8. Viejos y nuevos amigos #3
—El primer año estarías obligado a matricularte del cien por cien de los créditos, y los años sucesivos de un noventa por ciento, en el caso de que tengas asignaturas pendientes de años anteriores.
Se te obligaría a aprobar anualmente como mínimo el noventa por ciento de los créditos a los que te matricules y —levantó un dedo—, con una nota media mínima de 8.
En el momento en el que suspendas más asignaturas de la cuenta o bajes tu nota media, pierdes la beca, así como si tardas más de cinco años en terminar la carrera.
—En verdad es muy duro. —Le miré—. ¿Y dice usted que podría elegir en qué universidad cursar mis estudios?
—Sí. Se te hacen recomendaciones, por supuesto.
Lo ideal es elegir aquellas universidades que estén cerca de algunos de los centros de los laboratorios BioKerck, pues te será necesario para las prácticas de empresa.
Se te dan a elegir varias universidades en cinco o seis países distintos, aunque en tu caso, con tu nivel de inglés, yo te aconsejaría quedarte en España.
En lo que tardarías en adaptarte al idioma, podrías perder tu beca.
Aunque, claro, la decisión final es tuya.
La recomendación más lógica en tu caso sería la Universidad Fernando…
—Fernando VII —le interrumpí con emoción apenas contenida. La U.F.7, como era conocida vulgarmente, era una de las más prestigiosas y caras de España, especializada sobre todo en carreras científicas, y que además estaba en mi propia ciudad—. ¿De verdad podría estudiar ahí?
Roberto asintió.
—Sí. Sólo tienes que pasar una última entrevista con una psicóloga, pero eso es un mero trámite. Una vez hecho esto, te incorporarías a las clases, que comienzan en menos de un mes.
Me apoyé en el respaldo de la silla, pensando un momento.
—¿Esto es lo que tú quieres, Noah? —Mi padre se había inclinado y me miraba a los ojos. Asentí—. Es muy duro, ¿estás seguro de que lo quieres hacer?
—Claro que sí —siseé—. ¿Estás loco? ¿Cómo podría rechazarlo? Es lo que siempre he querido.
—Está decidido, entonces. —Roberto se levantó y me tendió la mano mientras yo hacía lo propio—. Bienvenido.
Después de una casi surrealista entrevista con una psicóloga que parecía querer asegurarse de que yo no estaba tan loco como ella, se me dio el visto bueno para la beca.
Mi padre tuvo que firmar un montón de papeles, ya que, al ser menor de edad, necesitaba el consentimiento paterno para todo.
Al final, salimos del edificio casi cuatro horas después de intensa burocracia.
El sol estaba alto y me deslumbró al salir.
Busqué en mi bolsillo las gafas de sol, pero antes de que pudiera ponérmelas, me vi envuelto en un abrazo que no había visto venir.
—Llevo toda la mañana deseando hacer esto —me dijo mi padre contra mi oído—. Estoy tan orgulloso de ti…
Dio un paso atrás, pero manteniéndome aún por los hombros.
—Espera a que tu madre se entere —continuó con entusiasmo—, le va a dar algo.
—Es increíble —me aparté de él y comencé a caminar hacia el coche, no creyéndome del todo lo que estaba pasando.
Mi padre caminó a mi lado un rato sin hacer comentario alguno, pero esbozando una sonrisa de bobo. Cuando llegamos al coche y abrió la puerta, me miró con ojos llorosos.
—Vaya, Noah —me dijo—, creo que con esto se me va a quitar el enfado porque no estudiaras periodismo.
Mi padre no se había equivocado. Cuando mi madre se enteró, casi le da un infarto.
Luego se sucedieron días de locura en los que mis padres se empeñaron en hacer fiestas por cualquier nadería o llamaban a todo el mundo solo para contarles lo de la beca.
Yo me enfrasqué durante más de una semana en hacer la matrícula y en elegir las asignaturas optativas que quería cursar, aunque también me vi obligado a llamar a mis amigos del instituto para contarles que no iría a la universidad con ellos.
Hijos de padres trabajadores como yo, todos irían a la universidad pública y habíamos hablado mucho de lo que haríamos una vez allí.
Cuando se los conté, todos parecieron alegrarse por mí, pero en la voz de Gonzalo me pareció percibir un tono de malicia y envidia.
Estaba seguro de que él se creería más merecedor que yo de esa beca.
Al final decidimos que teníamos que salir para celebrarlo y, aunque nadie lo dijo, para despedirme.
Todos daban por sentado que, ahora que íbamos a universidades diferentes, perdería el contacto con ellos.
Incluso yo lo pensaba. De repente me di cuenta de que no me molestaba la perspectiva de no volver a verlos.
Habían sido mis compañeros en clase o en el equipo de fútbol.
Salíamos de fiesta juntos, pero ni uno de ellos sabía que yo era gay, ni tenían ni idea de que en los últimos seis meses me había enamorado y me habían roto el corazón.
No eran de ese tipo de amigos con los que uno puede sincerarse y tampoco tenía muy claro que alguno de ellos aceptase mi homosexualidad, teniendo en cuenta la de veces que había tenido que reírles sus chistes de maricones.
