A través del sexo. La saga completa 11. Fuera del armario
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11. Fuera del armario

FUERA DEL ARMARIO

A ntes de darme cuenta, ya estaba inmerso en la vorágine del curso.

Tenía poco tiempo libre y lo dedicaba casi en exclusiva a salir de marcha con Pablo.

Nos habíamos convertido en unos verdaderos asiduos al Sodoma, tanto que ya nos conocíamos por el nombre a todos los camareros y porteros del local, y a otros que, como nosotros, acudían cada fin de semana.

Aunque al principio había estado algo reticente, después de mi primera noche en el Sodoma, convine con Pablo en que, al menos en parte, su manera de ver las cosas era bastante acertada.

Descubrí que, una vez que conseguías librarte de los escrúpulos, el cuarto oscuro era un lugar donde se podía encontrar sexo libre de responsabilidades y de cargas emocionales, sin ataduras y lo suficientemente excitante como para mantenerte satisfecho.

Como suele pasar, una vez que te sueltas, pronto descubrí que eso también podía encontrarlo a plena luz, casi en cualquier lugar en el que un hombre me mirara de manera lujuriosa.

De todas maneras, aun harto satisfecho de sexo como estaba, mi cuerpo empezaba a pedirme otro tipo de actividad.

Lo cierto era que aceptar la beca íCaro me había imposibilitado dedicarle mucho tiempo a cualquier hobby que pudiera tener, lo que incluía el equipo de fútbol.

Durante el verano había sopesado la posibilidad de volver a jugar una vez empezado el curso, pero tenía que admitir que si quería mantener el nivel, no podía comprometerme a tres entrenamientos a la semana y un partido cada domingo.

Sin embargo, sí que pensé que podía iniciar otra actividad deportiva a la que no tuviese que dedicar tanto tiempo.

Por eso le pregunté a mi hermano Moisés si le importaría que le acompañara al gimnasio.

Él, que estaba muy cachas y entrenaba unas diez horas semanales, parecía orgulloso de que su hermanito quisiera seguir sus pasos, aunque yo le dejé muy claro desde el principio que no pensaba dedicarle más de dos o tres horas a la semana.

La verdad es que el gimnasio me pareció un lugar anodino y dedicado al más puro narcisismo, y si seguí yendo fue sólo para hacer algo de deporte, aunque me aburría soberanamente. Al menos hasta que descubrí que los gimnasios eran también sitios ideales para ligar.

—Mira ese tío —me dijo un día mi hermano mientras machacaba sus bíceps con una pesa enorme—, seguro que es marica.

Me incorporé un poco en la máquina de lumbares y giré la cabeza para seguir la mirada de Moisés hasta un chico con una camiseta naranja que, de espaldas a nosotros, parecía muy concentrado en fingir que no nos estaba mirando a través del espejo.

—¿Ese de ahí? —pregunté.

Mi hermano asintió y yo de repente mostré más interés. Estaba muy bueno.

—¿Por qué lo dices?

—El muy guarro… —bufó mi hermano—, en todo el rato que llevas ahí agachado no ha dejado de mirarte el culo.

—¿En serio? —Intenté que mi voz sonara disgustada. No sé si lo conseguí.

—Bueno, yo me voy a las duchas. —Terminó de estirar los brazos y se levantó—. ¿Vienes?

Volví a mirar de reojo al chico de naranja y de nuevo lo pillé desviando la mirada.

—No, creo que me quedaré un rato más, quiero hacer unos abdominales, y no hace falta que me esperes —añadí mientras cogía mi toalla y me secaba el sudor—, cuando salga de aquí no voy para casa, tengo que ir a la biblioteca.

—Como quieras.

Cuando Moisés se hubo ido, me dirigí a las colchonetas y me dediqué a hacer los dichosos abdominales mientras vigilaba a mi presa con cierta discreción.

Para cuando llevaba varias series, se levantó y se dirigió a los vestuarios.

Me tomé mi tiempo, incapaz de dejar una serie a la mitad y terminé mis ejercicios mientras le daba algo de margen. Luego me levanté y fui tras él.

Mi primera ojeada al llegar a los vestuarios fue para cerciorarme de que Moisés ya se había ido; la segunda, para localizar al otro chico.

Ya se estaba desvistiendo cuando llegué, mostrando un cuerpo flexible y perfectamente cincelado.

Era moreno, velludo y al menos quince centímetros más alto que yo.

Empecé a desvestirme yo también, sopesando aún si valía la pena el riesgo de ligar en un vestuario.

Cuando se quitó los calzoncillos, me convencí de que sí que valía la pena.

Se puso la toalla en torno a la cintura y se dirigió a las duchas.

Yo le imité, no sin antes coger un par de condones de la mochila.

Las duchas del gimnasio eran de esas colectivas: una amplia sala cuadrada con varios grifos en la pared.

Pero también había dos duchas individuales y más grandes al fondo del pasillo con el símbolo de «Minusválidos» en la puerta, aunque en realidad creo que quienes las usaban con más asiduidad eran los más pudorosos.

Por suerte para mí, él se dirigió a una de estas últimas.

