11. Fuera del armario #3
A ella casi se le salen los ojos de la emoción.
—Ah, sí —respondió observándole aún con más detenimiento—, tu amigo con derecho a roce…
Pablo empezó a reírse a carcajadas y le ofreció su brazo a Clara. Ella me cambió por él con evidente deleite.
—Y yo que pensaba que eras una mosquita muerta… —La guió hacia el interior del local—. Ya verás cómo aquí te lo pasas muy bien.
El Sodoma estaba en su máximo apogeo a esa hora, había tanta gente que no se podían separar los brazos del cuerpo, salvo para dar los codazos necesarios para llegar a la barra.
—Yo invito —dijo Clara, sacando de su minibolso un monedero diminuto con la cara de Hello Kitty estampada en strass—. ¿Qué queréis beber?
—Lo mismo que tú, encanto —le respondió Pablo, divertido.
Clara pidió tres Baileys y volvimos a abrirnos camino con dificultad, sobre todo ahora que llevábamos las copas encima, hasta una zona relativamente tranquila.
Pablo se acercó entonces a mí y me cogió por la cintura, acercándome a sí y dándome un candente beso en los labios.
—Antes no te saludé como es debido —me dijo con una cariñosa sonrisa—. Hola.
—Hola —contesté devolviéndole una sonrisa de bobo.
Oímos un sonoro suspiro a nuestro lado y vimos a Clara mirándonos extasiada, como si fuéramos una película romántica.
—Haríais una pareja tan bonita…
—Eso le digo siempre a Noah. —Pablo me abrazó más fuerte—. Pero él no quiere ni oír hablar del tema.
—Tú sabes que solo funcionamos bien bailando. —Dejé la copa sobre una mesa vacía y tiré de él hacia la pista de baile.
Me dedicó una pícara sonrisa.
—¿Quieres bailar? —me preguntó.
—Sí.
—Eso depende, ¿vas a ser malo y a contonearte?
Me acerqué a él para enfatizar mi respuesta.
—Te lo prometo —respondí contra sus labios.
Clara volvió a suspirar mientras nos veía irnos.
—¿De dónde has sacado a esa muñequita? —Una vez en la pista de baile se fregó contra mí con alegría.
—No la llames así, no le gusta. Es una compañera de clase y una buena amiga —apostillé dándole un golpecito con mis caderas—, así que sé bueno.
—Un angelito —prometió, poniendo las manos en posición de orar.
Clara se nos unió poco después y terminamos bailando los tres juntos entre copas y risas.
Como esperaba, Pablo y Clara parecieron caerse bien enseguida, los dos estaban igual de locos y ambos empezaron a llamar la atención de todos los que había a nuestro alrededor con sus gritos y sus risas.
Una parte de mi mente me decía que por esa razón a mí me tocaba jugar el papel de amigo responsable, pero otra se negaba a hacerlo y terminé aún más borracho que ellos.
—Vamos a la barra otra vez —me dijo Clara agitando su cuarta copa vacía delante de mí—, estoy seca.
Nos movimos entre la multitud y, al hacerlo, pasamos al lado de la entrada del cuarto oscuro.
En realidad, ya habíamos pasado por ahí antes, pero ninguno de los tres le había prestado ninguna atención: Pablo porque acababa de salir de él; yo porque sabía que estando con Clara me estaba vedado, y ella porque sencillamente no sabía que estaba ahí.
La puerta era muy discreta, negra y marcada sólo con el signo « » en neón rojo, y lo más probable era que Clara pensara que era una habitación del personal o los servicios, pero esa vez, al pasar junto a ella, se abrió para dejar pasar a un hombre que salía de allí.
La puerta quedó entreabierta unos segundos, los suficientes para dejar escapar un poco de su peculiar aroma a látex y semen a la vez que dejaba echarle un rápido vistazo a lo que ocurría dentro.
Clara se paró en seco y se quedó mirando la puerta con curiosidad.
—¿Es eso lo que creo que es? —Sus ojos relucieron.
Pablo y yo intercambiamos una mirada cómplice.
—Me parece a mí que esta chica tiene demasiada curiosidad —comencé yo.
—Sí. —Pablo entendió la broma y me siguió el juego—. ¿Tú crees que le gustaría entrar?
—Seguro que sí. —Antes de que ella abriera la boca para protestar, la cogí sobre mi hombro, cargándola como si fuera un saco.
Pablo le dio una palmada en el trasero.
—¡Para dentro con ella! —gritó, haciéndose oír por encima de los incoherentes chillidos de Clara.
—¡Bájame, Noah! —consiguió decir al fin, entre aterrorizada y divertida—. ¡Déjame en el suelo!
Pero en vez de eso, la agarré aún más fuerte, mientras Pablo abría la puerta del cuarto oscuro, dejándonos ver su interior. Ella lanzó un nuevo chillido.
—Eres una flacucha, podría cargarte toda la noche. —Cuando la había cogido, pensé que sería más pesada, ahora me parecía ligera y pequeña en mis brazos—. ¿Cuánto pesas? ¿Cuarenta y cinco kilos?
—Cuarenta y nueve, idiota —me dijo con excesiva dignidad—, y bájame ya.
—Está bien, está bien. —La volví a poner en el suelo, riendo—. Pero, ¿estás segura de que no quieres ver el cuarto oscuro por dentro?
—Sí. —Se tapó la cara con las manos y se ruborizó—. Cuando Pablo abrió la puerta, vi más que suficiente, gracias.
