5. Un día de verano #3
Empecé a dormir mal y a tener pesadillas sobre David.
Luego me despertaba angustiado. ¿Y si le había pasado algo?
¿Y si había tenido un accidente o estaba enfermo?
En realidad, se me ocurrían muy pocas razones por las que David no quisiera llamarme, a no ser que le hubiera pasado algo malo.
La cuarta noche desde que se había ido, no pude dormir bien.
No dejaba de pensar en él y no hacía más que decirme una y otra vez que mi lugar estaba a su lado.
Daba vueltas en la cama, incapaz de conciliar el sueño.
Mi único consuelo era saber que al menos no estaba solo.
Hugo y su tío estaban a su lado y, pasase lo que pasase con su familia, ellos le apoyarían.
De repente, un incómodo pensamiento me asaltó, y mi mente me jugó una mala pasada: durante un instante visualicé tras mis párpados cerrados a Hugo poseyendo a David sobre la enorme cama de un hotel.
—¡Joder! —exclamé mientras me incorporaba.
Era una desoladora alternativa, pero ¿y si David estaba con otro?
Pasé ansioso las manos por mis cabellos, intentando relajarme.
El monstruo de los ojos verdes me había asaltado por sorpresa, pero parecía haber venido para quedarse.
Un doloroso nudo de angustia se aposentó en mi garganta, pero justo cuando estaba empezando a desesperar, sentí una leve vibración bajo mi almohada.
Me abalancé sobre el móvil y casi lloré de alegría cuando vi que era un mensaje de David.
Lo escueto del mensaje me sorprendió y volví a tener dudas, que me impidieron dormir en toda la noche.
A la mañana siguiente me levanté temprano después de haber estado casi toda la noche en vela.
Me puse ropa deportiva y me fui caminando hasta la avenida marítima, con la necesidad de hacer algo de ejercicio y aclarar mis ideas.
Eran poco menos de las ocho de la mañana, pero ya había bastante gente caminando por la avenida o paseando en bicicleta.
Me coloqué en los oídos los auriculares de mi viejo walkman y puse en marcha un cassette que Gorka me había grabado, con una selección de música dance, ideal para hacer ejercicio.
Empecé a correr y sentí por primera vez en varios días que volvía a respirar de nuevo.
Durante un rato me concentré sólo en el aire que salía y entraba en mi cuerpo.
Me obligué a convertir mi respiración en una cadencia y alcancé un ritmo en el que me sentía cómodo.
Pero a medida que la carrera se convertía en algo metódico, mi mente volvió a divagar.
¿Por qué estaba tan preocupado? Solo habían pasado cuatro días, y cuatro días sin hablar con él no era tanto.
A veces, cuando yo estudiaba, también habíamos estado varios días sin hablar.
Claro que eso era cuando yo no tenía móvil y le prohibía llamarme a casa.
Pero desde que tenía el teléfono, hablábamos casi a diario.
Sentí el peso del móvil en el bolsillo de las bermudas que llevaba puestas, recordándome que seguía en silencio y por qué.
Pero, aun así, esa no era razón para estar celoso.
«Estás comportándote como un idiota», me reproché.
Lo que había pasado entre David y Hugo no iba a cambiar lo que había entre David y yo.
Para él, Hugo solo había sido un amor juvenil sin importancia, nada más, y ahora eran amigos, mientras que yo era su novio.
Me paré de golpe. Un amor juvenil sin importancia. ¿Eso era David para mí? El leve sonido de la vibración del móvil cortó mis pensamientos.
—¿Sí? —contesté sin aliento.
—Hola. ¿Qué tal estás?
—Bien. —Me llevé una mano a mi costado y me esforcé por regular mi respiración.
—¿De verdad estás bien?
—Sí. Es que… estaba corriendo.
—¿Sin mí?
Sonreí a mi pesar ante la broma, pero descubrí con cierto asombro que estaba enfadado con él.
—¿Dónde estás?
—En el coche. Vamos de camino al despacho del abogado de la familia.
Asentí, mientras me concentraba en oír los sonidos de fondo de las ajetreadas calles de Berlín. Pude escuchar ruido de tráfico rodado, un claxon y una voz que, por conocida, me resultó desagradable.
—¿Está Hugo contigo?
—Sí, a estos sitios es mejor ir con tu propio abogado, por si acaso —rio.
—Supongo. Oye…, ¿cómo estás?
—Bien, estoy bien. Solo algo cansado. He estado muy ocupado.
—¿Tanto que ni siquiera has podido llamarme? —le reproché.
—Noah… —Le oí suspirar—. Ahora no estoy de humor para eso, de verdad que no.
Algo en el tono apagado de su voz hizo que mi enfado se evaporara.
—Lo siento, es que…
—No, soy yo quien lo siente, ha sido culpa mía. Mira, tengo que dejarte, estamos llegando. Te llamaré esta noche, te lo prometo, y hablaremos.
—Está bien. Te quiero.
Oí el clic del final de la comunicación, y no supe si me había escuchado.
Esa noche me metí nervioso y desnudo en la cama, por si acaso David quisiera otra sesión de sexo telefónico.
