A través del sexo. La saga completa 2. Un regalo inesperado #5
3%

2. Un regalo inesperado #5

Asentí y me senté en el sofá para abrir la caja y sacar el móvil. Pensé que, ya que David estaría ocupado un rato, lo mejor sería entretenerme mirando las instrucciones y configurando el teléfono. Él se acercó a mí sonriendo y me revolvió el pelo.

—¿Te gusta, eh?

—Claro que me gusta. —Y era verdad. Era un móvil Nokia, negro y muy pequeño, parecido al que usaba Keanu Reeves en Matrix, y eso en 1999 era mucho decir.

Cuando el ascensor se abrió, apareció Hugo con su eterna expresión de superioridad dibujada en la cara. Me desagradó profundamente verlo y él pareció muy sorprendido de verme a mí, pero se repuso de inmediato.

—Vaya —dijo nada más entrar—, ya veo que estás en buena compañía. ¿No habré interrumpido nada?

—En realidad —le respondió David mientras estrechaba su mano con una sonrisa—, ahora mismo tendré que llevarle a casa. Noah, te acuerdas de Hugo, ¿verdad?

—Sí, hola —dije carente de entusiasmo y casi sin atreverme a mirarle a los ojos.

Aún me sentía intimidado por la forma en la que me había mirado la otra vez. Fingí concentrarme de nuevo en el folleto de instrucciones, pero no me perdí ni una sola palabra de su conversación.

—Mira esto —decía Hugo mientras sacaba un portafolio del bolsillo interior de su gabardina—. Lo acaba de enviar tu hermana al fax de tu despacho.

David tomó los papeles y los miró con detenimiento.

—¿Y qué hacías en la oficina a estas horas?

—preguntó con cierto desinterés y sin dar mayor importancia al hecho de que Hugo acababa de confesar que estaba en su despacho.

O bien era que aún estaba muy concentrado en lo que leía, o bien es que tenía la suficiente confianza en él como para que eso fuera algo habitual.

Esperaba fervientemente que fuera lo primero.

—Noelia tenía que terminar de pasar un proyecto. Yo sólo me encargué de estar ahí cuando ella terminara…

—Estás hecho un Casanova —resopló David.

—Bueno, no te quejes, que si no llega a ser por Casanova, no te enterarías de esto hasta el lunes.

—Tienes razón, te debo una. Esto hay que solucionarlo ahora mismo. Noah. —Levanté la cabeza al oír mi nombre, haciéndome el despistado—. Tengo que hacer una llamada de teléfono. ¿Me disculpas un momento?

Asentí.

—Quédate aquí, volveré enseguida.

Se fue y me encontré a solas con Hugo. Empecé a sentirme incómodo, porque él me miraba con una indescifrable expresión en su rostro, como la otra vez.

Su mirada hizo un completo recorrido desde la mesa donde descansaba la caja del móvil, que todavía conservaba el enorme lazo rojo, pasando por el teléfono que estaba en mis manos, hasta mi rostro, ruborizado por la imperiosa sensación de que en ese momento sería decente sentir vergüenza.

Después de un incómodo silencio, fue él quien tomó la palabra.

—Bueno, bueno, bueno. ¿Te ha hecho un regalito, eh? Debe estar colado por ti.

—¿Perdón?

—Lo siento —se disculpó con una sonrisa que no llegaba hasta sus ojos—. Me parece que la otra vez no nos presentaron como es debido. —Me tendió una tarjeta del interior de su chaqueta—. Hugo Goikoetxea, a tu servicio.

Miré la tarjeta.

Hugo Goikoetxea Morales

Abogado

Grupo Van Kerckhoven

—¿Eres abogado?

Asintió.

—De hecho —añadió señalando con el pulgar en la dirección en la que se había ido David—, soy su abogado. Bueno, de él y de su empresa.

Pensé un momento en lo que ponía en su tarjeta.

—¿El grupo Van Kerckhoven?

—Sí, que como su nombre indica, no es una empresa, sino una corporativa que integra muchas empresas de diferentes sectores. David es un hombre muy importante, ¿sabes?

Me miró con malicia y recuerdo que pensé que el tono de su voz no me había gustado.

—No, no sé —le respondí muy serio.

—Más te vale no saberlo.

Se apartó de mí y se acercó al minibar para servirse una copa. Yo me quedé tieso donde estaba, intentando descubrir si eso había sido una amenaza. Transcurrieron varios minutos hasta que David volvió al salón. Parecía preocupado.

—¿Qué pasa? —preguntó Hugo nada más verlo aparecer.

David negó con la cabeza.

—Florence es cada día más testaruda. —Cogió el vaso de whisky que Hugo se había servido y se lo terminó de un trago—. Pero creo que lo he arreglado, al menos por el momento.

—Bueno, entonces yo me voy. Noelia me está esperando en el coche. Nos veremos el lunes. —Entró en el ascensor y se fue sin dedicarme una sola mirada.

David se sentó a mi lado en el sofá.

—¿Es esto muy habitual? —le pregunté un tanto molesto.

—¿El qué?

—Que Hugo venga a tu casa los sábados por asuntos de trabajo. Que yo recuerde, no es la primera vez —dije rememorando el día en que David me lo había presentado.

David me miró muy serio durante un momento.

—¿Ha sido Hugo desagradable contigo? —Le miré sin responder. En realidad, no sabía qué debía decirle—. ¿Es por eso que estás así, verdad? Te ha dicho algo.

Percibí un tono amenazador en su voz, como si estuviese molesto. Lo último que me faltaba era conseguir que David se enfadara con su amigo por mi culpa.

—No —me apresuré a mentir—. No me dijo nada.

—¿Seguro? —Parecía aliviado—. Hugo sufre un deplorable complejo de hermano mayor conmigo, ¿sabes?

Se cree con el derecho de decidir con quién puedo salir y con quién no.

Además, es un maldito capullo, puede ser muy desagradable cuando se lo propone, puedo asegurártelo.

—Me abrazó y besó mi frente—. Son casi las diez y veinte, ya es bastante tarde —dijo.

Asentí. Era cierto que había prometido llevarme temprano a casa—.

¿De verdad estás bien? Pareces muy serio.

Me forcé a sonreír.

—Sí, claro que estoy bien.

Él también sonrió.