8. Viejos y nuevos amigos
VIEJOS Y NUEVOS AMIGOS
D espués del desastroso fin de semana, no me quedaba mucho más aparte de admitir lo que era inevitable y pensar en algo práctico.
Así que intentaba convencerme a mí mismo de que debía olvidar a David y concentrarme en el año de universidad que me esperaba.
Sólo tuve éxito en uno de esos dos proyectos.
Además, todavía me sentía muy avergonzado por los acontecimientos del viernes por la noche y por mi pueril comportamiento.
El domingo por la tarde Pablo me llamó y me pidió que quedásemos para tomar un café.
En su tono de voz no se percibía más que amabilidad, pero yo estaba nervioso ante la perspectiva de verle después de nuestro coitus interruptus .
Habíamos quedado en una cafetería muy conocida que estaba en la Plaza de la Constitución.
Durante el verano, la cafetería montaba una terraza alrededor de la enorme fuente que la presidía.
Eran casi las seis de la tarde cuando me acerqué a aquella fuente, buscando a Pablo con la mirada entre las personas que se sentaban y charlaban en las mesas que ocupaban la plaza.
Un silbido me hizo girarme y vi a Pablo sentado en una mesa al otro lado de la fuente y agitando las manos para hacerme señales.
—Hola, cariño —me dijo sin ceremonias cuando me acerqué a él. Se puso en pie y besó con sonoridad mis mejillas.
—Hola —contesté sentándome a su lado—. ¿Llevas mucho rato esperando?
Hizo un gesto con su mano, indicándome que no me preocupara por eso, y cogió la carta de cafés, estudiándola con detenimiento.
— Mmhh … Estoy entre un capuchino y un chocolate suizo. ¿Tú qué vas a pedir?
—Un café solo —dije un tanto abatido sin molestarme en estudiar la selección de cafés.
Pablo me miró entre asombrado y divertido.
—Pero mira que eres aburrido —censuró—, voy a tener que elegir por ti.
En ese momento llegó el camarero. Era un chico joven, de unos veinte años. Llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca. El delantal negro que cubría sus muslos era el único indicativo de que trabajaba allí.
—¿Qué va a ser, chicos? —dijo esbozando la que seguramente era la mejor de sus sonrisas.
De repente, Pablo adoptó la misma actitud sugestiva que había tenido la noche que le conocí.
—Un suizo y un café bombón, para el bomboncito.
El camarero nos examinó con cuidado para luego inclinarse un poco sobre la mesa y bajar el tono de voz:
—Entonces voy a tener que traer dos, ¿no?
Pablo se recostó sobre el asiento de la silla, manteniendo su actitud sugerente.
—No —afirmó fingiendo desinterés—. Yo prefiero el chocolate, pero no me importaría que viniera acompañado de tu número de teléfono.
—Marchando —contestó el camarero mientras se alejaba.
Yo no había abierto la boca durante el intercambio de insinuaciones, pero ahora me giré hacia Pablo, impresionado por su capacidad para ligar.
—¿Cómo sabías que era gay?
Se encogió de hombros.
—¿Es que tú no te das cuenta de esas cosas?
—No siempre —mascullé.
—Además, ¿no conoces el refrán? El que no arriesga, no gana.
—¿No te da vergüenza?
—¿Vergüenza? —Me miró con las cejas levantadas por la incredulidad—. ¿Vergüenza de qué?
Miré a ambos lados, preocupado por que alguien estuviera siguiendo nuestra conversación.
—Ya sabes… De que se sepa que eres gay.
—De verdad, Noah —me dijo con tono enfadado—, lo que no comprendo es que tú seas gay. Nunca conocí a un marica más mojigato que tú.
—Yo no soy mojigato —contesté mientras me ruborizaba, enfadado.
—Sí, sí que lo eres. No fumas porros, te escandalizas si ligo con alguien y sólo has follado con un tío.
Le miré aturdido.
—Con dos, Pablo. —Desvié la mirada incómodo—. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
—No, no —dijo negando con la cabeza—. Eso no cuenta, tú y yo nunca follamos.
Si no, yo me acordaría. —Abrí la boca para protestar, pero Pablo no me permitió continuar—.
Con todos los respetos, cariño, si no me corro, no cuenta.
Y salvo que tus objeciones a mi ligue con el camarerito se deban a que estás celoso y quieras terminar lo del otro día, te agradecería que no te entrometieras.
Hace dos semanas que no me acuesto con nadie, anoche salí, pero no me comí un rosco, y desde el viernes por la noche, por culpa de un calientapollas rubito, he necesitado duchas frías cada cinco minutos.
En ese momento, el camarero volvió con el pedido, ahorrándome el trago de tener que contestar.
Puso ante mí una pequeña taza de cristal con café y leche condensada y ante Pablo una enorme taza de cerámica, repleta de chocolate caliente cubierto de nata y mucha canela, que desprendía un delicioso aroma.
—Dicen que la canela es afrodisíaca. Espero que lo disfrutes.
Y se fue sin más. Pablo levantó la taza y descubrió que debajo de ella había una nota garabateada. Me la tendió sonriendo. En ella se podía leer un número de teléfono y luego la frase: «Termino el turno a las nueve».
