9. Amanda. Clara #4
No tardé mucho en darme cuenta de que el problema no estaba en mí, sino en la incorrecta elección de estímulos que estaba llevando a cabo.
Llegó un momento en el que descubrí que lo único que necesitaba era cerrar los ojos e imaginarme que estaba con un chico.
Fue entonces cuando empecé a decantarme por chicas ligeramente más altas que yo, para tener que elevar la cara al besarlas, lo que contribuía notablemente a mi fantasía.
También descubrí que una vez en pleno toqueteo, lo único que me interesaba eran sus nalgas, y que los pechos de las chicas me ocasionaban un sorprendente desinterés.
Una vez que conseguía meterme en mi ensoñación, excitarme se convirtió en una tarea tan fácil que olvidé mis tribulaciones anteriores con referencia al funcionamiento de mi propio cuerpo.
Fue entonces cuando conocí a Rebeca. La suya era la clase de al lado, un tercero de letras puras.
Cada vez que salíamos al pasillo para descansar entre clase y clase, ella me miraba poniendo ojitos.
Como estas cosas suelen solucionarse por sí solas, se podría decir que Rebeca fue mi primera novia.
Estuvimos juntos desde el final del curso hasta mediados de verano, y recuerdo que no me dejaba tomar el sol en la playa, porque siempre quería besarme.
Creo que estaba bastante colada por mí, pero nunca hice ningún esfuerzo en concreto por conectar con sus sentimientos.
Era muy guapa, lista y encantadora, una de esas chicas que lee a Platón sin despeinarse antes de entrar en una conversación sobre las convenciones sociales.
Lo único que me daba verdadera lástima era que yo sabía que, de no ser porque ella parecía estar bastante enamorada de mí, podríamos haber sido buenos amigos.
Un día se lo dije, con la inocente esperanza de reconvertir nuestra relación, pero ella se lo tomó como una ruptura en toda regla y no quiso volver a cruzar palabra conmigo.
A principios del curso siguiente fingí que caía en las redes de una chica llamada Carolina, que llevaba tirándome los trastos desde el año anterior.
Era tan notorio para todo el mundo que ella quería rollo conmigo y estaba tan buena, que me sentí obligado a pedirle salir, porque temía que de no hacerlo, mi situación se considerara sospechosa.
Ni siquiera podía alegar que no me gustaba, porque Carolina era tan fácil que cualquiera se hubiera enrollado con ella solo porque sabía que así podría mojar.
Era una chica explosiva, que iba de moderna y a la que le importaba una mierda que la llamaran puta solo porque le gustaba follar.
Mi problema con ella era que en realidad yo debía de ser el único tío del instituto que no quería acostarse con ella y, evidentemente, al final se cansó de mis cada vez más peregrinas excusas y me dejó.
Lo siguiente que supe fue que Josemi me estaba pidiendo disculpas por haberse enrollado con ella nada más romper conmigo.
Fingí ofenderme un tanto, solo porque era lo que se esperaba de mí, y le perdoné, diciéndole que me debía una.
Él sintió meses más tarde que guardarme el secreto sobre mi misteriosa novia le ayudaba a redimirse y yo dejé que creyera que de nuevo confiaba en él.
Sin embargo, ninguna de esas chicas significó nada para mí, ni siquiera Raquel y mi primer beso robado, porque después de tanto tiempo, si alguien me pregunta por mi primer beso no pienso en aquella lejana sesión de tarde de la discoteca de un hotel, sino en la sensual melodía de «In Our Lifetime » , cuando David me había enseñado por primera vez lo que era excitarse entre los brazos de un hombre.
Sabía que lo correcto era que me pusiera en contacto con Amanda, porque no quería que ella se montara un drama como los que hacían las chicas de las películas americanas cuando su ligue no las llamaba con inmediatez militar, pero tardé en decidirme.
No fue hasta el día siguiente que decidí estrenar mi nuevo teléfono móvil.
Rebusqué en los bolsillos del vaquero que había llevado la noche anterior hasta dar con la cuartilla en la que había escrito el teléfono de Amanda y llamé.
Dio dos tonos antes de que alguien contestara.
—¿Sí?
—¿Mandy? —pregunté algo inseguro.
—Sí, soy yo —me respondió, luego oí cómo le decía a alguien—: Es él.
—¿Con quién estás?
—Con mi prima —contestó; supuse que se refería a Andrea—. Te manda recuerdos.
Asentí mientras juntaba valor.
—Oye, a lo mejor estás ocupada ahora, pero me gustaría volver a verte.
La oí reír al otro lado de la línea.
—Qué bien, pensaba que no me lo ibas a pedir.
Tardé menos de media hora en llegar a su casa. Cuando me abrió la puerta me dejó sin aliento, estaba casi desnuda.
—¿Tu prima ya se ha ido? —pregunté con un hilo de voz mientras me la comía con la mirada.