Me sentía un poco ridículo estando desnudo en la cama por un amante que no se encontraba a mi lado, pero estaba ansioso por complacerle.
Mantuve el móvil apretado en la mano todo el rato, hasta que al final empezó a vibrar.
—Hola.
—Hola, Noah. Oye, siento lo de…
—No, no importa —me apresuré a decir. No quería que nuestra conversación empezara así—. No estoy enfadado ni nada —dije, tanto para convencerle a él como a mí mismo—. Es solo que… te he echado de menos.
—Y yo a ti. De verdad que lo siento.
—No importa. ¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Y el entierro?
—Fue ayer por la tarde. Lo velamos durante casi tres días.
—¿Y tu familia?
Hubo un momento de silencio.
—No sé qué decirte, la verdad.
—No me digas que aún estás en el hotel.
—No. Estoy en mi antigua habitación. Es un poco raro, todavía hay juguetes de cuando era pequeño.
Sonreí imaginando al niño que David debió de ser, con esos enormes ojos grises llenos de curiosidad infantil.
—Seguro que te trae muchos recuerdos.
—Sí, pero no todos son buenos.
—Oye —dije intentando distraerle—. ¿Sabes una cosa?
—¿El qué?
—Que estoy en mi cama.
—No me digas —la voz de David se tornó peligrosamente sensual.
—Sí, y… —Hice un esfuerzo por superar mi vergüenza—. Estoy desnudo.
—Joder, Noah —gimió—, vas a tener que darme más detalles.
Durante la siguiente semana me esforcé por no echarle de menos y él se esforzó por llamarme cada vez que podía, aunque nunca me habló de su familia ni de lo que le estaba pasando.
Yo aprendí a no insistir, dándome cuenta de que no iba a soltar prenda.
Pensaba que quizás estuviera muy afectado, o que no quisiera tratar ese tema por teléfono, así que cuando hablaba con él intentaba ser su mejor momento del día, sobre todo si me llamaba bien entrada la noche y podíamos excitarnos juntos.
El sexo telefónico se convirtió en una agradable rutina y, al final, empezó a darme la sensación de que David solo me llamaba para eso.
Tampoco era que yo tuviera quejas acerca del particular.
La noche del nueve de agosto, sin embargo, me llamó para darme noticias.
—Hola, pequeño —me dijo al descolgar—, ¿sabes una cosa?
—¿Ya vuelves? —pregunté esperanzado.
—Sí, ya hemos confirmado el vuelo para mañana.
—¿En serio?
—En serio. El clima de Alemania me está deprimiendo —rio, pero yo me quedé serio, pensando en si se refería a la climatología o a su familia.
—¿Podré verte mañana?
—Sí, ven a mi casa a última hora de la tarde, para que me dé tiempo de llegar y descansar un poco.
—Está bien. Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
Como me había prometido, la tarde siguiente recibí un mensaje de David diciéndome que acababa de aterrizar y citándome en su casa a las diez de la noche.
Me duché y me vestí muy despacio, para hacer tiempo, y luego cogí el metro.
Mi corazón latía dolorosamente en mis oídos de puros nervios cuando salí de la estación, estaba loco de ganas por verle.
Era consciente de que iba a llegar a su casa un rato antes de lo acordado, pero no pensé que eso importara demasiado.
El portero me saludó con una sonrisa, como siempre, y ni siquiera avisó a David, dijo que me estaba esperando.
Me acompañó hasta el ascensor y metió la llave de seguridad, pulsó el botón y me dejó subir solo.
Cuando se abrieron las puertas y entré en la casa, vi que el salón estaba a oscuras, únicamente iluminado por una tenue línea de luz que se colaba por la puerta de la cocina, apenas abierta.
A medida que me acercaba, oí las voces de David y la de otro hombre que no reconocía.
—No utilices la muerte de mi abuelo como excusa —decía David.
—Vamos, no pensarías que no iba a venir a darte el pésame. Cualquiera diría que no te alegras de verme.
Dudé un momento ante la puerta de la cocina.
Era obvio que Tony no se había molestado en decirle a David que yo estaba subiendo, y por lo tanto él ignoraba que yo estaba allí.
En cualquier caso, no me parecía muy educado estar en su salón, escuchando una conversación a escondidas, y pensé que lo correcto sería abrir la puerta y darles a conocer mi presencia.
Pero algo en la extraña conversación me hizo mantenerme quieto donde estaba.
—Es que no me alegro. Te dije que no quería volver a verte.
Me asomé por la puerta entornada, mirando apenas dentro de la cocina.
Desde esa perspectiva solo veía a David, que apoyaba su cadera contra la encimera a la vez que esbozaba una indescifrable expresión en su rostro.
Cualquiera podría pensar que estaba enfadado, pero yo, que empezaba a conocerle muy bien, intuí un sentimiento más profundo detrás de su ira.
¿Dudas, quizá? Acababa de ducharse, y su brillante cabello negro lucía húmedo y ensortijado sobre su cabeza.
Llevaba puestas sus gafas, y supuse que estaría demasiado cansado para las lentillas, pero me perturbó pensar que se sentía en suficiente intimidad con ese hombre con el que hablaba como para que no le resultara incómodo mostrarse con ellas ante él.