10. Sodoma #6
—Qué bien —decía mientras nos metíamos en el ascensor, cotorreando como era su costumbre a la vez que gesticulaba con las manos—. Tengo un montón de dudas, y a lo mejor tú puedes ayudarme.
—¿Ah, sí? ¿Acerca de qué?
Metió la llave de seguridad en el panel del ascensor, idéntica a la que tenía su hermano, y pulsó el botón del piso 15.
—Sí, verás… ¿Es verdad que los gays hacéis el amor por el culo?
Puse los ojos en blanco mientras las puertas de metal se cerraban ante nosotros. Me esperaba una tarde muy larga.
El salón estaba a oscuras cuando entramos, pero aun antes de que Clara prendiera las luces, el olor de David se coló hasta mis fosas nasales.
Poco a poco, las luces se encendieron —David usaba bombillas de bajo consumo, de esas que parecen tener un prólogo a la iluminación real— y pude ver el salón tal y como lo recordaba, excepto por un par de detalles: una manta rosa encima del sofá, un par de discos de Céline Dion en la estantería, un osito de peluche amarillo con una camiseta roja sobre la mesa.
El osito se mereció una segunda mirada: sí, era Winnie the Pooh.
Me acerqué y lo cogí entre las manos, sonriendo ante la idea de David viviendo entre todas esas cosas tan femeninas e infantiles.
—¿Esto será tuyo, no?
—Pues claro que sí, no va a ser de mi hermano. No creas que es mariquita como tú. —Me lo quitó con fiereza y lo abrazó contra su pecho—. Me lo regaló él.
Obvié su comentario, decidiendo no ofenderme por algo así.
—¿No eres un poco mayor para eso?
—No. Bueno, supongo que sí, pero es que resulta que me había regalado uno igual cuando era niña, pero lo perdí hace un par de años, y me dio mucha pena.
Se lo dije cuando llegué aquí, y el otro día apareció en casa con este, que es igual al que yo tenía.
—Lo abrazó aún más fuerte—. Y me hizo mucha ilusión.
—Ya veo. —Volví a pasear mi mirada por el salón, recordando todos los ratos que había pasado allí, pero Clara la interpretó como curiosidad.
—Bueno, este es el salón. Luego te enseño la casa si quieres, pero me apetece un café primero. ¿Quieres uno?
Asentí distraído y ella se dirigió a la cocina, dejándome a solas con mis recuerdos.
Mirara a donde mirase, sólo veía a David: junto a la estantería, de pie frente a mí, luchando contra el deseo que yo le despertaba; en la alfombra, abrazado a mi espalda después de hacerme el amor; en el sofá, sentado viendo la tele o leyendo, en una de esas interminables tardes que yo pasé estudiando para la selectividad sobre esa misma mesa que ahora ocupaba el osito amarillo.
Recordé muy vívidamente una tarde en concreto a finales de marzo, justo antes de mi parcial de matemáticas, porque ese día fue la primera vez que le hice una felación.
Él veía un programa de economía mientras yo me dejaba los ojos en una página cuadriculada, hasta que el olor del sexo de David me asaltó, tomándome por sorpresa.
Miré en su dirección y le descubrí rascándose por debajo de los pantalones.
Sé que suena algo prosaico, pero a mí me pareció de lo más erótico.
Había desabrochado los dos primeros botones de su bragueta y deslizado su mano por debajo de sus calzoncillos, dejando que su aroma flotara por toda la estancia.
Me quedé mirando hacia él, hipnotizado, hasta que al final sacó la mano, dejando los botones sin abrochar.
David, por supuesto, no se había dado cuenta de que lo miraba, de hecho, no había apartado los ojos de la pantalla en ningún momento.
Me levanté y caminé hacia él, atraído por el olor que desprendía su cuerpo.
Me miró un instante y abrió la boca, como si fuera a preguntarme algo, luego la cerró.
Supongo que mi rostro lleno de deseo era toda la respuesta que necesitaba.
Me arrodillé frente a él, entre sus piernas, y noté la tibieza de su cuerpo junto al mío.
Acarició mi rostro con la misma mano con la que acababa de tocarse y, al hacerlo, su olor me invadió de nuevo, más intenso esta vez.
Cogí esa mano entre las mías y pegué mi rostro a ella, aspirando su esencia.
Luego la besé y la lamí, deslizando mis labios a lo largo de sus dedos hasta llegar a su extremo.
Rodeé la yema de su dedo índice con mis labios y lo introduje en mi boca, dejando que el rapto de sensualidad que me había tomado guiara mis actos.
Me sentía muy sexi y creo que fue en aquella ocasión cuando descubrí por primera vez el poder que podía ejercer sobre otros hombres, seduciéndolos de aquella manera.
Clavé mis ojos en los suyos, dejando que mi mirada dejara muy claras mis intenciones.
David me la devolvió con intensidad y supe que ya era mío.
Deslizó su otra mano entre mis cabellos y acarició mi nuca.
—¿Te has cansado ya de estudiar? —susurró acercando su rostro.
Asentí antes de soltar sus dedos y apresar sus labios entre los míos.
