A través del sexo. La saga completa 10. Sodoma #3
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10. Sodoma #3

Creo que siempre recordaré mi primer paseo por el Sodoma, que ocurrió como a cámara lenta.

Había tanto que ver, tantas cosas que llamaron mi atención, que me sentía como un niño en Disneylandia.

Sólo era consciente del tacto de la mano de Pablo contra la mía, incluso por un momento no percibí la estridente música más que como un sonido sordo que sonaba en los límites de mi mente.

Mientras caminaba en pos de Pablo, mis ojos se pasearon, perdiendo su habitual pudor, por los cuerpos que se mostraban ante mí en sinuosos movimientos: las piernas torneadas de un chico moreno que, vestido solo con unos pantaloncitos vaqueros, bailaba contoneando las caderas ante un hombre que lo miraba por encima del borde de su copa de Martini; el torso de uno de los bailarines, musculoso y flexible, sobre el que uno de los clientes derramaba una botella de champán, para luego lamer la piel con el deleite de un sediento; las caderas de dos jóvenes que, exponiéndose a la media luz, hacían el amor apoyados contra una columna.

Para cuando llegamos a la barra, me di cuenta de que estaba más excitado que en mucho tiempo.

—¿Qué quieres tomar? —La voz de Pablo tan cerca de mi oído me devolvió a la realidad.

—Un cubata —respondí medio distraído mientras mis ojos se posaban en la mano de un hombre que, por encima de sus pantalones, acariciaba su miembro mientras miraba a los dos chicos de la columna.

Volví a mirarlos sintiéndome extraño, sobre todo porque mucha gente a su alrededor apenas les prestaba ninguna atención.

Uno de ellos, el que penetraba, apretaba a su compañero contra la pared con cada embestida, y agarraba sus manos a ambos lados de su cabeza, de manera que el otro quedaba subyugado e inmóvil, recibiendo el miembro del chico que se lo follaba.

Lo hacían despacio, suave, y sus gemidos, que solo percibía a través del movimiento de sus labios, se perdían en medio del estrépito.

De repente, deseé ser yo el chico apoyado en aquella columna, siendo sodomizado por un extraño que me dominara y me obligara a doblegarme a él en medio de un público sediento.

—Te gusta, ¿eh? —Pablo me abrazó desde atrás, pasando su brazo alrededor de mi pecho y ofreciéndome el vaso.

Apoyó su barbilla en mi hombro, siguiendo mi mirada.

Bebí despacio, intentando tranquilizarme, mientras el cuerpo cálido de Pablo se apretaba contra mi espalda, enviándome decenas de sensaciones eróticas—. Esos dos son muy excitantes, ¿no crees?

Asentí mudo, incapaz de apartar mis ojos de ellos, hasta que sentí la mano de Pablo acariciarme por encima del pantalón.

—¡Pablo!

—¿Estás empalmado?

Me ruboricé.

—¿Tú no?

Apretó su regazo contra mis nalgas. Me ruboricé aún más.

—Me parece que no deberíamos retrasarlo más. —Sentí sus labios sobre la piel de mi nuca, en una ardiente caricia—. No creo que ninguno de los dos esté en situación de esperar mucho rato.

Asentí, sumiso y cada vez más excitado. Dejé que Pablo agarrara mi cintura y me girara, hasta quedar frente a él.

Me dejé arrastrar hasta un beso lúbrico, perdiéndome en los labios de mi amigo, dejando que despertara todos los rincones de mi piel con sus manos, acariciándome los glúteos hasta que cada poro de mi piel gritaba en busca de desahogo.

Luego, le dejé guiarme de nuevo y me metí tras él en la sinuosa oscuridad del cuarto oscuro.

Aun de la mano de Pablo, entré en un mundo que yo creía sólo podía existir en mis fantasías.

Si la sala de baile del Sodoma había sobreexcitado mis sentidos, lo que vi y sentí en el cuarto oscuro superó todas mis expectativas y acabó por derrumbar el precario autocontrol que tenía desde que entré en el local.

Yo siempre había imaginado que un cuarto oscuro sería eso, oscuro, pero aunque la luz dejaba mucho que desear, no había más que una media penumbra que insinuaba sin llegar a mostrar.

Me recordaba un poco al cuarto de revelación fotográfica que había en mi antiguo instituto, con esa luz roja y mortecina que se derramaba por las húmedas paredes.

Aquí la música era más calmada, más monótona, y sonaba sorda en mis oídos, mezclándose con los gemidos y jadeos que llenaban el aire a mi alrededor. Y no solo mis oídos se saturaron de sexo: mirara a donde mirase, sólo veía a chicos y hombres entregados al placer.

Me encontraba en una gran estancia, llena de rincones oscuros, sillones tapizados de vinilo y unos cuantos cubículos al final, separados del cuarto principal por puertas pintadas de negro brillante.

Casi me pareció estar viendo los prolegómenos de una peli porno, con todos aquellos chicos besándose, tocándose, susurrándose palabras lascivas al oído, disfrutando de las miradas de los que había a su alrededor y se contentaban con contemplar el espectáculo.

—Este es el cuarto oscuro en sí, aunque lo llamamos «el vestíbulo» —me dijo Pablo, acariciando con sus labios el lóbulo de mi oreja al hablar—, porque aquí no se puede hacer mucho, esto es más bien como una sala de reconocimiento.

