3. Amor y otras perversiones #2
—Puede ser, pero ¿es que acaso tú no quieres? —Dudé un momento que David aprovechó hábilmente para volver a atacar—. Vamos, te prometo que si dejas de estudiar un rato, mañana estarás más despejado, ya lo verás.
—¿Y si no?
—Noah, ¿crees que en una noche podrás estudiar algo que no hayas aprendido en todo este año?
Lo pensé durante un momento, parecía lógico y en realidad me sentía agotado. El plan era tentador.
—De acuerdo, pero solo un ratito.
Le dije a mi madre que había quedado con mis compañeros de clase para comentar unas dudas acerca de los exámenes, pero me encaminé a la calle principal.
David había insistido en venir a buscarme, pero no quería que mi madre viera su coche aparcado en el portal, así que quedé con él unas calles más abajo.
No tuve que esperar mucho, llegó muy rápido.
—Sube —dijo mientras me abría la puerta.
Arrancó el coche sin más preámbulos. Él sabía que yo no le permitiría besarme en mitad de la calle. Pensé que iríamos a su casa, por lo que me sorprendí cuando cogió un desvío diferente.
—¿A dónde vamos?
—Al cine. Hay una película que quiero ver.
—¿Al cine? ¿No podemos ir a tu casa?
David sonrió de forma burlona.
—Al final va a resultar que el que quiere follar eres tú.
—No es por eso —titubeé—, es que…
—Sí, ya lo sé. Sé perfectamente cuál es tu problema y nunca te he dicho nada al respecto, ni te he presionado.
Y no lo estoy haciendo ahora. —Sacó un cigarrillo y lo prendió con el encendedor del coche—.
No voy a ser yo quien te obligue a salir del armario.
En todo caso, tampoco es que yo sea el gay más liberado del mundo y, además, eso es algo que tú y sólo tú tienes que decidir, pero…
Me apetece ir al cine. Nada de arrumacos, ni de besitos ni de gilipolleces, te lo prometo.
Solo dos amigos viendo una película, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dije claudicando.
—Además, no conozco nada mejor para despejarse que una buena peli y unas palomitas muy crujientes —me sonrió—. Ya verás que un poco de relajación te vendrá bien de cara a los exámenes.
No las tenía todas conmigo al respecto, pero no quise discutir más. Después del cine subimos a su coche y di por sentado que iríamos un rato a su casa, pero cogió el camino que llevaba a la mía.
—¿No vamos a tu casa? —le pregunté.
—Es algo tarde, tienes que madrugar mañana. Quiero que estés descansado.
Era verdad, pues pasaba de la medianoche. Estuvimos un rato en silencio hasta que volvió a hablar.
—Entonces —me preguntó—, ¿cuál es el horario de exámenes?
—Mañana tendré tres: filosofía, inglés y matemáticas. El segundo día tendré química, lengua y biología, y el tercer día solo física, por la mañana.
—Y habrás terminado.
—Y habré terminado —repetí—, pero estoy tan nervioso…
—Lo harás bien, ya lo verás. De todas maneras, pase lo que pase, estoy muy orgulloso de ti.
Lo miré asombrado.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no has dejado de estudiar y te has esforzado tanto… Eres muy perseverante, y eso es algo que admiro.
Me sonrojé al oír esas palabras.
—Gracias —musité muy avergonzado.
—No tienes por qué darlas.
Paró el coche, habíamos llegado. Me despedí de él y entré en el portal de casa.
Mientras abría la puerta del piso, pensé que era la primera vez que veía a David y no me acostaba con él. Ese pensamiento me sorprendió.
Quedamos en no volver a vernos mientras durara la selectividad porque debía concentrarme junto con mis compañeros.
Todos sentíamos la presión de tener siete exámenes en tres días que decidirían nuestro futuro.
En realidad fue agotador, pero me sorprendí de lo fácil que me resultó.
El miércoles, mientras salía del examen de Física, el último de ellos, iba pensando en que todos tenían razón al decir que la selectividad no era para tanto, porque, al fin y al cabo, toda esa materia la tenía tan masticada que casi no tenía ni que pensarla.
Un silbido me sacó de mis ensoñaciones. Miré hacia delante y me sorprendí al ver a David.
—¿Qué haces aquí? —pregunté mientras miraba a mi alrededor buscando con la mirada a alguien conocido, preocupado de que me vieran con él. Por suerte, fui el primero del grupo en salir del examen y mis amigos estaban aún dentro del aula.
—Hoy me he escapado del trabajo para venir a buscarte. ¿Y los exámenes?
—Bien.
—¿Lo ves? —me dijo con una sonrisa triunfante—, sabía que lo harías genial. Anda, vamos a casa.
Al llegar a su piso, me desplomé en el sofá, completamente agotado. David sonrió al verme así.
—Cansado, ¿eh?
—Sí —dije al tiempo que cogía el mando a distancia y encendía la televisión.
