5. Un día de verano
UN DÍA DE VERANO
E l fin de semana se acababa. Aún no me creía que hubiera pasado dos noches con él y ya tenía que empezar a hacerme a la idea de volver a casa. El domingo amaneció soleado y yo, tendido boca arriba en la cama, rememoraba soñoliento los últimos dos días.
Había sido un buen fin de semana. Dos días enteros a su lado, comiendo juntos, durmiendo juntos, haciendo el amor.
Había descubierto muchas cosas nuevas sobre él, como que solía leer en la cama antes de dormirse o que le gustaban las viejas películas de ciencia ficción.
Incluso me había llevado una sorpresa. El viernes por la noche le vi salir del baño con unas gafas muy sobrias de montura negra y metálica.
—¿Eso qué es? —pregunté divertido.
David me miró con una avergonzada sonrisa.
—Es mi secreto, no se lo digas a nadie.
—Nunca te había visto con ellas.
—Es que siempre llevo lentillas, no me gusta que me vean con gafas. No me quedan bien.
Me reí, sorprendido por su coquetería, pero David lo malinterpretó.
—No te rías de mí, mocoso —me dijo, poniéndose colorado.
Él debía de pensar que estaba ridículo con aquellas gafas, pero en ese momento a mí me pareció encantador por cómo se avergonzaba de ellas, y había estado ocultándome durante todo ese tiempo que las llevaba para que yo no se las viera. Me acerqué a él y me colgué de su cuello.
—No me río, me parece que estás guapísimo.
—¿En serio? —enarcó una ceja, escéptico, no sabiendo muy bien si creerme o no.
—Sí. —Mordisqueé su labio inferior y levanté mi mirada hacia la suya, intentando ser muy sensual—. De verdad, creo que estás muy sexi.
Luego le besé lo suficiente para que se diera cuenta de que nada podría hacer que él no me pareciese atractivo. Supongo que me creyó, porque no volvió a ponerse las lentillas en todo el fin de semana.
Aquella noche estuvimos hablando hasta las cuatro de la madrugada. Jamás me había sentido tan cerca de alguien en toda mi vida.
—Nunca me hablas de tu familia —me dijo con una sonrisa.
Estábamos desnudos en la cama, después de una agradable sesión de besos y caricias.
—Tú tampoco —le respondí.
David rio.
— Touché .
—De todas maneras —añadí encogiéndome de hombros—, mi familia no es muy interesante, en realidad no hay mucho que contar. Mi madre es enfermera, mi padre es reportero en un periódico. Están separados desde hace algo más de dos años.
—¿Y tus hermanos?
—No son tan guapos como yo, ni de coña —dije.
David volvió a sonreír al recordar la broma que me había hecho aquella mañana.
—¿Son mayores que tú?
—Sí. Te he dicho que son gemelos, ¿verdad?
David asintió.
—Son idénticos. Acaban de cumplir veinte.
—¿Te llevas bien con ellos?
Suspiré.
—No lo sé. A veces. No nos parecemos en nada, no les interesan las mismas cosas que a mí y siempre se están metiendo conmigo. No es que no los quiera, pero…
—Entiendo.
—Además, son un poco… No sé cómo decirlo… Un poco intolerantes para algunas cosas.
—¿Homófobos, quieres decir?
Me sentí incómodo porque David tuviese esa impresión de mis hermanos.
—Bueno, no sé si esa es la palabra adecuada. Pero sí, más o menos es eso. Mi madre también. Es bastante religiosa. Muy chapada a la antigua, ya sabes.
David me acarició el pelo mientras me miraba con comprensión.
—¿Es por eso que no quieres que lo sepan?
Asentí.
—Pero he estado pensando, ¿sabes? Y quizá esa no sea razón para ocultar quién soy en realidad. ¿Tú qué opinas? —dije, algo indeciso—. ¿Crees que debería decírselo a mis padres?
—¿Decirles que eres gay?
—Sí —contesté encogiéndome de hombros—. ¿Debería hacerlo?
Me miró durante un largo rato, muy serio de repente.
—No soy la persona adecuada para aconsejarte sobre eso.
—¿Por qué no? Al fin y al cabo, eres el único gay que conozco —dije, antes de recordar que David no se identificaba con esa etiqueta.
—Pero aun así… —Me miró con tristeza—. Mi experiencia no es la adecuada.
—¿Qué quieres decir?
Suspiró con pesar.
—Mi salida del armario fue un tanto… traumática. —Sonrió con ironía—. De hecho, no salí: me sacaron.
—¿Qué pasó?
—Fue el verano en que volví a casa antes de empezar la universidad. Por supuesto, mi familia no tenía ni idea de mis inclinaciones. —Volvió a sonreír, irónico, al pronunciar esa palabra—. En realidad, nadie lo sabía, ni siquiera mis amigos.
—Salvo tu amigo especial del internado —dije, omitiendo el hecho de que yo sabía quién era.
David asintió.
—Sí, claro, salvo él. Lo que pasó fue que me enrollé con un chico.
—Hizo una pausa, como si contarme eso fuera muy difícil para él—.
Se llamaba Bergen. Empezamos a ir a la casa de campo de la familia para montárnoslo, hasta que mi padre nos pilló.
Se puso como un loco, puedo asegurártelo.
Nunca lo ha aceptado y no creo que lo haga jamás.
Después de eso me fui de casa. —David rio sin alegría—.
De hecho, prácticamente me exilié del país.
