A través del sexo. La saga completa 3. Amor y otras perversiones #4
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3. Amor y otras perversiones #4

Me senté de nuevo sobre mi toalla y me puse las gafas de sol. Josemi se incorporó y se sentó a mi lado.

—¿Qué tal el agua?

—Estaba buena. —Abrí la neverita que habíamos traído y saqué una Coca-Cola. ¿Quieres?

Josemi dio un largo trago y me devolvió la lata. No era la primera vez que compartía una bebida con él, pero esta vez me parecía diferente. Dudé un momento antes de llevármela a los labios y beber de ella. ¿Podía eso considerarse como un beso indirecto?

—Oye, Josemi…

—Dime.

—Cuando has salido con alguna chica, cuando has tenido novia…, ¿te sigues fijando en otras?

—¿Por qué preguntas? ¿Es que acaso tú no?

—Bueno, no es eso… Es que… —Le miré—. Estoy saliendo con alguien.

Él enarcó las cejas.

—¿En serio?

—Sí, llevamos juntos casi cinco meses y…

—¡Pero si no nos habías dicho nada!

—Ya, lo siento —me disculpé—, es que no es del instituto y es algo mayor que yo. Supongo que prefería mantenerlo en secreto, por si acaso.

—Por eso has estado tan raro últimamente —dijo comprendiéndolo todo de golpe—. Y siempre tan ocupado que no puedes salir con nosotros…

—Sí, pero, tío, por favor, no se lo digas a los demás. De verdad que prefiero que no lo sepan.

—¿Por qué?

—Ya te lo dije. —Intenté buscar una excusa que no pasara por decirle que en realidad mi misteriosa chica era un hombre hecho y derecho—. Es mayor y…

—¿Cómo de mayor?

Eso sí se lo podía decir, y además me serviría de excusa para mi secretismo.

—Veintiocho.

Josemi silbó por lo bajo.

—¿Está buena?

—Sí, y tiene bastante dinero. ¿Me guardarás el secreto?

—Claro, tío.

—Bueno, el caso es que estamos enamorados, pero me preguntaba si aun así está bien que… Ya sabes.

—Que pienses en otras chicas.

—Sí. ¿Eso es normal?

—Supongo que sí, y creo que ella hará lo mismo.

—¿Tú crees?

—Sí, ¿por qué no? ¿Cómo es esa frase que suelen usar las chicas? Que aunque estén a dieta…

—… pueden seguir mirando el menú —terminé por él.

—Eso mismo.

—Ya.

Me recosté de nuevo en mi toalla pensando en todo eso.

Si yo lo hacía, si yo miraba a otros chicos, ¿por qué no iba David a poder hacer lo mismo?

Y si yo me ponía cachondo fantaseando, era normal que él también.

Me lo imaginé mirando a otro chico, deseando besarle y tocarle, diciéndole las cosas que sólo debería decirme a mí.

Me sentí tremendamente traicionado antes de recordar que esas cosas solo estaban ocurriendo en mi mente. Pero, ¿y si eran verdad?

Podría parecer que cuando el amor se inmiscuye en una relación, todo se vuelve un camino de rosas, pero al menos en nuestro caso no fue así.

De hecho, el saber que estábamos enamorados el uno del otro fue una constante fuente de sutiles incomodidades.

Por mi parte, aunque no quería que nada cambiara en nuestra relación, sentía que ahora que David me había confesado su amor, se debía más a mí, que debía entregarse por completo y que la nuestra debía ser una relación seria y comprometida, pero él nunca quería hablar de hacer planes o del futuro.

Eso me generaba una ambigua sensación, porque aunque mi lado romántico se molestara por ello, una parte oscura de mi mente no dejaba de recordarme que más allá de David había todo un mundo de hombres que aún no había probado y que si me comprometía a estar siempre con él, jamás me acostaría con ninguno de ellos.

Cuando pienso en aquellos días, me doy cuenta de que David tenía razón cuando me decía que el amor solo es eterno mientras dura y que no tenía sentido pensar en el futuro, porque al final se demostró que nuestro futuro inmediato no fue como yo esperaba que sería.

Además, yo tenía un miedo atroz a que se supiera que era gay y David no dejaba de recordarme que una relación más comprometida también sería una relación más pública, cosa que ninguno de los dos quería.

Las pocas veces que salíamos juntos al cine o a dar un paseo, no le dejaba besarme o cogerme la mano, y nos obligábamos a fingir que solo éramos amigos.

En parte me molestaba no poder mostrarme públicamente con David como yo deseaba, y suponía que a él debía pasarle lo mismo, pero no dejaba pasar la oportunidad de recordarme que eso no era ni lo que él quería ni lo que yo necesitaba.

Por eso, cuando llevábamos algo más de cinco meses juntos, me sorprendió con una propuesta que nunca pensé que me haría:

—Este viernes doy una fiesta en mi casa, ¿quieres venir?

Nos encontrábamos en los probadores de una lujosa tienda del centro de la ciudad. David estaba poniéndose una camisa de color granate que valía la mitad de lo que mi madre cobraba en un mes, mientras yo lo miraba sentado en un incómodo taburete de madera.

—¿Una fiesta? —le pregunté mientras veía cómo se abotonaba la camisa.

—Sí. —Se miró en el espejo muy concentrado, luego se giró hacia mí—. ¿Qué opinas?

—¿Acerca de la fiesta?

David se rio.

