10. Sodoma #4
Su enorme mano avanzó hacia mí y agarró mi nuca, atrayéndome a un beso fiero, lleno de hambre. Gemí, muy a mi pesar, cuando la lengua experta de ese hombre vestido de negro se coló entre mis labios y tomó mi boca.
Quise protestar y pedirle que parara, pero el desconocido me tomó por la cintura y me besó aún más intensamente.
—No —balbuceé apartándome de sus labios.
—No, ¿qué? —Su voz sonaba grave y muy sexi, y su actitud de perentoria dominación me hizo dudar—. ¿No has venido aquí para eso?
—Sí, pero… —gemí de nuevo, sin mucha convicción.
Me volteó, quedando él a mi espalda, y me hizo avanzar hasta que estuve apoyado de frente contra una pared.
Hice un no muy eficaz intento de desembarazarme, discutiendo aún conmigo mismo si eso era lo que quería o no.
Él respondió con rapidez, inmovilizando uno de mis brazos, retorciéndolo tras mi espalda.
—Suéltame… —jadeé, algo asustado.
— Shh , tranquilo. —En vez de soltarme, me apretó aún más entre la pared y su cuerpo, diciéndome sin palabras que no me iba a dejar ir. Eso me excitó, aun a pesar de mi miedo—. No te asustes, no te haré daño. Sólo quiero follarte.
Cerré los ojos con fuerza, mientras un preludio de placer recorría mi cuerpo, pero aún tuve fuerzas para revolverme muy débilmente.
Él lamió mi cuello y mi nuca, para luego tirar de mi cabello y girar mi cabeza, besándome de nuevo en la boca.
Mi cuerpo, ardiente de excitación, respondió a su mandato y decidió rendirse cuando todavía mi mente batallaba a contrarreloj para buscar una manera de escaparme de él.
—¿No es eso lo que quieres? —Un susurro sugerente—. ¿No quieres que te folle?
—Sí. —No pude hacer nada para contener mis labios—. Fóllame.
Sus labios sonrieron contra mi piel al tiempo que sus manos me sacaron la camiseta por encima de la cabeza.
Fue entonces cuando me di cuenta de que había otros hombres a nuestro alrededor que nos miraban, así como varios de los empleados del cuarto oscuro, no sé si para cerciorarse de que no habría un comportamiento inadecuado por nuestra parte o por genuino interés.
Eso no hizo sino alentar mi pudor y al mismo tiempo excitarme de una manera muy perversa.
Volvió a besarme y recorrió con sus manos mi piel.
—¿Eres virgen? —rio junto a mi oído.
—No.
—Pues te comportas como si lo fueras. Relájate.
—Es mi primera vez aquí —confesé con un susurro.
Eso pareció gustarle.
—Entiendo, no te preocupes. —Sus palabras eran solo para mí, siseadas contra mi oído junto a la cálida caricia de su aliento—. Sólo tienes que dejarte hacer. Te gustará.
Asentí de nuevo y noté cómo volvía a tirar de mi pelo, con más fuerza esta vez, exponiendo mi garganta y mordiéndola hasta el punto del dolor.
Me atraganté con mis propios gemidos cuando noté sus dientes presionando mi nuez de Adán.
Sus besos eran vehementes, implacables, dolorosos, y sus manos me manejaban respondiendo a su capricho, como si mi cuerpo fuera una marioneta en un teatro de placer.
Sus labios descendieron por mi espalda, encendiéndome.
Un corrillo de voyeurs se había congregado a nuestro alrededor, pero mi extraño compañero no permitió a nadie unirse, espantando con su amenazadora mirada a todo aquel que se acercaba a mí más de lo que él parecía considerar apropiado, dejando muy claro que no iba a aceptar ninguna intromisión y que yo era sólo suyo, al menos por el momento.
Su lengua experta encontró caminos de placer en mi cuerpo, al tiempo que sus manos me tocaban con vehemencia por encima de la tela de mis pantalones.
Así tuve mi primer orgasmo entre sus brazos, cuando aún no había habido ningún contacto genital entre nosotros.
Él me sujetó entonces, manteniéndose cerca, acallando mis gemidos al tragarlos entre sus labios.
El prematuro clímax me dejó laxo, dócil, y sólo me mantenía de pie gracias al apoyo que me proporcionaba al inmovilizar mi cuerpo contra la pared con la presión del suyo.
Pero él siguió manipulándome a su antojo, consiguiendo excitarme de nuevo.
Sentí el contacto de su polla contra mis glúteos y la pujante erección, aun a pesar de estar ambos vestidos.
Una mano se deslizó por mi desnuda cintura y la otra se metió en mis calzoncillos húmedos, rozando mis testículos antes de cerrarse sobre mi naciente dureza.
Se giró hasta quedar a mi costado, sus manos aún aferrándome: una como una garra que me inmovilizaba, otra con una caricia llena de placer.
Gemí de nuevo, al notar su mano moverse hacia arriba y luego deslizarse hasta abajo, volviendo a rodear mis testículos con los dedos, provocando sacudidas que me hicieron temblar, para luego volver a subir y rodear mi glande con su pulgar, haciendo vibrar la salida de mi uretra, todavía temblorosa por mi última eyaculación.
