2. Un regalo inesperado #4
—¿David? —llamé mientras avanzaba por el pasillo—. Soy yo.
La música se interrumpió bruscamente y David salió de una de las habitaciones que daba al pasillo.
Iba vestido muy informal, pero estaba tan guapo como siempre.
Su corto cabello negro estaba húmedo, como si acabase de salir de la ducha.
Avanzó hacia mí y me abrazó, uniendo sus labios a los míos de manera apremiante.
Luego, aún sin separarse, hundió su rostro en mi cuello.
—Ya empezaba a olvidarme de lo bien que hueles… —susurró. Sus labios comenzaron a deslizarse por mi piel.
—¿Qué era eso que me ibas a hacer nada más verme? —le pregunté juguetón.
Él se rio.
—Me parece que te acuerdas muy bien —respondió siguiéndome el juego. Tiró de mí para hacerme caminar por el pasillo—, pero por si acaso te voy a llevar a mi cama para recordártelo…
Avanzamos por el pasillo intercambiando besos y caricias, pero cuando pasamos por delante de la habitación de la que él había salido, vi que en su interior había un enorme piano negro. Recordé la música que había escuchado al entrar y dejé de besarle durante un momento.
—¿Eras tú el que estaba tocando?
—¿Qué?
—El piano —dije, señalando con la cabeza en dirección a esa habitación. Me separé de él un momento y entré en el cuarto—. ¿Sabes tocarlo?
—Sí —respondió a mi espalda.
Me acerqué al instrumento y deslicé mis dedos por la oscura superficie, disfrutando del suave tacto de la madera bajo mi piel.
—Nunca había visto un piano de cola —dije con admiración.
Oí una risita detrás de mí.
—Y sigues sin haberlo visto. —David se acercó y me abrazó desde atrás, rodeando mi cintura y apoyando su barbilla sobre mi hombro—. Este es un piano de media cola. Un piano de cola es mucho más grande.
—Bueno, aun así es precioso. ¿De verdad sabes tocarlo?
—Sí, claro, no lo voy a tener aquí de adorno.
—Tócame algo.
David metió las manos en el interior de mis pantalones y acarició mi glande con suavidad.
—¿Qué es lo que quieres que te toque?
Me zafé de él, riéndome.
—No, tonto, que toques algo de música.
Él también se reía.
—Noah, hace dos semanas que no nos vemos y estoy demasiado salido ahora mismo para pensar con claridad. —Me dedicó una lasciva sonrisa—. ¿De verdad quieres oír ahora una aburrida sonata?
—Por favor —rogué haciéndome el mimoso y poniendo morritos.
David levantó las manos en señal de derrota.
—Está bien, está bien. Tú ganas —se sentó al piano con un gesto muy teatral que me hizo sonreír—. ¿Qué te apetece escuchar?
—No lo sé, toca lo que tú quieras.
—¿De verdad? —preguntó con una sonrisa mientras acercaba sus manos a mi cuerpo.
Yo me volví a reír.
—En el piano, David.
—De acuerdo.
Posó sus largos dedos sobre las teclas y empezó a tocar una triste melodía.
Sus dedos parecían deslizarse sobre el teclado mientras su cuerpo se balanceaba al compás de la melodía.
Tocaba con los ojos cerrados, concentrado por completo en la música.
Me senté a su lado en el estrecho taburete, sintiendo la música fluir a través del contacto de su cuerpo contra el mío. Cuando hubo terminado, me miró.
—¿Ya estás contento?
—¿Qué era eso?
—Uno de los Nocturnos para piano de Chopin. El número 2, para ser más exactos.
—Tócame otro —le dije embelesado por su manera de tocar.
—Bueno —suspiró mientras volvía a posar sus dedos en el teclado—, ahora me vas a tener toda la noche al piano.
Le hice tocar durante un buen rato, la verdad.
Cinco o seis Nocturnos de Chopin y algunas piezas más.
Cuando se cansó de la música clásica, empezó con Elton John.
Así descubrí que David cantaba tan bien como tocaba el piano.
Tenía una límpida voz de tenor, llena de suaves matices.
Después de que terminara de tocar «Your Song», se giró para mirarme.
—¿Ya estás satisfecho? —Se giró en el taburete y rodeó mi cintura—. ¿Puedo follarte ya?
Reí divertido.
—¿Qué tal una última canción? —dije bromeando para picarle.
—Ni lo sueñes —me respondió, atrayendo mi cuerpo hacia el suyo de manera que quedé sentado a horcajadas sobre él.
Comenzó a besarme los labios con pasión, mordiéndome con intensidad, como a mí me gustaba.
Lo bueno de acostarte varias veces con la misma persona es ese íntimo conocimiento que adquieres, de manera que sabes qué tienes que hacer en cada momento para hacer al otro enloquecer, y él sólo había necesitado unas semanas para conocer todos mis puntos débiles.
Tras unos cuantos besos, ya empezaba a tener esa sensación, cada vez más familiar, de que mi cuerpo dejaba de ser mío para pasar a ser enteramente suyo.
Ya no tenía el poder sobre mí mismo y eso era lo que más me excitaba, el saber que David me poseía por completo.
Se puso de pie sin dejar de besarme, y yo me colgué de él, de manera que me sujetaba a su cuerpo con mis brazos y mis piernas.