No me contestó. Se limitó a mirar el rellano para ver si había alguien y luego tiró de mí hacia el interior de la casa.
—¿Tú que crees? —me dijo justo antes de cerrar la puerta.
—Pues la verdad es que fue un poco raro.
Pablo y yo habíamos quedado en una cafetería cerca de la Facultad de Humanidades, donde estudiaba Bellas Artes, para hablar.
Desde que por teléfono le contase que había conocido a una chica trans, él quiso quedar para que se lo contara todo.
Acababan de empezarle las clases e iba cargado con una de esas enormes carpetas de dibujo y una mochila.
Tenía una mancha de pintura verde en su camiseta, estaba despeinado y parecía feliz.
Era la viva imagen de un artista muerto de hambre.
—¿Solo un poco? —preguntó levantando una ceja con asombro—. Debe de haber sido aterrador, aunque tuviera polla.
—Bueno, no sé… Tampoco es para tanto.
—Yo una vez me acosté con una chica, ¿te lo había dicho?
—Como negué con la cabeza, continuó—: Fue cuando estaba en el instituto.
Y la mía era una chica de verdad, por todas partes, con vagina, clítoris y toda esa mierda.
—Hizo una mueca de asco con los labios que me ahorró el tener que preguntarle qué le pareció y luego encogió los hombros—.
Lo único que me gustó fue el tema ese de la autolubricación, daría un ojo por que mi culo se mojara así al ver un tío bueno.
Justo en ese momento la camarera se había acercado a la mesa a cogernos el pedido y por la mirada que nos echó pude adivinar que había oído su perorata.
Me encogí todo lo que pude, intentando esconderme, pero él se limitó a pedirle dos cafés a la chica, que se alejó de la mesa lanzándonos miradas curiosas por encima del hombro.
Hubo un momento de silencio en el que yo intenté reponerme de la vergüenza que me había hecho pasar mientras él se reía de mi cara.
—De verdad, Pablo —dije al fin en un susurro, mientras él seguía riéndose—, ¿tenías que decir vagina, clítoris y culo en la misma frase?
—Y autolubricación —me recordó levantando el índice, como un profesor ante su audiencia—. No te olvides de esa, que es importante. Sólo me faltó decir polla.
La camarera volvía a la mesa en ese momento, trayendo los dos cafés, y esta vez sí, nos miró como si fuéramos delincuentes, pero Pablo, ignorando a la chica, siguió hablando como si nada.
—Hablando de pollas… —La camarera dejó los dos cafés sobre la mesa y se largó a paso rápido—. ¿Te acuerdas del camarerito?
Sonreí ladino.
—¿El que terminaba el turno a las nueve?
Pablo parecía complacido.
—Ya llevamos dos semanas saliendo —anunció orgulloso—, y no veas la polla que tiene. —Separó las manos una distancia tal que me convencí de que estaba exagerando—. Además es buenísimo en la cama. Anoche con los dedos de los pies me hizo una…
—De verdad, Pablo. —Levanté las palmas de las manos—. No necesito conocer ese tipo de detalles.
—¿Ah, no? —De repente pareció decepcionado—. ¿No quieres saber cómo me va con mi chico?
Meneé la cabeza.
—Solo con que le llames «mi chico» me hago la idea de lo bien que te irá.
—Creo que me he enamorado —dijo soñador, estudiando las vigas del techo con su mirada. Le creí, aunque solo porque aún no le conocía lo suficiente como para saber que rara vez decía esas cosas en serio—. Es un encanto. ¿Y tú? ¿Vas a volver a ver Manolo?
—¿A Manolo? —pregunté sin entender, pero luego vi cómo se reía—. No seas cabrón, se llama Amanda.
—Eso, perdona. Se me había olvidado que hablábamos de una chica.
—No hace falta que te burles de ella, ¿sabes?
—O sea, que vas a volver a verla. —Se reclinó contra su asiento y me miró, estudiándome—. Te gusta.
Me encogí de hombros.
—No lo sé, creo que sí. Ya te dije que fue raro.
Pablo bebió un sorbo de su café.
—Y tanto que lo es… —susurró como si estuviera hablando consigo mismo.
A lo largo de las siguientes semanas seguí viendo a Amanda.
Nos veíamos siempre en su casa al caer la tarde y esa rutina se estaba convirtiendo en parte de mi cotidianidad.
En realidad me sentía a gusto con ella, era una compañía agradable, el sexo era bueno y me recordaba tan poco a mis anteriores experiencias que con ella sentía que podía olvidarme de David, aunque fuera por un rato.
Quedábamos solo para follar, lo cual era refrescante y bastante liberador.
Aunque le estaba cogiendo bastante cariño, no tenía ganas de tener una relación en la que yo acabase muy colgado de alguien y, en ese sentido, Amanda era desintoxicante: yo sabía a ciencia cierta que no me iba a enamorar de ella.