A través del sexo. La saga completa 10. Sodoma
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10. Sodoma

SODOMA

P ronto me encontré a mí mismo pensando: «¿Cómo no me di cuenta antes?

». Clara era tan parecida a su hermano que más bien era como una versión en femenino de él: los mismos enormes y expresivos ojos grises, la misma mirada de aguda inteligencia, la misma delicada línea de sus cejas, la elegante estructura de su nariz casi perfecta, la figura etérea y delgada que se intuía bajo su ropa, la misma sonrisa ladeada y burlona.

Me pasé absorto en mis pensamientos el resto de la mañana, incapaz de concentrarme en mi primer día de clase.

¿Era una simple casualidad que viniera a caer en la misma universidad y la misma clase que la hermana de David?

¿O era el destino que quería hacerme una jugarreta?

Justo en el momento en que me parecía que por fin podría olvidarle, me encontraba con una chica que me lo iba a recordar cada vez que la mirara u oyera su nombre.

Encima me sentía como un idiota. Aquella misma mañana había llegado a imaginar por un instante que David estaba en el aparcamiento de la universidad por mí, y ahora el conocimiento de que no había hecho más que traer a su hermana se paseaba por el fondo de mi cabeza, como burlándose de mí.

«¿Cómo he podido ser tan iluso?», me decía una y otra vez, mientras la verdad me cegaba como una bombilla muy brillante: el hecho de que nos hubiéramos visto no había sido nada más que una casualidad.

Clara debió de notar mi turbación porque apenas me habló durante un rato, aunque parecía casi ansiosa por volverlo a hacer.

Por un momento sopesé la posibilidad de hacerme el borde con ella, pero en realidad la chica no tenía ninguna culpa de mis tribulaciones, ni siquiera tenía conocimiento de ellas, así que poco a poco intenté tranquilizarme y fingir que todo iba bien.

Durante el descanso me dispuse a ir a la cafetería, y salí de la clase llevando mi cartera. Caminé por el pasillo absorto en mis pensamientos, hasta que me sacó de ellos una aguda voz:

—¿A dónde vamos?

Miré hacia mi derecha sorprendido y vi que Clara estaba trotando a mi lado, caminando rápido con sus piernecillas.

Cuando estoy preocupado por algo camino a grandes zancadas y a ella parecía costarle seguirme el ritmo.

Me paré y la miré, preguntándome en silencio cuándo la había invitado a venir conmigo.

— Mmmh … —Recordé con claridad meridiana que no, no la había invitado—. Pensaba ir a tomarme un café.

— Ufff , qué bien. —Clara se colgó de mi brazo, dejándome perplejo, mientras empezábamos a caminar de nuevo—.

Me hace falta algo de cafeína. Esa última clase me ha dejado fatal.

Fundamentos matemáticos de la biotecnología, ¡ pufff !

— se quejó—, encima que la asignatura tiene que ser una plastada, el profesor es un tostón.

¡Si hablara más despacio, no hablaría en absoluto!

Me reí ante su comentario. La verdad era que la chica tenía razón.

—¿Y has mirado el horario? —continuó.

—No, ¿por qué?

Salimos del edificio principal y de repente me di cuenta de que era el centro de atención; bueno, en realidad, de que Clara era el centro de atención y yo por añadidura, por tener colgada del brazo a esa muñequita.

—Ahora nos toca una asignatura que se llama…

—Abrió su bolso y sacó su agenda—. Espera, que tengo que leerlo.

—Hojeó hasta encontrar el horario mientras todos los chicos con los que nos cruzábamos, y algunas chicas, se volteaban para mirarla.

Ella parecía no darse cuenta en absoluto—.

¡Ah, aquí está! Termodinámica y cinética química. ¿Se puede saber qué demonios es eso?

—Sí, verás… —le dije sacando al químico que llevo dentro—. En esa asignatura se estudia la cinética de las reacciones homogéneas y…

Ella se paró en seco.

—Dime que te vas a afiliar al club de ajedrez y no volveré a hablarte.

—No sé jugar al ajedrez —confesé.

—Vale. —Volvió a coger mi brazo—. Si eres un empollón normalito, no me importa, pero nada de pedanterías, ¿eh?

Me señaló amenazadora con su dedo índice.

—Lo prometo. —Para cuando entramos en la cafetería ya me había dado cuenta de dos cosas: que Clara estaba loca, y que eso me encantaba—. Y ahora, ¿me dejas invitarte a un café?

El resto de la semana empecé a acostumbrarme a mi nueva rutina: por las mañanas iba a clase, por las tardes veía a Amanda.

La verdad era que tampoco tenía tiempo para mucho más, puesto que los profesores parecían haberse puesto de acuerdo en hacernos trabajar duro desde la primera semana.

El miércoles ya teníamos programados dos proyectos para hacer en pareja y casi sin darme cuenta me había comprometido a hacerlos con Clara, a pesar de que muchos chicos se habían ofrecido a ser sus parejas de trabajo.

A partir de ahí, noté cómo algunos me miraban con curiosidad o cierta competitividad, como si dieran por sentado que tendrían que enfrentarse a mí para llegar a ella.

Así que, teniendo un fin de semana por delante que debía pasar encerrado en una biblioteca con la hermana de mi ex, me decidí a al menos pasarlo bien el viernes por la noche.

Pablo me había llamado para ver si salía con él, pero la verdad era que ya había quedado con Amanda.

El crucero de sus padres duraría hasta finales de mes y eso nos dejaba su casa para disfrutar de nuestros encuentros.