De repente, empecé a experimentar una intensa sensación de libertad ante la posibilidad de estar en un sitio donde nadie me conociera, donde poder empezar de cero.
Así que me preparé a conciencia para la despedida, asumiendo en mi fuero interno que ese sería el final de nuestra amistad.
Habíamos quedado un viernes por la noche. Era el último fin de semana antes del comienzo de las clases. Mientras me vestía, noté cómo la puerta de mi habitación se abría y mi madre aparecía en el umbral con un paquete envuelto en papel de regalo y una expresión de tímida felicidad en el rostro.
—¿Qué es eso, mamá?
Mi madre entró en mi habitación y me tendió el paquete.
—Es para ti. Un regalo para demostrarte lo orgullosa que estoy. Creo que ya eres lo suficientemente mayor para tener uno.
Lo cogí entre mis manos y me senté en la cama.
Sonreí al ver el papel de regalo, con dibujos de Superman volando con su capa al viento.
Cuándo aprendería mi madre que el aficionado a los cómics de superhéroes era Aarón y no yo…
Lo rompí y me quedé paralizado al encontrarme con una caja muy familiar.
Tenía una igual, escondida en mi armario, que guardaba los restos destrozados del primer regalo que David me había hecho.
Se me saltaron las lágrimas al abrir la caja para extraer el teléfono móvil, igual que el que yo había roto hacía unas semanas en un rapto de furia. Mi madre se sentó a mi lado.
—No sabía que te haría tanta ilusión —dijo contenta, malinterpretando mis lágrimas.
—Gracias, mamá —musité mientras recorría con la yema de mis dedos las familiares líneas del teléfono.
—¿Te gusta ese modelo? En la tienda me dijeron que era muy moderno y que a los jóvenes les gusta mucho.
—Sí, me encanta. —Le di un beso a mi madre en la mejilla y me levanté algo aturdido—. Tengo que irme. No volveré muy tarde.
—Bueno —me respondió ella—, ten cuidado y pórtate bien. Pero si hoy llegas un poquito más tarde, no me voy a dar cuenta.
Sonreí.
—Gracias.
Habíamos quedado todos en la estación de metro más cercana a mi casa para ir juntos hasta la discoteca.
El plan era salir a ligar, como siempre.
Esa era una de las muchas cosas que no echaría de menos cuando dejara atrás a mis amigos: tener que fingir interés por las mujeres y desinterés por los locales de ambiente.
Esa noche sería la última vez, me decía mientras me dirigía hacia allí.
Cuando llegué a la estación, vi que Gonzalo ya había llegado.
Como siempre, era el primero. Durante ese mes se había sentido bastante satisfecho consigo mismo, había sacado más nota que yo en Selectividad y creía que había ganado la guerra.
Pero cuando le conté que iría a la U.F.7, por su voz al teléfono noté que no sabía aceptar la derrota.
Mientras me acercaba a él, pude ver cómo me evaluaba con la mirada.
—Hola, Gonzo —le saludé, usando el mote que todos le habían puesto en el instituto y que él detestaba.
Me miró fingiendo asombro, como si me acabara de ver.
—Pero mira a quién tenemos aquí. El homenajeado de la noche.
—¿No ha llegado nadie más?
—¿Ves a alguien más aquí?
—No —admití. El resquemor por años de insinuaciones malintencionadas se había diluido, dejando en mí el mezquino placer que se siente al saberse envidiado por alguien a quien detestas—. Pero pensé que a lo mejor estaban escondidos detrás de tu ego.
Me miró con ganas de matarme, mientras su mente batallaba a contrarreloj para encontrar una respuesta ingeniosa, pero no debió de encontrarla.
—Ja, ja —dijo sarcástico, fingiendo una falsa risa—. Muy gracioso.
Una repentina interrupción acalló mi respuesta.
Gonzalo fue levantado en volandas, chillando como un niño y pataleando histérico.
Bajo tanto movimiento pude ver a Gorka, que le mantenía en lo alto con sus enormes brazos.
A su lado, sonriendo con malicia, estaba Josemi, que al ver que yo estaba tan divertido como él con la situación, me guiñó un ojo con complicidad.
—Te remueves como una lagartija —dijo Gorka volviendo a poner a Gonzalo sobre sus pies mientras me dedicaba una divertida sonrisa.
Gonzalo se ajustó la ropa con excesiva dignidad.
—Déjate de payasadas —gruñó mientras intentaba volver a meterse la camisa por dentro del pantalón, sin mucho éxito.
Gorka se encogió de hombros como si la cosa no fuera con él.
—¿Qué tal te va, tío? —saludó Josemi, intentando aún aguantar la risa por las volteretas que había dado Gonzo en el aire.
—Bien.
—¿A la privada, eh? —Gorka me dio una amistosa palmada en el hombro—. Vaya suerte que tienes con esa beca.
Le miré y sólo encontré amigabilidad. Nunca le había oído hablar mal de nadie, o expresar envidia o rencor por algo, aunque tuviera razones para ello. Josemi, a pesar de ser un bocazas y un ligón, estaba hecho de la misma pasta, por eso comprendí que sus palabras eran sinceras y sin mala intención.