A través del sexo. La saga completa 8. Viejos y nuevos amigos #2
11%

8. Viejos y nuevos amigos #2

El lugar donde se encontraba la sede de la Fundación íCaro resultó ser un enorme edificio de oficinas, cuyas líneas tenían un cierto aire retro.

Debía de tener unas veinte o veinticinco plantas, pero a mí me parecía un rascacielos.

A pesar de su tamaño, su estructura se me antojaba ligera y etérea y estaba por completo recubierto de cristal.

Incluso a mí, que no sé mucho de estas cosas, me pareció que debía de ser una gran obra arquitectónica. Mi padre dejó escapar un silbido.

—Si esta gente tiene sus oficinas en un sitio así, es que deben de tener mucha pasta. No me extraña que vayan rifando becas por ahí. ¿Entramos?

Con un nervioso suspiro, asentí.

El hall del edificio era de estilo art decó, con una planta ovalada y murales pintados a lo largo de las paredes en un estilo más de los años veinte que actual.

No parecía, empero, que el edificio fuera tan antiguo, lo más probable es que fuera una reproducción o que el arquitecto estuviera haciendo un homenaje a tiempos mejores.

Nuestros pasos resonaban fuerte sobre el mármol a medida que nos acercábamos al mostrador que había al fondo, donde una señorita hablaba por teléfono.

La chica parecía parte de la decoración, con su ondulado pelo corto, sus gafas de montura de pasta algo caídas sobre la nariz, sus labios rojos y su estilo lady , que acentuaba su delgada figura; casi parecía salida de los locos años veinte.

Mi padre y yo esperamos junto al mostrador a que la secretaria colgara y nos prestara atención.

—Buenos días —dijo con voz de azafata—. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Buenos días, señorita. Mi hijo tiene una cita hoy. Noah Estévez…

—Noah Estévez Silva —le interrumpió la joven mientras miraba unos papeles ante ella—, sí. Le espera el director de Recursos Humanos. Las oficinas de la fundación están en la décima planta. Suban por esos ascensores.

Ambos miramos en la dirección que ella señalaba. Los ascensores tenían pesadas puertas de un metal dorado, y sobre ellas una pequeña flecha iba moviéndose despacio de derecha a izquierda sobre unos elaborados números de bronce, indicando en qué piso estaba el cubículo.

—No han descuidado ningún detalle —dijo mi padre, señalando el anticuado sistema—, solo falta que dentro del ascensor haya un botones accionando una palanca.

—Como en las películas antiguas —reí, siguiéndole la broma.

—Las únicas que valen la pena —añadió mi padre mientras las puertas se abrían y entrábamos en el ascensor.

Cuando llegamos al décimo piso, pudimos constatar que el estilo art decó no se limitaba al hall, aunque allí era más sobrio y discreto. Nada más salir del ascensor nos encontramos con otro mostrador, donde una señora rechoncha nos miraba con mal disimulada antipatía.

Mi padre se dirigió a ella para decirle que teníamos cita con el director de Recursos Humanos.

Tras consultar una agenda, nos indicó que debíamos esperar mientras señalaba un banco de madera a nuestras espaldas.

Se levantó y se dirigió hacia el final del pasillo, donde podía verse una puerta doble de pesada madera.

Cuando volvió a salir del despacho, nos indicó que podíamos pasar.

El despacho era tan opulento como la elaborada puerta de roble presagiaba.

Grandes ventanales se abrían a las vistas de la ciudad.

Un enorme sofá de piel negra descansaba indolente en una esquina de la habitación, que era presidida por una mesa de caoba.

Tras ella nos esperaba un hombre calvo de mediana edad que se puso en pie al vernos llegar y estrechó nuestras manos, afable, por encima de la mesa.

—Buenos días, soy Roberto Molina —decía. Al coger mi mano, la sostuvo un momento más de lo que la estricta cortesía marcaba—. Tú debes de ser Noah.

Asentí mientras soltaba mi mano y se giraba hacia mi padre.

—Y usted debe de ser su padre. El parecido entre ustedes no deja lugar a dudas.

—Carlos Estévez —mi padre aceptó la mano que el hombre le ofrecía con una servicial sonrisa.

Con un gesto nos indicó que nos sentáramos en las sillas de cuero que había frente a la mesa. Él también se sentó y se nos quedó mirando un momento, hasta que mi padre se revolvió algo incómodo.

—Bueno —comenzó—, usted dirá.

Roberto sonrió y se recostó contra su alta silla.

—Supongo que esto les habrá cogido por sorpresa.

—La verdad es que sí —aventuré.

Me miró con una sonrisa.

—Suele pasar. La beca íCaro no suele ser solicitada por el beneficiario. A veces somos nosotros mismos quienes decidimos a quién otorgársela. Así que para muchos es una sorpresa.

—Pero… —dudé un momento—. ¿Por qué yo? Quiero decir, no tengo tan buenas notas, no soy un superdotado ni nada de eso. Estoy seguro de que hay chicos que la merecen más que yo.

