4. Un confidente, muchas revelaciones
UN CONFIDENTE, MUCHAS REVELACIONES
A quella semana David se la pasó organizando la fiesta: el catering , las bebidas, la música, los camareros…
Decía que podría contratar a un organizador de eventos, pero que le divertía hacerlo él mismo, aunque a mí todo eso me hacía sospechar que a la fiesta no iban a ir solo unos pocos buenos amigos como él me había dicho.
De hecho, como luego descubrí, la lista de invitados ascendía a casi cincuenta personas.
Cada vez me sentía más a disgusto con la idea de estar en un lugar lleno de desconocidos y me preguntaba hasta qué punto aquellas personas serían íntimas de David, y cuántas de ellas conocerían detalles de su vida personal y habrían oído hablar de mí.
El hecho de que Hugo fuera a la fiesta tampoco ayudaba a mejorar mi disposición.
Al final llegó la noche del viernes y yo me vestí sin mucho ánimo para festejar.
Me puse una ropa cualquiera y metí las prendas que David me había regalado en una mochila.
Al llegar a la estación del metro, entré en los aseos para cambiarme.
Luego, mientras iba en el vagón del tren, me sentía extraño y ridículo vestido con aquella ropa tan cara.
Sentí cierto alivio al salir de nuevo a la calle.
La noche estaba fresca y el cielo muy claro. Caminé a buen ritmo hasta la casa de David y solo me detuve al llegar al portal. La puerta estaba abierta y Tony, el portero, estaba sentado tras su mostrador.
—Buenas noches —me dijo nada más verme mientras me levantaba—. ¿También viene a la fiesta?
—Sí. ¿Ha venido mucha gente? —pregunté con cierta inseguridad. Ante el efusivo asentimiento del portero, mi ánimo no hizo más que empeorar—. No, no te preocupes —añadí al ver cómo se disponía a levantarse para acompañarme al ascensor—. No hace falta que me acompañes, ya me sé el camino.
—Muy bien, señor, muchas gracias. Que se divierta.
—Sí, claro —dije no muy convencido mientras me subía al ascensor.
Cada vez me sentía más nervioso, y estaba convencido de que no me iba a sentir a gusto.
Mis peores temores se hicieron realidad cuando las puertas se abrieron y me vi en medio de una situación casi surrealista.
Conocía la casa de David tan bien como la mía propia, pero la verdad es que el salón estaba bastante cambiado.
Los muebles habían sido apartados y en su lugar había numerosas mesas donde descansaban platos con canapés de diferentes clases.
Mucha gente estaba de pie, charlando en pequeños grupos, y varios camareros caminaban entre los asistentes llevando bandejas con copas sobre sus cabezas.
Nada más entrar, uno de ellos se acercó a mí y me ofreció una copa de champán.
La rechacé con un torpe ademán mientras buscaba a David con la mirada, pero no conseguía encontrarlo.
En vez de eso, vi a una mujer que se acercaba a mí.
Era alta y muy delgada, con una cintura muy estrecha, marcada bajo un ceñido vestido negro que dejaba poco a la imaginación.
Su melena ocultaba uno de sus ojos y en sus labios rojo vinilo podía verse una sonrisa de lujuriosa satisfacción.
Parecía Gilda, solo que era morena y no pelirroja.
Se paró delante de mí y me miró con interés.
—Hola, encanto. ¿Y tú quién eres? —me dijo mientras me tendía una mano, pero no para que se la estrechara, sino como en las películas, para que se la besara.
Lo hice, sintiéndome ridículo.
—Me llamo Noah —añadí tras un momento de silencio.
—Mariam —me contestó ella acercando su cuerpo al mío de manera que pude sentir el embriagador aroma que desprendía su piel—. ¿Has venido solo?
De repente noté mi boca seca y no supe qué contestar; me sentía por completo obnubilado, intentando decidir si estaba más fascinado por ella que asustado. Justo en ese momento, cuando no sabía cómo escaparme, noté un brazo que rodeaba mi cintura y oí la cálida voz de David.
—Ni se te ocurra, cariño, este chico es mío —dijo mientras me besaba en la mejilla—. Hola, pequeño.
Me giré para mirarlo por primera vez y me encontré con sus preciosos ojos grises.
—Hola —musité con voz de tonto.
—Así que este es tu misterioso chico —dijo Mariam mientras se acercaba a David y le besaba en la mejilla, dejándole una mancha de carmín—. Te felicito, querido, es una monada. Una gran mejoría con respecto a Ricardo, ¿no?
—Sí, es verdad que lo es. —David le sonreía, al menos en apariencia, pero me fijé en que no estaba sonriendo de verdad. Su gesto era falso y forzado y su expresión se había ensombrecido. Mientras, yo empezaba a preguntarme quién sería el tal Ricardo—. Será mejor que me lo lleve, no me fío de ti.
—Y haces bien —le contestó ella riendo—. Yo no le perdería de vista, porque está como un queso. Os dejo, tengo que seguir buscando compañía para esta noche, odio pasar sola mi cumpleaños.
Me guiñó un ojo, seductora, y se alejó contoneándose. David meneó la cabeza sonriendo.
—¿Esa es tu vieja amiga? —pregunté con asombro—. ¿La del cumpleaños?
—Sí, y es incorregible. —Me señaló con el dedo índice—. No te acerques a ella, te lo digo en serio, es toda una femme fatale .
—¿Por qué dices eso?
—Porque esa mujer es un demonio capaz de seducir a una piedra.
Sonreí divertido y me abracé a él.