—No, tonto. De la camisa.

—Es bonita —dije mientras pensaba que con lo que valía tendría que serlo, pero David no parecía muy convencido.

—No sé, muy pretenciosa. —Se la quitó con un descuidado ademán y cogió otra prenda de la percha—. Entonces, ¿vendrás a la fiesta?

—¿Quién va a ir?

—Solo unos pocos amigos. Es el cumpleaños de una vieja amiga mía, y me ha pedido que le organice algo. —Se quitó los pantalones para probarse unos vaqueros de Clevin Khain. Eran muy ceñidos, y la vista de su trasero a través de ellos me dejó sin aliento—. ¿Qué me dices?

—Me gusta cómo te quedan —aventuré.

David volvió a reírse y se arrodilló a mi lado.

—Hoy no das ni una, me refería a la fiesta. ¿Vas a venir o no?

—No lo sé. No conozco a tus amigos.

—Por eso mismo quiero que vayas. Saben que estoy saliendo con alguien y están locos por conocerte.

—¿Todos tus amigos saben que eres gay?

—Sólo hablo de mi vida privada con los muy cercanos —dijo, eludiendo la pregunta muy elocuentemente.

—¿Y les has hablado de mí? —pregunté asombrado. Yo no había hablado con nadie acerca de mi relación con él, lo mantenía en el más absoluto secreto, pero en ese momento me di cuenta de que a lo mejor David no tenía que hacer lo mismo.

—Sí, un poco —admitió—. El resto lo ha hecho el bueno de Hugo, que les ha dicho que eres un bomboncito.

—¿Hugo va a ir?

David me miró con suspicacia.

—Sí, claro.

En ese momento decidí que lo mejor sería buscar una excusa para no asistir a la dichosa fiesta.

No me apetecía encontrarme con Hugo, ni someterme a la valoración de los amigos «muy cercanos», fueran quienes fuesen, pero David se estaba desnudando y se quedó en ropa interior.

Luego miró las prendas detenidamente, como si estuviese pensando en algo.

—Noah, ven aquí.

Me levanté del taburete y me acerqué a él. Cogió una camisa de color chocolate del perchero y me la mostró.

—¿Te gusta?

Asentí. Me la tendió con un gesto.

—¿Qué? —pregunté confuso.

—Pruébatela.

—¿Por qué?

—Porque tengo ese caprichito de nada, anda. Hace juego con tus ojos —me dijo mientras se abrazaba a mí. El profundo olor de su cuerpo se coló hasta mi nariz y comencé a sentirme un poco mareado. No tuve fuerzas para negarme.

Me puse la camisa como él me había pedido y se me quedó mirando con ojo crítico.

—Quítate los pantalones también —añadió mientras me tendía los vaqueros que se había probado un momento antes.

—David, no…

—Vamos, no te va a hacer daño probarte ropa bien hecha por una vez.

Me puse los vaqueros y me di la vuelta para mirarme en el espejo. Nunca en mi vida me había puesto ropa tan cara, ni que me quedara tan bien. A través del reflejo, vi a David recortado en la puerta del probador, mirándome con una fijeza que me erizó la piel.

Con esa ropa me veía diferente, más maduro, casi a su altura. Con un impulso de audacia que ni yo mismo sabía de dónde salió, di un paso hacia atrás, provocador, pegando mi espalda a su pecho.

David no tardó en reaccionar. Soltó un suspiro ahogado y me abrazó por detrás, paseando sus manos por mi cuerpo en un gesto lleno de posesión. Nuestras miradas se encontraron en el espejo.

—Te queda mucho mejor que a mí —me dijo mientras empezaba a besar mi cuello—, estás guapísimo.

Volví a mirarme en el espejo, con el corazón latiéndome en la garganta, y suspiré embelesado.

—Pues sí —dije con chulería. Era innegable, parecía hecha a medida para mí.

—¿Te gusta, cariño?

—Sí, claro —contesté distraído, pero al ver la chispa de determinación en sus ojos, una idea empezó a formarse en mi cabeza—. Ni se te ocurra.

—¿El qué? —me preguntó David con cara de inocente, aunque sus manos ya bajaban con paso firme por mis caderas.

—Tú ya sabes a qué me refiero. No me vas a comprar esto.

David sonrió con malicia y me empujó gentilmente, pero con la fuerza justa para que quedara apoyado contra el espejo, inmovilizado por su cuerpo.

Capturó mis manos entre las suyas y elevó mis brazos por encima de mi cabeza.

Esa repentina vulnerabilidad me cortó la respiración, atrapado en un juego que yo mismo había desatado.

—Necesitarás algo que ponerte para ir a la fiesta, ¿no? —susurró, su boca muy cerca de mi oreja.

—Ni siquiera te he dicho que vaya a ir —protesté, aunque el tono me traicionó, saliendo más como un gemido que como una queja.

—Me parece, Noah, que ahora mismo no estás en posición de negarte.

Giré la cabeza lo más que pude y lo miré mientras intentaba reprimir una sonrisa juguetona.

—¿No me digas? —dije, frotando mi culo contra su entrepierna.

Soltó una de sus manos, aunque con la otra seguía agarrando fuertemente las mías, de manera que apenas podía moverme.

—Te la estás jugando —me advirtió mientras sus dedos se colaban por debajo de la tela.

—David, nos pueden oír… —jadeé, extrañamente excitado por el peligro de que alguien abriera la cortina en mitad de la tienda.