A través del sexo. La saga completa 3. Amor y otras perversiones #3
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3. Amor y otras perversiones #3

Subí por su cuerpo hasta llegar a sus labios y me abrazó con fuerza, haciéndonos girar hasta que fue él quien estuvo encima.

Se sentó a horcajadas sobre mí y comenzó a masturbarme sin dejar de mirarme a los ojos.

Inclinó su cuerpo hacia la mesita y con la otra mano abrió el cajón y sacó un condón y un bote de lubricante.

Como si estuviese en medio de un sueño, vi que rasgaba el envoltorio y desenrollaba el condón a lo largo de mi polla.

Luego untó un poco de lubricante en su mano y comenzó a masturbarme de nuevo con ella.

—David, ¿qué haces?

Se limitó a guiñarme un ojo mientras se apoyaba en sus rodillas y colocaba su entrada sobre mi miembro. Le miré, extasiado, mientras bajaba por mi extensión, empalándose. Una expresión de dolor cruzó su cara un momento.

—Joder, Noah. —Me miró con una sonrisa—. Eres un chico muy grande.

No le contesté, no podía. No hacía otra cosa más que mirarle mientras seguía bajando hacia mí, enterrándome en su cuerpo y brindándome el mayor placer que había sentido jamás. Cuando estuve del todo dentro de él, moví la cadera impaciente, pero negó con la cabeza.

—Dame un momento, pequeño, necesito acostumbrarme a ti.

Se inclinó sobre mí y acarició mis labios con los suyos mientras cogía mis manos y entrelazaba nuestros dedos.

Me miró fijamente a los ojos y comenzó a moverse sobre mí muy despacio.

No dejamos de mirarnos, pero soltó mis manos, permitiéndome recorrer su cuerpo.

Acaricié sus muslos y subí hasta su estrecha cintura, sintiendo bajo mis dedos el movimiento de sus caderas.

Me estremecí de placer y sentí que iba a correrme.

—David… —gemí a punto de alcanzar el clímax.

Pero él dejó de moverse y volvió a inclinarse sobre mí, susurrándome al oído:

— Shh , tranquilo, pequeño… Respira hondo e intenta relajarte. Ya sé que esto puede ser abrumador la primera vez, pero no te corras todavía. Déjame disfrutar un poco más de ti.

Asentí despacio, mientras me preguntaba cómo sería posible relajarme en esas circunstancias. Cerré los ojos para no ver su anhelante cuerpo y respiré despacio como él me pedía. Noté que la excitación cedía un poco al tiempo que conseguía regular mi aliento.

Una vez que me hube sosegado un tanto, él continuó a la vez que llevaba mis manos hasta su miembro y me guiaba para que le masturbara.

Sentía la intensa opresión de sus entrañas alrededor de mí y el candente movimiento.

Yo seguía tocándole y me maravillé al ver cómo unas gotas de líquido corrían por su glande y goteaban hasta mi abdomen.

Los gemidos de ambos se entrelazaban en la pequeña atmósfera que había entre nuestros labios mientras nos concentrábamos en hacerlo todo lo despacio que nuestra urgencia nos permitía.

Cuando me corrí, lo hice con un orgasmo lento, que vino a mí en oleadas, ahogándome en placer, mientras el semen de David se derramaba tibio sobre mi sudorosa piel.

David se levantó, me quitó el preservativo y me limpió con un pañuelo de papel, antes de inclinarse sobre mí y apoyar la cabeza en mi hombro. Acaricié su cabello, maravillado por lo que acababa de ocurrir.

Durante un momento ninguno de los dos habló. Yo estaba demasiado asombrado para decir nada. Un millar de preguntas se agolparon en mi mente, pero no sabía por dónde empezar.

—David… —dije, no sabiendo aún muy bien qué quería preguntarle.

—¿ Mmh ?

—Yo pensé… Pensé que a ti eso no te gustaba.

David sonrió.

—¿Y por qué no me iba a gustar?

—Bueno, no sé… Como nunca lo habíamos hecho así…

—Ya, lo siento, pero eso es un rollo mío. Es que… —Me miró un momento, como si estuviese escogiendo con cuidado las palabras que iba a emplear—. Es algo que me cuesta hacer.

—¿Porque te duele?

—No, no es por eso —contestó con una sonrisa—. No lo entiendes. Me refiero a que es algo que no puedo hacer con cualquiera, ¿sabes? Soy incapaz de entregarme a un hombre en el que no confíe plenamente.

—¿Eso significa que confías en mí? —dije con una enorme sonrisa.

—No, sigues sin entenderlo —me dijo muy serio—. Eso significa que me he enamorado de ti.

La sonrisa se me borró de un plumazo.

—David…

—Sí, ya lo sé. —De repente parecía muy azorado—. Quizá no debí habértelo dicho, pero es que si no lo hacía, iba a reventar.

Yo no dije nada, y él malinterpretó mi silencio.

—Ya sé que eres muy joven —concretó rápidamente—, y no pienses que espero de ti nada a cambio, pero…

—David. —Hundí mi rostro en su pecho—. ¿De verdad me quieres?

—Sí.

Sentí que mi corazón iba a romperse en cualquier momento.

—Yo también te quiero —susurré avergonzado.

Ahora era él quien parecía asombrado.

—¿Y por qué no me lo habías dicho antes?

