A través del sexo. La saga completa 9. Amanda. Clara #5
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9. Amanda. Clara #5

Siempre me recibía en ropa interior, y parecía haberse hecho el propósito de enseñarme todo su muestrario.

Fue entonces cuando comprendí el porqué de otra de las grandes obsesiones de los hombres heterosexuales: la lencería.

Ese día llevaba puesto un corsé blanco con bordados negros, que se abotonaba con una pequeña multitud de corchetes a lo largo del pecho y el abdomen y que marcaba sus atributos femeninos hasta el paroxismo, junto con unos tangas negros, con liguero y unas medias.

Llevaba puestos unos tacones negros tipo Stilettos de por lo menos doce centímetros de altura.

La cogí entre mis brazos, rodeando su cintura, y desabroché el primer corchete, de manera que sus pechos se soltaron un poco y un furtivo pezón asomó por encima del satén. Lo lamí con deleite.

—Vas a conseguir malcriarme.

Ella me sonrió justo antes de cerrar la puerta.

El 20 de septiembre llegó, y con él, el primer día de clase.

Abrí los ojos un rato antes de que sonara el despertador, pero me quedé acostado en la cama pensando en lo nervioso que estaba.

Tenía el estómago en un puño y apenas pude desayunar nada.

Me costó un mundo decidir qué ropa ponerme, consciente de que iba a una universidad de niños pijos, y no sabiendo muy bien cómo iba a encajar entre esa gente.

Al final, por pura coquetería y sin que mi madre me viera, saqué los vaqueros de Clevin Khain que David me había regalado y me los puse con una de las camisas más nuevas que tenía.

En parte me sentía un poco ridículo, como si me estuviese disfrazando para caer bien, pero en realidad lo que quería era empezar con buen pie y, aunque suene estúpido, tenía la sensación de que esos vaqueros me traerían buena suerte.

Cogí el metro hasta la universidad y cuando estaba en él recibí un mensaje de Pablo deseándome suerte en el primer día.

Caminé despacio hasta la entrada de la universidad, sabiendo que estaba llegando con antelación.

La primera clase no empezaba hasta las ocho, y eran poco más de las siete y media.

Había tenido que ir unas cuantas veces para formalizar la matrícula y me había asegurado de recorrerme el lugar y averiguar dónde estaban las clases, así que no había ninguna prisa.

La universidad constaba de un alto edificio de piedra gris, con un aspecto señorial y austero, en el que se encontraban las aulas y varios pequeños edificios anexos, donde estaban los despachos de los profesores, los laboratorios, las salas de audiovisuales, el gimnasio, la biblioteca y varias cafeterías.

A sus pies se extendía un amplio aparcamiento para los profesores y el alumnado.

Sabía que detrás del edificio principal se escondía un enorme espacio arbolado, tapizado por un suave césped.

El día que lo vi por primera vez había varios alumnos sentados en él, charlando, estudiando para los exámenes de septiembre o simplemente descansando.

Supe nada más verlo que ese se convertiría en mi rincón favorito de la universidad, y no me equivocaba.

Atravesé el arco de piedra que daba acceso al recinto y pasé frente al aparcamiento de camino a la entrada al edificio principal, pero algo que vi por el rabillo del ojo hizo que me detuviera.

Había un deportivo negro, igual que el de David, aparcado allí, bajo un árbol.

A pesar de que me dije a mí mismo que debía de haber miles de coches iguales a ese, no pude resistir la tentación de mirar con más detenimiento.

Mientras lo hacía, la ventanilla del conductor se abrió, delatando la presencia de alguien dentro del coche que lanzó hacia el suelo una colilla consumida.

Incluso a aquella distancia no me costó distinguir quién estaba al volante.

Me quedé paralizado, contemplándole, como si el mundo se desvaneciera a mi alrededor. Él estaba concentrado en el salpicadero de su coche, quizá cambiando la emisora de la radio, y no miró hacia mí hasta que puso en marcha el motor.

Entonces, al levantar la vista, nuestros ojos se encontraron.

No arrancó, sino que se me quedó mirando, el ronroneo del coche audible desde donde yo me encontraba, hasta que quitó la llave del contacto, abrió la portezuela y salió del coche.

Aterrorizado de que lo hiciera para acercarse a mí, desvié la mirada y caminé con rapidez hacia el edificio sin mirar atrás.

Sabía que no podía enfrentarme a él, que si le tenía muy cerca de mí me derrumbaría.

Me metí en el primer lavabo que encontré y me encerré en él con el corazón desbocado.

Parecía que había pasado una eternidad, pero no hacía ni dos meses de aquel fin de semana que habíamos pasado juntos.

Fue en ese entonces cuando me tatué una «D» en mi baja espalda, y habíamos estado juntos dos días en su casa, haciendo el amor una y otra vez.

Aquella había sido la última ocasión en la que recordaba haber sido realmente feliz.

