A través del sexo. La saga completa 5. Un día de verano #2
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5. Un día de verano #2

—¿Cómo quieres que lo sepa? —resopló—. Falleció hace unas horas, así que el entierro no será como mínimo hasta mañana. Luego el funeral, la lectura del testamento… y un millón de problemas familiares que resolver.

—¿Por qué dices eso?

Se dio la vuelta y me miró.

—Porque hace casi diez años que no veo a mi familia.

—¿No te llevas bien con ellos?

—Es una manera de decirlo.

—¿Es porque eres gay? —pregunté con cautela, recordando lo que Jamie y él mismo me habían contado.

—Sí —respondió mientras se enjabonaba el pelo—, aunque mi padre es el único que lo sabe, mi madre y mis hermanas no tienen ni idea.

—¿Y eso por qué?

—Porque me prohibió decírselo a nadie, dijo que era mejor que no conocieran mi repugnante estilo de vida.

—¿Eso te dijo?

David se encogió de hombros como si no le importara, pero me di cuenta de que los músculos de su mandíbula se tensaban por el recuerdo.

—Siento lo de tu abuelo. ¿Estabas muy unido a él?

—Me caía bien.

—¿Te caía bien? —pregunté con asombro—. Era tu abuelo, David.

—¿Y qué quieres que te diga? ¿Que recuerdo con cariño cuando mi abuelito me sentaba en su regazo y me contaba cuentos?

Él era un hombre de negocios, como lo somos todos en mi familia, y no tenía tiempo para esas cosas.

Además, ya te he dicho que me crié en un internado lejos de mi familia.

—Salió de la ducha y rodeó su cintura con una toalla—.

No tenía la suficiente confianza con él como para decir que estuviéramos unidos.

Salí de la ducha mientras él empezaba a afeitarse.

—Entonces, ¿por qué pareces tan afectado?

—Porque esto va a traer complicaciones. Mi abuelo era el mayor accionista de la empresa y el presidente. La seguía dirigiendo aún, a pesar de su edad. Ahora que ha muerto, todos querrán saber si les ha tocado un trozo del pastel. La lectura del testamento va a ser un circo.

—¿Por la herencia? —Me puse junto a él en frente del espejo y empecé a poner espuma en mi cara, con la intención de afeitarme los tres pelos de barba que tenía.

—Sí, mi familia está llena de víboras y mi padre es la mayor de todas. Vamos a ver qué sale de todo esto.

—¿Por eso estás preocupado? —pregunté sorprendido de que David fuese tan materialista—, ¿por tu trozo del pastel?

—No, no es por eso. Al menos no en el sentido que tú crees. No me preocupa el dinero, es solo que…

—¿Qué? —le interrumpí con impaciencia.

Nuestras miradas se cruzaron en el espejo.

—Que temo que esto le dé más poder a mi padre, y eso es algo que no deseo.

—¿Por qué no?

David me miró con pesar, como si temiera decepcionarme por lo que iba a decirme.

—Porque yo no soy el hombre emancipado e independiente que tú crees que soy —me dijo como toda respuesta—. Date prisa, se me hace tarde.

En menos de veinte minutos estuvo listo para salir.

Con la premura y efectividad con la que se preparaba para un viaje, cualquiera pensaría que estaba acostumbrado a hacerlo, pero no era ese el momento de preguntarle si viajaba a menudo.

Le dije que cogería el metro hasta mi casa, y aunque no me dijo nada, sé que agradecía no tener que llevarme.

Me prometió que me llamaría en cuanto llegara, así que no me quedaba más remedio que esperar.

Me llamó bastante tarde, pasada la medianoche, cuando ya me había metido en la cama y fingía ante mi madre que me iba a dormir, aunque tenía el móvil junto a mí, con la esperanza de que al final cumpliría su promesa. Cuando lo hizo, sentí el teléfono vibrar debajo de la almohada.

—Hola, pequeño —me dijo nada más descolgué.

—Hola, ¿cómo estás?

Le oí suspirar.

—Reventado. El día ha sido un caos, tuvimos mil problemas con los permisos de vuelo y el trayecto hasta Berlín se ha hecho eterno. Acabamos de llegar al hotel.

—¿En un hotel? Pensé que irías a casa de tus padres.

—Mañana. Es muy tarde y estamos tan cansados que decidimos pasar la noche aquí.

—¿Pero tu familia no vive en Berlín?

—Sí, pero a las afueras, a casi una hora en coche y no tenía sentido cruzar media ciudad ahora mismo. Estamos en un hotel junto al aeropuerto, es mucho más práctico. Iremos a primera hora. Dependiendo de cómo estén los ánimos allí, decidiré si sigo hospedándome aquí o no.

—¿Estás nervioso? —le pregunté.

—¿Por qué?

—Por ver a tu familia después de tanto tiempo.

David calló durante un momento.

—Un poco —contestó al fin con un suspiro—. ¡Dios! Esto va a ser más difícil de lo que yo pensaba.

—¿Los has echado de menos?

—A mi madre sí, y a mi hermana pequeña. Como Florence solo es mi media hermana y es mayor que yo, casi no he tenido contacto con ella, aparte de que ahora vive en Nueva York con su repelente familia perfecta, pero mi hermana menor…

—Volvió a suspirar—. Debe de tener tu edad más o menos, y la última vez que la vi tendría unos ocho años.

