7. El comienzo de una hermosa amistad #3
En medio de todo eso, resplandecía la cegadora realidad de que no volvería a besar a David.
Nunca. Que a partir de ese instante tendría que conformarme con el recuerdo de su incendio sobre mi piel, aunque mi cuerpo y mi alma parecieran un páramo yermo, quemado.
Qué diferencia habría entre uno u otro; ninguno sería David, nunca más.
Me aparté un poco de Pablo y le miré. Tampoco era tan feo.
Tenía la cara algo alargada y la nariz respingona.
No era atractivo, pero tenía ese no-sé-qué que tienen las personas que siempre terminan cayéndote bien.
Sus ojos, el rasgo más hermoso de su rostro, no delataban más que una amistosa curiosidad, y su sonrisa incitaba a la confianza.
«¿Por qué no?», me dije mientras me ponía de pie y le tendía la mano.
—¿Nos vamos?
Las comparaciones son odiosas, lo sé, e injustas.
La primera vez que fui al Carpe Diem salí de allí con el hombre más guapo que había visto en mi vida, me había subido en su coche de anuncio y me había ido con él a su casa de ensueño para tener el mejor sexo del mundo.
Ahora, sentado en el desvencijado SEAT Panda de Pablo, que tenía al menos quince años y al que no se le podía bajar la ventanilla del copiloto porque estaba rota, no podía evitar hacerlas.
No es que yo fuera materialista. Cuando me ligué a David no tenía ni idea de la pasta que tenía, y nunca me importó, pero eso le daba un aire de cuento de hadas que el sonido del motor del SEAT estaba encargándose de destrozar.
—¿Vamos a ir a tu casa? —pregunté nervioso, con la intención de matar el silencio.
—Ojalá —bufó él—. No creas que puedo entrar en casa a estas horas y decir: Papá, me voy a mi cuarto a enrollarme con este bomboncito.
—A mí me pasa igual —gemí—. Entonces, ¿a dónde vamos?
—Hay un picadero tranquilito cerca de aquí.
Puse los ojos en blanco. Ese tío pretendía que nos lo montáramos en su coche, que, además, olía a hamburguesa rancia.
Miré indeciso hacia el asiento de atrás y vi que estaba cubierto de cosas: una chaqueta negra, un par de latas de refresco, el envoltorio de un helado y…
voilà , una bolsa del McDonald’s. «Al menos ya sé de dónde viene el olor a hamburguesa», me dije con acritud.
Si lo pensaba fríamente, no me podía creer lo que estaba haciendo, ni lo que estaba a punto de hacer.
Eso nunca me pasó con David, aunque supongo que era porque me sentía tan atraído por él desde un principio que nunca me planteé que las cosas pudieran ser de otra manera. Pero ahora…
Miré hacia Pablo, preguntándome por enésima vez qué hacía con él.
Había terminado con el primero que se me había puesto por delante, pero la verdad es que nunca tuve intención de acostarme con él.
Sólo quería poner celoso a David. Era tan irónico…
Esa noche tampoco iba a terminar como había esperado, pero en un sentido completamente opuesto al de la última vez.
Pablo debió de notar que lo estaba mirando, porque desvió la vista de la carretera un momento para dedicarme una deslumbrante sonrisa.
Al parecer, él sí estaba contento con el correr de los acontecimientos.
—Ya estamos llegando —me dijo.
Cerré los ojos, mortificado, pensando en la primera vez que un hombre me había dicho algo así justo antes de llevarme a su casa, para hacerme el amor en una cama enorme y mullida, y no en el sucio asiento trasero de un SEAT Panda, en medio del descampado deprimente en el que Pablo estaba aparcando su coche.
Respiré hondo un par de veces, intentando calmarme.
Me sentía de nuevo como si fuera virgen, a punto de hacer algo nuevo por primera vez.
La diferencia era que esa vez no tenía ganas de hacerlo.
Para cuando el coche se hubo parado del todo y Pablo apagó el motor, me sentía más nervioso que nunca antes en mi vida.
—Dame un momento para recoger ese desastre —señaló con un pulgar el asiento trasero.
—Vale. —Salí del coche para desentumecer las piernas, mientras le oía meterse en la parte de atrás y recogerlo todo apresuradamente, en medio de maldiciones dichas a media voz.
La noche estaba fresca y clara. Miré hacia el cielo estrellado.
Allí, a las afueras de la ciudad donde la contaminación lumínica era menor, se podía disfrutar de un cielo más limpio y brillante.
La luna estaba alta, y solo podía verse la mitad de su blanca esfera, como si asomara su rostro a medias, espiándonos.
Una estrella fugaz pasó rauda a su lado, y se desvaneció antes de que me diera tiempo a formular mi deseo, muriendo antes de prometerme que lo cumpliría.
—¿Noah?
Me giré y vi a Pablo sentado en el asiento trasero, esperando con la puerta abierta que me uniera a él. Me senté a su lado, no sabiendo muy bien cómo comportarme. Él se inclinó para cerrar la portezuela y aprovechó el movimiento para quedarse sobre mí.
—Bueno, ya estamos aquí —acercó sus labios a los míos, no preocupándose ya por mantener las formas.
—Sí, ya estamos aquí —susurré, de repente preocupado por ganar tiempo.
—¿Quieres que ponga música?
Negué con la cabeza. Ni siquiera la música podía mejorar la situación.
Se acercó aún más, cauteloso, dudando de si yo quería dar el primer paso, hasta que al final volvió a besarme.
Se inclinó un poco sobre mí mientras rodeaba mi cintura e intentaba ponerse en una postura más cómoda.
Durante un rato nos besamos, nada más, y empecé a tener la esperanza de que quizá él no quisiera ir más allá, pero mis expectativas se destrozaron cuando se apartó de mí y me preguntó:
—¿Tienes condones? —No le contesté y él prosiguió—: Yo tengo un par, pero son de hace un tiempo y no sé cómo estarán.
—Sí. —Lo que no le dije es que nunca pensé que tendría que usarlos con alguien como él.
—Menos mal —contestó mientras seguía besándome—, no quiero irme a casa con las ganas.
Y como si eso fuera una señal, intensificó sus caricias y empezó a meterme las manos por debajo de la ropa.
Yo le dejé hacer, pero no le correspondí, no me apetecía tocarle y no podía dejar de pensar: «Oh, Dios mío, vamos a hacerlo».
Pablo, por su parte, tironeó de mis pantalones para desabrocharlos e intentó tumbarse sobre mí.
—Joder —exclamé. Algo se me había clavado en la espalda.
Le empujé para que se levantara y metí la mano para ver qué había sido. No me sorprendí mucho al ver que era un muñeco de plástico duro. Era un payaso con la cara pintarrajeada y ropas de chillones colores. Se lo mostré y él sonrió.
—Vaya, has encontrado a Arturo —dijo mientras cogía el muñeco de entre mis manos y lo miraba con considerable afecto—. Pensé que lo había perdido.
—¿Arturo? —De todos los nombres que se le pueden poner a un payaso feo, ese me pareció el menos adecuado.
Pablo me miró y se ruborizó.
—Qué vergüenza, soy un desordenado. Lo siento. ¿Estás bien?
Me froté la espalda.
—Al parecer, Arturo me quería empalar, pero sobreviviré.
Pablo se inclinó sobre mí, sonriendo.
—Es que Arturo y yo tenemos los mismos gustos. —Y por si yo no había entendido la broma, añadió—: Yo también quiero empalarte.
Ahora fui yo quien se ruborizó. Pablo volvió a besarme, más sensual esta vez, y yo le correspondí, estremeciéndome. Un débil gemido salió de mis labios y él me sonrió.
—Vaya, menos mal que demuestras sentimientos humanos —dijo con cierta ironía, pero carente de malicia—. Estaba empezando a preocuparme.
—Lo siento —me disculpé—, estoy un poco nervioso.
—No tienes por qué.
De repente me di cuenta de que era encantador.
Rodeé su cuello con mis brazos y volví a colgarme de sus labios, jugando con mi lengua sobre el pequeño espacio que había entre sus paletas.
«Pero, ¿qué me está pasando?», pensé. Hacía un momento que no quería ni verle, y ahora, de repente, me quería acostar con él.
—Yo prefiero ser activo —me dijo entre besos—, pero si tú quieres…
—Así está bien —le aseguré mientras tironeaba de su camisa.
Dejé que me despojara de los pantalones y la ropa interior y cambiamos de posición, hasta que quedé sentado a horcajadas sobre él.
—¿Así estás cómodo?
Como única respuesta, me quité la camiseta, quedando desnudo por completo sobre él, y le sonreí.
—¿Y tú? ¿Estás cómodo?
Pasó las manos por mi culo, apretando mis glúteos entre sus dedos.
—Ahora sí.
Se abrió la bragueta y sacó su erección mientras yo terminaba de quitarle la camisa.
Volvimos a besarnos otra vez, abandonándonos a las ganas.
Nunca podré explicarme lo que me pasaba por la cabeza en esos momentos.
Supongo que decir que estaba confundido y un poco borracho no es una buena excusa.
Lo único en lo que pensaba era en llenar mi vacío con la polla del que luego sería el mejor amigo que he tenido en mi vida.
—¿Dónde tienes los condones? —me preguntó jadeante.
—Espera —alargué el brazo y metí la mano en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Luego se los di a él y le miré mientras desenrollaba el preservativo por toda su extensión. Me devolvió la mirada, levantando las cejas con picardía.
—Ahora te toca a ti.
Volví a besarle mientras elevaba mis caderas y me posicionaba para la penetración.
Entró despacio, caliente, mientras yo bajaba pegado a sus labios.
Él rodeaba mi cintura y yo cerré los ojos.
Por un cegador instante pensé que estaba de nuevo en la cama de David, perdiendo la virginidad mientras bajaba hacia sus caderas.
« Shh , tranquilo, pequeño», me había dicho.
«Hazlo despacito.» En ese momento, sentí cómo Pablo entraba del todo en mí, llenándome.
Pero mi vacío seguía estando ahí. Él, ajeno a mi desasosiego, acariciaba extasiado mi piel.
—Oh, sí, Noah… —me decía mientras agarraba mi culo, intentando menearse dentro de mí.
Pero yo me había quedado paralizado. Aterrado, acababa de darme cuenta de que David ya no sería el único nunca más.