5. Un día de verano #4
—Lo más gracioso es que siempre piensas que eso solo depende de ti. ¿No crees que ya te has divertido lo suficiente?
Giré mi cabeza en un ángulo incómodo para poder ampliar mi campo visual sin tener que abrir aún más la puerta.
Su interlocutor era mayor de lo que yo había imaginado al oír su voz.
Debía de rondar los cincuenta y tantos años, era alto y fornido, y bajo su pulcro traje de chaqueta hecho a medida se observaba una complexión dura y una postura algo rígida.
Su rostro era firme, cuadrado, dominado por unas incipientes entradas y la expresión del que está acostumbrado a hacerse obedecer.
Me quedé mirándole e intentando descubrir por qué su rostro me resultaba tan familiar.
—¿Divertido? —David casi parecía asombrado—. ¿Pero quién coño te crees que eres?
El hombre rio.
—Parece mentira que me preguntes eso.
—A veces se me olvida lo egocéntrico que puedes llegar a ser —suspiró David tras unos segundos de silencio, casi como si estuviera avergonzado por algo.
Pero luego su rostro se endureció, y una súbita frialdad pareció desprenderse de él mientras se servía una copa de vino—.
Siento destrozar tus expectativas de esta manera, pero tengo que pedirte que te vayas. Estoy esperando a alguien.
—¿No me digas? ¿Otro de tus juguetitos?
—No… En realidad… —Le miró con extrañeza—. ¿Qué más te da? No es lo que imaginas, y en todo caso no lo entenderías. Además, no sé por qué estoy dándote explicaciones.
—¿En serio no lo sabes? —resopló—. Lo haces porque me las debes, solo que a veces se te olvida. —El desconocido dio un paso hacia David, susurrándole—: Te conozco, sé cómo eres, y sé lo que pasará cuando recapacites. Algún día me voy a cansar de esperarte.
—Pues empieza hoy. —El tono de David era inflexible y yo me sentí orgulloso de él. Fuera quien fuese ese hombre, no le quería cerca de mi novio—. Tu espera es en vano. Deja de tratarme como a un niño, porque no lo soy.
Su rostro se encendió al oír eso y se giró en dirección a la puerta de la cocina. Pude ver su cara, y la fría calma de sus ojos azules me resultó aún más familiar. No me di cuenta hasta que fue demasiado tarde de que cuando abriera la puerta me iba a dar de bruces con él.
No conseguí apartarme a tiempo y el hombre casi choca conmigo al salir de la cocina. El haz de luz se desparramó de la puerta recién abierta y cayó sobre mí, disolviendo mi anonimato.
—Escuchando detrás de la puerta, ¿eh, chaval? —preguntó el hombre con una sonrisa divertida y sin parecer en absoluto sorprendido. En ese momento, David reparó en mí.
—Noah, ¿qué haces ahí?
Comencé una apresurada disculpa, antes de que el desconocido me interrumpiera.
—¿Así que este es Noah…? Vaya, David, tenías razón. Tan hermoso como un día de verano…
—¿Qué?
David se acercó a mí con ademanes protectores y se encaró con él.
—Vete, por favor.
—No te hagas muchas ilusiones, chaval —me dijo con la voz llena de veneno—. David nunca se ha destacado por su constancia.
Se fue sin una mirada hacia atrás y me giré hacia David en busca de respuestas, pero él me abrazó en cuanto oímos cómo entraba en el ascensor y nos dejaba solos.
—Lo siento —me dijo.
—David… —musité, rodeando su espalda con suavidad.
Su olor, tan anhelado esos últimos días, golpeó mi nariz, llenando mi mente con deseo apenas refrenado, e intensifiqué el abrazo, para poder sentir su cuerpo muy cerca del mío.
—David… —Alcancé sus labios y los acaricié entre los míos—. David, ¿qué pasa? ¿Quién era ese hombre?
—Noah, pequeño, ahora no. —Me rodeó, poderoso y posesivo, y me besó como yo había soñado que lo haría—. Tenía muchas ganas de verte…
Me rendí entre sus brazos con asombrosa sumisión, olvidando ya toda otra cuestión, y dejé que me llevara hasta el sofá y me recostara sobre él.
Sentía el peso de su cuerpo sobre el mío, y la impronta de su erección presionando mi abdomen.
Abrí las piernas para restregar mi polla contra la suya y él respondió mordiéndome con pasión el cuello, recordándome con sucias palabras cuánto me había echado de menos.
Metí mis manos por debajo de su ropa y acaricié su piel, en un lento camino desde sus escápulas hasta sus glúteos, y presionándolos entre mis dedos, para acompañar con mis manos el enloquecedor golpeteo de su pelvis contra la mía.
Se incorporó un momento, con la mirada enturbiada de pasión, para poder tirar de mis pantalones y dejar al descubierto mi sexo, antes de llevar sus labios hacia allí y empezar a comerme.
Fue en ese momento de loco placer cuando inoportunamente me di cuenta de por qué aquel hombre me resultaba tan familiar.
—Ese tío es banquero —exclamé. David soltó mi polla y me miró asombrado—. Se llama Ricardo no-sé-qué.
—¿Qué? —jadeó.
—Ese hombre, David. ¿Es ese Ricardo?
—Joder… —Se sentó en el sofá y pasó las manos por su pelo—.
¿De verdad quieres que hablemos de esto ahora?
Quiero follarte… —Intentó acercarse a mí de nuevo, pero de alguna manera fui capaz de rechazarle—.
Se llama Ricardo Fernández-Temiño —dijo al fin—.
