6. Desamor #2
¿Debía perdonarle? Porque, al fin y al cabo, la relación con Ricardo había terminado, le había dejado por mí, pensé con no poca satisfacción.
Pero por otro lado me había mentido, al menos al principio, y lo negara él o no, me sentía como el mayor cornudo del mundo.
Solo de pensar que había estado compartiendo a David durante un mes y medio con aquel hombre, me ponía enfermo, y me parecía algo difícilmente perdonable.
Además, él tampoco quería volver a verme, o eso había alegado.
¿Lo habría dicho en serio?, me pregunté atormentado por enésima vez ese día.
Porque yo comenzaba a tener muy claro que no había hecho más que echarme un farol esa noche, y empezaba a comprender lo que David había intentado explicarme: que no era tan fácil como yo creía desvincularse de una relación sentimental.
Cuatro años. Eso es ciertamente mucho tiempo como para romper una relación sin pensárselo dos veces.
Lo comparé con mi única experiencia y me sentí ridículo por haberme sentido tan orgulloso de haber estado seis meses con él, pensando que para David eso no debía de significar nada.
No era de extrañar que le hubiese dado tan poca importancia cuando yo había hecho un mundo de esa fecha, tatuaje incluido.
Y sin embargo, tan poco tiempo había bastado para que él se convirtiera en el centro alrededor del cual pivotaba mi universo, para que ahora ya no pudiera concebir la vida sin él.
¿Cómo debía sentirse él con respecto al hombre del que llevaba enamorado cuatro años?
Si a mí me resultaba difícil separarme de David, ¿cuán difícil había sido para él?
«No subestimes el poder de sentirse querido», me había dicho esa noche.
Quizás el fondo de toda la cuestión era que yo nunca me había preguntado por qué David estaba conmigo, sino que me había contentado con la inocente convicción de que sencillamente debía de estar tan enamorado de mí como yo lo estaba de él, sólo para afrontar el hecho de que, al menos al principio, no era a mí a quien quería, y que era posible que nunca lo hubiese sido.
¿Había estado alguna vez enamorado de mí o se había limitado a usarme como un instrumento para la venganza y el olvido?
—¿Vas a tardar mucho, enano? —preguntó Moisés desde fuera del baño—. Me quiero duchar.
—¿El teléfono era para mí? —dije sin conseguir ocultar un atisbo de ansiedad.
—No, tu novia aún no ha llamado.
Suspiré, no sé si aliviado o dolido.
—Enseguida salgo.
Salí de la bañera y quité el tapón, y mientras se vaciaba, me sequé con lentitud, paseando la toalla por mi cuerpo, como si ese contacto pudiera traerme consuelo. Luego me escabullí hasta mi habitación y me tumbé en la cama, acurrucado dentro de mi albornoz.
«¿Me quisiste alguna vez?», le pregunté en la distancia.
Mi lógica gritaba que no. Sus palabras de aquella noche, sus actos y sus mentiras decían que yo no significaba nada para él, pero una pequeña parte de mí, esa menos analítica y más entregada que habitaba en mi corazón, me conminaba a confiar ciegamente en él, sólo porque el amor no debería ser algo que se pueda fingir.
Cerré los ojos con fuerza, para invocar el reflejo de la luz del sol sobre la piel de David, su silueta recortada a contraluz, la presión de sus caderas sobre las mías y el roce de sus trémulos labios mientras se entregaba a mí en una tarde que ahora parecía muy lejana.
«Eso significa que me he enamorado de ti», me había dicho como toda explicación.
Me resultaba difícil creer que eso también pudiera ser una mentira, pero tenía que enfrentarme a la posibilidad de que así fuera.
«¿Debo perdonarle?», volví a preguntarme.
No soportaba la idea de no verle nunca más, pero tampoco me sentía capaz de retomar nuestra relación donde la habíamos dejado, sobre todo ahora, que ya no estaba seguro de significar algo para él.
Antes David había sido un lugar de paz y confianza, ahora era un mentiroso y un traidor, y yo no tenía los suficientes recursos para afrontar la situación de manera adecuada.
Traición. Confianza. Incluso esos conceptos tan absolutos parecían relativos en aquel momento, y empezaba a pensar que todo dependía del punto de vista que se usara.
David había sido un amante considerado, me había dedicado todo su tiempo y me había tratado mejor que nadie en mi vida, pero por otro lado, había sido desleal al mentirme.
O quizás no. ¿Había prometido él alguna vez ser fiel?
¿Me había dicho en alguna ocasión que estaba soltero?
Esas cosas yo las había dado por sentadas, pero quizás él esperaba que no lo hiciera.
¿Era David un traidor o sencillamente yo era demasiado inocente al pedir algo que él no esperaba dar?
Era evidente que no estaba acostumbrado a relaciones que conllevaban exclusividad, atendiendo a lo que él hacía con Ricardo.
¿De verdad a ese hombre no le importaba que David fuera y viniera a su antojo cada vez que le pareciese?
¿Esperaba David que yo hiciera lo mismo si volvíamos a estar juntos, que le dejara ir a divertirse cuando él quisiera?