Me preguntaba cómo nos arreglaríamos cuando sus padres volvieran, aunque pronto me di cuenta de que era una preocupación inútil, porque nuestra relación fue más corta que un crucero por el Mediterráneo.

Ella trabajaba por las mañanas en una oficina como auxiliar administrativo, así que tenía las tardes libres, igual que yo.

Eso me hacía pensar que debía de ser algo mayor, aunque no me había dicho su edad.

Tampoco yo le había dicho la mía, y lo único que ella sabía de mí era que iba a la universidad, así que cuando aquel viernes le dije que iba al primer curso, me miró con sorpresa.

—¿Eres repetidor?

Esa tarde terminamos enrollados en una manta en la enorme cama de sus padres.

A mí me parecía un poco fuerte que nos lo montáramos allí, pero ella insistió, diciendo que era más grande y estaríamos más cómodos.

Lo que yo sospechaba era que en realidad debía de darle algo de morbo, pero si era así, nunca me lo dijo.

—¿Repetidor? ¿Yo? —Me señalé el pecho con el dedo índice—. Que va, si soy un empollón.

—¿Entonces cuántos años tienes? ¿Dieciocho?

—Aún no. No los cumplo hasta diciembre.

—¿De verdad sólo tienes diecisiete?

Me estiré perezoso.

—Ajá. ¿Por qué? ¿Cuántos años pensabas que tenía?

—No sé. —Se encogió de hombros y volvió a tumbarse a mi lado—. Pareces algo mayor. Aparentas tener veinte por lo menos.

—¿En serio? —Sonreí soñoliento. En realidad, no era la primera vez que alguien me decía algo así. Al fin y al cabo, David sólo había ligado conmigo porque pensaba que yo era mayor—. ¿Y tú cuántos años tienes?

—No, no te lo digo. —Se puso las manos sobre la cara, avergonzada—. Vas a pensar que soy una vieja. Soy mucho mayor que tú.

Eso ya lo había supuesto, pero no se lo dije.

—Vamos, no seas tonta —dije riéndome—, no puedes ser tan mayor.

Mantuvo sus manos sobre su cara y me miró entre sus dedos entreabiertos.

—Tengo veintitrés.

—¿Tantos? —pregunté fingiendo asombro.

Con un gruñido de rabia, me empujó hasta que caí al suelo. Luego, riendo, se tiró sobre mí.

—Eres muy malo —me amonestó—, mira que decirme eso…

—Solo era una broma. —Paseé mis manos con deleite por la curva que se formaba entre su espalda y sus glúteos—. Eso no tiene ninguna importancia para mí. Mi ex tenía veintiocho.

—¿Ah, sí? ¿Te gustan las chicas mayores? —preguntó coqueta.

Fruncí el ceño.

—Bueno, en realidad era un tío.

Ella se puso en pie y me miró desde la altura.

—¿Eres gay?

Me incorporé y me senté en la cama. El tono de su voz presagiaba problemas.

—¿Acaso pensabas que no lo era? —aventuré.

—¿Y por qué iba a pensar eso? Estás conmigo. —Y luego, como si tuviera que aclararlo, añadió—: Yo soy una chica, Noah.

—Sí, pero… —La mirada que me lanzó me avisó de que no terminase la frase.

—¿Es por eso que estás conmigo? ¿Porque tengo polla? ¿Es eso lo que te gusta de mí?

La miré dubitativo.

—Bueno…, en parte sí.

—Joder —me dijo enfadada.

—No te enfades, Mandy.

Me levanté e intenté abrazarla, pero ella me rechazó.

—No me llames así, eres un capullo.

—Amanda… —susurré dolido.

—Entonces, ¿por qué estás conmigo? ¿Te hubiese gustado más antes, cuando no tenía tetas y vestía como un chico?

—No. Bueno, no lo sé. Me gustas tal y como eres ahora —dije convencido de que eso acabaría con el conflicto, pero pareció enfurecerse más.

—¿Y si cambiara? —Me miró por encima del hombro—. ¿Dejaría de gustarte?

—¿Qué quieres decir?

Amanda se calló un momento y miró hacia el suelo.

—Yo no quiero seguir siendo siempre como soy ahora.

—¿A qué te refieres? —pregunté, pero entonces lo comprendí—. ¿Vas a operarte el…?

—Sí, algún día —dijo, elevando la barbilla con fingido orgullo.

Me quedé callado. No sabía muy bien qué decirle.

—Nunca me habías dicho que esa era tu intención —musité al final.

—Ya lo sé, es que… —Se sentó en la cama, rendida—. Al principio pensé que no querrías salir conmigo y luego has empezado a verme todos los días. Me gustas mucho. —Se encogió de hombros—. Supongo que no te quería asustar.

Me acerqué y me arrodillé frente a ella.

—Noah, tú no lo entiendes —continuó—, no tenía intención de enrollarme con nadie de momento, aún no me siento preparada.

Hace poco más de un año que me estoy hormonando, empecé a cambiar, me dejé crecer el pelo…

y no he salido con nadie en todo este tiempo.

Y de repente apareciste tú… y me haces sentir tan bien y tan mal al mismo tiempo…

—Me miró desolada y cogió mis manos entre las suyas—.

Yo no me siento a gusto con mi cuerpo, no me gusta cómo soy, y que me digas ahora que eres gay…

—Lo siento, Amanda —musité—, no era mi intención herirte. Yo no pensé que…