Supongo que era el instinto el que actuaba por mí, el que me dio alas suficientes para desinhibirme y ser yo quien por primera vez pautara el ritmo.
El deseo de devorarle me invadió sin previo aviso, espoleado por el recuerdo del tacto de sus dedos contra mi lengua.
Me deslicé por su pecho hasta su bragueta, que aún seguía abierta, y forcejeé con la tela hasta dejar expuesta la palpitante carne que ardía debajo de ella.
Llevé allí mis labios con infinita entrega, notando cómo mi paso provocaba pequeñas contracciones en toda su extensión.
Hay un lujurioso placer en lamer los genitales de otra persona que es difícil de explicar si no se ha hecho nunca.
Puede parecer un acto de sumisión, y aunque en cierto sentido lo es, en realidad es muy dominante: la poderosa sensación de tener a alguien a tu merced, de saber que puedes subyugarle produciéndole el mayor de los placeres, de tenerle rendido a ti, dejándose hacer.
Quien diga que la boca no se hizo para amar es un gran mentiroso.
A pesar de mi inexperiencia, mis sentidos me decían lo que debía hacer e imité lo mismo que había hecho con su dedo, aleteando con mi lengua desde la base hasta el extremo, rodeando su glande con mis labios y acariciando la salida de la uretra, humedeciéndola con mi saliva.
A medida que el miembro de David despertaba bajo mis labios, el mío lo hacía bajo la tela de mis vaqueros.
David gimió, un sonido gutural y profundo, al tiempo que la presión de su mano en mi cabeza se intensificaba un poco, invitándome a profundizar el beso. Dejé que su polla entrara en mi boca, acariciándolo entre mi lengua y mi paladar.
—Oh, Noah… Noah —gimió—. Lo estás haciendo muy bien. Sigue, cómetela.
Y como si quisiera enfatizar sus palabras, me empujó aún un poco más, obligándome a tragar hasta el punto de náusea.
Dejé que entrara y saliera de mí a su antojo durante un momento antes de tomar de nuevo el control y sacarle de mi boca para volver a lamerle y besarle, y volver a dejarle entrar.
Para ese entonces, las palabras de David se habían vuelto incoherentes e ininteligibles entre sus gemidos.
Aproveché el momento para mirarle: tenía los ojos cerrados y había apoyado la cabeza contra el cabecero del sofá, dejándome ver la fina línea de su garganta; sus labios estaban entreabiertos, jadeantes, y sus manos se crispaban sobre mi piel, aferrándose a mí.
Abrió los ojos y me miró, con los ojos nublados de placer.
—De verdad que lo haces muy bien, pequeño.
—Toma tu café.
Clara me sacó de mis ensoñaciones tan rápido que me quedé un poco turbado. Los recuerdos habían venido tan repentinamente y fueron tan vívidos que aún podía sentir el amargo sabor del sexo de David en mi boca.
—Gracias —musité todavía un poco mareado, tomando la taza que me ofrecía.
—¿Estás bien?
Me ruboricé al caer en la cuenta de que había estado pensando en su hermano.
—Sí —musité—, estoy bien.
—Entonces, eres gay… —dijo como quien intenta memorizar algo, mientras se sentaba a la mesa. Yo hice lo mismo—. Vaya desperdicio, con lo guapo que eres.
—No te preocupes por eso —contesté con aspereza—, estoy bastante bien aprovechadito.
—¿Te he ofendido? —Hice un gesto de evidente afirmación. Pareció disgustarse—. Lo siento, yo no quería decir… Bueno, soy una patosa, lo siento. —Hubo un momento de silencio, luego volvió a la carga—: ¿Tienes novio?
—No —dije. Pareció decepcionada, como si esperara otra respuesta—. ¿Por qué?
—Como dijiste que estabas bien aprovechado, pensé que…
—¿Y desde cuándo hace falta un novio para eso?
—¿Así que eres uno de esos gays que van a ligar a bares y esas cosas? —Me miró expectante—. ¿Eso hiciste anoche?
—Algo así.
—Qué emocionante —repitió; parecía estar pasándoselo pipa, y yo empecé a desear que se lo hubiera tomado mal y no quisiera hablar más conmigo, el interrogatorio me estaba crispando los nervios—. Además, aún no has contestado a mi pregunta.
—¿Qué pregunta?
—La que te hice en el ascensor, bobo.
Sí, la recordaba perfectamente. Como también recordaba que había conseguido aplazar la cuestión a base de balbuceos. Justo cuando pensé que esta vez no tendría escapatoria, me sonó el móvil.
—¿Me disculpas? —dije cogiendo el aparato, muy ansioso por contestar. Era Pablo—. ¿Sí?
—Hola, cariño —me respondió con la voz llena de picardía—. ¿Pensabas salir esta noche?
—¿Al Sodoma? —pregunté apartándome un poco de Clara para que no pudiera escuchar lo que decía.
Oí cómo Pablo se reía.
—¿Se te ocurre un lugar mejor?
Recordé la música estridente, el ambiente sexi y decadente, la humedad del cuarto oscuro, y me estremecí de placer.
—No, la verdad es que no.
—Muy bien, cariño. Pero esta vez, ponte sexi de verdad.