7. El comienzo de una hermosa amistad
EL COMIENZO DE UNA HERMOSA AMISTAD
— N oah, despierta…
Hacía casi dos semanas que no veía a David.
Al principio pensé que lo estaba pasando mal, pero a medida que los días corrían, su ausencia se me hacía más y más insoportable.
Mis padres seguían muy pendientes de mí, pero esa atención me irritaba, así que terminé refugiándome en la soledad, saliendo de casa a menudo para vagar solo y lloroso por las calles de la ciudad.
Por supuesto, también había intentado ponerme en contacto con él a pesar de lo tajante de nuestra despedida.
Le había mandado miles de variaciones del «te echo de menos, déjame volver a verte», pero nunca recibí contestación.
También le había llamado, pero nunca lo cogía.
En el peor de los casos, me rechazaba la llamada.
Al final debió de cansarse de mí. Un día, al llamarlo, una voz informática me comunicó que ese número ya no existía.
Rompí el móvil al estrellarlo contra la pared a causa de la rabia que me dio.
Tuve la tentación de llamarle a casa, pero sabía muy bien cuál sería el resultado, así que nunca lo hice.
De eso hacía ya dos días, y casi había perdido la esperanza de que David y yo volviéramos a estar juntos de nuevo.
Casi. Seguía teniendo locas fantasías en las que David venía a mi casa a buscarme y a decirme cuánto me quería, y me pedía perdón por todo lo que me había hecho.
Además, todas las noches soñaba con él. A veces eran sueños de naturaleza lasciva, de los que me despertaba con una dolorosa erección, pero casi siempre los sueños eran angustiosos.
Uno en concreto se repetía mucho. En él, corría por un pasillo oscuro, larguísimo.
Al fondo había una puerta, iluminada por una tenue luz.
Yo no sabía qué había al otro lado, pero aun así estaba seguro de que si la alcanzaba, encontraría allí a David.
Lo malo es que nunca conseguía llegar al final del pasillo.
Por mucho que corriera, parecía alargarse, como si las paredes corrieran a mi lado, y la puerta era siempre inalcanzable.
Fue cuando tuve ese sueño por primera vez cuando empecé a dormir mal. Pasaba las noches en vela, dando vueltas en mi cama, sollozando, pensando en David y en la futilidad de la vida. Fue entonces cuando descubrí que el desamor es el padre de la filosofía barata.
Aquella noche también había dormido mal, después de tener la pesadilla del pasillo corredizo, me había despertado sudoroso y acongojado sólo para descubrir que apenas eran las dos de la madrugada.
Estuve cerca de una hora dando vueltas en la cama sin poder dormir, hasta que me levanté y fui a darme una ducha.
Luego había vuelto a dormirme, pero con un sueño ligero, del que me despertaba cada dos por tres.
En ese momento me encontraba mirando el rostro de mi madre, que se inclinaba sobre mí.
—Noah, despierta —decía—. Ha llegado una carta para ti.
—¿Una carta? —Me incorporé y me froté los ojos—. ¿Para eso me despiertas?
Ella me acarició el pelo.
—¿Otra mala noche?
Asentí.
—No sé por qué me tienes que levantar tan temprano —gruñí mientras parpadeaba, molesto por la luz.
—¿Tan temprano? Es casi mediodía. —Me tendió un sobre—. Mira, creo que es algo importante.
Cogí el sobre entre mis manos. En el reverso podía verse mi nombre impreso junto a la imagen de un joven con alas que volaba hacia el sol. Miré el remite.
—¿Fundación íCaro? —pregunté mirando a mi madre—. ¿Esto qué es?
Ella negó mientras se encogía de hombros.
—Ábrelo, que tengo curiosidad.
—Está bien. —Abrí la carta.
Estimado señor Estévez:
Nos complace comunicarle que ha sido seleccionado para recibir una beca de estudios de la Fundación íCaro.
En nuestra búsqueda incansable de nuevos talentos, la Fundación íCaro ha becado a casi cinco mil estudiantes en seis países diferentes en nuestros cuarenta años de historia, proporcionando a jóvenes con talento la posibilidad de una educación exclusiva y de una futura relación profesional que sea satisfactoria para ambas partes.
Desde la Fundación íCaro creemos que usted responde al perfil que estamos buscando. Si está interesado en recibir esta beca, acuda a nuestra sede. Nuestro delegado en España se entrevistará con usted para formalizar los detalles.
Sin más, me despido cordialmente:
Roberto Molina
Director de becas de la Fundación íCaro
En el reverso de la hoja había una dirección escrita, así como una fecha y una hora.
Durante todo ese rato mi madre me estuvo mirando ansiosa. Le tendí la carta.
—¿Una beca de estudios? —inquirió cuando terminó de leerla—. ¿Tú la has solicitado?
Negué con la cabeza.
