3. Amor y otras perversiones
AMOR Y OTRAS PERVERSIONES
E l tiempo pasa volando cuando se es feliz y doy fe de que nunca en mi vida lo había sido tanto como aquellos meses con David.
Creo que sobra decir que me enamoré de él como un idiota, ¿cómo no iba a hacerlo?
Él era cautivador y yo un jovencito impresionable.
Si alguien me hubiera dicho en ese momento lo que habría de ocurrir después, me habría reído en su cara, porque nunca creí que David fuese capaz de hacerme el daño que me hizo, pero por aquel entonces todo parecía muy fácil.
Lo único que empañaba mi felicidad era que tenía que estar todo el día estudiando.
Los meses pasaban, llegaron la primavera y el buen tiempo, pero yo no pude disfrutarlos porque me pasaba las mañanas en clase y las tardes encerrado en mi dormitorio, entre pilas de libros y apuntes.
Incluso tuve que dejar el equipo de fútbol, decepcionando seriamente al entrenador, don Fernando, que era también nuestro profesor de Educación Física.
Aun a pesar de formar parte del equipo docente, me costó convencerle de que mis estudios eran lo primero y que dedicarle parte de mi tiempo a un equipo de aficionados podría acabar con mi sueño de estudiar Biotecnología.
Creo que lo que más le molestó fue que usara la palabra «aficionados».
Después de las clases, los chicos del grupo nos quedábamos un rato estudiando en la biblioteca.
Solíamos hacer juntos los ejercicios de Matemáticas, Física y Química, mientras que Matías, que era el único que tenía Geología en vez de Física, se hacía un lío con unos incomprensibles mapas de fallas y pliegues.
Todos éramos chicos de ciencias: Dani iba para médico, Matías quería ser enfermero o fisioterapeuta, Josemi tiraba para ingeniería química, mientras que Gonzalo compartía conmigo mi pasión por la investigación biológica.
El único que no tenía esperanzas en un futuro académico era Gorka, que quería ser culturista como su padre, quien había sido campeón de Europa en su juventud.
La única condición que le habían puesto en casa era que tenía que terminar el instituto, que para él se convirtió en un mero trámite.
Ahora que se acercaba el final de sus estudios, estaba entrenando muy duro y haciendo una dieta extrema para prepararse para las competiciones regionales y poco le importaba su nota media.
Con un aprobado tenía más que suficiente para satisfacer a sus padres, así que él solía ser el primero en dejar la biblioteca cada tarde para ir al gimnasio.
Los demás, que necesitábamos notas de corte altas para las carreras que queríamos cursar, le mirábamos con cierta envidia por no tener que preocuparse por cosas que a nosotros nos traían de cabeza.
El tiempo libre que tenía se lo dedicaba todo a David.
Nos veíamos tan poco que al final empecé a salir más temprano de la biblioteca para ir a estudiar a su casa, sólo para poder estar cerca de él.
David me servía un café y unas galletas, se sentaba a leer a mi lado mientras yo estudiaba y él se mantenía callado para no molestarme.
Cuando sentía que los ojos me iban a reventar, paraba y dejaba que me hiciera el amor, para luego seguir estudiando, de nuevo sin descanso.
—¡ Arrgh , esto no lo entiendo! —grité exasperado una de esas tardes, tirando un lápiz con rabia contra la pared.
David se me quedó mirando con asombro, nunca me había visto desesperarme.
—¿Qué ocurre?
—Es la maldita pasiva, ¡no la entiendo! —Me levanté y caminé en círculos por el salón, agitando en mis manos el cuadernillo de inglés—. Creía estar haciéndolo bien, pero ahora miro las respuestas y resulta que las he hecho casi todas mal.
—¿Y por eso te pones así?
Le miré furibundo.
—Sólo me quedan dos semanas para el examen final de inglés, y poco más de un mes para la selectividad.
David se levantó y se acercó a mí.
—Si tenías problemas con el inglés, debiste decírmelo antes.
—¿Por qué?
— Because English is my second language. —David me miró triunfante, pero yo no estaba seguro de haber entendido muy bien lo que había dicho.
—O sea, que hablas inglés —conjeturé.
— Of course, honey —dijo mientras me abrazaba muy cariñoso—. Vamos, enséñame ese ejercicio.
—Está bien —suspiré.
Esa tarde me dio la impresión de que David dominaba más dicho idioma que ningún otro profesor que hubiese tenido nunca, lo hablaba con fluidez y sin ningún esfuerzo y me explicaba las cosas de manera que me resultaban muy fáciles de entender.
En una sola tarde con él resolví todas las dudas que había ido adquiriendo durante el curso.
—¿Cómo es que hablas tan bien inglés? —le pregunté al final de la jornada cuando yacíamos enredados entre las sábanas de su cama. Habíamos estado tres horas estudiando, hasta que decidimos empezar con otras cosas.
David enredó sus manos entre mis cabellos y me besó dulcemente.
—Eso es porque pasé parte de mi niñez en Inglaterra.
—¿Pero tú no eras alemán?
Él rio ante eso.
—Y lo sigo siendo. —Se incorporó un poco para encender la lamparita de la mesa; estaba anocheciendo—. Lo que pasa es que mis padres me enviaron a un internado en Inglaterra cuando tenía ocho años.