—Bien, entonces quédate aquí mientras yo preparo algo de comer.
Me quité los zapatos y me acomodé en el sillón, tras llamar a casa para soltar una de mis acostumbradas mentiras acerca de dónde estaría.
En la tele estaban poniendo unos dibujos animados.
David hacía ruido de cacharros en la cocina y cerré los ojos con la intención de descansar.
«Sólo un momento», pensé mientras me quedaba dormido sin darme cuenta.
Cuando me desperté, me encontré desnudo en la cama de David.
Me giré confuso y me encontré con que estaba dormido a mi lado.
Supuse que él me habría traído a la cama y me habría desnudado, pero no me explicaba cómo no me había dado cuenta.
El despertador de la mesita de noche me decía que eran casi las cuatro de la tarde y el intenso rugido de mi estómago me recordó que no había comido nada desde el desayuno.
Me levanté con cuidado para no despertarle y me puse su bata, que estaba colgada a los pies de la cama.
Fui hasta la cocina con la intención de comer cualquier cosa, pero me encontré con que David me había dejado un plato de macarrones con pesto en el microondas.
Me los comí con ansia junto con una Coca-Cola y volví a la cama.
Me desnudé de nuevo y me deslicé entre las sábanas buscando el calor de David.
Dormía de lado, con un brazo enrollado bajo su cabeza y el otro cruzado sobre su pecho.
Abracé su espalda muy despacio y él se removió bajo mi contacto, pero no se despertó.
Comencé a acariciar la piel de su costado mientras pensaba en todo lo que había pasado últimamente.
Hacía casi cinco meses que conocía a David y en todo ese tiempo sólo dos cosas habían ocupado mi mente: los exámenes y él.
Ahora que la selectividad había pasado, creí que tendría unos meses por delante para centrarme tan sólo en él.
Miré el perfil de su cara y pensé en lo afortunado que era por estar con alguien así.
Me estremecí con impaciencia mientras las reacciones de mi cuerpo me recordaban que llevaba dos semanas de abstinencia.
Sonreí con malicia y froté mi erección contra el trasero de David mientras comenzaba a regar sus hombros con besos.
Se agitó y se giró hacia mí.
—Por fin has despertado —me dijo con una soñolienta sonrisa.
—Eso mismo podría decirte yo —le respondí mientras volvía a pegarme a su cuerpo y a besar su cuello, dejando muy claras mis intenciones.
Llevó una mano a mi entrepierna y soltó una risita, mientras paseaba su mano a lo largo de mi erección.
—Y vaya si estás despierto.
Seguí besando y mordisqueando la delicada piel de su cuello mientras él recorría con sus manos mis testículos.
Todo ocurría muy despacio esa tarde, como si el tiempo se hubiese detenido.
Era la primera vez que hacíamos el amor con tanta claridad, y la luz del sol se reflejaba en la piel de David, cegándome con su belleza.
Notaba cómo su incipiente erección se rozaba contra mis muslos mientras me besaba y hacia allí llevé mis manos, acariciándole hasta notar cómo despertaba por completo.
Giré sobre la cama hasta que quedó debajo de mí y recorrí su cuerpo con mis labios, muy despacio, adorando cada centímetro de su piel y arrancando gemidos de su trémula boca.
Hundí mi nariz en el tibio vello de su pubis, aspirando su dulce olor, y me separé de él para mirarle.
Tenía los ojos entrecerrados y los labios abiertos.
Sus mejillas se habían encendido y su respiración acelerada movía su agitado pecho.
Me dedicó una leve sonrisa y dejó descansar sus brazos a ambos lados de la cama, rindiéndose a mí.
Llevé de nuevo mis labios a su cuerpo, saboreando su piel más secreta, aquella que era solo para mí.
Aún me sentía algo torpe cuando le hacía una felación, pero mientras lamía muy despacio toda su extensión, desde la base hasta recorrer su glande con mi lengua, un coro de gemidos me recompensó.
Volví a bajar hasta su pubis y metí mis dedos entre su vello mientras lamía uno de sus testículos.
Noté cómo su mano se apoyaba sobre mi cabeza, sin empujar, pero presionando ligeramente para indicarme que siguiera.
Muy despacio al principio, temeroso de hacerle daño, comencé a succionar el escroto, consiguiendo introducir el testículo en mi boca.
Intensifiqué la succión un poco más hasta que logré hacerle gritar.
—¿Te ha dolido? —le miré asustado.
—Sí —me respondió jadeante—. No pares, por favor.
Sonreí, entendiendo muy bien lo que quería, y volví a lamer sus testículos y la delicada piel que había debajo, haciéndole esperar por lo que él deseaba.
Volví a hacer lo mismo de nuevo, esta vez con el otro, succionando hasta que noté que el escroto se tensaba sobre mis labios y oí cómo arrancaba nuevos gritos de sus labios.
—Noah…, por favor —gimió—. Estás volviéndome loco, pequeño.