9. Amanda. Clara #2
—Mejor así —me dijo, mirándome por encima de su hombro.
—Mejor así —consentí, acercándome a besar sus labios, ofrecidos a medias, y acariciando extasiado la línea de sus caderas.
Volvió a apretar sus glúteos contra mí y una oleada de deseo me golpeó.
Tironeé de sus pantalones hasta que se los bajé lo suficiente como para poder acariciar su culo sin ninguna tela de por medio.
No pude sino maravillarme al mirar aquellas nalgas redondeadas, plenas y rotundas, tan diferentes a las angulosas caderas a las que David me tenía acostumbrado.
Tanteé con mi mano en busca de su entrada mientras seguía besando su nuca.
Un gemido se estranguló en su garganta cuando la encontré y aventuré uno de mis dedos a explorarla con ansia.
Mi otra mano se había colado por debajo de su blusa y pellizcaba uno de los pezones.
Amanda tenía apoyadas sus dos manos en la pared, a los lados de su cabeza, y movía sus caderas para incitarme.
Saqué mi mano de entre sus glúteos y mordí su cuello, abriendo mis propios pantalones y sacando mi latente erección, que dolía de las ganas, y la metí en el hueco que se formaba entre sus nalgas y sus muslos, ansioso por un poco de calor.
—Noah… —jadeó ella al sentir el contacto.
Intenté decir algo, me parece, pero mi garganta estaba secuestrada por el deseo y no pude articular palabra. Cogí sus manos y las inmovilicé contra la pared, sobre su cabeza, al tiempo que me posicionaba para penetrarla.
—Noah, ¿no tienes condones? —susurró, mirándome a medias.
Mi primera reacción fue decirle que sí, que claro que tenía, pero entonces recordé que le había regalado a Pablo los dos últimos que me quedaban. «No creo que yo los necesite por el momento», le había dicho.
—Mierda… —siseé, apartándome un poco de ella.
Amanda se giró y me miró desolada.
—Pues yo tampoco tengo.
Me apoyé contra la pared contraria y miré apesadumbrado mi propia erección, que ajena al problema seguía latiendo en busca de acción.
—Madre mía, cómo estás —dijo ella acercándose a mí y acariciando mi entrepierna por primera vez, con cierta dulzura—. Pobrecito —añadió riendo—, así no vas a poder ponerte los pantalones.
Me encogí de hombros, compungido.
—¿Y ahora, qué?
—Podemos ir a mi casa si quieres. —Se abrazó a mí y me ronroneó—: Mis padres están de viaje, así que podremos estar solos. Allí sí que tengo condones.
—Pues vas a tener que esperarte un rato a que esto se baje. —Señalé mi entrepierna con una sonrisa irónica—. Si salgo así puedo clavársela a alguien.
—Eso no puede ser. —Amanda me siguió la broma—. Hoy sólo me la puedes clavar a mí.
Y mientras decía eso, volvió a acariciarme, rodeando el tronco con su mano y presionando un poco.
—Si haces eso no me voy a poder relajar —gemí.
Pero ella siguió tocándome, hasta que me quedó claro que no iba a parar.
Apoyé mi cabeza en su hombro y ella me rodeó con su brazo libre, mientras seguía masturbándome con su otra mano.
Comencé a gemir más fuerte, a medida que el placer se extendía por mi cuerpo como un manto cálido.
Rodeé su espalda y clavé mis manos en su piel, aferrándome a ella cuando mis piernas parecían no querer sostenerme.
Hundí aun más mi boca en su hombro para acallar mis gemidos.
El orgasmo vino rápido, como una electrizante punción que me recordó el mes de abstinencia que acababa de terminar.
Amanda me seguía manteniendo y enredó sus manos en mi cabello.
— Shh , ya está —me susurró cariñosa—, ahora ya te puedes abrochar los pantalones. —Me reí contra su piel y le di un beso en el cuello, antes de apartarme de ella y coger algo de papel para limpiarme—. ¿Sigues queriendo ir a mi casa? —preguntó, mirándome dubitativa.
Levanté una ceja, incrédulo.
—¿Tú qué crees?
Tomamos un taxi hasta su casa que yo insistí en pagar, quizá porque sin quererlo eso de estar con una chica me obligaba a comportarme de manera diferente.
Cuando nos vimos envueltos en la relativa intimidad del taxi, nos volvimos a besar con salvajismo.
Sus manos, muy osadas, me acariciaron por encima del pantalón, como si quisiera volver a masturbarme a través de la tela.
Yo, envalentonado por su atrevimiento, me abalancé sobre ella presionándola contra el respaldo del asiento y acaricié uno de sus pechos, sostenido solo por la ligera tela de la blusa, aun a sabiendas de que el taxista nos miraba por el espejo retrovisor interno con una expresión libidinosa.