Ahora será toda una mujer y ni siquiera la conozco.

Pensé en lo que me decía y en cómo debía de sentirse, y recordé las palabras que me dijo acerca de su padre. Debía de ser un hombre odioso por apartarle así de su familia.

—¿Cómo es el hotel? —pregunté con la intención de cambiar de tema.

—Está bastante bien. La suite es bonita.

—¿Estás en una suite?

—Sí, es casi tan grande como mi ático. Ahora estoy en la cama y es enorme. —Oí cómo chasqueaba la lengua—. La pena es que no tengo compañía.

—Al menos podrás dormir a pierna suelta, con lo cansado que debes de estar.

—Dudo mucho que pueda dormir bien esta noche. —Noté un tono de melancolía en su voz—. Además, no es dormir lo que más me apetece ahora mismo. Esta mañana no tuve tiempo para despedirme de ti como es debido.

—Me gustaría estar ahí contigo —susurré.

—A mí también me gustaría. ¿Qué estás haciendo ahora?

—Nada. Me acabo de meter en la cama.

—¿Y qué llevas puesto?

—¿Por qué me preguntas eso?

—Para poder imaginarte.

Miré los calzoncillos que llevaba puestos. Eran uno de esos largos, de tela y con un estampado de superhéroes. Me los había regalado mi madre en Navidad, y eran tan feos que solo me los ponía para dormir, pero ni por un momento se me pasó por la cabeza decírselo a él. Así que decidí mentirle.

—Nada —contesté con una sonrisa avergonzada.

—¿Siempre duermes desnudo?

—En verano sí —mentí—, casi siempre.

—Vaya, Noah, cómo me gustaría verte ahora mismo…

Reí bajito.

—¿Ah, sí? ¿Para qué?

—¿Acaso no lo sabes ya? Se me puso dura nada más oír tu voz. —David hablaba bajito, en susurros—. Sabes muy bien lo que te haría.

—Sí, ya lo sé —gemí mientras empezaba a sentir calor en mi entrepierna.

—¿La tienes dura?

—Un poco —contesté mientras me acariciaba.

—¿Te estás tocando?

—Sí. Estoy imaginándome que lo haces tú.

—¿Y qué más te estás imaginando?

—Que me estás besando —dije cada vez más excitado—, por todas partes.

—Sí, pequeño, estoy besándote y acariciándote. Te muerdo los labios y los pezones. Bajo por tu cuerpo lamiendo tu piel, y luego me meto tu polla en la boca y empiezo a comérmela muy despacito.

Me masturbé con más intensidad mientras evocaba la sensación de los labios de David alrededor de mi sexo. Gemí de nuevo mientras oía cómo David lo hacía también al otro lado de la línea. Cerré los ojos y lo imaginé desnudo, en medio de una cama enorme, tocándose para mí, gimiendo mi nombre.

—David, quiero que me folles… —jadeé mientras su ausencia se me hacía insoportable—. Quiero que estés dentro de mí, que te corras dentro de mí.

—Mi pequeño —me respondió con su profunda voz—, eso es lo que estoy haciendo.

Una fiera excitación me tomó y me corrí sobre mis sábanas.

Aún podía oír los gemidos de David y quise estar a su lado, ser yo quien le ayudara a terminar.

Susurré palabras en el teléfono, usando mi voz para llevarle al límite.

Un escalofrío de placer me recorrió cuando oí cómo David se corría, tan lejos de mí, pero tan, tan cerca.

Durante un momento ninguno de los dos habló.

Podía oír su agitada respiración cerca de mi oído y cerré los ojos para imaginarme que estaba sobre mí después de hacerme el amor, que podía sentir su aliento sobre mi piel.

—Te estoy echando de menos y acabas de irte —dije compungido—. ¿Crees que podrás volver pronto?

—No lo sé, amor. Ojalá. No tengo ganas de quedarme aquí mucho tiempo. Yo también te estoy echando de menos —suspiró —. Será mejor que te deje. Es tarde y mañana me espera un día muy largo.

—¿Me volverás a llamar?

—Claro que sí. Desde que me sea posible. Intenta pasártelo bien mientras estoy fuera. Sal con tus amigos o haz algo. No creo que tarde menos de una semana. Quizá dos.

—Lo intentaré —contesté no muy convencido.

Quise decirle unas palabras de consuelo. Algo para animarle, para ayudarle a soportar los días que tenía por delante, pero las palabras no me salieron. Antes de darme cuenta, me estaba despidiendo de él.

Cuando colgué el teléfono, me quedé un momento pensando en cómo debía de sentirse, tan lejos de casa, tan solo, en un hotel en medio de un país al que había renunciado hacía diez años, a punto de enfrentarse al padre que le había repudiado.

Mientras cogía un pañuelo para limpiarme, pensé que no me gustaría estar en su pellejo por nada del mundo.

A pesar de su promesa, David no volvió a llamarme, ni devolvió mis llamadas ni mensajes los primeros días, durante los que creí que me iba a volver loco.

Pensaba que quizá estuviera liado, o que todo eso de volver a ver a su familia le hubiera afectado mucho y no tuviera ganas de hablar.

Cada dos por tres miraba el móvil, como si solo con hacer eso fuera a conseguir que David me llamase o me mandase un mensaje.

Dado que yo no tenía ningún otro medio para comunicarme con él, me sentía impotente por no saber qué era lo que estaba pasando.