Pablo y yo estallamos en carcajadas.
Al final fui yo solo a la barra a pedir las bebidas, porque Clara se quedó mirando a Pablo embobada cuando este le contaba historias perversas sobre el cuarto oscuro.
Mientras esperaba a que me atendieran, me fijé en un chico que había a mi lado bebiéndose un cubata con pinta de estar de lo más aburrido.
Y no tendría por qué aburrirse en el Sodoma: era alto, musculoso y muy guapo, con un adorable hoyuelo en la barbilla y un culo de infarto.
Me miró un instante y no dudé en atacar.
—Hola —dije con una actitud sugerente aprendida de Pablo.
Me miró, incomodándose por momentos.
—No te ofendas —dijo—, pero yo no soy gay. —Le lancé una inquisitiva mirada—. Es que he venido con unos amigos —aclaró.
—¿Y dónde están ahora tus amigos?
Se encogió de hombros y me señaló a una pareja que estaba en la pista mordiéndose la boca mutuamente.
—Bailando.
—¿Y te han dejado solo? —Chasqueé la lengua—. Mira que dejar a un hetero buenorro solo en un sitio así… Se te van a comer.
Me miró apesadumbrado.
—¿Tú crees?
Me reí; parecía muy inocente.
—Bueno, eso depende. ¿Por qué no te vienes conmigo? Creo que tengo la compañía perfecta para ti.
Le señalé a Clara, que apoyada contra una columna parecía escuchar con atención lo que Pablo le contaba. Sus ojos la recorrieron con un deleite que no me pasó desapercibido.
—No eres el único hetero en el Sodoma esta noche —le susurré al oído—. ¿Te la presento?
Como era de esperar, asintió.
Pedimos las copas y fuimos hasta ellos. Le di a Clara su copa mientras ella estudiaba al recién llegado, que venía pegado a mis talones con una adorable timidez.
—¿Has ligado? —espetó Pablo estudiando el cuerpo del chico. Luego asintió, como si me diese el beneplácito.
—No, qué va —me encogí de hombros—. Es solo un hetero abandonado y perdido y he pensado que podíamos adoptarlo. —Miré a Clara, que de repente le prestaba mayor atención—. Estos son Pablo y Clara.
—Marcos —dijo él con un hilo de voz.
—Qué nombre más bonito. —Clara, fiel a su costumbre, se colgó de su brazo y apretó su cuerpo contra el de él, ignorando aparentemente el efecto que le producía. El pobre chico no parecía ya capaz de tragar saliva—. ¿Quieres bailar?
Ambos se fueron hacia la pista de baile y se perdieron en la marea de cuerpos que había allí. Suponiendo que Clara estaría ocupada un rato, me giré hacia Pablo.
—El cuarto oscuro parecía animado, ¿no crees?
Pablo rio.
—Vamos para allá, Maquiavelo.
El domingo me desperté casi a mediodía. El día estaba plomizo y gris, llovía a cántaros y yo de repente empecé a acordarme con terror resacoso de la locura que había cometido la noche anterior al decirles a los chicos de mi clase que me gustaban las pollas.
En aquel momento me había parecido una genialidad, pero ahora, con la perspectiva de enfrentarme a la clase después de lo que había pasado, me arrepentía de mi exabrupto.
La verdad era que en mi interior residía un deseo, como una lucecita tímida pugnando por brillar como el sol: salir del armario y ser un gay libre y orgulloso de serlo.
Pero la manera en la que todo había pasado, dejándome llevar por un impulso que no había visto venir, me descolocaba un tanto.
El lunes por la mañana, mientras me vestía para ir a clase, empecé a autoconvencerme de que no me iba a dejar influenciar por lo que se dijera de mí en la universidad, o, por lo menos, que fingiría no hacerlo.
Al fin y al cabo, el daño ya estaba hecho, y ya no había vuelta atrás, pero aun así empecé a recordar inoportunamente todas esas películas americanas en las que a los maricas se les daban palizas arrinconándolos contra las taquillas.
«Es improbable que eso pase», me dije saliendo de casa sin desayunar, demasiado nervioso para tragar bocado.
«Sobre todo porque nosotros no tenemos taquillas», añadí en tono lúgubre.
Y sin embargo, a Samuel parecía irle bastante bien: las chicas le adoraban y los chicos le dedicaban un conveniente desinterés. No podía ser que a mí me fuera peor.
Para mi alivio, al llegar a clase no noté nada fuera de lo común, salvo un ligero aumento en el volumen de los cuchicheos cuando entré, y la curiosa sensación de que aquellos con los que me cruzaba evitaban mi mirada, salvo Samuel, que me dedicaba una deslumbrante sonrisa desde la penúltima fila, donde él solía sentarse.
Fingí no percatarme ni de lo uno ni de lo otro y me senté en mi sitio habitual junto a Clara.
Abrí la mochila y saqué el estuche, haciéndome el despistado. Clara se inclinó hacia mi mesa.
—¿Pero qué coño has hecho? —siseó.
—¿Por qué lo dices?
—Todo el mundo sabe que eres gay —me dijo con evidente alarma.
—Ah, eso. —Me encogí de hombros con falsa indiferencia—. Sí, ya lo sé. Lo dije en la fiesta.
—De verdad, cómo eres. —Me echó una reprobatoria mirada—. Me pides que te guarde el secreto y luego vas tú y se lo cuentas a todo el mundo.
—No me mires así, que encima es culpa tuya.
—¿Cómo?