6. Desamor #4
Me volteó y se arrojó sobre mí, inmovilizándome contra la cama con el peso de su pecho sobre mi espalda.
Me tomó en ese momento, antes de que estuviese preparado del todo.
Lágrimas de dolor y placer se mezclaron en mis ojos y rodaron por mis mejillas, empapando las sábanas, a medida que David me embestía con la fuerza del que no cree en el mañana.
Gemidos de gozo escapaban incontrolables de mi garganta y llenaban el aire a mi alrededor, mezclándose con los roncos jadeos de David.
Nunca antes el sexo había sido tan tórrido, tan asfixiante, tan desalentador.
Me corrí entre electrizantes espasmos que sacudieron sin piedad mi cuerpo, asiéndome con desespero a las endebles sábanas, en un intento de devolver a mi mente un poco de la estabilidad que David me había robado.
Él seguía tomándome, ajeno a todo lo demás, como si en el mundo solo estuviéramos nosotros dos.
Se inclinó sobre mí y mordió mi hombro para acallar sus gemidos, mientras notaba en mi interior las convulsiones de su orgasmo.
Durante un breve instante permanecimos así: él aún dentro de mí, su cuerpo sobre el mío, intentando refrenar nuestras aceleradas respiraciones, pero enseguida se apartó, levantándose con cierta brusquedad.
Me incorporé en la cama, sabiendo que ahora íbamos a tener una conversación que ninguno de los dos iba a disfrutar.
Él me miraba con sorpresa, como si se acabara de dar cuenta de lo que habíamos hecho. Se pasó las manos por el pelo, apesadumbrado.
—Noah… Lo siento, yo no quería que…
—No importa, no te disculpes.
Me miró.
—Tenemos que hablar.
—Vas a dejarme, ¿verdad?
—En realidad, fuiste tú quien me dejó a mí, ¿recuerdas?
—David, yo no quería…, no lo decía en serio —afirmé intentando no romper a llorar.
—Ya lo sé.
—¿Aún estás enfadado conmigo?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué vas a…? —Mi barbilla tembló peligrosamente y David se apresuró a volver a la cama. Me tiré a sus brazos, sin poder reprimir las lágrimas por más tiempo—. Yo no quería decirte esas cosas, no quería llamarte puta… — sollocé.
—Ya lo sé.
—No lo pensaba de verdad, no me importa que te acostaras con el viejo ese, yo sólo quiero estar contigo. Te quiero…
—Yo también te quiero. No llores, pequeño, no me lo merezco.
—No, no me quieres de verdad. Si no, no querrías dejarme.
—Claro que te quiero, shh … —Besó mis labios con cuidado hasta que dejé de llorar—. Lo que pasa es que ese no es el problema.
—¿Cómo que ese no es el problema? —Apoyé mi cabeza contra su pecho, para escuchar su desbocado corazón—. No te entiendo.
—He estado pensando esta semana sobre ti y sobre mí. Entiendo que te enfadaras conmigo, estás en todo tu derecho, pero… Lo nuestro no tiene futuro, Noah, nunca lo ha tenido. ¿Has pensado en eso alguna vez?
Me aferré a su piel aún con más fuerza.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no eres más que un crío, y yo tengo una edad y unas responsabilidades…
Le miré a los ojos.
—¿Me estás diciendo que no podemos estar juntos porque tú eres un hombre importante y yo soy un niño idiota?
—Algo así. Pero nunca he dicho que seas idiota.
—Acarició mi cara—. Noah, estoy colado por ti, no hace falta que te lo diga.
Pero a veces… eso no es suficiente para mantener unidas a dos personas.
Te he hecho daño una vez, y me has obligado a darme cuenta de que…
, de que si sigo contigo voy a volver a herirte de nuevo, y no quiero hacerlo.
Me aparté de él, soltándome de su abrazo.
—Ahora me vas a decir que esto lo estás haciendo por mí.
—Pero es que es así, ¿no lo ves? No quiero hacerte lo mismo que Ricardo me hizo a mí.
Me levanté de la cama, enfadado ante la mera mención de ese hombre.
—¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
—Tiene mucho que ver. —Se puso de pie a mi lado—. Le di cuatro años de mi vida, de mi juventud —remarcó señalando su pecho—, a un hombre que no podía darme lo mismo a cambio. Le dejé que me usara. El otro día tenías razón, no fui más que una puta para él.
—Yo no…
—No, no te disculpes por decir la verdad.
Me he arrepentido tanto de no ser más que un idiota, de haberme vendido a cambio de un poco de cariño que sabía que nunca iba a obtener…
¿No ves que no quiero hacerte lo mismo a ti?
Cada vez que estoy contigo, me haces sentir como un depravado por desearte como te deseo, porque no hago más que usarte y pervertirte.
—Tú no haces eso.
—¿Crees que no? —Sonrió sin alegría—. Ese es el problema, que eres tan inocente que no te das cuenta de que me estoy aprovechando de ti, de que acabo de hacerlo de nuevo.
—Señaló la cama revuelta, la ropa desperdigada por el suelo—.