Sentí bajo mis manos cómo su pezón se endurecía y quise poder chuparlo y lamerlo para averiguar cuán grande podía llegar a ser.
No dejé de morder sus labios hasta que nos bajamos y entramos en el portal, y mientras ella buscaba en su bolso las llaves de la puerta yo me mantenía detrás de ella y acariciaba sus pechos suavemente mientras le besaba la nuca.
—Amanda… —Me obligué a suspirar, aprisionándola contra mí—. Creo que deberíamos entrar.
Ella soltó una carcajada que sonó algo trémula, pero siguió buscando las llaves en su bolso con manos temblorosas y yo, inquieto, la tenía abrazada por la cintura, dándole pequeños besos en sus hombros.
Al fin la puerta se abrió, entramos y la cerramos de una patada antes de comenzar otra vez con la vorágine de caricias y besos.
La empujé contra la pared del pasillo y volví a atacarla, mientras ella se colgaba de mi cadera con sus piernas y se apretaba contra mí, ansiosa.
Me arrancó la camisa, pasándome luego las uñas por la espalda.
No pude sino gemir. Avancé un poco más, aún cargándola, y la senté sobre una cómoda que había en mitad del pasillo, sin salir de entre sus piernas.
Le quité la blusa, dejando por fin sus pechos al descubierto, y mientras los masajeaba entre mis manos me froté contra su entrepierna imitando la penetración.
—Qué ganas tengo de follarte… —gemí, completamente excitado de nuevo.
Como toda respuesta ella volvió a fregarse contra mí, mirándome con los labios húmedos y entreabiertos.
—Llévame a mi cuarto —dijo señalándome la habitación del fondo.
La volví a cargar en brazos, abrazada de pies y manos a mi cuerpo.
Tuve una fugaz visión de mí mismo siendo llevado a la cama de esa misma manera, pero me sacudí el recuerdo mordiendo de nuevo los labios de Amanda hasta que gimió de dolor.
No estaba dispuesto a que el recuerdo de David me estropeara la noche de nuevo.
Al llegar a la habitación la tiré sobre la cama y me quedé de pie, mirándola.
Ella se contoneó muy sensual y empezó a quitarse los pantalones, quedando sólo con las braguitas puestas, bajo las que se veía su incongruente erección.
Esa imagen me excitó aún más y me desnudé, para unirme a ella en la cama.
Subí desde sus piernas, lamiendo su cuerpo.
Su piel era muy morena y estaba depilada, lo cual fue una nueva sensación para mí, pues era muy suave.
Rodeé su ombligo y lo humedecí, formando un pequeño lago de saliva en medio del valle de su abdomen.
Seguí subiendo y lamí la parte baja de su seno izquierdo para luego describir una camino zigzagueante hasta llegar a la cumbre.
Su pezón estaba erguido, rodeado por una aureola muy oscura, casi de color violeta.
La miré a los ojos mientras recubría el pezón con mis labios y sentía cómo la piel a su alrededor se endurecía por el húmedo contacto.
Fue entonces cuando comprendí por primera vez la fascinación masculina por los pechos de las mujeres: por su tacto turgente, por la sensualidad de sus movimientos, por cómo reaccionaba ante un simple beso.
Cubrí su pecho con mi mano y descubrí deleitado que no cabía en mi palma.
Subí hasta sus labios y la besé con suavidad.
—Dios mío, eres preciosa… —susurré apoyando mi frente en la suya.
Ella cogió mi cara entre sus manos y me besó otra vez, en un gesto lento y ardiente.
Bajé las braguitas con mis manos, dejando que la tela elástica rodara por la tersa piel de sus muslos, y me abrí paso con las rodillas hasta que estuve entre sus piernas.
Presioné mi erección contra la suya, dejándome llevar por el placer que sentía.
—En la mesita de noche —dijo.
—¿Qué?
—Los condones —aclaró con cierta timidez.
Alargué la mano para abrir el primer cajón y rebusqué a tientas hasta encontrar el familiar envoltorio de plástico.
Lo cogí, lo rasgué y me alejé un poco de ella para ponérmelo.
La miré mientras lo hacía, desenrollándolo despacio por mi extensión.
Amanda me miraba con ojos enturbiados por la pasión.
Volví a recostarme sobre ella y un suspiro salió de nuestros labios al volver a estar juntos.
Levanté una de sus piernas sobre mi hombro y ella puso la otra sobre mis glúteos.
—Hace mucho que no hago esto —me dijo, algo tímida.
Le sonreí, comprendiendo. Volví a rebuscar en el cajón hasta encontrar un bote de lubricante. Eché un poco sobre su entrada, acariciándola un poco, y luego adentré mis dedos en ella. Amanda gimió y se retorció de placer con los ojos cerrados.
—No, no cierres los ojos. Mírame. —Acerqué mi rostro al suyo mientras sacaba mis dedos de su interior y me posicionaba para penetrarla—. No dejes de mirarme.