A través del sexo. La saga completa 10. Sodoma #5
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10. Sodoma #5

Salió de mí con un suspiro y se alejó, dejándome sudoroso y súbitamente cansado.

Cerré los ojos, respiré muy profundamente una, dos, tres veces, y los volví a abrir.

Vi con claridad por primera vez la superficie en la que tenía apoyada la cara y, con una mueca de asco, me aparté de ella, pensando en las cosas que se habrían hecho ahí encima.

Me limpié antes de abrocharme los pantalones y luego me giré para mirarle.

Ya no me pareció tan guapo como antes, ni tan seductor.

De hecho, ahora no parecía encontrarle ningún atractivo.

Eso, unido al olor a semen viejo y sudor rancio que había allí dentro, me hizo recordar de golpe que acababa de follar con un tío cuyo nombre no conocía ni quería conocer, en un lugar sucio y lleno de sordidez.

—Si algún día te aburres, ya sabes dónde encontrarme —musitó.

Forcé una falsa sonrisa, deseando de repente no volver a verle.

—Lo tendré en cuenta.

Justo entonces oí dos suaves golpes en la puerta, que nos indicaban que el tiempo se había agotado.

Salió sin una mirada atrás, y yo terminé de vestirme sintiéndome sucio, y no sólo porque mis calzoncillos estuvieran aún húmedos por mi primera eyaculación.

Cuando salí, me encontré con Pablo, que me esperaba sentado en un sofá, fingiendo que pasaba de dos tíos que se enrollaban al lado de él.

—¿Qué tal te ha ido? —le pregunté.

—Muy bien. —Levantó las cejas—. Me ha dado su teléfono, quiere que le llame. ¿Y tú, qué tal?

—Bien —respondí sin entusiasmo, sentándome a su lado. Los dos chicos que compartían el sillón con nosotros seguían a lo suyo, y el sonido de sus lenguas entrelazadas me estaba incomodando.

—¿Y qué tal follaba?

Pensé en por qué me había ido con él en un principio, y tuve que reconocer que solo fue porque su actitud magnética me había recordado a la de David.

Me di cuenta entonces de que durante todo el rato que había estado detrás de mí, había imaginado que era mi ex quien me follaba y que toda mi excitación había provenido de esa fantasía, no de ese hombre.

—Los he visto mejores —dije al final con una sonrisa.

—Bueno, vamos a tomarnos una copa antes de volver a entrar, y a rezar para que tengas mejor suerte la próxima vez.

—¿Volver a entrar?

—Claro, la noche no ha hecho más que empezar.

Le miré para ver si estaba de broma. No lo estaba.

Cuando sonó el despertador a la mañana siguiente, no me lo podía creer.

Ya eran las diez de la mañana, pero no había dormido más de tres o cuatro horas.

Me quedé unos instantes más en la cama, disfrutando de la completa soledad de la mañana, dejando que mi mente vagara aún en los límites del mundo de los sueños, hasta que me encontré a mí mismo recreándome en las imágenes de la noche anterior: luz roja y oscura, manos ciegas recorriendo mi cuerpo, cuero negro y frío apretándose contra mi piel, los ojos de un desconocido que me había subyugado mirándome con la intensidad del deseo.

Enseguida me di cuenta de que iba a necesitar una ducha fría antes de salir.

Al llegar a la biblioteca, Clara ya estaba allí esperándome, ocupando una mesa entera con una marea de apuntes en los que parecía enfrascada. Dejé caer mi mochila sobre la mesa con cierta brusquedad y me quité las gafas de sol.

—Me parece que alguien estuvo de marcha anoche —soltó, mirándome con ojo crítico.

Sin duda, debía de tener mala cara. Me dejé caer en la silla más cercana.

—Creo que tengo resaca. —Me froté el puente de la nariz, de repente de muy mal humor.

—¿Ligaste? —dijo mientras sacaba un paracetamol y una botella de agua de su enorme bolso granate.

Pensé un momento mientras bebía. Técnicamente no había ligado, pero sí que había follado, que era lo importante. Me encogí de hombros.

—Supongo que sí.

—¿Supones? —Arqueó las cejas en un gesto que, por familiar, no hizo sino aumentar mi mal humor—. De verdad, cómo sois los tíos.

—Bueno, dejando de lado mi vida sexual, ¿has pensado ya sobre qué quieres hacer el proyecto?

—Pues la verdad es que no. Tú eres el cerebrito, confiaba en que lo eligieras tú. —Apoyó el mentón en sus manos y me miró poniendo ojitos—. Yo me encargo de poner el encanto.

—Está bien, elegiré yo, pero luego no te quejes —advertí mientras me levantaba de la mesa, dispuesto a pagar un poquito mi mal humor con ella.

Busqué en las estanterías que tenían la etiqueta de «Química» hasta dar con el libro que tenía en mente.

Volví a la mesa cargando el volumen en cuestión, que contaba con algo más de seiscientas páginas, y lo dejé caer pesadamente en la mesa aposta, dejando que una pequeña nube de polvo se levantara a nuestro alrededor y contribuyera a mi representación. Clara me miró con los ojos como platos.

—Introducción a la termodinámica en ingeniería química.

—Usé mi voz de empollón pedante y sabelotodo para pronunciar el título—.

¿Lo has leído? — Clara miró hacia el libro y giró de nuevo su cara hacia mí, negando con la cabeza y con los ojos aún muy abiertos—.