Cuando la verdad es que no tengo ninguna intención de seguir a tu lado.
—Dijiste que me querías.
—Sí, pero también es cierto que me aprovecho de que me quieres para obtener de ti cosas que sé que no le darías a nadie más. Sólo tienes diecisiete años, ¿de verdad quieres estar atado a un tío como yo? Aún no tienes edad de ir en serio con nadie.
—Pero tú sí.
—Quizás tengas razón, pero no es eso lo que deseo.
—¿No quieres tener una relación? ¿Es eso?
—Noah, acabo de dejar de ser el perrito faldero de Ricardo. Lo último que necesito ahora es una nueva correa. Lo que quiero es ser libre.
—¿Para divertirte? —pregunté con sorna.
—Sí. Para divertirme —respondió muy serio, haciéndome entender que había pillado mi ironía—. Y tú necesitas lo mismo. Estás en edad de salir y…
—¿Qué es lo que quieres? ¿Que me acueste con otros?
—Quiero que puedas hacer lo que quieras hacer, y no que te sientas obligado a serle fiel a alguien. Nunca quise que te tomaras esto tan en serio.
—¿Tan en serio?
—Noah, te hiciste un tatuaje por mí…
—Lo hice porque te quiero.
—Y yo ya te dije que te ibas a arrepentir de eso. ¿Sigues pensando que soy una buena influencia para ti? Si quieres eliminar el tatuaje, puedo…
—Ni se te ocurra ofrecerme tu jodido dinero —advertí señalándole con el dedo.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Llevar una «D de David» en la espalda el resto de tu vida?
Me encogí de hombros.
—Me servirá de escarmiento.
Dejé que David me llevara de vuelta a casa en su coche y me pasé todo el trayecto intentando no llorar. No podía soportar la idea de no volver a verle y aún no entendía del todo su razonamiento. Solo cuando el coche frenó fui consciente de que habíamos llegado.
David se despidió de mí, usando un tono de voz suave y pausado, como si temiera que me echara a llorar de nuevo, pero yo no quería bajarme aún.
Vislumbraba una última oportunidad y me lancé a por ella.
Recordando las cosas que mi padre me había dicho, pensé que no iba a dejar que unas convenciones sociales me apartaran de él.
—En realidad no me importa que te veas con otras personas —musité.
—¿Qué?
—Que puedes acostarte con otros tíos si quieres, yo no te voy a poner ninguna correa. —Me obligué a mirarle a los ojos—. Pero déjame seguir viéndote.
David negó con la cabeza, en un gesto cargado de tristeza.
—Por favor, pequeño —susurró sin mirarme—, no te humilles así por mí. No te humilles así por nadie. Anda, bájate del coche.
Su tono era implacable. Reprimiendo un sollozo, me bajé y cerré dando un fuerte portazo. Pero esa pequeña venganza no hizo que me sintiera mejor.
Entré cabizbajo en mi casa y más triste que nunca.
Era tarde ya y todo el mundo se había ido a dormir.
Me deslicé silenciosamente hasta mi habitación y cerré la puerta con llave.
Pensé que iba a echarme a llorar, pero la fuente parecía haberse secado por el momento.
Me puse frente al espejo de cuerpo entero que cubría una de las puertas de mi armario y me desnudé despacito, desprendiéndome de las prendas una a una mientras miraba mi reflejo en el cristal, estudiando mi cuerpo en busca de las marcas que el sexo con él me había dejado.
Mi piel estaba llena de pequeños moretones, de mordiscos, de chupetones, a causa de la intensidad de nuestro último encuentro.
Parecía mentira que eso hubiera ocurrido apenas una hora antes.
También había otra huella en mí, invisible e intangible, pero más poderosa: su olor estaba impregnado en mi piel y flotaba a mi alrededor, recordándome lo que hasta hacía un momento tenía.
Sentí humedad entre mis piernas y me llevé las manos hacia allí sorprendido, encontrando en mis dedos la pegajosa esencia de David, dándome cuenta entonces de que en medio de aquella vorágine sexual, por primera vez en nuestra relación, no se había puesto un condón, pero me sentía tan triste y abatido que ni siquiera mi escrupulosa naturaleza puso objeción alguna.
Me di la vuelta despacio hasta poder ver mis nalgas, chorreantes de semen, y mi espalda, para mirar el tatuaje que me había hecho.
Por fin estaba curado: la piel ya no estaba enrojecida, y las costras se habían desprendido del todo, dejando ver el tatuaje en todo su esplendor.
Volví a oír la voz de David en mi cabeza: «Puede que algún día te arrepientas de esto. »
—¡Mierda! —exclamé furioso mientras recordaba mi testaruda respuesta: «Yo te voy a querer siempre, pase lo que pase.»
¿Era eso verdad?, me preguntaba. ¿Aún quería a David? ¿Iba a seguir amándole después de lo que me había hecho? «Sí», fue la simple respuesta.
Me metí en la cama, envuelto por el dulzón olor que salía de mi cuerpo, dejando que me arrullara hacia un sueño repleto de desasosiego.