El monstruo de los ojos verdes aulló dentro de mi pecho y supe que había cosas por las que no estaba dispuesto a pasar, pero ¿tendría que hacerlo para poder recuperarle?
No importa lo enfadado que puedas estar, al final, la añoranza siempre termina ganando, y yo empecé a echar a David tanto de menos que me dolía la piel.
En aquel momento, si solo dependiera de mí, habría vuelto a su casa a decirle que le perdonaba, pero después de lo abrupto de nuestra despedida, estaba aterrado ante la idea de que él no me perdonara a mí.
Deprimido como estaba, no salí de mi casa en toda la semana.
El sábado me encontré a mí mismo encendiendo de nuevo el móvil, a pesar de mi resolución de no volver a hacerlo.
No había ningún mensaje antiguo, ni una sola llamada perdida, lo que me convenció aún más de que él no quería estar de nuevo conmigo, pero no se me pasó por la cabeza llamarle yo a él.
De nuevo fui un cobarde y me limité a esperar que él diera el primer paso.
En cualquier caso, me decía para justificarme, el agraviado era yo, ¿no?
Durante esos días mi padre estuvo por casa más de lo habitual, con no muy sutiles excusas para no admitir que lo hacía porque estaba preocupado por mí.
Si bien era cierto que mis padres mantenían una relación cordial desde su divorcio, evitaban hábilmente pasar juntos demasiado tiempo.
Esa semana ambos parecían haber superado sus diferencias en mi beneficio, pero yo no me sentía capaz de apreciar un gesto así, incapaz de dominar mi lúgubre humor, y limitándome a encerrarme en mi habitación durante horas para escuchar a Ella Fitzgerald desgranando su «In a sentimental mood» una y otra vez.
Mi padre entró en mi dormitorio en la quinta o sexta reposición de la canción y yo me apresuré a secarme los ojos, como si él no supiera ya que estaba llorando. Sin embargo, tuvo la decencia de no mirarme al entrar. Se limitó a ir hasta el reproductor de música y cambiar el cassette .
—Esta te va a encantar. Lúgubre, triste y arrebatadoramente romántica. La escuchaba durante horas después de que mi primera novia me dejara.
—¿La chica inglesa? —pregunté en un intento de que me contara algo sobre ella.
Esta vez sí me miró, mientras rebobinaba la cinta en busca de su canción, pero no contestó. La suave voz de barítono de Nat King Cole comenzó una melodía lenta que yo nunca había escuchado.
—Esta canción habla de cómo la juventud nos vuelve ciegos y tontos ante el amor —me explicó en voz baja, sabiendo que yo para el inglés era una calamidad, mientras que él había vivido unos años en Inglaterra—.
Y que, si nos entregamos de forma absoluta al amor y creemos que la otra persona es nuestro mundo entero, es porque somos jóvenes e inexpertos.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—Eso es justo lo que siento, parece escrita para mí.
Mi padre rio sin alegría.
—Esta canción parece escrita para todo el mundo. Todos pasamos por ello alguna vez. —La canción continuó, pero nunca supe lo que decía, porque mi padre no siguió traduciendo, sino que me miró muy serio—. Aún no me has explicado bien qué pasó.
—¿Cómo que no? —Me encogí de hombros—. Me puso los cuernos, ¿qué más necesitas saber?
—Bueno, sí, pero… ¿Fue ella quien te dejó o…?
—Fui yo —afirmé tajante. No quería que mi padre pensara que, además de un cornudo, era un pardillo.
—¿Y ella? —Apartó un húmedo mechón de pelo de mi congestionada cara—. ¿Quería que la perdonaras?
—Supongo que sí. No lo sé.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a perdonarla?
Le miré furibundo.
—¿Tú perdonarías algo así?
—No lo sé, eso depende de si crees que vale la pena. ¿La vale?
Recordé a David, su precioso cuerpo, su sonrisa pícara, su pasión desmedida, desbordándome.
—Sí, pero…
—¿Pero qué?
—No sé si puedo perdonarle eso. Yo nunca se lo habría hecho a… ella. —No quería que sonara como un reproche, pero lo pareció.
La mirada de mi padre se ensombreció.
—Esto no tiene nada que ver con lo que pasó entre tu madre y yo.
—Ya lo sé, lo siento.
—No te digo esto para excusarme, ni para quejarme porque tu madre debió haberme perdonado a mí.
Lo que hice estuvo mal, no estoy defendiendo mi comportamiento, ni tampoco el de esa chica.
Pero las personas nos equivocamos, Noah, tú también cometerás errores algún día, y querrás ser perdonado.
A mí no me importa que sigas con esa chica o no, lo que me preocupa son tus razones para acabar con la relación.
—¿Qué quieres decir?
—Que quiero poder criar a un hijo que tome sus decisiones basándose en el amor, y no en el orgullo.
—¿Me estás diciendo que si la quiero debo perdonarla? ¿Que debo tragarme el orgullo? —Él no respondió—. Mamá no lo hizo…