—¿No me digas que estás celoso?
—La conozco muy bien, y si ella se interesa por mi chico, no está de más que me ponga en guardia.
—David, yo soy gay —dije para intentar tranquilizarle, como si eso lo explicara todo.
—Créeme, pequeño, eso nunca ha sido un problema para ella.
Miré a mi alrededor.
—¿Estos son tus «pocos amigos»?
David rio.
—No, estos son mis pocos amigos y cuarenta y pico personas más. Hugo está por allí con su último ligue, y mi tío con el suyo. —Enarcó las cejas, elocuentemente—. A Mariam acabas de conocerla y Jamie… —miró en derredor—, estará por ahí, escondiéndose, como siempre.
—¿Y el resto?
—Conocidos, amigos de amigos de amigos, personas influyentes en determinados círculos… —Puso los ojos en blanco—. Ya sabes, todo ese rollo.
—¿Y toda esta gente sabe que eres gay? —susurré.
—A toda esta gente, eso le importa una mierda —dijo, cazando al vuelo una copa de champán.
—Oye, David, ¿a quién se refería Mariam?
—¿Cómo?
—¿Quién es Ricardo? —pregunté. David puso esa cara que él solía poner cuando algo le disgustaba profundamente—. ¿Un ex, quizás? —presioné.
—¿Ahora eres tú el celoso? —preguntó desviando el tema—. Vamos, tengo que actuar de perfecto anfitrión —dijo, antes de arrastrarme tras él.
Tras una interminable sucesión de presentaciones, conversaciones triviales y de las maliciosas bromas de Hugo, pude escabullirme hasta la terraza con una cerveza en la mano.
Rezando para que David no me viera con ella, me encontré con que ya había alguien allí.
Se trataba de un chico moreno, con la cara llena de pecas y unos enormes ojos azules.
Era muy alto y delgado, lo que le daba un aspecto desgarbado y torpe.
—Hola. —Se había girado cuando entré en la terraza y me dedicó una tímida sonrisa.
Le devolví la sonrisa y me acerqué a él.
—Hola. Tú también querías escaparte, ¿eh? —le dije aún sonriendo.
Él me miró un momento como si no me comprendiera.
—¿Perdón? —Me di cuenta al instante de que tenía un fuerte acento británico.
—De la fiesta, quiero decir —añadí para hacerme entender.
Él sonrió más ampliamente y asintió.
—Sí. No gusta cuando hay mucha gente. Jamie —dijo mientras me tendía su enorme mano.
La estreché con fuerza.
—Noah.
Nos miramos a los ojos un momento y luego ambos nos apoyamos sobre la barandilla, mirando hacia la ciudad.
—Eres amigo de David, ¿verdad? —le pregunté, recordando lo que me había dicho un rato antes.
—Sí, desde colegio. —Pareció dudar un momento—. ¿Y tú eres su… er… boyfriend ?
—¿Su novio? —pregunté para asegurarme de que lo había entendido; él volvió a asentir—. Sí, supongo que sí.
—Es una placer conocerte. David no habla mucho, pero parece feliz. Eso está bueno.
Fue entonces cuando me di cuenta de que Jamie debía de ser uno de esos pocos amigos a los que David había hablado de mí.
—Entonces, ¿conoces a David desde niño?
—Sí, since … eight .
—¿Desde los ocho años?
—Sí, eso, desde los ocho años —dijo despacio, como para retenerlo en su memoria—. Muy pequeño. A Hugo también. Siempre juntos, como los tres… er… ¿Cómo se dice? Musketeer ? —Negué con la cabeza para indicarle que no le seguía—. You know , Atos, Portos y Aramis.
—¡Ah, claro! —dije sonriendo—. Los tres mosqueteros.
— That’s rigth! Mosqueteros —repitió con dificultad.
—¿Eres de Inglaterra?
—Ireland, actually .
—¿Y ahora vives aquí?
—Sola unas meses. I’m finishing the … mmh … residencia.
—¿Has venido a España para una rotación? —me extrañé.
—Sí. —Dudó un momento como si tuviese que pensar las palabras adecuadas antes de decirlas—. Querer estudiar en Hospital Universitario.
El Hospital Universitario Carlos I era el más grande y moderno de la ciudad.
—¿Qué especialidad?
—Pediatría.
—¿Y cuánto tiempo estarás aquí?
—Tres meses. Después to England . ¿Y tú?
Comprendí que me estaba preguntando a qué me dedicaba.
—Yo empiezo en la universidad este septiembre. Biotecnología —añadí.
—¿Primero curso?
—Sí.
—Perdona, ¿qué años tienes?
—Diecisiete.
—Mucho joven —dijo, pero de repente parecía azorado, como si se hubiese arrepentido de sus palabras—. I mean …
—Para David, quieres decir —le corté. Él asintió—. No, no te preocupes, ya lo sé. Pero no me importa. Y a él tampoco.
—Eso está bien —dijo con una sonrisa mientras chocaba ligeramente su copa con mi botella de cerveza—. Cheers .
Ambos tomamos un trago de nuestras bebidas para consumar el brindis y nos quedamos un momento callados. Jamie era una persona apacible y su presencia me confortaba. Seguimos bebiendo en silencio, mirando la preciosa vista de la ciudad de noche, hasta que Jamie volvió a hablar:
— You know? Hugo no le gustas.
—¿Qué?
Se encogió de hombros.
—Él nunca gustan novios de David.
—¿Y eso por qué? —pregunté al recordar que una vez David me había dicho algo parecido.