A través del sexo. La saga completa 9. Amanda. Clara #3
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9. Amanda. Clara #3

Sus ojos negros se clavaron en los míos cuando moví la pelvis para entrar en ella.

Abrió los labios en un grito sordo, y unas lágrimas asomaron a sus ojos.

Seguí entrado muy despacito, a medida que su cuerpo me iba aceptando.

Tardé unos minutos en estar del todo dentro, y cuando al final fue así, exhalé un gruñido de satisfacción y me incliné para morder su boca.

Comencé a moverme hacia fuera muy despacio, para luego volver a entrar, rápido y firme, en sus entrañas.

Amanda gimió y se aferró a mi espalda, arañándome la piel con sus uñas, invitándome a hacerlo una y otra vez.

Solté su pierna y dediqué mis manos a recorrer su cuerpo en sentido ascendente.

Llegué a sus brazos y subí por ellos, cogí sus manos entre las mías y las inmovilicé contra el colchón, mientras me enterraba más y más entre sus piernas.

Ella gimió al verse inmovilizada y se sometió a mí, dejándome ver su cuello para que se lo mordiera.

Lo hice sin reparos y sin dejar de penetrarla una y otra vez.

Ella movía sus caderas, acompasándose a las mías, con una obediencia que me ponía a mil.

En un rapto de pasión, salí de ella y la giré sobre el colchón, dejándola boca abajo.

Tiré de sus caderas, elevándolas de manera que quedó apoyada sobre sus rodillas, expuesta por completo.

Me recreé unos instantes en la vista que se me ofrecía antes de ponerme de rodillas detrás de ella y volver a penetrarla.

Lo bueno de esa posición era que me permitía ver mi miembro entrando y saliendo de ella, y cómo su estrecho ano me acogía por completo.

Ella se apoyó en el cabecero de la cama y gimió con fuerza.

Los músculos de su entrada se convulsionaron con violencia durante su orgasmo y aproveché el momento para penetrarla con más vehemencia, buscando descargarme.

El orgasmo esta vez fue más lento, más pleno que el que había conseguido entre sus manos en el baño, y me dejó exhausto y cubierto de sudor.

Me desplomé en la cama y me quité el condón.

Ella gateó hasta llegar a mi lado. Me miraba con los ojos hambrientos y llenos de dudas.

—Ven aquí —le dije con los brazos abiertos.

Se refugió en mi pecho y me abrazó, agradecida.

—Noah —gimió—. Ha sido maravilloso.

Besé su pelo y asentí despacio, sintiendo como la tensión del orgasmo se desvanecía dejando en su lugar un oasis de paz en mi pecho. Acaricié su piel con suavidad, deleitándome en el contacto de su cuerpo tibio contra el mío.

—Eres fantástica, Amanda.

—Llámame Mandy.

—¿Es así como te llaman los demás?

Negó con la cabeza sobre mi hombro.

—Nadie me llama así, pero me gustaría que tú lo hicieras. Es que… eres el primero, ya sabes —dijo avergonzada—, desde que me llamo Amanda.

—Entiendo —susurré.

—Por eso te dije que hacía tiempo desde la última vez. Hace más de un año que no me acostaba con nadie.

—¿En serio? —Levanté las cejas incrédulo—. Yo hace un mes y pensaba que era una eternidad —bromeé.

Ella rio.

—¿Puedes quedarte un ratito conmigo?

Pensé que era muy tarde. Luego pensé que aunque mi madre me dijera que podía llegar un poco más tarde, no debería pasarme mucho de la hora. Luego dejé de pensar.

—Claro que sí. Todo el tiempo que quieras.

Amanda sonrió y se abrazó más fuerte a mí. Cogí la manta que estaba a los pies de la cama y cubrí nuestros cuerpos con ella. No creo que tardara mucho en quedarme dormido.

Me despertó la claridad que provenía de la ventana. Amanda dormía a mi lado, enroscada sobre sí misma. Miré al reloj de la mesilla de noche y comprobé que eran casi las ocho de la mañana.

Dudé sobre lo que debía hacer. Tenía que irme si no quería que mi madre me matara, pero no sabía si despertarla para despedirme o no.

Me levanté despacio de la cama y cogí mi ropa del suelo.

Mire a mi alrededor por primera vez mientras me vestía: la colcha de la cama, en la que no había reparado la noche anterior, tenía un estampado de flores; en las estanterías de la pared se podían ver varias muñecas viejas, quizás sus compañeras de juegos en la infancia; a un lado había un escritorio perfectamente ordenado con un PC encima, junto a un sillón blanco en el que descansaban un cojín de color rosado y un enorme oso de peluche que llevaba un corazón entre sus manos.