—Vaya —dijo Pablo distraído mientras sorbía de su taza—, parece que esta noche voy a mojar el churro.
Puse los ojos en blanco, algo escandalizado por las cosas que decía, pero no pude evitar sonreír ante sus ocurrencias.
—Oye, por lo del viernes… —empecé indeciso antes de que Pablo me interrumpiera.
—No, por favor, nada de excusas. Lo pasado, pasado está. —Me sonrió con calidez—. No te he pedido que nos veamos por eso. No pretendo que te disculpes, y no tengo ninguna intención de volver a tirarte los trastos. Con un rechazo tengo más que suficiente.
—Entonces, ¿por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué querías que nos viéramos?
Se encogió de hombros.
—Porque me caes bien.
Estuvimos toda la tarde hablando en el café.
Pablo me habló un poco de su vida mientras yo le observaba con detenimiento.
Él era lo que se suele llamar un chico amanerado: gesticulaba mucho con las manos al hablar, tenía maneras femeninas y chillonas, sonreía a menudo y no parecía molesto por ser el centro de atención.
Me habló de su padre. Me contó que vivía solo con él, que le detestaba y que apenas se dirigían la palabra desde que este encontrara un dilatador anal en su habitación.
—¿Sabes qué fue lo que más le enfadó de todo ese asunto?
—dijo con una sonrisa seca y carente de alegría—.
No fue descubrir que su hijo era marica, sino que cuando me pidió explicaciones con el dildo en la mano, me burlé de él, diciéndole que parecía saber muy bien lo que era eso y para qué servía.
Así que lo peor no es tener un hijo gay, sino que tu hijo gay insinúe que tú eres más marica que él.
Me contó también que había cursado un bachillerato de arte y que ese año empezaría el segundo curso de la licenciatura en Bellas Artes.
—¿Bellas Artes? —inquirí.
Él afirmó con la cabeza, henchido de orgullo.
—Ajá, quiero dedicarme al arte. Las artes plásticas son mi pasión, sobre todo la pintura. Algún día —añadió soñador— mis obras estarán en el Reina Sofía, en el Guggenheim o, mejor, en el MoMA de Nueva York.
—Estoy seguro de que sí —respondí, emocionado por su entrega.
—Aunque ahora, lo único a lo que aspiro es a poder pagarme un piso de alquiler para irme de casa, aunque sea un piso compartido. La situación con mi viejo se está poniendo insoportable.
—Yo no se lo he dicho a los míos. —Levanté la mirada para encontrarme con la suya—. Ellos no saben que soy gay. Me da miedo que me pase como a ti.
—¿Sería tan terrible si así fuera?
—Joder, Pablo. —Irritado, me removí en mi asiento—. Pensé que tú lo entenderías.
—Y lo entiendo, cariño. Es solo que tarde o temprano tendrás que enfrentarte a esa situación. No puedes esconderte para siempre.
—Ya lo sé.
—¿Y qué te decía él ?
—¿Él?
—Salvo que me digas cómo se llama, voy a tener que seguir llamándole así.
—David —suspiré—, se llama David. Me decía que me tomara mi tiempo, y que salir del armario era una decisión que yo debía tomar por mí mismo.
—Vaya, qué comprensivo… —dijo Pablo con cierta aspereza.
—Sí —repliqué, recordando a David con súbito afecto—, sí que lo era.
—¡Bah! Que le den, por gilipollas. Mira que dejar a un chico tan guapo…
—Eso le dices porque no le has visto —dije mientras rebuscaba en mi cartera, hasta extraer una pequeña foto de David que le había robado unos meses atrás—. Él sí que es guapo.
Le tendí la foto a Pablo.
—Pues no es para tanto. —Fingió desinterés—. Muy flacucho para mi gusto. Pero bueno, ya te lo he dicho, lo pasado, pasado está. Y no sé qué haces guardando en la cartera la foto de un tío que te dejó tirado como una colilla vieja —dijo parafraseando lo que yo le había dicho el otro día.
Ahora fui yo el que se encogió de hombros, incapaz de dar una respuesta. Me quedé con él hasta las nueve. Cuando vimos que el camarero se quitaba el delantal y miraba indeciso y esperanzado hacia nuestra mesa, me levanté para irme.
—Que te vaya bien. —Le tendí la mano para que me la estrechara, y cuando lo hizo, se encontró con el envoltorio de dos condones reluciendo en la palma de su mano.
—¿Y esto? —exclamó divertido.
—No uses los tuyos, que eres un desastre y seguro que están picados — bromeé—. No creo que yo los necesite por el momento.
—Gracias, cariño —me abrazó como despedida—. Te llamaré para contarte qué tal me ha ido.
Se alejó de mí en dirección al camarero, que lucía una deslumbrante sonrisa. A medio camino se giró y me enseñó sus pulgares levantados, como símbolo de victoria.
El otro gran acontecimiento del fin de semana vino marcado por aquella misteriosa carta.
Mis padres no habían dejado de hablar del tema, emocionados porque uno de sus hijos obtuviera una beca de estudios de una fundación privada, de la que nunca antes habían oído hablar, pero que de repente se les antojaba muy importante.
Así que aquel lunes 30 de agosto, mi padre me acompañó más contento que unas castañuelas hasta la sede de esa fundación.