3. Amor y otras perversiones #5
—Sí, aquí nos pueden oír. —Comenzó a desabotonarme la camisa y a acariciar mis pezones con mucha suavidad, haciendo que por mis venas fluyera el deseo—.
Más te vale que me digas que vendrás a la fiesta, o me veré obligado a cometer una locura.
—Su lengua se paseaba por el lóbulo de mi oreja en una caricia que me resultaba irresistible.
—Es que no sé… —Me atreví a decir para provocarle.
Los botones del pantalón fueron desabrochados uno a uno y podía sentir la erección de David presionando mis glúteos, como si quisiera atravesarme aun a través de la tela.
Reprimí un gemido mientras los dedos de David tiraban bruscamente de la ropa hasta dejar expuesta mi piel.
La amenaza, envuelta en ese tono tan sensual y oscuro, terminó de derretirme.
Sabía que jugaba en desventaja y más me valía recapitular.
—Está bien, está bien, iré a la dichosa fiesta, pero suéltame antes de que entre un dependiente.
Me soltó de inmediato, dedicándome una sonrisa llena de triunfo.
—Eres delicioso —me dijo dándome un último beso, suave y tierno, en la mejilla—. Estoy loco por ti.
—Y tú eres un chantajista —le contesté, riendo, mientras me apartaba de él y empezaba a desnudarme.
—Eso no es chantaje, cariño, es negociación —contestó a la vez que me guiñaba un ojo, divertido.
Salió del probador llevándose todas las prendas mientras yo terminaba de vestirme.
Cuando salí, él estaba pagando en la caja.
Había algunos clientes en la tienda, así como varios dependientes.
Sentí, avergonzado, que todas las miradas se posaban en mí, seguro de que todo el mundo se había dado cuenta de lo que casi había pasado en el probador.
Me ruboricé hasta las orejas mientras caminaba hacia David, evitando mirar hacia los lados.
Él me dedicó una enorme sonrisa cuando me vio venir y alargó el brazo mostrándome una de las bolsas que llevaba.
La cogí de sus manos y, tal como esperaba, al mirar dentro encontré la camisa y los vaqueros ceñidos que me había probado.
—Te dije que no lo hicieras —le dije, preguntándome cuánto dinero se habría gastado en mí—. Pero gracias.
David se encogió de hombros, como quitándole importancia, mientras el dependiente de la caja le entregaba el recibo de la compra. Cuando salíamos de la tienda, me dijo:
—Vas a estar irresistible este viernes.
—Ya, pero es supercaro, David.
Él se detuvo un momento y me miró con esa seguridad que siempre terminaba por desarmarme. Me acomodó el cuello de mi propia chaqueta con un gesto suave, casi protector.
—Noah, no pienses en el dinero. Es solo un regalo, ¿vale? Además, es más para mí que para ti: voy a ser el hombre más envidiado de esa fiesta en cuanto estés a mi lado.
No pude evitar sonreír ante el halago.
—Vale —cedí.
—Perfecto. Porque, además, vas a necesitar unos zapatos —añadió, tomándome suavemente del codo para guiarme hacia una zapatería cercana.
Me quedé un segundo rezagado en el umbral de la puerta pensando en que David siempre parecía salirse con la suya. Lo peor de todo era que a mí me encantaba que lo hiciera. Lo observé entrar con paso firme y empezar a mirar zapatos de marca. Al ver que no le había seguido, me miró.
—¿Vienes o no?
—Ya voy, fashion victim , ya voy —le dije, entrando tras él con una sonrisa.
Varias horas más tarde llegamos a su casa cargados de bolsas.
David estaba entusiasmado con las cosas que había comprado, sobre todo con las que me había comprado a mí.
Yo sólo estaba preocupado por cómo iba a esconderle a mi madre toda la ropa de marca que David había insistido en regalarme.
Cuando se lo comenté, no le dio ninguna importancia.
—Pues déjala aquí —me dijo como si tal cosa mientras ponía las bolsas sobre uno de los sofás del salón—. Al fin y al cabo, te la vas a poner cuando salgas conmigo, ¿no? Pues vístete en mi casa. Últimamente estás más tiempo en la mía que en la tuya.
—¿No te molesta tener cosas mías por aquí?
—¿Por qué iba a molestarme? No seas tonto. —Se quitó la camisa y la tiró despreocupadamente sobre el sillón—. Mejor será que me dé una ducha. Apesto. ¿Quieres venir?
—¿Me estás insinuando que yo también apesto?
Sin dejar de mirarme a los ojos, comenzó a desabotonarse el pantalón y a quitárselo muy despacio.
Yo intentaba mantener su mirada, pero lo que en realidad quería era pasear mis ojos por todo su cuerpo, saboreando su piel.
Como si se diera cuenta, David terminó de desnudarse frente a mí y me miró con complicidad.
—No, pero necesito a alguien que me enjabone la espalda.
Al final terminamos en su cama, mojados y cachondos, follando como locos. Cuando terminamos, David se dejó caer en el suelo, junto a la cama, mientras yo me tumbaba sobre las sábanas intentando controlar la respiración.