Por eso te digo que no soy yo a quien debes recurrir en busca de consejo.
Ni siquiera sé si hubiese tenido el valor suficiente de decirle alguna vez a mi padre que me gustan los hombres.
Creo que lo más probable es que aún no lo sabría de no haberlo descubierto por sí mismo.
Le miré abatido, sintiendo por primera vez que me dejaba ver su vulnerabilidad. Pensé en cómo me sentiría si mis padres me echaran de casa y me apartaran de su lado por ser como soy. Me acerqué a él y le abracé.
—Ahora lo comprendo —le dije.
—¿El qué, pequeño? —me preguntó con la voz rota.
Le miré con ternura y acaricié su rostro, esperando encontrar lágrimas en él.
No las había.
—Todo —respondí mientras le besaba.
Me giré en la cama mientras apartaba esos recuerdos.
David dormía a mi lado respirando con un suave ronquido.
Me acerqué a él, intentando no despertarle mientras lo hacía, y hundí mi rostro en su pecho, disfrutando de su olor a sudor y sexo.
Sonreí al comprobar que tenía una erección aun estando dormido.
La mañana anterior habíamos aprovechado nuestras erecciones matutinas echando un polvo increíble y pensé que aquel día podríamos hacer lo mismo, pero durante un momento me contenté con el placer de contemplarle.
No me arrepentía de haberle mentido a mi madre al decirle que tenía novia, pero me sentía algo tonto por tener que hacerlo, además de que temía que David pensara que me avergonzaba de él o algo por el estilo.
En realidad, no podía estar más orgulloso del novio que tenía, y lo que más me hubiese gustado habría sido gritarle al mundo que ese hombre tan inteligente y hermoso que dormía abrazado a su almohada de plumas con la boca medio abierta, era solo mío.
Paseé la punta de mi dedo índice a lo largo del puente de su nariz y él dio un manotazo, como si quisiese espantar una mosca, pero no se despertó.
Sonreí con malicia y probé de nuevo a hacer lo mismo, esta vez recorriendo el lóbulo de su oreja izquierda.
Dio otro descoordinado manotazo y gimió en sueños.
—Pero qué guapo eres… —le susurré con dulzura.
Me moví buscando su boca, ya que había planeado despertarle con un beso, pero el sonido del teléfono se me adelantó. David abrió los ojos sobresaltado para luego cubrírselos con la palma de la mano.
—Joder —dijo mientras se incorporaba con pereza y estiraba el brazo para coger el auricular.
—¿Quién será a estas horas? —dije, mientras me abrazaba a la almohada que él acababa de soltar.
David se encogió de hombros antes de contestar:
—¿Sí? —Su voz aún sonaba soñolienta, pero algo que le dijeron al otro lado le hizo cambiar—. ¿Qué? ¿Cómo ha pasado?
Me alarmé por su tono de voz.
—¿Qué ocurre?
David me hizo callar con un gesto de su mano.
—Sí. Claro que voy para allá. ¿Estás segura de que a Michael le parecerá bien? No estoy siendo malicioso, mamá, sabes que tengo razón. Sí, nos veremos esta noche. Yo también.
David colgó el teléfono y se levantó.
—David, ¿qué pasa?
Pero él seguía con el teléfono en la mano y marcaba un número rápidamente.
—Espera un segundo, pequeño —dijo con el auricular en el oído, esperando que le contestaran—. Hugo, ¿te has enterado? Por supuesto que voy a ir. Eso me importa una mierda. Vendrás conmigo, ¿verdad? Bien, nos veremos en la terminal privada. Dame una hora por lo menos.
Yo me había puesto de pie, en alerta, intuyendo que algo malo pasaba. Antes de que pudiera volver a preguntarle, David me miró.
—Lo siento, pequeño, pero tengo que irme.
—¿A dónde?
—A Alemania. Mi abuelo acaba de morir.
—Cuánto lo lamento. —Le abracé, y él me respondió brevemente, antes de apartarme con gentileza y ponerse en marcha. Se dirigió al vestidor y empezó a seleccionar ropa del armario para llevársela —. ¿Vas a ir con Hugo?
—Sí, y debería llamar a mi tío también.
Pero en ese momento el teléfono volvió a sonar.
—¿Diga? —David se acomodó el auricular entre su oreja y su cuello y siguió haciendo la maleta—. Iba a llamarte ahora. Sí, claro que sí. En una hora o así. De acuerdo. Nos veremos allí.
—¿Tienes que irte ahora? —le pregunté en cuanto colgó el teléfono.
—Sí —contestó distraído mientras rebuscaba en un cajón—, pero voy a ducharme primero.
Y sin decir una palabra más, se metió en el baño.
Oí el ruido del agua cayendo y decidí unirme a él.
Cuando entré, David estaba en la ducha enjabonándose con rapidez; me metí y le arrebaté la esponja de las manos.
Durante un momento me miró furibundo, pero le hice girarse y comencé a frotarle la espalda.
—Estás muy tenso —dije.
—Sí, lo siento, estoy un poco acelerado. —Se pasó las manos por el pelo, salpicándome con finas gotas—. No es que no me lo esperara, mi abuelo tendría, no sé… —Pareció pensar un momento—. ¿Unos ochenta y nueve años? Pero así, tan de repente…
—¿Cuándo volverás? —Solté la esponja y comencé a acariciar su espalda y a masajear sus hombros, en un intento de que se relajara un poco.