Lo interesante pasa allí dentro. —Me señaló los cubículos del fondo—.

Son como baños, pero para aliviarte en sentido sexual.

—¿Qué hay dentro? —pregunté con inagotable curiosidad.

—Camillas de cuero. Una en cada cubículo, así que imagínate a qué se va allí.

—¿Y los tíos se lo montan en esas camillas? —supuse. Pablo asintió—. Deben de estar un poco guarras, ¿no?

— Mmmh , sí. —Rio—. Más bien, sí. Aquí uno no puede ser muy escrupuloso.

—Pero eso es tan… antihigiénico…

—Mira, ¿ves esos chicos de allí? —Seguí con la mirada la dirección en la que señalaba y vi a unos jóvenes apoyados en la pared cerca de los cubículos—.

Ellos son los cuidadores del cuarto oscuro, por decirlo así.

Dan condones y pañuelos de papel a los que entran en los cubículos, y los limpian un poco entre uso y uso.

Son también los encargados de que nadie tenga un comportamiento inapropiado aquí fuera, y de llamar a seguridad si pasa algo.

—Puso los ojos en blanco—. No cogería un curro así por nada del mundo.

Miré de nuevo a mi alrededor, estudiando a los hombres que había ahí dentro.

Muchos se besaban y se tocaban sin ningún tipo de pudor.

Algunos no llevaban puestas las camisetas y otro estaba dedicándole un baile sexi a todo aquel que quisiera mirar.

En una esquina, dos hombres se estaban enrollando y uno agarraba las nalgas del otro con salvajismo, mientras este se apretaba lascivamente contra su acompañante, moviendo ambos las caderas como si quisieran fingir un coito por encima de sus ropas.

—Pablo… Exactamente, ¿qué es un comportamiento inapropiado aquí fuera?

—Sacarte la polla. Puedes hacer lo que te dé la gana, siempre y cuando no conlleve contacto genital ni con los demás ni contigo mismo. Incluso si quieres masturbarte, tienes que ir a un cubículo. Y ten en cuenta que estar en el vestíbulo es gratis, pero los cuartitos hay que alquilarlos.

—¿En serio?

—Y tan en serio. Mil pesetas por quince minutos. Lo mejor que puedes hacer es o bien machacártela en casa o bien…

—¿O bien?

—Encontrar a alguien que quiera invitarte. Y yo estoy pelado.

Hizo el ademán de alejarse de mí, pero yo le agarré por el brazo.

—¿A dónde vas?

—A buscar un sponsor , y tú deberías hacer lo mismo. —Me guiñó un ojo—. Relájate, disfruta del ambiente —dijo abarcando la sala con un brazo—, y si ves a alguien a quien te apetezca tirarte, asegúrate de que tenga más dinero que tú.

Apreté la mano de Pablo aún más, aferrándome a él en una muda súplica para que no se alejara de mí, pero él, ajeno al miedo que yo sentía, soltó mi mano en cuanto vio algo que le interesó.

—Ey —dijo mientras agarraba la cintura de un chico moreno y alto que pasaba junto a nosotros, uno de esos chicos fuertes y de rostro anguloso que luego aprendería que eran su tipo para un encuentro fugaz.

El moreno le miró un instante, antes de sonreír y rodearle la cintura con una mano grande y surcada de venas, atrayéndole fuertemente hacia sí. Oí cómo Pablo jadeaba y se olvidaba de mí por completo a medida que las manos del otro se empezaban a colar por debajo de su ropa.

De repente me di cuenta de que me había quedado solo, de que ya no tenía a Pablo para guiarme en ese mundo de medias sombras.

Un hombre algo mayor, que se tocaba por encima de su ropa, me hizo un gesto, invitándome a hacer con mi boca lo que él hacía con su mano.

Negué con la cabeza y me di la vuelta, sopesando la posibilidad de salir de allí, cuando me di cuenta de que mi indecisión estaba llamando la atención, y muchos me estaban mirando con ojos hambrientos.

Busqué a Pablo con la mirada rogando ayuda y lo encontré aprisionado contra la pared por el cuerpo de aquel chico tan guapo.

Fascinado, los vi besarse y tocarse. El moreno cogió una de las piernas de Pablo por debajo del muslo y la elevó hasta su cadera para frotarse con él; vi cómo mi amigo movía su pelvis, ansioso y anhelante, cómo sus lenguas se entrelazaban sin fin.

El aire estaba lleno de jadeos, de gritos, de órdenes y de sumisión.

Cualquier lugar en donde posaba mi mirada era un nuevo estímulo para mí, ya más que pujante, erección.

Fue entonces cuando le vi. Estaba apoyado en una pared, mirando al chico que bailaba como si no sintiera demasiado interés, aunque sus pantalones de cuero se pegaban a su piel, delatando que no era así.

Tenía el pelo largo, negro, y le caía sobre la cara, oscureciendo sus rasgos, angulosos y llenos de peligro.

Me miró en ese momento, como si se hubiese sentido observado, y avanzó hacia mí sin titubear.

Se paró a un paso de mí, mirándome aún intensamente.

Para ese entonces, me di cuenta de que no había apartado mis ojos de él y de que no podía hacerlo, a pesar de ser consciente de lo que una mirada tan prolongada debía de significar en un lugar como aquel.