En la pared del fondo y como presidiendo la habitación, había un enorme póster de la película Titanic.

La noche anterior, entre la excitación y la semioscuridad, no me había percatado de esos detalles.

Me giré hacia ella aún indeciso, y vi que dormía profundamente. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su pausada respiración. Decidí no despertarla y la cubrí con la colcha. No pude reprimir el impulso y le di un beso en la frente. Salí de la habitación y cerré la puerta tras de mí.

Recorrí el pasillo y recogí mi camisa, que había dejado abandonada allí la noche anterior.

Pensé que lo correcto sería llamarla, pero la verdad era que no le había pedido su número de teléfono.

Pensé en eso cuando me abotoné la camisa y tuve una idea.

Fui hasta el salón y localicé el teléfono sobre una mesita auxiliar.

Levanté el auricular y, como me esperaba, allí estaba escrito el número de la línea.

Encontré un listín telefónico y un bolígrafo y lo apunté para no olvidarlo. Luego, en otra hoja, dejé una nota:

Te llamaré.

Me parecía un poco escueto, pero no sabía qué más poner.

La dejé en la cómoda que había en el pasillo y salí del piso.

La mañana estaba fresca y soleada y decidí volver caminando a casa, sintiéndome como en una nube y disfrutando del buen tiempo.

Paré en una panadería que ya estaba abierta y me compré un croissant , que me comí por el camino.

Cuando llegué a mi casa eran más de las ocho y media.

Rogando para que nadie se hubiera dado cuenta de lo tarde que llegaba, abrí la puerta con cuidado de no hacer ruido y me escabullí hasta mi habitación.

Una vez allí me desnudé y me colé entre las frescas sábanas de mi cama. Dormí hasta pasado el mediodía.

La primera chica que me besó se llamaba Raquel y era de Almería.

Fue durante el viaje de fin de curso del último año de primaria, cuando yo, con solo trece años, ya tenía bastantes dudas acerca de mi propia sexualidad y las cosas que creía que debían gustarme y las que no.

Entró en mi clase a mitad de ese curso porque su familia se había mudado, y recuerdo que tenía un hermano mellizo que zurraba a todo aquel que se acercaba a ella más de lo que él creía apropiado.

Lo bueno era que su hermano no pudo ir al viaje, porque se hizo un esguince en el tobillo la última semana de clase, y ella se sintió lo suficientemente libre para besarme.

Fue la última noche que pasamos allí, en una sesión infantil de la discoteca del hotel.

Bailamos juntos durante un rato hasta que ella se decidió a hacerlo, porque la verdad era que hasta ese momento a mí no se me había ocurrido que ese fuera el objetivo de la noche.

Fue un beso corto, torpe y desmañado y a mí me cogió por sorpresa, lo que unido a mi total inexperiencia y falta de interés hizo que no pudiera corresponder, pero, aun así, un primer beso nunca se olvida, y luego nos miramos a los ojos durante largo rato y sonreímos.

Poco después de regresar a casa, supe que su familia se mudaba de nuevo. Nunca volví a verla.

La siguiente no llegó hasta dos años más tarde.

Conocí a Luz una noche de marcha, mi primera noche de marcha en realidad.

Acababa de empezar 3º de BUP tras un verano difícil en el que mis padres se habían divorciado y yo me sentía rebelde e inconformista.

En realidad estaba fascinado por Josemi, que me había parecido el chico más guapo de la clase desde la primera vez que le vi, pero él no dejaba de picarme porque le conté que nunca me había enrollado con nadie, así que cuando esa noche Josemi me la señaló, supe que era momento de hacerlo.

Me acerqué a ella, la invité a bailar y sin saber muy bien cómo, terminamos toqueteándonos en un rincón oscuro.

No fue un beso casto e infantil como la otra vez, sino un sucio intercambio de morreos que me dejó con la extraña sensación de haberme perdido algo.

No fue hasta que Josemi y Matías bromearon acerca de que yo debía haber mojado los calzoncillos que me di cuenta de qué era: ni siquiera había tenido una erección.

Ella no fue sino la primera de una serie de rollos de discoteca por culpa de los cuales empecé a frustrarme por no conseguir excitarme, y empezaba a pensar que algo iba mal con mi cuerpo, aunque este pareciera funcionar estupendamente bien en mis recién descubiertas sesiones de onanismo.