A través del sexo. La saga completa 6. Desamor
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6. Desamor

DESAMOR

J usto antes de entrar en mi casa, intenté tranquilizarme.

Con las llaves en la mano, esperaba ante la puerta a que mi respiración se calmara un poco.

Sabía que en mi rostro debían de quedar las huellas del llanto, pero esperaba no tener que dar explicaciones sobre eso.

Rogando por que no hubiera nadie cerca, abrí con cuidado, sólo para encontrarme cara a cara con mi madre.

—Noah —exclamó asombrada—, ¿qué te pasa?

Intenté esquivar sus ojos, pero fue imposible; ella agarró mi rostro con las manos y me obligó a mirarla.

Siendo consciente de que me habían descubierto, me sentí muy vulnerable de repente.

Mi barbilla comenzó a temblar mientras el llanto amenazaba con estallar de nuevo.

Me desembaracé de sus manos, corrí hacia mi habitación y me encerré en ella nada más entrar.

Mi madre, que me había seguido en mi desesperada huida por el pasillo, golpeaba ahora mi puerta.

—Ábreme, cariño, dime qué te ocurre.

Pero yo la ignoraba, y al cabo de un momento se debió de cansar, pues oí cómo sus pasos se alejaban de mi puerta.

Entretanto, yo me había echado sobre mi cama y lloraba sin consuelo, recordando momentos que David y yo compartimos: lo orgulloso que parecía estar de mí cuando le decía que había aprobado tal o cual examen, el tacto de sus brazos rodeándome, cómo me susurraba al oído después de hacerme el amor.

Era tan penoso pensar que no volvería a sentir nada de eso…

Fragmentos de conversaciones que tuvimos vinieron a mi cabeza mientras estaba ahí tumbado, y aunque pueda parecer extraño, el sólo imaginarme su voz me calmó como un bálsamo.

«El desamor es así», oí cómo me decía. «Espero que nunca tengas que pasar por eso».

No sé cuánto tiempo estuve así antes de que unos suaves toques en la puerta interrumpieran mi agonía, seguidos de una voz muy conocida:

—¿Noah?

—¿Papá?

Me acerqué a la puerta, asustado, como un niño pequeño.

—Noah, por favor, ábreme.

Abrí la puerta sólo una rendija para ver a mi padre, que me miraba con preocupación.

—¿Puedo pasar?

—¿Qué haces aquí?

—Tu madre me ha llamado. Está muy preocupada por ti.

Abrí lo suficiente para que entrara y cerré detrás de él. Durante un momento no dijo nada, sólo me miraba, como estudiándome.

—¿Qué ha pasado?

Intenté hablar, pero las lágrimas acudieron antes que mi voz.

—Papá —atiné a decir, mientras me abrazaba a él.

—Ha sido tu novia, ¿verdad? —preguntó mientras acariciaba mi pelo—. ¿Habéis roto?

Asentí contra su hombro mientras dejaba que me consolara.

No recordaba cuánto tiempo hacía desde que lloré en brazos de mi padre por última vez, a causa de mis infantiles preocupaciones, pero ahora, cuando ya me consideraba casi un adulto, me veía de nuevo necesitando el consuelo de esos brazos alrededor de mí.

—Papá, ¿qué voy a hacer ahora? —gemí en el éxtasis de mi desconsuelo.

— Shh —contestó él, meciéndome como cuando era pequeño—, calma, mi niño. Llora todo lo que quieras.

Seguí llorando, más amargamente ahora, hasta que noté que la puerta de mi dormitorio se abría de nuevo y veía a mis hermanos, que me miraban con curiosidad. Aarón me dedicaba una cariñosa sonrisa, mientras Moisés observaba la escena con el ceño fruncido.

Dejé de llorar al instante, avergonzado de que mis hermanos me vieran así y temiendo alguna burla por su parte. Oí cómo mi madre decía algo al otro lado de la puerta. Aarón le contestó:

—No, mamá, no vengas —decía mientras él y Moisés entraban en mi dormitorio—, esto es cosa de hombres.

Cerró la puerta tras de sí y se acercó a mí, todavía luciendo esa cálida sonrisa.

—¿Qué ha pasado, enano? —Me atrapó entre sus brazos y me revolvió el pelo—. ¿Te han dado calabazas?

—Déjame en paz —hipé, desembarazándome de él.

Los gemelos intercambiaron una mirada llena de conocimiento mutuo y se lanzaron al unísono a por mí, cargándome hasta que quedé sentado en la cama en medio de ellos dos, sin posibilidad de escapatoria. Mi padre cogió una silla y se sentó frente a nosotros.

—Bueno —comenzó—, ahora que ya te has desahogado, ¿nos vas a contar qué es lo que ha pasado?

Miré a mi alrededor en busca de una salida, pero no la había. Lo único que me quedaba por hacer era contar una mentira lo más parecida posible a la verdad.

—Davi… —Volví a hipar a causa del llanto—. Davinia me engañó. Me acabo de enterar de que me puso los cuernos hace tiempo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que no quería volver a verla.

—Es lo mejor, Noah. Olvídate de ella —dijo Moisés.

—Es una guarra —añadió Aarón.

—Apuesto a que está con el otro…

—… en este mismo instante.

—Gracias, chicos —intercedí, enojado al imaginar a David volviendo a los brazos de su amante. Me levanté de la cama—. Sois un gran consuelo.

—Es un placer ayudarte, hermanito —dijo Aarón mientras me guiñaba un ojo, divertido.

