11. Fuera del armario #2
Puse los ojos en blanco. Samuel era el gay oficial de la clase, uno de esos chicos que tienen tanta pluma que no la podrían esconder ni dentro de un armario empotrado, así que no le quedaba más remedio que hacer gala de su homosexualidad.
Las chicas de la clase se llevaban muy bien con él, mientras que los tíos lo trataban con cierto desdén.
Desde que Clara sabía que yo era gay, estaba intentando emparejarme con él.
—¿Y a mí qué? —bufé.
—Vamos, ¿no te gusta?
—¡No! —exclamé.
Y no me gustaba. Tenía pinta de pijo recalcitrante, de esos que llevan un polo Lacoste, un suéter de punto amarrado sobre los hombros y unas gafas de marca.
Le encantaba vestir con pantalones de colores vistosos y mocasines.
Era delgado, desgarbado y me parecía un tanto feo.
Además, era chillón y amanerado, pero no de esa manera loca y divertida de Pablo, sino de esa que da un poco de grima.
—¿Por qué no? —insistió Clara—. Es gay.
La miré un poco serio.
—Si fuera hetero, ¿a ti te gustaría?
—No, pero a mí me gustan más masculinos.
—A mí también.
Ella rio.
—De acuerdo, no te daré más la vara con él —suspiró—. El pobre, creo que se va a llevar una decepción…
—¿Por qué dices eso?
—El otro día, en un rato de descanso, estaba hablando de ti en la cafetería y dijo que estaba casi seguro de que eres gay.
—¿Tú le has dicho algo?
—Claro que no, mi boca es una tumba de guardar secretos —contestó con solemnidad—, pero él dice que tiene un sexto sentido detecta-gays. —Se partió de la risa—. Es muy gracioso.
—Pues a mí no me hace ni puta gracia. —Sobre todo porque ese sexto sentido suyo parecía funcionar a la perfección.
—Vamos, no seas así… Total, que él dice que tú eres gay y que, si es así, bueno, ya sabes…
—¿Qué pasa? ¿Le gusto?
Hizo un gesto de afirmación.
—Sí, dice que los gays unidos… ¿Cómo era? —Pensó un momento—. Los gays unidos…
—¿Jamás serán vencidos? —aventuré.
—Ay, no me acuerdo, pero no era así. Había algo de darse por culo. Bueno, en cualquier caso, no te agaches en el baño de la facultad, por si acaso…
Y se fue tan fresca.
Yo me quedé a cuadros un momento, creo que con la boca abierta.
Luego vi a Samuel mirar en mi dirección y me hice el sueco, dando una vuelta por ahí.
Después de charlar un poco con todos y beber mucho con algunos, me retiré a la terraza justo para evitar una partida de Twister en la que Samuel parecía ser el rey.
Allí había ya un nutrido grupo de chicos que bebían cerveza y hablaban de su tema predilecto.
—Ah, Noah —me dijo uno de ellos, llamado Nando, tendiéndome una lata de cerveza—, estábamos hablando de las chicas de la clase. ¿Tú qué opinas?
Abrí la lata y di un largo sorbo.
—Bueno, creo que ya sabemos cuál es su opinión, ¿no? —dijo otro, un tal José Luis.
Los demás se rieron.
—Ya, pero es verdad que Clara está muy buena —intercedió un tercero. Todos me miraron esperando mi respuesta.
—Clara es muy guapa —convine.
José Luis se acercó a mí y pasó un brazo por encima de mi hombro, como si fuéramos amigos de toda la vida.
—Sí, es verdad, Clara es la que está más buena. —E hizo un lascivo gesto que no me gustó nada—. Tiene un polvazo encima… ¿Te la estás tirando?
Lo miré con desagrado.
—No, no me acuesto con ella.
Varios de ellos expresaron su sorpresa.
—Joder, pues aquí todos estábamos seguros de que estabais liados.
—No —dije—, solo somos amigos.
—Pues si yo tuviera una amiga así… —José Luis hizo de nuevo gala de su amplio repertorio de muecas obscenas.
Todos volvieron a reír, mientras a mí se me enervaba la sangre. Nunca he entendido esa falta de respeto que sienten los hombres por sus objetos de deseo, haciendo alarde de un machismo rancio que me pone enfermo.
—Si no tienes intención de ligar con ella, podemos nosotros, ¿no? —Nando pareció casi esperanzado.
—Por mí tenéis cancha libre —concedí cada vez más enfadado—. Clara no es mi tipo.
—¿Ah, no?
—¿Y entonces cuál es tu tipo?
Todos me miraron expectantes, como si pensaran que estaba loco por no andar babeando detrás de una chica tan guapa. Me terminé la cerveza de un sorbo, lo suficientemente bebido como para que me importara un comino montar un espectáculo y lo suficientemente enfadado como para estar deseando darlo.
—Con un poco más de polla. —Dejándolos a todos boquiabiertos, solté la lata vacía en la mano de José Luis—. Gracias por la cerveza.
Me fui hecho una furia y salí de la terraza.
Busqué a Clara con la mirada para despedirme de ella, dispuesto a irme de la fiesta, pero no la encontré.
Fui a la cocina y tampoco estaba allí, así que me dirigí al pasillo que llevaba a los dormitorios.
Al pasar junto a la sala de música, me paré un momento para contemplar el piano, y entonces, en la semipenumbra de la habitación, vi que Clara estaba sentada en el taburete.
Tocó una lastimera nota y volvió a quedarse quieta. Me acerqué a ella, sin encender la luz.