Es banquero y empresario, y durante un tiempo fue el presidente de la CEOE —añadió como un niño recitando una aburrida lección—. Pero, ¿cómo lo sabes tú?
—Cuando era pequeño, mi padre trabajó un tiempo en la sección de economía de un periódico. Supongo que le recuerdo de eso.
—Supongo que sí. ¿Podemos seguir ya? —añadió recostándose de nuevo sobre mí, pero súbitamente yo me había enfriado.
—¿Y es el mismo Ricardo que Mariam nombró?
—Luego, Noah, déjame hacerte el amor primero. Te he echado tanto de menos, mi pequeño… —me susurraba al oído—. Tengo tantas ganas de meterte la polla hasta el fondo en ese culito delicioso que tienes…
Sus palabras me encendieron de nuevo y dejé que me besara, pero mientras lo hacía me di cuenta de que no podía dejar de pensar en eso.
—¿Pero lo es o no lo es? —insistí.
—¿El qué? —gruñó con impaciencia, tironeando de mis pantalones.
—El Ricardo del que habló Mariam, ¿es este tío?
—Vale, me rindo —dijo incorporándose y levantando las palmas de sus manos en señal de derrota—. No quieres follar.
—Y tú no quieres contestarme.
—No es que no quiera contestarte… —respondió colocando su ropa con excesiva dignidad—. Es solo que tengo ganas de estar contigo.
Me puse de pie a su lado y me abroché la bragueta.
—¿Quién es ese tío? —exigí.
Me miró un momento, sopesándome con la mirada. Debió de decidir que era mejor contestarme por la resuelta expresión de mi rostro, porque sonrió sin alegría antes de hablar:
—Ese tío es mi ex.
—¿Tu qué?
—Mi ex.
Vale, había escuchado bien.
—¿Ese viejo?
Esta vez su sonrisa fue algo más sincera.
—Sí, ese viejo —suspiró y volvió a estrecharme entre sus brazos. Aproveché el momento para dejar descansar mi cabeza sobre su hombro y escuchar los latidos de su acelerado corazón.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Me temo que sí, pequeño.
Sentí que el mundo se derrumbaba a mis pies al recordar su aspecto ajado pero solemne, sus ojos posesivos, su sonrisa de triunfo a pesar de que David le había echado de su casa. ¿Qué había pasado entre ellos?
—Y yo pensando que era un mafioso o algo así… —bromeé.
—Bueno, teniendo en cuenta su profesión, algo de mafioso sí que tiene. — David se rio—. Supongo que no hace falta que te pida discreción acerca de esto.
Asentí.
—¿Y qué quería?
—Vino a pedirme… —Elevó una ceja con disgusto y entró de nuevo en la cocina—. Bueno, pedirme es mucho decir. Vino a exigirme que volviera con él.
—¿Y qué le dijiste?
Me miró muy serio.
—Que no. Hace tiempo que le dije que no quería volver a verle. Pero, al parecer, él no me creyó.
—¿Por qué no?
—Mi historia con él es muy complicada. Complicada y larga, y además… — Cogió su copa de vino y dio un largo sorbo—. Te debo una explicación acerca de ello.
—Entonces, cuéntamelo.
—Está bien. —Con la copa aún en la mano se encaminó hasta la terraza del salón y yo le seguí.
Apoyó los codos sobre la barandilla y observó la ciudad de forma ausente—.
Le conocí cuando tenía veinticuatro años.
Yo acababa de licenciarme y estaba cursando un máster en finanzas —dijo como si estuviera hablando consigo mismo—.
Un día, él vino para dar una conferencia sobre economía y mercados internacionales.
El caso es que es un hombre muy inteligente y con recursos, y yo quedé fascinado por él.
Después de la conferencia estuvimos hablando…
y cuando quise darme cuenta, estábamos en su habitación del Ritz.
—¿Os hicisteis novios?
—Qué anticuado eres —rio—. Además, él prefería el término «amantes». Pero sí, algo así.
—¿Y cuánto tiempo estuviste con él? —apoyé mi cadera en la barandilla a su lado y me dediqué a estudiar su rostro.
—Cuatro años. Intermitentemente, claro —remarcó al ver que yo iba a decir algo.
—Aun así, es mucho tiempo. ¿Qué quieres decir con intermitentemente?
—A veces nos enfadábamos… Bueno, generalmente quien se enfadaba era yo. —Agitó su copa en el aire—. Le decía que le odiaba, que no quería volver a verle y me iba. Salía con otras personas, me «divertía», como a él le gustaba decir, y cuando me cansaba de eso, volvía con él.
—¿Volvías? ¿Por qué?
—Porque le quería —respondió muy serio.
—Eso no puedo entenderlo.
—¿Por qué no? ¿Por la diferencia de edad?
—David, ese hombre es mucho mayor que tú.
—Yo también soy mayor que tú.
—Lo nuestro es diferente.
—Sí, es verdad, lo nuestro es peor. Tú ni siquiera eres mayor de edad.
Decidí no seguir por ahí, por si acaso él tuviera razón.
—¿Y ya no le quieres?
—No, lo nuestro terminó, aunque él no quiera aceptarlo.
—A lo mejor cree que te estás divirtiendo, y que vas a volver.
—Efectivamente. Para él, tú no eres más que otra de mis relaciones de ida y vuelta.
—¿Cómo que de ida y vuelta? —me ofendí.
—Una de esas relaciones que tenía cuando me enfadaba con él. Me iba con otra persona y luego volvía. Todas mis relaciones desde que le conozco han sido así.
—¿Incluso con Mariam?