Con un nudo en mi garganta contuve un sollozo, tapándome la boca con la palma de las manos, intentando no recordar.

Al final conseguí calmarme y respirar más despacio, hasta que mi mente se aclaró un tanto, y empecé a hacerme preguntas: ¿qué hacía David allí? ¿Por qué estaba dentro de su coche en la puerta de la universidad el primer día de clase, como si estuviera esperando algo? ¿Me estaría esperando a mí?

Un súbito calor se aposentó en mis entrañas mientras pensaba en ello.

¿Qué otra razón podía él tener para estar allí?

¿No era demasiada coincidencia? «No seas iluso», me dije en un rapto de pragmatismo.

«¿Por qué iba a querer David verte?». Pero entonces recordé que había hecho el ademán de salir del coche.

¿Es que acaso quería hablar conmigo? A mi mente acudieron, sin que yo pudiera remediarlo, imágenes de mis fantasías en las que David volvía a mí y me tomaba entre sus brazos, y se entremezclaron con recuerdos de aquel fin de semana que ahora ya no podía reprimir.

¿Tan imposible era que él me echara de menos?

Y si no era así, si lo que quería decirme era otra cosa, ¿qué perdía yo por escucharle?

Salí del lavabo y corrí hacia la entrada del edificio, esperanzado. Llegué al aparcamiento buscando el deportivo de David con la mirada. Pero ya no estaba allí.

Sintiéndome como un idiota, dirigí mis pasos hacia el aula.

La clase era grande y ya había mucha gente dentro.

Algunos alumnos charlaban en grupos, pero la mayoría se mantenía en su sitio, seguramente porque al igual que yo, no conocían a nadie allí.

Elegí una mesa libre en el centro de la clase y fui hacia ella.

No había hecho más que sentarme, cuando oí un aumento en los murmullos de la clase.

Seguí la mirada de algunos chicos y descubrí lo que todos estaban observando: en el umbral de la puerta había una chica, y no una chica cualquiera.

Probablemente, era la tía más guapa que cualquiera de ellos hubiera visto nunca, en todo caso, la más guapa que yo me había echado a la cara jamás.

Era muy bajita, como luego supe, no llegaba al metro sesenta, y muy delgada y menuda.

Sus piernas eran morenas y torneadas, mostradas casi por completo por una faldita blanca ridículamente corta; sus pechos eran pequeños y se marcaban bajo una camiseta rosada.

Tenía el pelo negro, liso y cortado a la altura de las orejas, y unos ojos enormes y oscuros, que destacaban en su carita ovalada de boca pequeña, pero el conjunto era encantador.

Había en ella, además, un aire de cierta familiaridad que me resultaba atrayente, así que, como todos los demás, no dejaba de observarla.

Ella parecía ajena al hecho de que era el centro de atención, y se concentraba en buscar con la mirada un sitio donde sentarse.

De repente me miró, anclando sus profundos ojos en los míos, para luego reparar en que la mesa a mi derecha estaba vacía.

Caminó con decisión hasta mí, haciendo resonar sus tacones contra el suelo de mármol, y se sentó a mi lado, posando sobre la mesa un enorme bolso de piel color burdeos con el símbolo de Chanel.

Mi primera reacción fue pensar que era una imitación, hasta que recordé dónde estaba.

De hecho, me fijé en que todo lo que llevaba puesto era de marca.

No sé si ella se dio cuenta de que la estaba mirando, el hecho es que se giró hacia mí y me saludó con una enorme sonrisa.

—Hola, soy Clara —dijo con la intención de que le respondiera.

—Yo me llamo Noah —contesté.

Me lanzó una nerviosa sonrisita.

—No conozco a nadie, ¿y tú? —me preguntó en voz bajita, como si fuera una confidencia.

Me incliné un poco hacia su mesa y le contesté en el mismo tono:

—Yo tampoco.

—¿No estás nervioso? —preguntó acercándose más.

—Un poco, la verdad.

—Yo también. —Volvió a sonreír—. Todo es tan raro… Primero la mudanza y ahora esto.

—¿La mudanza? —dije confuso.

—Sí, claro. ¿Tú no has tenido que mudarte? —Negué con la cabeza—. ¿Vives aquí?

—Sí, a media hora en metro. ¿Tú eres de fuera de la ciudad?

—Y tan de fuera —dijo ella con un suspiro—. Pero bueno, no me puedo quejar. Al menos no he tenido que buscar un piso de alquiler o algo así.

—¿Ah, no?

—No. Resulta que mi hermano vive en la ciudad, así que me ofreció quedarme en su casa.

Dice que si con el tiempo quiero mudarme y tener mi propio lugar, puedo irme, pero que me viene bien estar con él al principio, al menos hasta que haga amigos y conozca un poco la ciudad.

Y creo que tiene razón. De todas maneras, prefiero vivir con él que sola.

Además, su piso es enorme y muy bonito, y está cerca de aquí…

—Se encogió de hombros—. Supongo que me resulta más cómodo así.