11. Fuera del armario #4
—Déjalo. —Me froté el puente de la nariz—. Es complicado. Pero no se te ocurra enrollarte con ninguno de los tíos de la clase. Son todos unos guarros.
—Eso ya lo sé. —Clara echó una mirada alrededor, como para asegurarse de que nadie nos escuchaba—. Deberías oír las cosas que decían algunos de ti esta mañana.
La miré con aprensión.
—¿Cómo se lo ha tomado la gente?
—Ah, ya no eres don Indiferencia…
—Clara, por favor…
—Bueno —comenzó—, pues Samuel está entusiasmado, claro, diciendo que él ya sabía que tú eres gay y todo ese rollo de su sexto sentido.
El resto de los chicos no hace muchos comentarios, salvo que no se lo esperaban de ti y otras cosas que me niego a reproducir.
Y las chicas dicen que eres un desperdicio.
—Me echó una mirada arrepentida—. Pero yo me encargué de decirles que estás muy bien aprovechado.
—Gracias —musité con una triste sonrisa—. O sea, que he sido la comidilla del día.
—Me parece a mí que vas a ser la comidilla de la semana.
En ese momento el profesor entraba en clase y con él se acababa el momento de charla.
Al final, salí relativamente airoso de aquel primer lunes fuera del armario.
De hecho, lo que más me preocupaba eran las miraditas cómplices que Samuel me dedicó durante toda la mañana, intercaladas con guiños que intentaban ser sensuales, pero en realidad me parecieron terroríficos.
La idea de que ahora él intentara ligar conmigo parecía ser el mayor de mis problemas.
Salí de la facultad acompañado por Clara. Mientras la oía parlotear sin hacerle mucho caso, tuve que admitir en mi fuero interno que podría haber sido mucho peor.
—Pues la verdad es que la clase de métodos numéricos no ha estado tan mal hoy —decía ella—, solo me quedé dormida unos diez minutos, el resto fue casi interesante. Noah, ¿me estás oyendo?
—Sí, sí —contesté, más bien distraído.
—Bueno, como te decía, no estuvo tan mal, pero habría estado mejor si… ¡David!
El grito me tomó por sorpresa, pero consiguió sacarme de mi ensimismamiento.
Miré a Clara, que salió corriendo, y al seguir con la mirada su trayectoria, vi que se dirigía hacia los aparcamientos, donde su hermano la esperaba apoyado en el capó de su deportivo y con los brazos abiertos.
Clara se lanzó hacia él y le abrazó, colgándose de su cuerpo con brazos y piernas.
Me acerqué a ellos despacito, no sabiendo muy bien cómo comportarme e intentando acallar a mi instinto, que me exhortaba a salir de allí cagando leches.
—David —decía Clara mientras volvía a poner los pies en el suelo, pero aún abrazada a él—. ¿No me dijiste que volverías la semana que viene?
Me quedé parado a un par de pasos de ellos, devorando a mi antiguo amante con la mirada.
Llevaba unos pantalones vaqueros y una gabardina negra, bajo la cual se adivinaba uno de esos jerseys de cuello vuelto que a él tanto le gustaban.
Sus manos estaban cubiertas por unos guantes de piel y tenía la nariz enrojecida por el frío.
Además, estaba algo despeinado y parecía cansado, pero, aun así, mantenía ese magnetismo sexual que era tan propio de él.
—Se han cancelado un par de reuniones de última hora y he podido volver antes.
—¿Y por qué no me avisaste?
—Porque quería darte una sorpresa.
En ese momento reparó en mí. Un dolor palpitante se aposentó en mi pecho al sentir de nuevo esos ojos acerados sobre los míos. Era la primera vez que estábamos frente a frente desde que rompimos, y recuerdos de aquella aciaga noche nublaron mi visión.
Apenas era consciente de que Clara estaba entre nosotros, mirándonos con ojillos curiosos: solo estábamos él y yo.
En ese eterno instante, de apenas unos segundos, recordé con dolorosa claridad cada beso, cada susurro, cada una de las promesas de amor que nos hicimos y que ahora yacían rotas a mis pies en el suelo que nos separaba.
—David —decía Clara—. Este es mi amigo Noah.
David esbozó una peligrosa sonrisa mientras se quitaba el guante de la mano derecha y me la ofrecía. Se la estreché.
—¿El homosexual promiscuo y libertino? —le preguntó a su hermana con los ojos aún clavados en mí.
Soltó mi mano y un cosquilleo se extendió por ella, como recuerdo de su contacto. Le lancé a Clara una mirada asesina.
—El mismo —contestó ella, ignorando mi enfado olímpicamente.
Él se rio al ver mi cara.
—No te preocupes, no le hago mucho caso a las cosas que Clara dice, y tú harías bien en imitarme. Ella es así. —Le acarició el pelo, volviendo toda su atención a su hermana—. Y tú, nena, ¿qué tal sin mí?
Clara hizo un mohín con su boquita y David le sonrió con dulzura, se notaba que estaba loco por ella.
—Muy mal —se quejó—. Me vengo a España para estar contigo y me dejas sola todo un mes.
—Vamos —la animó David—, no me digas que no te lo has pasado bien siendo dueña y señora de mi casa. ¿No has aprovechado para llevarte chicos y hacer fiestas? —bromeó.
—Lo de los chicos no te lo cuento, es privado —contestó poniéndose colorada. La noche del sábado había salido del Sodoma con Marcos y me imagino dónde terminarían—, y la fiesta fue un desastre.
David se rio a carcajadas.
—Bueno, no te preocupes, ya te organizaré yo una fiesta decente para compensar. De momento, déjame al menos que te invite a comer.
—¿Estás seguro de que no estás cansado para ir a comer por ahí? Acabas de llegar…
—No, estoy bien. Pude dormir algo en el avión y, además, me dio tiempo de pasar por casa y ducharme.