6. Desamor #3
—No, y yo no esperaba que lo hiciera. Ya te dije que el caso no es el mismo.
Tú sabes que tu madre y yo no nos llevábamos muy bien antes de eso, que nuestra relación ya estaba rota, no te comportes como si no recordaras cómo discutíamos a todas horas.
Pero lo tuyo con esa chica era diferente, ¿o me equivoco?
—No, no te equivocas, nosotros no discutíamos, pero aun así… Ahora que sé lo que pasó, las cosas me parecen diferentes.
—¿Diferentes en qué sentido?
Callé durante unos segundos.
—Cuando dos personas están juntas —tanteé—, ¿deben ser siempre fieles?
—Cuando dos personas están juntas, deben ser siempre sinceras.
—¿Y no es eso lo mismo?
—No —sentenció mi padre—. Hay reglas que no se pueden romper, otras que sí, pero ambos deben saberlo para poder jugar al mismo juego.
—¿Qué quieres decir?
—Que cada pareja tiene su dinámica, sus reglas, y deben decidirse de antemano y de mutuo acuerdo. No es un problema que tu novia se acueste con otros siempre y cuando tú lo sepas y lo aceptes. El problema es cuando lo hace a escondidas de ti.
—¿Me estás diciendo que eso es legítimo?
—Noah, cualquier cosa que decidan dos personas de mutuo acuerdo es legítimo, siempre y cuando no se ocasione un perjuicio a nadie más. En el sexo y en el amor todo vale, mientras los implicados estén de acuerdo.
—¿Y mamá? ¿Ella lo sabía?
—Sí, pero no lo aceptaba, ni fue un pacto de mutuo acuerdo, por eso estuvo mal. Pero ella también rompió otras reglas de nuestra relación. No soy un santo, Noah, pero tu madre tampoco lo es.
—Y ahora que yo lo sé, ¿tengo que aceptarlo?
—No, no tienes que hacerlo, pero tampoco pienses que estás en la obligación de rechazarla por eso.
Muchos hombres consideran una infidelidad como algo imperdonable, y la sociedad espera de ellos que sean muy machos y que no permitan algo así.
No es más que la respuesta antropológica a la supremacía del hombre y a la necesidad de asegurar que la prole que va a mantener lleve su material genético.
Pero en una sociedad donde hombres y mujeres aspiramos a ser iguales y en una relación en la que el objetivo no es procrear, ese tipo de estereotipos no deberían ser necesarios.
—O sea, ¿que me estás diciendo que en realidad estoy enfadado en respuesta a un paradigma antropológico? —pregunté, incrédulo. Mi padre se encogió de hombros—. Y entonces, ¿por qué las mujeres son celosas? Si tu argumento es cierto, ellas saben que su prole es suya, sea quien sea el padre.
—La sociedad educa a las mujeres para perdonar esos comportamientos de los hombres y a considerarlos algo normal. Mira lo que pasó con Hillary Clinton, todos esperaban de ella que perdonara la infidelidad de su marido, pero ¿crees que hubiera sido igual de ser al revés?
—Supongo que no.
La canción acabó y mi padre se levantó para parar el cassette antes de que empezara la siguiente.
—¿Te he contado alguna vez que mi abuela le planchaba las camisas a su marido por las noches para que fuera de putas bien arregladito?
Le miré con la boca abierta.
—¿Cómo?
—Antes, cuando las mujeres no querían tener más hijos, se tenían que cerrar de piernas, y la única manera de mantener apartado a un hombre era dejarle estar con otras mujeres.
Ella lo sabía y se tragó el orgullo a cambio de no tener más hijos, cuando ya había tenido dos abortos y parido seis hijos vivos.
La pobre tenía que estar hasta los cojones, ¿no te parece?
—O sea, que si mi objetivo no es procrear con mi pareja, ¿tengo que aguantarme los cuernos?
—No, si no quieres. Pero tampoco tienes la obligación de establecer una relación exclusiva, aunque eso sea lo más aceptado socialmente.
Lo que estoy intentando explicarte es que no hay una regla para esto.
Olvida lo que tus hermanos te dijeron el otro día, sobre todo Moisés.
Es mi hijo y le quiero, pero no es más que un descerebrado gallito de corral.
—Ambos sonreímos—. Haz lo que quieras. Si tanto la echas de menos y crees que la relación sigue valiendo la pena, no creas que no la puedes perdonar sólo porque eso sea lo que los demás esperan de ti.
—Supongo que tienes razón, pero no es ese el único problema. Aunque yo hiciera eso y la perdonara, creo que ella no me perdonaría a mí.
—¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Que fui bastante cruel cuando me lo dijo, no me lo tomé nada bien. —Miré a mi padre sabiendo que iba a censurar mi comportamiento—. Le dije que era una puta.
—Como tu madre se entere, va a querer lavarte la boca con jabón. —Meneó la cabeza—. No creo que ella se lo tomara bien, y razón no le falta, pero deberías intentar arreglar las cosas. La solución está en el diálogo…
—… no en la violencia —terminé la frase por él. Decidí no decirle que, aparte de insultarle, le había partido la boca, sobre todo teniendo en cuenta que mi padre pensaba que de verdad hablábamos de una chica—. Lo sé, lo sé. Pero no sé si me apetece.
