facultad de Humanidades.
Pablo saldría de clase en media hora y bien podía convertir mi mentira en una realidad, invitándole a comer.
Lo que menos necesitaba en ese momento era estar a solas con mis pensamientos.
Pablo tomó con entusiasmo mi invitación y fuimos a una pizzería que había cerca de su facultad.
Después de sentarnos en una mesa y pedir la comida, Pablo se enfrascó en contarme cada pequeño detalle de su día, desde la impertinencia que le había dicho su padre antes de salir de casa hasta cuántas veces dijo «err» su profesor de Historia del Arte.
—Te lo juro, Noah, setenta y dos veces, ¡en una hora!
Más de una vez por minuto. « Err , como decía en la clase anterior» —empezó lo que parecía una imitación de su profesor, adoptando una voz nasal y monótona—, « err …
en el Renacimiento se redescubrieron a los autores clásicos, y err …
se los reivindicó como maestros, dejando de lado el llamado, err …
, arte medieval». Así todos los días. —Se pasó las manos por el pelo—.
Cuatro horas a la semana, que de media me dan…
—Pensó un momento—. Doscientos ochenta y seis « errs » por semana.
—Ocho.
—¿Qué?
—Doscientos ochenta y ocho —le corregí—.
Setenta y dos por cuatro son doscientos ochenta y ocho.
Y, además, eso no es una media. Una media es el número obtenido al dividir la suma de todos los valores de la variable entre el número total de observaciones, así que para obtenerla deberías contar los « errs » en todas las clases de una semana, por ejemplo, y luego dividir entre el número de horas semanales, para conocer la media de « errs » por clase.
—Perdone usted, me olvidaba de que hablaba con un cerebrito. —Aprovechó para cambiar de tema mientras ponían las pizzas sobre la mesa—. Y tus clases, ¿qué tal?
Me encogí de hombros.
—No me quejo. El nivel es muy exigente, pero la química y la biología siempre se me han dado muy bien, así que me las apaño.
—Entonces, ¿por qué estás así?
—¿Cómo?
—¿Que qué te pasa? ¿O te crees que me chupo el dedo?
Le miré, atónito.
—No me pasa nada —mentí concentrándome en mi plato.
De repente, contarle que Clara era la hermana de David y que hacía apenas una hora que me lo había encontrado me pareció muy complicado.
—¿Estás seguro? —Me miró con preocupación—. Sabes que puedes contarme lo que sea.
—Seguro —mentí de nuevo, sintiendo mientras lo hacía un nudo de remordimientos—, estoy bien, solo algo cansado. ¿Sigues viéndote con aquel chico? —pregunté para escurrir el bulto.
—¿Cuál?
—El que conociste en el Sodoma hace un par de semanas, el que te dio su número de teléfono.
—¿El pelirrojo?
Le miré con extrañeza.
—Era moreno…
Pablo pareció pensar un momento.
—No.
—¿No, qué?
—Que ya no le estoy viendo.
—¿Porque ahora te ves con el pelirrojo? —aventuré, no sabiendo muy bien de quién estaríamos hablando a esas alturas.
—No, tampoco. Eso no duró. Ahora no me estoy viendo con nadie. Pero sí que tengo algo que contarte —sonrió con cautela—. Tengo una noticia. Bueno, un notición en realidad.
—¿Sí? ¿Cuál?
—Voy a irme a vivir con unos amigos de la facultad.
—¿En serio?
—Sí. Verás, uno de ellos tiene un piso que era de sus padres, pero ahora se han mudado a una casa más grande y le han dejado el piso a él. Total, que tiene unas habitaciones libres y las va a alquilar. Por 20.000 pesetas al mes tendré alojamiento, ¿qué te parece?
—Me parece un precio genial, pero, ¿de dónde vas a sacar el dinero?
Pablo bajó la mirada. Si no le conociera tanto, juraría que estaba avergonzado.
—Tengo mis recursos —musitó.
—¿Cómo que «mis recursos»?
—Tengo curro —respondió evasivo.
—¿Sí? ¿Dónde?
—En un bar, de camarero, y no me preguntes más.
—Está bien, está bien —claudiqué, comprendiendo que no me diría más y sintiéndome algo mejor conmigo mismo al constatar que Pablo también tenía secretos para mí. Cambié a un tema menos espinoso—. ¿Cuándo te mudas?
—Este fin de semana.
—Qué rapidez.
—Sí, tengo unas ganas locas de irme de casa. Este sábado estaré estrenando cama. —Se inclinó sobre la mesa y me susurró—: Lo único que me hace falta es la compañía.
Sonreí ladino.
—Está bien, pero me quedo con el lado derecho.