—No, mamá, sólo solicité la beca del ministerio, como siempre.
—¿Será un error?
—No lo sé.
—Bueno —dijo ella levantándose—, solo hay una manera de averiguarlo.
—¿Qué quieres decir?
—Que tendrás que ir a esa entrevista —señaló la fecha impresa, el 30 de agosto—. Esto es el próximo lunes. Yo tengo turno en el hospital, pero llamaré a tu padre para ver si puede ir contigo.
Volví a acostarme cuando mi madre me dejó solo y releí la extraña carta.
De nuevo, miré el membrete con la imagen del joven volador.
«Ícaro», pensé. «¿No era ese que se acercó demasiado al sol y al que se le derritieron las alas?
». Volví a recordar la clase de historia en la que el profesor nos había explicado ese mito.
Se llamaba Santiago, y había sido mi amor platónico cuando tenía catorce años.
Debía de estar en medio de la treintena, pero ya tenía el cabello entrecano, como Richard Gere en Pretty Woman, y aunque no era tan guapo ni de lejos, para mí tenía un gran atractivo.
Además, como profesor me encantaba, hablaba con una voz profunda y un entusiasmo que yo no he visto nunca en ningún otro.
«Ícaro y su padre Dédalo habían sido encarcelados por el rey de Minos», nos dijo un día en clase.
«Consiguieron escapar de la celda donde estaban encerrados, pero era imposible salir de la isla por mar, pues el rey registraba todos los navíos.
Así que Dédalo, que era un gran inventor, construyó dos pares de alas con plumas y cera, de manera que él y su hijo pudieran escapar volando.
A pesar de las advertencias de su padre, Ícaro se sintió hipnotizado por los rayos del sol y quiso alcanzarlos, así que voló y voló cada vez más alto hasta que el calor del sol le abrasó.
La cera que mantenía las alas unidas se derritió e Ícaro cayó al abismo».
La imagen del joven que se acerca al fuego del sol en contra del consejo paterno se me antojó muy sugestiva, y no tardé en sentirme identificado con el mito.
Me vi a mí mismo volando muy, muy alto, intentando alcanzar un imposible.
No era tan diferente del pasillo interminable de mis sueños.
Lo que yo perseguía no estaba ya a mi alcance.
No me extrañaba que encajase en el perfil de esa fundación.
Empecé a comprender que era inútil esperar que él apareciera, pero nada me impedía ser yo quien le buscara.
Sólo quería sentirle una vez más, volver a poseerle, volver a conquistarle.
Al principio pensé en plantarme en su casa, pero no me pareció buena idea.
«El encuentro debe parecer casual», me decía, «que no parezca que lo estoy buscando».
No se me ocurrió otra cosa mejor que volver al sitio en donde nos conocimos.
El Carpe Diem era el mayor sitio de ambiente de la ciudad.
Por eso fue allí a donde acudí a perder la virginidad, y ahora volvía intentando recuperar al que me la había quitado.
No había entrado desde aquella noche, y a medida que me acercaba, me iba poniendo más y más nervioso.
No sabía si prefería encontrármelo o no, estaba aterrado ante la idea de que estuviera allí, pero me daba más miedo no volver a verle.
Al igual que la primera vez, no me costó mucho colarme; los gorilas de la puerta no tenían, al parecer, mucho interés en averiguar si yo era menor de edad o no.
De hecho, cuando entré, me di cuenta de que había unos cuantos chicos al menos tan jóvenes como yo.
La música estaba alta, pero había una buena iluminación.
Paseé por el local, rodeando la pista de baile y mirando esperanzado hacia la barra, pero no estaba allí.
Fue en esa barra donde le había visto por primera vez, bebiéndose una cerveza y charlando con el camarero y unos cuantos tíos que se arremolinaban en torno a él, como un club de fans.
Y no me extrañaba, yo mismo había tenido ganas de acercarme a él, como un mosquito atraído por el fulgor de una bombilla, como Ícaro fascinado por el Sol, aunque sólo fuera para poder estar a su sombra.
Al final, aquella noche había terminado mejor que cualquier desquiciada fantasía que pudiera tener sobre mi primera vez.
Quizá esa noche también superara mis expectativas.
Incapaz de irme, decidí esperar. Fui a la barra, pedí un cubata y me lo tomé despacito, mientras seguía paseando por el local y evitando a aquellos que querían algo conmigo.
Durante algo más de una hora deambulé por allí, ajeno al ambiente festivo, bebiéndome un cuba libre tras otro y sintiéndome cada vez más deprimido.
De todas maneras, ¿qué diferencia habría si me lo encontraba?
¿No me había dejado ya muy claro que no quería que siguiéramos juntos?
Aunque nos encontrásemos, no iba a querer irse conmigo, y lo más probable era que tuviese que verlo ligando con otro, haciendo alarde de su tan preciada libertad.