—Joder, este ha sido bueno… —le oí mascullar.
Me asomé por el borde del colchón para mirarle. Su respiración era jadeante, pero una enorme sonrisa adornaba su rostro. Recordando que el buen humor y, sobre todo, el buen sexo, abrían su lado comunicativo, decidí tantearle.
—Oye, David… —ronroneé, dejando caer mi mano por el borde de la cama para acariciar su pecho.
—¿ Mmh ?
—¿Cómo perdiste la virginidad? —pregunté.
—¿A qué viene eso?
Me encogí de hombros con fingida despreocupación, cuando en realidad tenía esa pregunta atragantada desde hacía meses.
—Bueno, tú sabes cómo perdí la mía —contesté de broma—. Es lo justo.
—¿Ah, sí? —Se sentó sobre la alfombra y esbozó su sonrisita ladeada.
Por un momento, pensé que no me lo diría, hasta que empezó a hablar—: ¿Recuerdas que te dije que estudié en un internado masculino?
Bueno, pues digamos que allí tenía un amigo especial —aclaró elevando una ceja—.
Habíamos compartido la misma habitación desde que éramos unos críos y siempre estábamos juntos, como si fuésemos hermanos.
—¿Cómo se llamaba? —le pregunté mientras me inclinaba sobre él.
—Eso no importa ahora. El hecho es que cuando empezó el último curso y nos reencontramos después de las vacaciones de verano, estuvimos horas hablando.
Ese año él había visitado Egipto con su familia, y yo había estado en Japón con mis padres.
Yo estaba interesado en las momias del museo de El Cairo y mi compañero lo quería saber todo acerca de mi «aventura oriental», como él la llamaba.
Supongo que una cosa llevó a la otra, no lo sé.
El caso es que esa noche me acosté con él.
—¿También era gay?
David rio, como si de un viejo chiste se tratara, y se sentó sobre la cama.
—No, qué va. Él es hetero, o por lo menos lo es casi siempre. Decía que yo era casi tan manejable como una chica y que por eso le gustaba.
—Eso puedo entenderlo. —David era muy viril a su manera, pero era cierto que esa extraña belleza que él poseía le hacía parecer más vulnerable que cualquier mujer que hubiera visto nunca.
—Bueno, el caso es que yo siempre tenía que ser el pasivo con él, porque es demasiado macho para dejar que se la metan por el culo, y la primera vez fue un poco desastrosa, no teníamos ni idea de cómo hacerlo. Pero, en general, no estuvo tan mal.
—¿Estabas asustado? La primera vez, quiero decir.
—Creo que sí. No lo sé. Aunque hacerlo por primera vez con alguien a quien conoces desde hace tanto tiempo, en quien confías tanto, hace que todo sea más sencillo. —Me miró con cierto aire de culpabilidad—. Supongo que eso fue algo que tú no tuviste.
Tiré de él hasta que quedó tumbado a mi lado en la cama.
—Puede que no, pero no cambiaría por nada del mundo lo que tuve contigo aquella noche —le aseguré—. No pude perder la virginidad de una manera mejor.
—¿De verdad? —De repente parecía aliviado—. Es una gran responsabilidad, ¿sabes? Desvirgar a alguien. Tienes que asegurarte de dejar un buen recuerdo.
—¿Lo has hecho muchas veces?
—¿El qué?
—Ya sabes, ¿has desvirgado a más chicos aparte de mí?
David pensó durante un instante.
—No. Tú fuiste el primero. Incluso aquel chico del internado ya lo había hecho con unas cuantas chicas, así que solo fue la primera vez para mí.
—¿Y qué pasó con él?
—Que me enamoré. Y lo que es peor: se lo dije. Para él lo nuestro era solo sexo, amistad y sexo, nada más. Pero yo quería que fuera amor y sexo, ya sabes. El caso es que me dejó, me dijo que no debíamos seguir acostándonos y pidió a la dirección del colegio que le cambiaran de habitación.
—Qué cabrón.
—¿Eso crees? —David suspiró con suavidad—. Supongo que en aquella época yo también pensé que era un cabrón, pero ahora es algo que le agradezco. Él fue honesto e increíblemente maduro para su edad.
—¿Por qué dices eso?
—Porque para él lo más fácil habría sido no hacer nada.
Podía haber seguido acostándose conmigo y teniendo mi amistad al mismo tiempo.
Por supuesto, yo me habría conformado sólo con unas migajas, lo único que quería era estar a su lado.
Pero él sabía que si seguíamos acostándonos yo alimentaría la esperanza de que se terminaría enamorando de mí, y para él eso era imposible.
Así que me dejó, sacrificó nuestra amistad, que para él significaba tanto como para mí, para darme tiempo. Tiempo para olvidarle.
—¿Y tú qué hiciste?
—Llorar como un condenado. ¿Qué otra cosa podía hacer? —David rio—. No pongas esa cara, el desamor es así. Espero que nunca tengas que pasar por eso.
Acaricié su piel y apoyé mi cabeza en su hombro, disfrutando de su olor y de la calidez de su cuerpo.
—Yo también lo espero —susurré.