A través del sexo. La saga completa 10. Sodoma #2
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10. Sodoma #2

—Ya lo sé, cariño, pero aun así lo has hecho —me dijo acariciando mi mejilla—. Quizás la culpa ha sido mía por haber iniciado una relación cuando sé que no estoy preparada para esto.

Se levantó y empezó a vestirse.

—¿Quieres que me vaya? —pregunté indeciso.

—Será lo mejor.

Me puse los vaqueros y la miré de nuevo.

—¿Quieres que lo dejemos?

—No lo sé. —Terminó de vestirse y volvió a mirarme—. Sí, me parece que sí.

Asentí despacio y me puse la camiseta. Antes de salir, volví a besarla, agarrando su cintura entre mis manos, aferrándola por última vez. No volví a verla en mucho tiempo.

Caminé un rato por la calle, antes de darme cuenta de que mis pasos me habían llevado hasta mi casa, pero no tenía ganas de entrar e irme a pasar la noche solo en mi habitación.

Cogí el móvil, que ahora llevaba siempre en el bolsillo trasero de los pantalones, y llamé a Pablo.

—¿Sí? —me respondió.

—¿Aún tienes pensado salir esta noche?

—Hola, cariño. ¿No me digas que te apuntas?

—Sí.

—¿Y Manolo?

—Pero mira que eres cabrón —resoplé—. Hemos roto, te lo contaré luego. ¿Quedamos en tu casa?

Hubo un silencio antes de que me contestara:

—Vente en una hora. Y vístete muy sexi. Esta noche nos vamos a divertir.

Después de que me diera su dirección, colgué y entré en mi casa para cambiarme de ropa.

Aún no sabía cuál era el concepto que Pablo tenía de lo que era estar sexi, así que supuse que vestirme como siempre no estaría mal.

Me puse los vaqueros de Clevin Khain, que de repente se habían convertido en mis favoritos, y una camisa azul oscuro que me había comprado unas semanas atrás y aún no había estrenado.

Cogí el metro hasta donde Pablo vivía, un buen barrio de casitas unifamiliares en el nuevo extrarradio de la ciudad, y llegué justo cuando él se estaba impacientando.

—Pensaba que no ibas a llegar —me contestó por el telefonillo cuando toqué en la puerta.

Me recibió en el salón vestido con su ropa de fiesta: vaqueros oscuros y ajustados y camiseta ceñida con alguna frase graciosa; la de aquel viernes decía: «Busco un 1/2 para llevarte a mi 1/4» en brillantes letras doradas.

—¿De dónde sacas esas camisetas tan chulas?

—¿Y de dónde sacaste tú esa ropa, que parece que vas a ir a misa?

—¿Qué tiene de malo mi ropa? —dije mirándome en el espejo de la entrada.

—Nada —respondió él, dando una vuelta a mi alrededor evaluándome con la mirada—, salvo que te dije que te pusieras sexi. Joder, hay que arreglar esto… Vamos a mi cuarto.

Le seguí por el pasillo, aún protestando.

—Pues yo creo que voy bien así.

Una de las puertas que daba al distribuidor se abrió y salió un hombre que supuse que era el padre de Pablo. Muy a pesar de los dos, se parecían muchísimo.

—¿Vas a salir? —le preguntó a su hijo mirando con desagrado el mensaje de su camiseta.

—Es viernes —se limitó a contestar Pablo como si eso lo explicase todo.

—¿Y este quién es? —Me señaló—. ¿Tu novio?

—No —balbuceé—, yo sólo…

—Vamos, Noah —me dijo Pablo, dándole la espalda a su padre.

Eché una última mirada a aquel hombre de ceño fruncido y fui detrás de mi amigo. Una vez que estuve dentro, cerró dando un portazo.

—¿Y este quién es, tu novio? —dijo enfadado, imitando el tono de voz de su padre—.

Menudo gilipollas, no le hagas ni caso. —Aunque el que parecía no poder olvidar el incidente era él—.

Te juro que el día menos pensado me voy de casa, aunque tenga que vivir debajo de un puente, joder.

—Cerró los ojos y se pasó las manos por el pelo, dando un suspiro—.

Pero bueno —continuó, más hablando consigo mismo que conmigo—, no vamos a dejar que nos estropee la noche.

¿Qué íbamos a hacer? —Me miró y pareció acordarse de algo—.

Ah, sí. Buscarte algo que ponerte. Quítate esta cosa horrible, anda.

Me desabotoné la camisa despacio, mientras él empezaba a rebuscar en su armario musitando algo que sonaba como: «Debería estar por aquí, ¿dónde la habré puesto?

». Al final, terminó sacando toda la ropa que estaba amontonada en los estantes y a tirarla por encima de su cabeza hasta cubrir su cama por completo.

—¡Ah, aquí está! —Me mostró una camisa negra con escote en uve y con el número 69 estampado en lentejuelas rojas, pero eso no fue lo que más me impactó, sino su tamaño: parecía más apropiada para un niño de doce años—. ¿Te gusta?

—¿No es un poco pequeña? —pregunté con cierta cautela.