Me apoyé contra él, sintiéndole ardiente junto a mí, aun a pesar de la ropa que llevaba puesta.
Ansioso, lamí sus labios, deseoso de sentir su sabor de nuevo, y él me respondió.
No podía evitar compararle con David, y no porque hubiera parecido físico entre ellos, que no lo había, sino por esa actitud de imperiosa dominación que ambos ostentaban.
Siguió masturbándome con total frenesí, aumentando el ritmo hasta hacerme enloquecer, solo para parar y acariciarme con levedad, apenas rozándome con las yemas de los dedos, haciéndome rogar por más. Moví mis caderas contra él, intentando apremiarle para que me dejara terminar.
—¿Cómo te llamas? —masculló entre jadeos.
—Noah.
Alejó sus manos de mí, dejándome desatendido, y volvió a ponerse a mi espalda.
—Noah —repitió—. Vaya nombre tan bonito.
Restregó su polla contra mí, imitando la penetración para delirio de nuestro improvisado público.
Volví a mirar a los hombres que nos observaban y, por sus anhelantes expresiones, supe que nuestro comportamiento estaba rozando peligrosamente lo inapropiado.
Él también debió de darse cuenta, porque se inclinó sobre mi cuello y susurró:
—¿Quieres que terminemos a solas?
Asentí y él se separó de mí. Pude ver que se dirigía a hablar con uno de los empleados del cuarto oscuro y yo me di la vuelta, para encontrarme cara a cara con los hombres que nos habían estado mirando.
Uno hizo un leve intento de acercarse, pero yo me apresuré a seguir al hombre de negro, llegando a tiempo de ver cómo un billete cambiaba de manos, pactando así un tiempo a solas conmigo.
Busqué a Pablo con la mirada, pero no le encontré.
Supuse que estaría dentro de uno de los cubículos con aquel chico con el que le había visto besarse, y aunque me sentí aliviado de que no hubiera sido testigo de mi tórrida demostración de antes, me sentía decepcionado por no poder pedirle opinión.
Quizá si él hubiera estado ahí, me habría hecho alguna señal de que mi elección era adecuada o no, pero sin poder pedirle consejo, me sentía algo incómodo con la idea de meterme en un cuarto a solas con un completo desconocido.
Cuando me miró y me hizo un gesto con la mano para que me uniera a él, el corazón me latió aún con más fuerza. El chico nos abrió la puerta de uno de los cuartos y puso en mi mano dos condones y un paquete de pañuelos desechables. Asentí para darle las gracias y entré.
Los cubículos eran tan negros por dentro como por fuera, lo que les daba un aire lúgubre, y tan pequeños que no había espacio para nada más que la camilla y una papelera colgada de la pared.
Dejé los condones y los pañuelos sobre la camilla y me giré para mirar al hombre que había a mi lado, que estaba cerrando la puerta.
Vi con alivio que no tenía llave ni pestillo.
—Desnúdate —ordenó. Le miré algo asustado—. ¿Qué pasa?
—Nada —mentí.
Me quité los pantalones y dejé que me mirara. Su escrutinio duró solo un momento, antes de bajarse la bragueta y dejarme ver su polla. Un apremio punzante recorrió mi abdomen y chocó en mi entrepierna al verla, y mordí mi labio inferior.
—¿Quieres que te folle? —Asentí sin poder dejar de mirarle—. A mí me gusta hacerlo un poco duro, pero soy inofensivo. ¿Te parece bien?
Asentí y él no necesitó más respuesta que esa; me volteó y me empujó por la nuca hasta que mi torso quedó acostado sobre la fría superficie de la camilla.
Se colocó entre mis piernas, obligándome a separarlas con las suyas, y oí el crujiente sonido del envoltorio de un condón al romperse.
Percibí con un rapto de deseo cómo colocaba su miembro entre mis nalgas y presionaba buscando mi abertura.
Lo hizo muy rápido, casi de una estocada, tras una somera preparación.
Rugí de dolor, pero él me acalló amordazando mis labios con su mano.
Siguió haciéndolo, con mis dientes mordiendo la carne de sus manos hasta que el dolor cedió y pude sentir, aun a través de él y con total lucidez, cómo esa carne salía por completo, la curva del glande acariciando mi ano para volver a entrar con rudeza, hasta clavarse en lo más profundo de mi ser, justo allí donde David me había enseñado que estaba mi punto P.
El ritmo de las embestidas aumentó, el placer me poseía con fiereza cada vez que notaba esa candente carne entrar y salir de mí.
Ya me había acompasado a su frenética danza, incrementando la intensidad con el movimiento de mis caderas.
Sus manos recorrieron el camino hasta mis nalgas, agarrándolas para marcarme el ritmo.
Yo me aferraba a la superficie de cuero, buscando equilibrio en medio de las embestidas que el desconocido me regalaba, y no me solté hasta que sentí el clímax recorriendo mis nervios como un latigazo de electricidad, la sacudida en mi bajo vientre, el semen derramándose hacia el exterior y las contracciones espasmódicas de los músculos de mi ano, que consiguieron arrastrar conmigo al hombre que me follaba.