—Bueno —suspiró levantándose de nuevo—, eso debes decidirlo tú, por supuesto. En todo caso, tu madre y yo estamos preocupados por ti, llevas casi una semana sin salir de casa.
—Lo sé, es que… Quizá debería dar un paseo y dejar de oír canciones deprimentes.
—Será lo mejor. —Asintió—. Pero no salgas solo. No te hará ningún bien vagabundear por ahí —añadió como si pudiera leer mis pensamientos.
—Llamaré a Josemi —mentí.
Mi padre me revolvió el pelo y se fue.
Me quedé sentado donde estaba durante un momento más, pensando en lo que me había dicho.
Si David me pedía perdón, no iba a poder decirle que no, la tentación de estar de nuevo a su lado era demasiado grande, pero él no iba a hacerlo, no después de cómo le traté.
En toda la semana no había intentado ponerse en contacto conmigo.
Ya no tenía sentido que esperara en casa a que él me llamara.
Me vestí, ansioso de repente por un poco de aire fresco. Mis padres cuchicheaban en la cocina, pero dejaron de hablar nada más verme entrar.
—Voy a salir —titubeé.
Mi madre me dio un beso en la mejilla y yo cogí mis llaves del colgador. Cuando cerré la puerta tras de mí, los cuchicheos se renovaron, pero no tuve ganas de escuchar lo que decían, así que me alejé a paso rápido.
Estaba atardeciendo, y el cielo se veía rojizo y pesado.
Hacía mucho calor, lo que me quitó parte del placer de salir.
Nada de aire fresco para mí. Aun así, me pareció buena idea estirar las piernas, porque volver a casa inmediatamente no era una opción.
No con mis padres cuchicheando preocupados en la cocina.
Enfrascado en mis pensamientos como estaba, no le vi hasta que era demasiado tarde para evitarle.
Estaba apoyado en un muro a cien metros del portal de mi casa, a la vista de todo el mundo.
Se estaba fumando un cigarrillo, que tiró al suelo al verme aparecer.
Se incorporó, moviéndose con ese aire sinuoso tan propio de él.
La camiseta blanca que llevaba marcó cada una de las aristas de su cuerpo mientras avanzaba hacia mí, haciéndole parecer un dios griego, esbelto y terrible.
Sus ojos estaban encendidos y en su labio inferior se veía la fea marca de una herida que estaba cicatrizando bajo unos puntos.
Me quedé pasmado al verle, incapaz de pensar nada coherente.
—¿Qué haces aquí? —grazné—. ¿No te dije que no quería volver a verte?
—Sí, lo dejaste bastante claro. —Dio unos pasos hacia mí—. Pero yo sí quería verte a ti. —Sentí que algo se me derretía por dentro—. Noah, tenemos que hablar.
Negué débilmente con la cabeza, cerrando los ojos.
—No tengo nada que decirte. —Los abrí de nuevo, sólo para verle justo frente a mí.
—Pues yo sí tengo cosas que decirte a ti. —Se acercó aún más—. No quiero que terminemos así. Por favor, ven a casa conmigo.
Me señaló su coche, que estaba aparcado justo al lado de donde él había estado fumando.
Dudé un momento antes de entrar. Me giré para ver si alguna vecina cotilla estaba asomada a la ventana, luego le volví a mirar.
No tenía nada que perder, y sí mucho que ganar.
Con un mudo asentimiento, subí al coche, preguntándome cómo terminaría la noche.
Entramos en su casa aún sumidos en el incómodo silencio que nos acompañaba desde que me había subido en el coche con él. David me precedió y encendió las luces del salón mientras yo intentaba controlar mi desbocado corazón. Se giró para mirarme y yo me apresuré a decir algo:
—David, yo no…
—No, por favor. —Se acercó a mí con los ojos clavados en los míos y yo perdí el control de mi voz—. No te disculpes conmigo.
Le miré, fijándome ansiosamente en sus húmedos labios.
—Te han puesto puntos —dije, acercándome lo suficiente para ver que solo habían sido dos.
—No te preocupes por eso ahora.
Toqué con mis dedos las finas hebras de hilo negro, saboreando el calor de su piel bajo ellas.
—¿Te duele? —pregunté sin dejar de mirar sus labios.
Sentí que me rodeaba con sus brazos y me dejé acunar por él.
—Sí.
Aun así, me besó.
Durante la larga semana de distancia, había soñado una y otra vez con ese momento, pero cuando llegó no fue como yo pensaba que sería.
Había imaginado un reencuentro delicado, deliberadamente lento, lleno de amor y de deseo por estar juntos de nuevo, pero no fue eso lo que encontré: David fue apasionado y salvaje, y todo tenía un amargo sabor a despedida.
Le dejé guiarme hasta su cama, sabiendo en el fondo de mi corazón que esta iba a ser nuestra última vez, no pudiendo fingir ni por un instante que yo también lo deseaba. Aunque sólo fuera una vez más.
Caí en su cama medio desnudo, sin pararme demasiado a pensar en lo que estábamos haciendo, preocupado sólo por responder a las necesidades de nuestros cuerpos.
Enredé mis piernas entre las suyas, entrelazándome con él.
Gemí de puro placer cuando David terminó de despojarme de la ropa que me quedaba y chupaba y mordía mi piel a medida que la descubría.