—¿En serio?
—Sí. —David enarcó una ceja y me miró con una curiosa sonrisa—. Una selecta escuela, solo para chicos. Allí fue donde conocí a Hugo.
—Pero Hugo es español, ¿no?
David se estiró perezoso en la cama.
—Sí, es vasco, pero sus padres le enviaron también a estudiar al extranjero. Cuando él llegó, yo ya llevaba un año en ese colegio, y el pobre no hablaba una palabra de inglés. Nos hicimos amigos porque yo era el único que hablaba español.
Le miré un momento, frunciendo el ceño y pensando que algo no me cuadraba.
—Espera un momento —le dije mientras me incorporaba—. Rebobina. Eres alemán, ¿no?
—Sí, claro.
—Y hablas inglés porque estudiaste en el Reino Unido, ¿verdad?
—Sí —David me sonreía como si ya supiera lo que le iba a preguntar.
—Entonces, ¿por qué demonios hablabas español cuando eras un niño?
—¿No te lo he contado nunca?
Negué con la cabeza.
—Ah, bueno. Es que mi madre es española. Por eso hablo el idioma desde pequeño.
—Es increíble, ¿hablas tres idiomas?
David se había levantado y estaba empezando a vestirse. En ese momento me miró algo avergonzado y se acarició la nuca antes de contestar:
—En realidad, hablo cuatro.
—Me tomas el pelo.
David sonrió.
—No, es en serio. Me defiendo bastante bien en francés.
Yo también me levanté para vestirme.
—¿Y eso?
—Es que lo estudié en el internado y luego, durante la carrera, estuve un año de intercambio en la Sorbona de París.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad. Vivía en un pisito compartido en Montmartre.
—¿Compartido con quién?
—Estamos preguntones hoy, ¿no?
—Un poco —respondí juguetón, pero David parecía haberse puesto muy serio de repente y sentí que el momento comunicativo se había acabado.
—Anda, termina de vestirte. Es muy tarde y tengo que llevarte a casa.
Levanté una ceja.
—¿No me lo quieres decir porque vivías con un francesito guapo al que te tirabas?
—¿De verdad lo quieres saber? —preguntó. Asentí terminando de ponerme la camisa—. No te lo quería decir porque vivía con una pareja de francesitos. Ella era más guapa que él, pero me los tiraba a los dos. ¿Nos vamos?
Le lancé una mirada lúgubre.
—Tienes razón, no quería saberlo.
Sus carcajadas me acompañaron hasta la salida.
Terminó el mes de mayo y, con él, el curso.
Había conseguido buenas calificaciones y, gracias a David, que había seguido dándome clases particulares, mis resultados en inglés fueron asombrosos.
Pero todavía quedaba lo más difícil: la selectividad me ponía más nervioso que ninguna otra cosa en mi vida.
Todo el mundo me decía que lo haría bien, que si había estudiado todo el año no me resultaría difícil, y que generalmente la gente solía sacar en la selectividad más o menos lo mismo que su nota media de COU.
Y mi nota media era de 8.865. Pero ese «generalmente» me intranquilizaba y me atormentaba pensar que si tenía un mal día no podría estudiar la carrera que deseaba.
Los quince días que mediaron entre el final de las clases y la selectividad me los pasé en mi casa sin dejar de estudiar y sin ver a nadie, ni siquiera a David.
Él me llamaba cada día al móvil para saber cómo iban las cosas y me mandaba un mensaje cada noche antes de dormir.
Yo me había acostumbrado a llevar el móvil en el bolsillo, siempre en silencio para ser el único en saber que me estaban llamando.
Me había esforzado por ocultarlo cuidadosamente, no sólo porque estaba seguro de que si mi madre lo descubría se pondría furiosa, sino porque temía que, de alguna manera, ese teléfono pudiera desvelar mi secreta relación con David.
Aparte de eso, mi único contacto con el mundo eran las llamadas de emergencia que hacía a mis amigos, o ellos a mí, para solucionar dudas de última hora.
La noche antes del inicio de los exámenes pretendía pasarla repasando Filosofía, que sería el primero de la mañana. Una pequeña vibración en mi bolsillo me indicó que me estaban llamando.
—Hola, David. —No necesité ver su nombre en la pantalla para saber que era él, no le había dado mi número a nadie más.
—Hola, pequeño, ¿cómo va eso?
Suspiré mientras me frotaba los ojos.
—Ahí va, peleándome con Nietzsche.
—¿Es que no te lo sabes todo ya? ¿Por qué no lo dejas un rato y descansas? Mañana es el gran día.
—Sí, ya lo sé. —Un nudo de puro nervio se asentó en la boca de mi estómago—. Por eso mismo tengo que seguir estudiando.
—Pues yo creo que te vendría bien relajarte un poco y descansar. ¿Por qué no salimos por ahí?
—¿Estás de coña? —le pregunté asombrado—, ¿cómo voy a salir la noche antes de selectividad?
—Yo lo hice y me fue bastante bien. Además, por si no lo sabes, no se debe estudiar justo antes de un examen. Es mejor dejar que la mente descanse un poco.
—Tú lo único que quieres es follar —dije algo enfadado.