Mi padre los miró con seriedad, como queriendo decirles que el momento de las bromas se había acabado. Se levantó y se puso frente a mí, agarrándome por los hombros.

—Puede que para ti esto sea el fin del mundo, pero no lo es. —Remarcó cada palabra con un leve zarandeo—. Habrá más chicas en tu vida, ya lo verás. Sé que esto suena muy cursi, pero es que es la verdad. Si no, que te lo diga tu hermano.

Abrí la boca y la volví a cerrar, mientras miraba hacia los gemelos. Aarón sonreía, pero Moisés tenía la mirada baja. Tenía que ser él.

—Moi, ¿eso es verdad? —pregunté con una sonrisa, incapaz de creer que él hubiera pasado por lo mismo.

—¿Te acuerdas hace unos años, cuando Moisés se hizo adicto a los gimnasios de repente? —me contestó Aarón.

Asentí. El verano en que yo tenía catorce años, Moisés empezó a tomarse el fitness muy en serio, gracias a lo cual ahora tenía un cuerpo musculoso y bien desarrollado, muy diferente a la constitución redonda de Aarón.

—¿A que no sabes por qué fue?

—No seas cabrón —susurró Moisés meneando la cabeza, todavía con la mirada clavada en el suelo.

—No, no lo sé —contesté con una sonrisa maliciosa.

—Resulta que ese verano, el bueno de Moi se enamoró de… ¿Cómo era? —Se acarició la barbilla en un fingido gesto de despiste y miró hacia su gemelo, esperando una respuesta que no llegó—. ¡Ah, sí! ¡Victoria! La hermosa Victoria.

—La guarra de Victoria —dijo Moisés.

—Ese lenguaje —le reprendió mi padre—. Ya es la segunda vez que usas ese adjetivo en esta conversación, y no me gustan esas expresiones tan sexistas.

—Luego se dirigió a mí—. Resulta que la chica en cuestión dejó tirado a tu hermano porque no estaba lo suficientemente «cachas».

Así que a él no se le ocurrió otra cosa que ponerse muy cuadrado para recuperarla.

—¿Y lo conseguiste? —pregunté.

Moisés se levantó y se puso frente a mí, mirándome muy serio.

—No. Pero al cabo del tiempo me di cuenta de que tampoco valía la pena. Lo que papá dice es verdad: habrá más chicas. Para mí, por lo menos, fue así, desde entonces, una diferente cada vez que puedo.

—Vamos —intercedió mi padre—, no creo que ese sea un buen consejo.

—¿Que no? —Moisés levantó una ceja incrédulo, luego se volvió de nuevo hacia mí—. Escucha lo que te digo: no hay mejor manera de superar a una chica que un buen puñado de otras. Además, así le darás donde más le duele, sobre todo después de lo que te hizo.

—¿A qué te refieres?

—Todos somos iguales —me contestó Aarón mientras salía de mi dormitorio—. Apreciamos mejor lo que hemos perdido cuando lo vemos en manos de otra persona.

Dándome un cariñoso apretón en el hombro, Moisés también salió de mi habitación. Mi padre me miró un momento más. Tenía la expresión de alguien a quien le ha salido el tiro por la culata.

—Papá, por favor, déjame solo.

Me di la vuelta y me dirigí a la cama, deslizándome entre las sábanas. Oí cómo mi padre se quedaba allí un momento más, luego suspiró mientras salía de mi dormitorio.

—Te llamaré mañana, ¿vale?

Asentí mientras me cubría del todo con la manta, fingiendo que quería dormir.

No volví a abrir los ojos hasta que mi padre hubo salido.

La ira es un sentimiento poderoso y alarmantemente agradable, y cuando mis lágrimas se secaron, me vi cegado por ella, encontrándome de repente bajo una fría campana de cristal que distorsionaba la realidad que había al otro lado.

Sólo era capaz de recordar con odio a David y todo lo relacionado con él y sentía unos enormes deseos de vengarme, de hacerle sufrir, de demostrarle que me había tomado por quien no era, que se había equivocado al pensar que podía engañarme e irse de rositas, pero… ¿Qué podía hacer?

Metido hasta el cuello en una bañera de agua caliente unos días más tarde, y con los ánimos algo más calmados, meditaba acerca de ello.

Me picaban los ojos, y estaba harto de tanto llorar, lo que me restaba calma para pensar con frialdad, pero aun así, en medio de mi furia, sabía que no era capaz de hacerle daño, al menos no físicamente.

Una y otra vez acudía a mi mente la desoladora imagen de David en el suelo, con su hermoso rostro cruzado por el dolor y sus manos manchadas de la sangre que manaba de sus labios.

Aunque en aquel momento había sentido una cruel satisfacción, ahora los remordimientos me corroían y enfriaban mi ira.

¿Se sentiría él igual de culpable por haberme engañado?

Oí el teléfono sonar desde el baño, pero ni siquiera me moví, sino que dejé que sonara monótonamente hasta que alguien descolgó.

Sumergí la cabeza en el agua. ¿Y si era David el que estaba llamando?

Desde aquella fatídica noche tenía desconectado el móvil, así que si quería localizarme, tendría que llamarme a casa.

«A lo mejor ni siquiera es él. Con lo enfadado que estaba, seguro que ahora le importo una mierda», me dije en un intento de convencerme de que eso me daba igual.

Un dolor sordo me oprimió el pecho al recordar su rostro encolerizado y las frías palabras que me había dicho.

¿Por qué las cosas tenían que ser tan complicadas?

Volví a la superficie, boqueando como un pez en busca de aliento.