Bueno, pues ahora vas a tener que hacerlo.

Después de nueve horas en la biblioteca, y de una considerable sobredosis de cafeína, paracetamol y sándwiches de atún, Clara y yo dimos por terminada la sesión de estudio, habiendo avanzado bastante un trabajo que tenía posibilidades de ser un sobresaliente.

Me recliné contra el respaldo de la silla y me llevé las manos a la nuca, con la satisfacción del trabajo bien hecho, mientras ella me miraba con una expresión que se parecía demasiado a la admiración.

—Sabía que eras listo, pero no esperaba que lo fueras tanto.

—Tú tampoco lo haces nada mal. —Sonreí ladino—. Formamos un buen equipo, con mi intelecto y tu encanto.

Ella pilló al vuelo la ironía y me tiró un bolígrafo a la cara antes de levantarse y empezar a recoger sus cosas.

—¿Me acompañarías a casa? —preguntó como si nada.

—¿Y eso? —Cogí mis libros—. ¿No va a venir a buscarte tu hermano?

—No. —Negó con la cabeza—. Está de viaje en China.

—¿En China? —Mi genuino asombro dejó entrever más interés del que era educado demostrar—. ¿Y qué se le ha perdido a David en China?

Ella me miró un momento, como sopesando si decirme que eso no era de mi incumbencia.

—Negocios —dijo al fin, quizá demasiado educada para mandarme al cuerno—. Hoy he venido en metro.

—¿En metro? —Aproveché la ocasión para cambiar radicalmente de tema—. ¿Tú sola?

—No te rías de mí, Noah, no seas cabrón —me soltó, roja como un tomate, mientras salíamos de la biblioteca. Me reí por lo bajini por su reacción—. Y sí, he venido yo sola, pero es que ahora es casi de noche y…

—¿Te da miedo ir en el metro de noche? —pregunté con cierta sorna. Apenas eran las ocho de la tarde, pero la miradita de cachorrito abandonado que me echó me enterneció, lo reconozco—. Vamos. —Le tendí mi brazo y ella lo cogió con una sonrisa.

Veinte minutos más tarde, nos bajamos en la estación de La Defensa, la que estaba más cerca del piso de David, y nos encaminamos hacia allí charlando. Clara seguía colgada de mi brazo y hablaba muy rápido, hasta que nos paramos junto al portal.

—Bueno, es aquí —dijo, ajena al hecho de que yo ya sabía dónde vivía. Soltó mi brazo y empezó a buscar sus llaves dentro del bolso. Una vez las tuvo en la mano, me echó una peculiar miradita—. ¿Quieres subir?

Noté que su voz había bajado una octava y sonaba muy sensual.

Mientras yo estaba decidiendo si creer que ella estaba intentando seducirme o no, me miró por entre sus pestañas, con la que luego supe que era su «mirada-superespecial-para- ligarse-a-tíos-buenos», como ella misma la llamaba. Decidido: Estaba intentando seducirme.

—¿Subir? —balbuceé; de repente notaba mi garganta muy seca.

—Sí, subir —susurró ella acercándose más de lo necesario—. No tengo ganas de estar sola.

Solo habría tenido que inclinarme un poco si hubiera querido besarla, pero daba la casualidad de que no, no quería besarla. Di un paso atrás y ella me lanzó una mirada contrariada.

—Ahora es cuando vas y me dices que eres gay o algo así, ¿no?

Tenía los brazos en jarras y fingía un encantador enfado.

Cualquier tío hetero habría aprovechado la oportunidad para demostrar su hombría, que era con lo que ella contaba.

Evidentemente, yo no podía hacer lo mismo.

Bajé la mirada, antes de darme cuenta de que eso iba a ser una salida del armario en toda regla.

Para entonces, mi reacción había sido más que elocuente.

—¿Eres gay? —Esta vez fue una pregunta. La miré: tenía las manos sobre la boca y me miraba con asombro—. ¿En serio?

Asentí, acojonado. Durante un aterrador instante, pensé que se lo había tomado muy mal y me iba a montar un escándalo, pero es que por ese entonces aún no la conocía muy bien.

—¡Qué guay! —Dio un gritito, aún con las manos en la boca—. Eres el primer gay que conozco.

—¿Cómo?

—Qué emocionante, siempre había querido tener un amigo gay.

—¿Siempre? —pregunté. Para ese entonces, Clara estaba abriendo la puerta del portal y entrando en el vestíbulo del edificio.

—Oh, bueno, tú ya me entiendes. —Me cogió del brazo y tiró de mí hacia dentro.

Vi al fondo, cerca del ascensor, la familiar silueta de la portería.

Dándome cuenta de mi error, busqué en mi mente una excusa para no entrar: si Tony me reconocía, iba a ser un problema.

Me quedé plantado en el umbral, mientras veía cómo el portero se ponía de pie para mirarnos, pero enseguida me di cuenta de que no se trataba de Tony, sino de un hombre algo mayor, que ocultaba su calvicie con la gorra de portero.

Clara me miraba fijamente—. ¿No vas a entrar?

Prometo no volver a intentar ligar contigo.

—Sí, claro —contesté tratando de ocultar mi repentino alivio.

Entré tras ella en el portal y nos dirigimos al ascensor. Sopesé la posibilidad de disculparme con ella, pero no parecía en absoluto herida o molesta por mi rechazo; de hecho, parecía bastante contenta.