A través del sexo. La saga completa 7. El comienzo de una hermosa amistad #4
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7. El comienzo de una hermosa amistad #4

«Me gusta pensar que tu cuerpo es mi santuario: un sitio donde sólo yo puedo entrar, donde sólo yo soy bienvenido».

Esas palabras golpearon mi consciencia y nublaron mi visión.

Ya nunca más sería eso para él. Si volvía a estar algún día a su lado, tendría que decirle que ya no era el único.

«Soy sólo tuyo», le había prometido. ¿Acaso había roto mi promesa?

—Noah… —Pablo me miraba—. ¿Estás bien?

—Yo… No… No puedo. —Me desembaracé de sus brazos y me incorporé, consiguiendo sacarlo de dentro de mí—. No puedo hacerlo.

Me senté a su lado.

—¿Pero qué te pasa?

Intenté contestarle, pero no pude. Hundí mi rostro en mis manos y empecé a llorar.

—Joder. —Oí cómo Pablo se quitaba el condón, se vestía y salía del coche.

Seguí llorando un buen rato, hasta que la vergüenza superó a la angustia y me di cuenta de lo que estaba haciendo y dónde estaba.

Miré hacia el exterior y vi que estaba apoyado contra el coche, de espaldas a mí.

Me vestí y salí con timidez, pensando que estaría enfadado conmigo.

«Y razones no le faltan», admití en silencio.

—Pablo… —musité mientras salía y me ponía a su lado.

Él no me miró. Estaba concentrado liándose un porro, esforzándose por hacerlo bien. Luego lo prendió y dio una intensa calada.

—¿Quieres? —me dijo tendiéndomelo.

—No, gracias, no fumo.

Pablo se rio.

—Esto no es tabaco.

—Ya lo sé —contesté—, tampoco fumo… de eso.

Levantó una ceja mientras daba una calada.

—Cuando te vi no pensé que fueras un mojigato.

—No lo soy, es sólo que… Lo siento, es que yo…

—No me digas que eras virgen. —Pablo abrió mucho los ojos, con cierta alarma.

—No, no lo soy, qué va. —Me concentré en mirar mis botas, incapaz de enfrentarme a su mirada—. Es solo que es la primera vez que no lo hago con él.

—¿Con él ?

Asentí.

—Fue el primero. Él y yo éramos… ya sabes.

—¿Te ha dejado?

—Sí. —No me esforcé en evitar llorar, porque de todas maneras no lo habría conseguido—. Me dejó tirado como a una colilla vieja y yo… ¡Soy un idiota! — exclamé—. Lo único que quería era estar otra vez con él, pero en vez de eso…

—En vez de eso estás aquí conmigo —me interrumpió—. Es eso, ¿no?

—No. Sí. —Le miré con pesar—. Lo siento, no quise ofenderte, nunca tuve la intención… No quería burlarme de ti ni nada de eso.

Meneó la cabeza.

—¿ Él estaba allí?

—Sí.

—O sea, que sólo querías ponerle celoso.

—Sí.

—Joder —bufó, exhalando por la nariz una bocanada de humo—, y yo tan contento, pensando que de verdad querías follar conmigo.

Se inclinó y se agarró el abdomen, temblando ligeramente, mientras hacía ruiditos con su nariz. Tardé un momento en darme cuenta de que se estaba riendo.

—¿Qué? —inquirí con una cautelosa sonrisa—. ¿Qué es tan gracioso?

Pero él no parecía estar en condiciones de contestarme, se limitó a agitar su mano en el aire, mientras dejaba oír su risa. Me quedé un instante mirándole estupefacto, pero su risa era contagiosa y no pude evitar unirme a él, hasta que ambos terminamos riendo a carcajadas.

—¡ Aah ! —Pablo hacía esfuerzos por dejar de reírse, mientras se secaba los ojos—. Y yo que pensaba presumir de mi ligue mañana…

—Lo siento —dije, intentando no reírme.

Ambos nos miramos.

—No recuerdo cuándo fue la última vez que me reí así.

—Yo tampoco —gemí agarrándome la barriga.

—Yo tengo excusa —dijo meneando el porro en el aire—, estoy medio colocado. ¿Cuál es la tuya?

Me encogí de hombros.

—Creo que estoy un poco borracho.

—Sí, supongo que lo estás. —Dio una última calada y tiró el resto del canuto al suelo, pisándolo con la bota—. Los polvos por despecho nunca son una buena idea, ¿sabes? —me dijo como si nada.

—Ya, ya me he dado cuenta.

—Lo peor es que al final sí que me voy a casa con las ganas.

—Lo siento —repetí.

Se encogió de hombros.

—Bueno, qué se le va a hacer. ¿Estaba bueno?

—¿Quién?

—Ya sabes… —me dijo moviendo la mano en el aire—. Él .

Asentí.

—Es el hombre más guapo del mundo.

—Joder —dijo fingiendo enfado—, me lo hubieras presentado.

—No te preocupes —respondí cabizbajo—, ya tiene quien le caliente la cama esta noche.

—Oh, cariño. —Pablo me abrazó—. Cuánto lo siento.

Asentí despacio contra su pecho.

—Es que no me puedo creer que él esté con otro ahora y yo aquí, ¿sabes?

—Lo sé —me dijo comprensivo, mientras acariciaba mi pelo—, yo también he pasado por eso y sé lo que jode. Vamos, entremos en el coche. Te llevaré a casa.

—De acuerdo.

Me sequé los ojos mientras entraba de nuevo en el coche. Pablo prendió el contacto y encendió la radio. Sonaba «Linger» de The Cranberries. Era una canción algo antigua y muy melancólica. Pero me gustaba, así que subí el volumen. Pablo sonrió mientras arrancaba.

—Sí —susurró—, a mí también me gusta.

Estuvimos así un momento, escuchando la canción, compartiendo el silencio.

Fue entonces cuando me vino a la cabeza una escena de Pulp Fiction .

Uma Thurman y John Travolta están sentados en un bar con ambientación de los años cincuenta.

Después de un rato sin decirse nada, ella le dice algo así como que si puedes estar callado un minuto con una persona y el silencio no se vuelve incómodo, es que has dado con alguien especial.

Pensé en eso un momento. Pablo y yo no habíamos intercambiado una sola palabra en los últimos cinco minutos, pero no había tensión en el ambiente, solo una sensación de compañerismo e intimidad.

¿Sería Pablo alguien especial para mí? Sonreí recordando también una frase de la película favorita de mi padre: «Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad».