A través del sexo. La saga completa 7. El comienzo de una hermosa amistad #2
10%

7. El comienzo de una hermosa amistad #2

De repente empecé a sentirme como aquella tarde de domingo en la que había estado esperando por él bajo la lluvia junto a la puerta de su garaje, ansioso por estar de nuevo a su lado, asustado de que me viera allí, pero, sobre todo, sintiéndome patético.

Y como aquella vez, terminé por rendirme.

Ya no estaba de humor para nada, estaba convencido de que no lo vería, y que si lo hacía, terminaría haciendo el ridículo.

De repente, meterme en mi cama y llorar hasta quedarme dormido parecía una buena opción.

Fui al baño a mear los cubatas que me había bebido y me dirigí hacia la puerta.

Lancé una última, desesperanzada mirada hacia la barra, y mi corazón casi se detuvo al verlo allí de pie, con una cerveza en la mano.

Estaba apoyado en la barra hablando con un hombre que le miraba con ojos de lobo e intentaba ver a través de su camisa blanca.

El tipo en cuestión era uno de esos chulos de discoteca que, al parecer, se creía muy atractivo con aquella camiseta hortera y dos tallas pequeña en la que se marcaban sus pectorales de gimnasio.

Sin pensar en lo que estaba haciendo, empecé a avanzar hacia ellos.

Mientras caminaba hacia allí, pude ver cómo el otro se acercaba más y le hablaba al oído.

David le sonrió. Sentí la sangre hervir en mis venas y apreté el paso, dispuesto a partirle la cara al fulano aquel, pero antes de acercarme más, un chico se puso delante de mí y me obstruyó el paso.

—Oye, ¿quieres bailar?

Era algo mayor que yo, muy alto y delgado. Me miraba con una preciosa sonrisa que dejaba ver sus grandes dientes y sus paletas, algo separadas.

—No, perdona —balbuceé, intentando desembarazarme de él.

Pero el chico parecía persistente y me agarró por el brazo.

—¿Puedo invitarte a una copa?

Miré de nuevo hacia David a tiempo para ver que Hugo se acercaba a él como surgido de la nada, y le decía algo al tipo de la camiseta estrecha mientras rodeaba posesivamente la cintura de David.

El mundo a mi alrededor pareció desvanecerse mientras empezaba a entender.

«Entonces es eso», me dije, mientras veía cómo se alejaba de David dedicándole la mirada nostálgica del que ha perdido una presa.

De repente todo cobraba sentido: el viaje a Alemania, los dos en un hotel, juntos.

Y luego David dejándome con el pretexto de que ambos necesitábamos libertad.

«Hijo de puta». Lancé a Hugo una mirada asesina.

«El muy cabrón acaba de levantarme el novio».

—Oye —me repitió el chico, mientras intensificaba ligeramente el agarre sobre mi brazo—, ¿estás bien?

De repente volví a la realidad. Estaba de nuevo en ese mundo de medias luces y música estridente, donde cientos de hombres buscaban alguien a quien llevarse a la cama. Miré dentro de los ojos de ese chico y me vi envuelto en un aterciopelado caleidoscopio de color miel.

—Ahora que lo pienso —le contesté—, un baile no me vendría nada mal.

Él me sonrió mientras cogía mi mano y me llevaba a la pista.

—Me llamo Pablo —me dijo dedicándome una preciosa sonrisa—. ¿Y tú?

—Noah —musité—. No, mejor por aquí.

Había querido llevarme al centro de la pista, pero yo le dirigí para estar en un sitio que fuera visible desde la barra.

Al tal Pablo debió de parecerle bien, porque no puso objeción ninguna y empezó a bailar conmigo.

Me concentré en él y dejé que posara sus manos sobre mis caderas.

A pesar de que no parecía tener miedo de que lo rechazara, no se lanzó inmediatamente, y yo le dejé avanzar, acepté sus insinuaciones y me esforcé por parecer interesado en él.

Quería que David me viera poniendo en práctica sus consejos, y darle de beber su propia medicina.

Cuando reuní el valor suficiente, miré de nuevo hacia la barra para descubrir que David me estaba mirando.

En ese momento, Pablo, ajeno a todo lo que pasaba por mi mente, me besó detrás de la oreja.

Quizá en otras circunstancias le habría rechazado, pero en ese momento, con la mirada de David clavada en nosotros dos, me pareció buena idea.

«Apreciamos mejor lo que hemos perdido cuando lo vemos en manos de otra persona», me había dicho mi hermano.

A lo mejor no era tan mala idea intentar ponerlo celoso.

«Me gusta que seas sólo mío.» Las palabras que tantas veces David me había dicho volvieron con fuerza a mi mente.

No importaba lo que me dijo la última vez, que clamara que tenía edad de andar con líos en vez de en una relación seria, estaba seguro de que no le gustaría verme con otro.

Enterré mis dedos en el ensortijado cabello castaño de Pablo, hundiendo su rostro en mi cuello, mientras me permitía el lujo de volver a mirar a David.

Cualquiera hubiera dicho que estaba tranquilo, pero yo le conocía muy bien.

La postura de su espalda era demasiado rígida, apretaba el vaso con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos y su boca se había convertido en una delgada línea de disgusto.

Sin quererlo, una sonrisa de triunfo se pintó en mi cara al tiempo que Pablo se apretaba más contra mi cuerpo.

Me concentré de nuevo en él, haciéndole creer que me lo quería ligar, pero mi mente no dejaba de fantasear con David.

Estaba convencido de que más tarde o más temprano él vendría a rescatarme de este larguirucho de paletas separadas que ni siquiera me parecía atractivo.

Me imaginaba que se enfadaría mucho al verme con él y que no podría soportar que yo me fuera con otro.

Incluso se me ocurrió la idea de que David le partiera la cara y le dejara aún más separados los dientes.

Que David se peleara con alguien por mí me parecía una idea muy sugestiva.

Cuando miro atrás, me doy cuenta de que sólo era un crío, estúpido y desesperado, pero un crío al fin y al cabo.

Me avergüenza recordar las cosas que pensé aquella noche y la manera en la que utilicé a Pablo.

Por aquel entonces, él sólo era un desconocido para mí, aunque eso no sea una excusa válida para abusar de los sentimientos de alguien.

No sé cuántas veces me he disculpado por lo que hice aquella noche, pero él siempre me mira con esa preciosa sonrisa que tiene y me dice que no hay nada que perdonar.

No recuerdo quién de los dos empezó, sólo sé que cuando quise darme cuenta habíamos dejado de bailar y nos besábamos en la pista.

Pablo me besaba con la pasión del deseo y yo le besaba a él con la pasión de la venganza.

Quería que David sintiera lo mismo que yo, que tuviera que imaginarme con otro, que se enfadara como nunca y que volviera a mí.

Alargué el beso todo lo que pude, convenciéndome a mí mismo de que David estaba de camino hacia nosotros, y que me tomaría entre sus brazos para llevarme con él.

Pero eso no pasó. Pablo dejó de besarme y me miró a los ojos, y David aún no había llegado.

—¿Quieres que nos vayamos? —me susurró mientras acariciaba mi culo por encima de los vaqueros.

Miré de nuevo hacia la barra. David tenía la mirada baja, clavada en el suelo, y Hugo le susurraba algo al oído. Asintió despacio y dejó que su amigo lo llevara hasta la salida. No miró ni una sola vez hacia atrás.

Mi corazón se había parado dentro de mi pecho, haciéndome llorar.

No podía creer lo que estaba pasando, que mi plan hubiese salido tan mal y que Hugo y David se fueran juntos.

Solos. No había que tener mucha imaginación para adivinar qué vendría después.

Mi corazón empezó a latir de nuevo, golpeando dolorosamente en mis sienes, impidiéndome respirar.

—¿Te encuentras bien?

Parpadeé un par de veces para aclarar mi vista y vi a Pablo frente a mí.

Aún me tenía abrazado, agarrándome por la cintura, como si tuviera miedo de que me fuera a caer.

Sólo entonces me di cuenta de que me estaba aferrando a sus brazos, porque mis piernas no parecían querer mantenerme. Sacudí la cabeza.

—Estoy un poco mareado.

Salimos de la pista y nos sentamos a la barra.

—¿De verdad estás bien? Estás un poco pálido.

—Sí, de verdad. Es solo que… ¿Tú no tienes calor aquí dentro?

—Sí —me dijo con una sonrisa—, estoy bastante caliente.

Le devolví la sonrisa.

—No me refería a eso —contesté con cierta timidez.

Hizo una curiosa mueca con los labios, como queriendo decir que estaba bromeando; luego captó la atención del camarero.

—Dos cervezas —le dijo, enseñándole sendos dedos. Se giró hacia mí—. ¿Te gusta la cerveza, verdad?

Asentí.

—Bien. —El camarero trajo dos botellines y los dejó sobre la barra. Pablo sacó la cartera y le pagó—. Yo invito.

Me tendió una de las cervezas y cogió la suya.

—¿Estudias o trabajas?

—¿Qué? —le pregunté algo distraído.

—Vale, lo siento… Vaya cliché. Estoy algo nervioso, ¿sabes? —Se levantó de su taburete y se acercó a mí, que aún seguía sentado—. Tú me pones nervioso.

Cogió mi taburete por el respaldo y lo acercó hacia sí, de manera que quedó de pie entre mis piernas.

Esta vez no parecía indeciso cuando me besó, después de enrollarnos en la pista, daba por sentado que no le rechazaría, aunque yo mismo no estaba tan seguro al respecto.

Mientras me besaba, me sorprendí comparándole con David.

Pablo tenía unos labios más llenos, más besables en realidad, pero sus besos no me parecieron tan agradables como los de mi antiguo amante.

David era demandante, posesivo. Utilizaba toda su boca para besar, incluso el tacto de su aliento sobre mis labios me parecía placentero.

Pablo, por el contrario, me dejaba a mí tomar el control, contentándose con lo que yo quisiera ofrecerle.

Pero a mí me gustaba más cuando David tomaba lo que deseaba para satisfacerse, sin molestarse en pedirme permiso.