—Es posible —concedió—. Pero de todas maneras, no te confundas.

No es inteligencia y buenas notas lo único que la Fundación íCaro persigue.

Por supuesto, hay miles de muchachos que han obtenido mejores calificaciones que tú en la selectividad y que tienen un coeficiente intelectual más elevado, así que debes darte cuenta de que no es por eso por lo que estás aquí.

—¿Entonces, por qué?

Roberto abrió una carpeta que tenía frente a sí. Dentro había unos papeles en los que pude leer mi nombre.

—Vamos a ver… Tu nota de selectividad es de 8.

471, que junto con tu nota media de bachillerato, da un total de 8.

668. No es una mala nota, pero tampoco es deslumbrante, la verdad.

Pero si miramos tus resultados más detenidamente, ¿qué encontramos?

6.7 en inglés, 7.4 en filosofía, 6.9 en lengua española…

Pero si nos fijamos solo en las materias más científicas, ¿qué tenemos?

: Un 10 en biología, un 9.8 en física, un 9.

9 en química y un 8.6 en matemáticas. Eso nos da una nota media de…

—Se tomó unos segundos para teclear en una calculadora que tenía sobre la mesa—.

9.5. Y esa sí es una nota impresionante.

Pero eso no es todo. Cuando un joven es candidato para obtener esta beca, se realizan entrevistas con los profesores del alumno, se estudia su expediente académico y de comportamiento y entonces se decide si invitar al joven en cuestión a esta entrevista.

Hay agentes de la Fundación, ojeadores, como se diría en lenguaje deportivo, que van en busca de los chicos que pueden interesar, que respondan al perfil que buscamos.

Ese proceso dura todo el verano. Otros llegan a nosotros por medio de recomendación. Ese ha sido tu caso.

—¿Quién me recomendó?

Roberto se encogió de hombros.

—Eso no te lo puedo decir. No ha quedado registrado. Un profesor, tal vez.

—O sea, que sólo estoy aquí por una recomendación —afirmé algo enfadado. De repente me sentía menos especial.

—No te equivoques, Noah —me contestó con una sonrisa, como si pudiera leer mis pensamientos—.

Los que son recomendados tienen que pasar el mismo cribado que los demás.

La Fundación íCaro no es una fundación benéfica, nosotros no regalamos becas.

Solo becamos a aquellos estudiantes de valía que desean cursar carreras de ciencias biológicas o de la salud: Medicina, Farmacia, Química, Biotecnología…

—Volvió a inclinarse sobre su mesa, estudiándome—.

Y lo hace con la esperanza de que esos talentos estén donde deben estar.

—¿Qué quiere decir? —mi padre habló por primera vez en la entrevista.

—La Fundación íCaro tiene un convenio con los Laboratorios BioKerck, ¿los conoces?

Asentí. Los laboratorios BioKerck eran de los más punteros en la investigación biológica y farmacéutica.

—Entonces sabrán que los laboratorios BioKerck tienen una financiación exclusivamente privada proveniente de una importante multinacional.

La Fundación íCaro ofrece una beca de estudios para proveer de la mejor educación posible a aquellos jóvenes a los que los laboratorios quieren tener trabajando para ellos en un futuro.

—¿Le está ofreciendo trabajo a mi hijo?

Roberto volvió a sonreír.

—De hecho, sí. Creo que es el momento de que les explique de qué va todo esto.

La beca íCaro consta del pago íntegro de la matrícula y las tasas universitarias de la universidad privada que el estudiante elija, así como una dotación anual de un millón de pesetas para cubrir gastos para material y soporte escolar.

Mi padre silbó por lo bajo.

—Esa es la parte económica de la beca. Pero también incluye prácticas universitarias de empresa en los laboratorios BioKerck y, si todo va bien, un contrato de trabajo nada más salir de la universidad por un periodo mínimo de cinco años en dichos laboratorios, incluyendo apoyo para investigaciones o para realizar un doctorado, por ejemplo.

Cerré la boca a tiempo para preguntar:

—¿Si todo va bien?

—Claro. Ahora es cuando te explico la parte mala del trato: la beca íCaro tiene una duración máxima de cinco años.

Lo cual significa que si no has terminado tus estudios para entonces, tendrías que costear tú los últimos años y, si me permites el atrevimiento —dijo mirando cauteloso hacia mi padre—, no creo que la renta de tus padres te permitiera hacer eso, lo que significaría, en tu caso, que tendrías que terminar la carrera en una universidad pública, perdiendo la posibilidad de obtener un prestigioso título.

Pero también significa que si terminas la carrera en cuatro años, puedes mantener la beca un quinto para cursar estudios de posgrado o un máster universitario.

Además, la beca te obligaría a mantener un nivel.

No voy a mentirte, las exigencias son muy duras.

De hecho, hay muchos que no la aceptan porque no se ven capaces de mantener ese nivel, y muchos otros la pierden el primer o el segundo año por el mismo motivo.

Asentí despacio.

—¿Qué tendría que hacer?