Cuando iba a cerrar la puerta tras de sí, lo alcancé y puse la mano sobre ella, impidiéndole que la cerrara. Se giró hacia atrás con el rostro enfadado, pero al ver que se trataba de mí, su expresión se relajó un tanto.

—¿Vas a ducharte solo? —pregunté con todo el descaro que pude reunir—. ¿O prefieres tener compañía?

Le miré, dejando la pelota en su terreno. Él lanzó una mirada por encima de mi hombro, posiblemente para ver si había alguien más en el pasillo; luego abrió la puerta del todo, dejándome entrar.

Fingiendo una tranquilidad que no tenía, me quité la toalla, la dejé en el colgador y fui hasta el grifo para abrirlo. Noté sus labios sobre mis hombros y su cuerpo tras el mío. Dejé que el agua cayera sobre nosotros, arrastrando mis dudas, abandonándome al deseo. Estaba muy caliente.

Con todo, el curso seguía y Clara y yo teníamos que esforzarnos mucho para seguir el ritmo.

A ella le costaba por el cambio de idioma: aunque hablaba español perfectamente, siempre había estudiado en alemán e inglés, y por eso gran parte del vocabulario científico se le escapaba.

Yo la ayudaba todo lo que podía y seguimos haciendo los proyectos de clase juntos, lo cual nos convirtió en inseparables, pues dedicábamos muchas horas al estudio.

Pronto me acostumbré a su verborrea y a su incansable buen humor y empecé a tomarle verdadero afecto.

—¿Tienes planes para este fin de semana?

Habían pasado un par de semanas desde que le contara que era gay, y desde entonces mostraba bastante curiosidad por mis «actividades nocturnas», como ella las llamaba, así que pensé que me lo preguntaba por eso.

—Yo siempre tengo planes para el fin de semana —respondí con una sonrisa ladina, pensando en Pablo y en el Sodoma.

—¿Y no puedes cancelar los del sábado por la noche? Es que voy a dar una fiesta en casa.

Salimos de clase y nos dirigimos a la cafetería; era la hora de descanso.

—¿Y eso?

—Bueno, es que mi hermano sigue de viaje, y se me ha ocurrido que, ya que tengo la casa para mí sola…

—¿Y a él no le importará? —No me imaginaba que a David le hiciera mucha gracia alojar una fiesta de postadolescentes en medio de sus muebles de diseño.

—Ojos que no ven… —Clara sonrió—. Vas a venir, ¿no?

—No lo sé, ¿a quién más vas a invitar?

—A toda la clase, de hecho. Llevamos ya casi un mes de curso, ya es hora de que nos conozcamos mejor.

Pedimos dos cafés para llevar y nos sentamos en el césped que había tras el edificio principal, que ya estaba ocupado por una buena cantidad de alumnos.

—Entonces, ¿vas a venir? —insistió.

—Sí, claro, supongo que Pablo podrá pasarse sin mí una noche.

A Clara casi le da un infarto de la emoción.

—¿Quién es Pablo? ¿Tu novio?

—No, qué va. Solo es un amigo.

—¿De esos con derecho a roce?

Sonreí, haciéndome el misterioso.

—Algo así.

El sábado por la noche me planté en la casa de Clara tal y como había prometido.

No me hacía mucha gracia, la verdad es que, salvo Clara, no había casi nadie en la clase con quien me llevara muy bien.

Le había contado a Pablo lo de la fiesta y le pregunté si vendría conmigo, pero él rechazó la oferta con su cortesía habitual:

—¿Yo? ¿En medio de todos esos pijos estirados? ¡Ni loco!

Luego me dijo, como si hiciera falta, que iba a estar en el Sodoma, que fuera allí si la fiesta terminaba siendo un desastre.

Cuando llegué, comprobé con alivio que el portero seguía siendo el calvo de la vez anterior y que no parecía muy contento con su papel de vigilante para una fiesta de universitarios, pero yo me sentí algo más tranquilo sabiendo que al parecer el bueno de Tony había cambiado de trabajo.

Tras haber consultado mi nombre en una lista garabateada con la infantil letra de Clara, me acompañó hasta el ascensor y le dio al botón por mí, pidiéndome que dejara la llave de seguridad en su sitio para que otros asistentes pudieran subir.

Cuando llegué al ático, me di cuenta de que la fiesta había empezado hacía rato, y de que ya había mucha gente allí.

Varios de mis compañeros me saludaron con vítores y las chicas me besaron en las mejillas, algunas ya algo borrachas.

Alguien puso una cerveza en mi mano y, antes de darme cuenta, estaba brindando con gente cuyo nombre no recordaba muy bien.

En medio de todo ese revuelo, apareció Clara, que se colgó de mi cuello y me sorprendió con un piquito en los labios.

—Estás preciosa —susurré junto a su oído.

—¿Te gusta? —sonrió satisfecha y se dio la vuelta para que pudiera apreciar su modelito, un minivestido negro de palabra de honor. Asentí—. Tú tampoco estás nada mal.

—¿Tienes intención de ligar esta noche? —le pregunté; la verdad es que estaba arrebatadora.

—A lo mejor sí, y lo mismo se puede decir de ti. —Luego añadió en un susurro—: Ha venido Samuel.