—¿Qué haces aquí tú sola? —Se encogió de hombros—. ¿Tocas el piano? — pregunté, sentándome a su lado.
—El que sabe de verdad es mi hermano, pero yo también sé tocar un poco. —Puso su mano derecha sobre las teclas y tocó una ligera tonada como para demostrarlo—. Mi madre nos enseñó.
—¿Tu madre?
—Sí, de joven era cantante. —Me miró en la oscuridad—. De ópera: Mi padre siempre cuenta que se enamoró de ella a primera vista al verla durante una representación de Turandot. Ella nos inculcó su amor por la música, pero yo no tengo tanto talento.
—¿Y tu hermano sí?
Ella asintió.
—David es prácticamente un virtuoso, o lo sería si se hubiera dedicado a esto profesionalmente. A los ocho años ya había aprendido todo lo que mi madre podía enseñarle, luego siguió tomando clases. ¿Te he contado alguna vez que él quería ser pianista?
—¿En serio?
—Sí, quería estudiar en el Royal College of Music de Londres, y su sueño era dar conciertos por todo el mundo, dedicarse por entero a la música.
—Mientras hablaba, me imaginaba a David tocando ante un auditorio lleno, con la misma expresión de gozosa felicidad que tenía el día en que tocó para mí—.
Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.
La abracé.
—¿Me vas a decir qué te pasa?
Hizo un mohín con los labios.
—A mí tampoco me han salido las cosas como yo quería. —Durante un momento pensé que ocurría algo malo, pero luego siguió—: Esta fiesta es un desastre, Noah.
Me reí a carcajadas.
—¿Por eso estás así?
—No es cosa de broma, tonto. —Me golpeó en el brazo, como siempre hacía cuando se enfadaba conmigo—.
Todos están medio borrachos y nadie quiere bailar.
La bebida se va a agotar dentro de poco, pero la comida va a sobrar.
La gente solo quiere emborracharse. —Volví a reírme—.
Incluso tú —me amonestó—, estás medio piripi.
—Piripi entero —apostillé con el dedo en alto.
—Además, hace un rato tuve que echar a dos que se lo estaban montando en la cama de mi hermano, ¡he tenido que cerrar los dormitorios con llave! Se han roto cuatro vasos y dos copas y una de las figuras africanas de David. ¡Me va a matar!
—Vaya desastre de fiesta… —Chasqueé la lengua mientras negaba con la cabeza—. ¿Sabes qué? Ya es un poco tarde, ¿qué te parece si cerramos el chiringuito y nos vamos tú y yo a bailar por ahí?
—¿Lo dices en serio? —Su rostro se animó de nuevo—. ¿Pero cómo vamos a echar a toda esta gente?
Me encogí de hombros.
—Fácil, diles que se te acabó la cerveza.
No nos costó mucho convencerlos de que la bebida se había acabado. Eran casi las tres de la madrugada y todos se fueron a buscar locales en los que seguir bebiendo.
—Jolines, Noah —se quejó Clara una vez se hubieron ido—. Si salimos por ahí, nos los vamos a encontrar a todos.
—No, señorita, no nos vamos a encontrar a ninguno —le corregí—. Te voy a llevar a un lugar superespecial.
—¿Ah, sí? ¿A cuál?
Marqué en mi móvil el número de Pablo y esperé contestación.
—¿Te gustaría ver una disco gay?
Clara sonrió encantada mientras Pablo me contestaba al otro lado de la línea:
—Hola, cariño —me respondió entre jadeos.
Oía gemidos y los ecos de una música monótona por detrás de su voz.
—¿Estás en el cuarto oscuro?
— Aah , sí, me están haciendo una mamada. No, guapito —oí que le decía al otro—, tú sigue.
Me reí.
—Bueno, pues cuando termines, ve a esperarme a la puerta, voy para allá. —Miré a Clara y le guiñé un ojo—. Y con alguien que se muere por conocerte.
Cuando llegamos a la zona de marcha, eran más de las tres y media, y el lugar estaba a tope. Esa calle estaba llena de baretos y discotecas y no todas eran de ambiente gay.
Clara iba de mi mano exhibiendo la misma expresión de alegre sorpresa que yo debía de tener la primera vez que pisé Sodoma.
—Deberías verte la cara —reí—, parece que es la primera vez que sales de marcha.
—Es la primera vez que salgo de marcha aquí.
En Berlín la noche no es tan… —Un grupo de chicos pasó corriendo a nuestro lado, persiguiéndose unos a otros y casi tirando a Clara en su carrera, hasta que empezaron a liarse a puñetazos cerca de nosotros.
Agarré a Clara por la cintura para apartarla de ahí, al mismo tiempo que muchos otros viandantes, que se alejaron del grupo que se peleaba.
Clara me miró con cara de susto mientras seguimos avanzando—… animada —terminó.
Miré para atrás para constatar que se seguían peleando.
—Hay gente que no sabe beber.
—¿Y eso qué es? —de repente Clara señaló algo con entusiasmo y yo miré.
Lo que había llamado su atención era la puerta del Sodoma, que era muy llamativa, con luces de neón a su alrededor que imitaban llamas, para dar a entender que esa era la entrada del infierno.
Justo en ese momento vi a Pablo salir del local: un demonio lascivo salido de entre el fuego de la perdición.
—Ven —le dije a Clara, tirando de ella.
Cuando estuvimos ante él, Pablo se limitó a mirar a Clara con mal disimulada curiosidad.
—¿Y esta quién es?
Clara le devolvió la mirada, manteniéndosela con descaro.
—Clara —le dije—, este es Pablo, ya te he hablado de él.