Me forcé a mirarle a los ojos mientras le respondía:

—Porque pensé que me ibas a decir que no soy más que un niñato. —Le miré y él acarició mi rostro con infinita dulzura—. Entonces, ¿ahora somos novios?

David comenzó a reírse.

—¿De qué te ríes?

—Lo siento —dijo aún entre risas—. Es verdad que eres un niñato.

—No te burles de mí, imbécil —dije muy ofendido mientras me apartaba de él.

— Shh , perdóname. —Me atrajo de nuevo hacia sí—. No te enfades conmigo, cariño. —Le miré furibundo—. Entonces, ¿quieres que seamos novios? —Me preguntó con voz melosa.

—No si te vas a seguir burlando de mí. —Aún estaba un poco enfadado.

David se acostó sobre mí y separó mis piernas con las suyas.

—No me burlaré más, palabra. —Comenzó a deslizar suaves besos a lo largo de mi mandíbula.

—¿Qué haces?

Me miró lleno de pasión.

—Ahora me toca a mí.

El agua parecía ese día una balsa de aceite, que rompía el dorado reflejo del sol en una miríada de pequeñas luces que dañaban mis ojos. Me puse las gafas oscuras antes de mirar de nuevo hacia el mar.

Era mi primer día de playa de ese año, aunque la temporada de buen tiempo había empezado hacía ya un par de meses.

Otros años empezaba a ir a la playa desde mayo, a veces desde abril si el tiempo acompañaba, pero ese en concreto había tenido que esperar hasta junio y el fin de los exámenes.

Ahora, sentado sobre la cálida arena, me daba cuenta de cuánto lo había echado de menos.

Unas chicas caminaban por la orilla, tapándome la vista un momento. Las seguí con la mirada sólo por curiosidad, admirando cómo la melena rubia de una de ellas refulgía como hilos de oro bajo la dorada luz del mediodía.

—Están buenas, ¿eh?

Josemi había abandonado su letargo para mirar a las mismas chicas que yo, aunque sus intenciones eran bien diferentes.

—Supongo —dije, volviendo mi mirada al mar.

Gorka y Gonzalo, que estaban jugando a las cartas, echaron también un vistazo.

—¿Cómo que supongo? ¡Pero mirad ese culo!

—Supuse que se refería a la chica rubia, que era bajita y redonda, con unas caderas que se meneaban sugerentes a cada paso.

La otra era demasiado alta y espigada para el gusto de Josemi.

Se rascó la entrepierna impaciente y sonrió—. Joder, me ha puesto cachondo. ¿A ti no?

—No. No es mi tipo —aclaré—. De todas maneras, a ti todo te pone cachondo.

—Todo no… —susurró tirándose de nuevo sobre su toalla, yaciendo como un lagarto en busca de calor.

Su piel estaba adquiriendo un precioso tono dorado que resaltaba contra los bermudas azules que usaba como bañador.

Bajo la tela húmeda por un reciente baño, podía adivinarse la incipiente erección que había producido la chica rubia sin saberlo.

Paseé mis ojos por su piel, sintiéndome protegido por las gafas de sol, y esta vez fui yo quien tuvo que rascarse incómodo.

—Voy al agua. Tengo calor.

Los demás asintieron para hacerme saber que me habían escuchado y fui hacia la orilla.

Me paré un momento, cuando el agua fría me tocaba los pies, dejando que mi cuerpo se aclimatara un poco, luego entré y no paré hasta sumergir la cabeza, permitiendo que el agua salada se llevara mi súbita calentura.

Cuando emergí, me di cuenta de que era la primera vez que pensaba en otro chico de esa manera desde que estaba con David.

Antes de estar juntos había fantaseado con muchos, incluso con Josemi alguna que otra vez, pero nunca después de conocerle.

¿Qué significaba eso? Intenté mirar dentro de mí y descubrir qué sentía por David.

¿Había dejado de quererle? ¿De desearle?

No, por supuesto. Pero también era innegable que hacía un momento, viendo a Josemi tendido en la arena semidesnudo, húmedo y caliente, deseé besarle y explorar su cuerpo.

Cerré los ojos, mortificado, intentando sin éxito controlar mis pensamientos y sintiéndome más culpable a cada momento que pasaba, no pudiendo evitar sentir que lo que estaba pensando era una traición para mi novio.

«¿Pero qué me pasa? Hace apenas un par de días que me dijo que me quería y ya estoy pensando en otro».

Salí del agua sacudiéndome el agua del pelo y me crucé con un hombre que me echó una significativa mirada, lo que me hizo sentir aún más sucio, al obligarme a plantearme durante una décima de segundo que podría tirármelo si quisiera.

—¡Eh, Noah!

Me giré para ver a Matías y a Dani, que daban juntos un paseo por la orilla desde hacía un rato.

Ambos eran vecinos de bloque y amigos de infancia, siempre iban juntos a todas partes y eran los que estaban más unidos entre sí de todo el grupo.

Los demás solíamos bromear diciendo que de seguro meaban juntos, agarrándose las pollas el uno al otro.

Pero en mi fuero interno, los envidiaba.

Envidiaba esa fiera y sincera amistad que compartían, esa intimidad, esa camaradería.

Tener a alguien que escuchara tus problemas y con quien poder sincerarse.

Me sacudí esos pensamientos mientras se acercaban a mí.

El hombre de antes miró también a mis amigos, apreciando su juvenil belleza.

Esta vez sí le devolví la mirada, cargada de disgusto, a la vez que los tres volvíamos a donde estaban los demás.