—Es que la metí en la secadora y se me encogió. Mira cómo se quedó. Sólo me la había puesto una vez, está casi nueva. Seguro que a ti te queda bien. Anda, pruébatela.

La cogí en mis manos con el convencimiento de que incluso para mí iba a ser pequeña, y decidí ponérmela sólo para que Pablo viera que no me servía.

—¿Lo ves? —dije volviéndome hacia él una vez me la hube puesto. Me ceñía tanto el cuerpo que parecía una segunda piel y era tan corta que no llegaba a la cinturilla del vaquero, de manera que parte de la piel de mi abdomen quedaba expuesta—. No me queda bien.

—¿Pero qué dices? Noah, estás para comerte.

—Pablo, si me queda tan ceñida que hasta se me marcan los pezones…

Él me sonrió burlón.

—Pero tonto, si esa es precisamente la idea.

Dejé mi camisa en el coche de Pablo para volver a ponérmela luego, porque lo último que me faltaba era que mi madre o mis hermanos me vieran llegar así a casa. Nos montamos juntos en su destartalado Panda y puso el motor en marcha.

—¿A dónde vamos? —pregunté—. ¿Al Carpe Diem?

—No, esta noche no creo que sea buena idea. ¿Conoces el Sodoma?

Le miré contrariado.

—¿Hay un sitio que se llama así?

—Sí, es nuevo. Yo fui por primera vez la semana pasada y, ¿sabes? Es una pasada. Es una enorme disco gay, con música disco y con un cuarto oscuro que…

—¿Un cuarto oscuro?

—¿Qué pasa? —Paró el coche en un semáforo y me miró—. No me pongas esa cara de susto. No te me vayas a arrugar ahora, mojigato.

—No me llames así, que no soy un mojigato.

—Demuéstralo. —Levantó las cejas y me miró burlón. El semáforo cambió a verde y arrancó de nuevo—. Como te decía, tiene un cuarto oscuro enorme y lleno de recovecos, el sábado pasado estuve un buen rato ahí.

—¿Y tu novio?

—¿Qué novio?

—¿Quién va a ser? El que te hace guarradas con los dedos de los pies.

—Ah, ese. Ese no es mi novio, o por lo menos ya no lo es. Rompimos anteayer, ¿no te lo había dicho?

—Entonces no he sido yo el único esta semana…

—Es verdad. —El tono de su voz de repente se volvió peligroso—. Cuéntame qué pasó con nuestra chica favorita.

—Pues nada, que me dejó.

—¿Por qué?

—Pues no lo sé muy bien, la verdad. Me dijo algo así como que no se sentía a gusto con su cuerpo, que quizás cuando lo esté sí que se sentirá preparada para iniciar una relación, pero no conmigo porque yo soy gay, y que entonces no debíamos volver a vernos.

—Encogí los hombros, algo confuso—. O algo así.

— Me dedicó una mirada incrédula—. Mira para la carretera, por favor.

Estuvimos un rato en silencio hasta que me di cuenta de algo:

—Pero serás cabrón… Si rompiste anteayer con tu novio, el sábado aún estabais saliendo. Le pusiste los cuernos.

Se encogió de hombros como si nada.

—Menos mal que al final no me enrollé contigo, no me gustan los tíos como tú —refunfuñé arrellanándome en el sillón.

Eso le hizo reír a carcajadas.

El Sodoma era la definición en imágenes de cómo yo siempre había imaginado que sería la depravación, y Pablo, evidentemente, parecía estar en su salsa.

Tuvimos que esperar un rato para que nos dejaran entrar en el local, haciendo cola junto a un grupito de locas de la noche del que Pablo se burlaba en voz bajita para hacerme reír y que yo quedara en evidencia frente a ellos.

Al final, Pablo consiguió camelarse al portero lo suficiente para que nos dejara entrar.

El ambiente dentro era oscuro, pero no de una oscuridad morbosa y tétrica, sino azulada y sensual, que rodeaba con sus sombras diáfanas la piel de los cientos de hombres que había allí.

En la calle, concurrida por todo tipo de gente, me había sentido ridículo y fuera de lugar con esa camiseta pequeña, pero ahora, allí dentro, me parecía que yo debía ser el más modosito del lugar.

Había gogós semidesnudos bailando sobre tarimas, con sus cuerpos perlados de sudor brillando bajo el fuego de los neones; hombres de todas las edades, tamaños y colores se contoneaban y bailaban en la pista y alrededores, y otros se arremolinaban junto a las barras o se echaban en los sillones, dedicándose a actividades que yo consideraba más bien íntimas.

La música era tan alta que no pude oír a Pablo cuando intentó hablarme.

—¿Qué? No te oigo —vociferé acercándome a él.

—Que vamos a beber algo. —Se llevó el pulgar a la boca, imitando el gesto de empinar el codo para hacerse entender.

Asentí, consciente del hecho de que eso era más efectivo que un «sí» en esas circunstancias. Me tomó de la mano, para que no me perdiera en esa marea de hombres, y me guió, atravesando la pista de baile hasta una barra en el fondo del local.