Puede que David fuese delgado, pero yo ya había descubierto que era bastante fuerte, al menos lo suficiente para poder cargar conmigo, y eso también me excitaba.
Empezó a caminar hacia el dormitorio mientras yo acariciaba maravillado sus músculos, que se habían tensado de una manera muy sensual a causa del esfuerzo.
—Tienes los brazos muy duros —le dije sonriendo.
—Tengo otra cosa mucho más dura, puedo asegurártelo —me respondió mientras me tiraba sobre la cama.
Gateé hasta llegar a él y empecé a desabrocharle el cinturón.
—¿En serio? Vamos a comprobarlo.
David fue especialmente apasionado aquella tarde. Yo lo achacaba a los días de separación, pero al terminar me di cuenta de que estaba equivocado.
—Supongo que ahora es cuando nos felicitamos, ¿no? —David me abrazaba desde atrás y acariciaba suavemente mi abdomen.
—¿Por qué? —pregunté un tanto confuso.
—¿Es que no te acuerdas? —me preguntó a su vez incorporándose. Negué con la cabeza—. Hoy es treinta de marzo.
—¿Y qué?
—¡Pero bueno! —David parecía mitad enfadado y mitad divertido—. ¿Dónde está tu romanticismo? Hoy hace dos meses que nos conocimos.
Me ruboricé, avergonzado. Había estado demasiado concentrado en los estudios para fijarme en la fecha.
—Lo siento, lo olvidé. Con los exámenes y todo eso… —David se rio—. No estarás enfadado, ¿verdad?
—No, claro que no lo estoy. —Me besó muy cariñoso—. Además, ya te dije que tenía un regalo para ti.
—¿Pero era en serio?
David asintió, riéndose de nuevo de mí, mientras se levantaba y abría uno de los cajones de la cómoda. Sacó un paquete envuelto para regalo, con un enorme lazo rojo.
—¿Esto es para mí? —dije incrédulo.
—Sí —me respondió mientras ponía el paquete en mis manos.
—No tenías por qué…
—Claro que tenía por qué. No seas tonto. Ábrelo ya.
Dudé un momento más, pero al final rompí el papel de regalo para descubrir la caja de un teléfono móvil.
—David… —dije pasmado.
—¿Te gusta? —preguntó ansioso, acercándose a mí.
—Sí. No… Quiero decir… —Le miré a los ojos—. No puedo aceptarlo.
Su rostro pareció desmoronarse mientras la decepción se pintaba en él.
—¿Cómo?
—David, no puedo, esto… Esto es muy caro. De verdad que no puedo aceptarlo.
Le tendí la caja, pero él no la cogió.
—Noah —me dijo muy despacio—, ya te habrás dado cuenta de que el dinero no es un problema para mí.
—Pero para mí sí lo es. Y no quiero que te gastes nada en mí.
—¿Y si no me lo gasto en mi chico, en quién voy a gastarlo, eh? —Se acercó muy cariñoso—. ¿No me dijiste que querías tener un móvil?
—Sí, pero…
—¿Y no me dijiste que tu madre no quería comprarte uno?
—Sí, David, pero es que…
—Pues aquí lo tienes —dijo, apretándome contra sí y besando mi hombro—. Vamos, déjame mimarte un poco.
—Aun así… —Todavía estaba decidido a devolvérselo—. No tengo dinero para pagar la factura y no le puedo decir a mi madre que me la pague.
—Eso no es un problema. Tiene una tarjeta de prepago y ya tiene saldo. Puedo recargártela cada vez que quieras.
—Es decir, que te gastarás más dinero en mí.
David se tumbó en la cama y se cubrió la cara con las manos.
—De verdad, Noah, eres exasperante —dijo con un tono amargo en la voz—. Nunca pensé que hacerte un regalo pudiera ser tan complicado.
—Estás enfadado conmigo. —No lo pregunté, porque esta vez estaba seguro de que así era.
—Joder, Noah, por supuesto que no estoy enfadado contigo.
—Entiende que aceptar cosas de ti me resulta difícil —le dije.
—No te estoy comprando —me susurró. Tenía la vista baja, pero lo sentí más cerca de mí—. Sólo pensé que te haría ilusión, pero si no lo quieres, no pasa nada —me dijo muy serio.
—Sí que lo quiero —dije en voz muy bajita. Por fin me atreví a mirarlo.
Él sonrió.
—No hay quien te entienda.
Yo también sonreí.
—Lo siento. Es sólo que me ha sorprendido, es la primera vez que alguien hace algo así por mí. Y además, me va a costar un huevo ocultárselo a mi madre.
David me miraba a los ojos.
—Si de verdad crees que es demasiado o te va a ocasionar problemas en casa…
Volví a coger la caja y negué con la cabeza.
—Me lo quiero quedar. No hagas caso a nada de lo que acabo de decirte.
Se inclinó para darme un beso en la frente.
—Así podré llamarte. Y mandarte mensajes antes de dormir.
—¿Mensajes guarros? —pregunté con una sonrisa.
Él rió y comenzó a besarme, pero el sonido del timbre nos interrumpió. David miró el reloj contrariado.
—Pero si son casi las diez de la noche, ¿quién demonios será?
El timbre volvió a sonar y David se levantó y se puso rápidamente unos vaqueros.
—Joder, qué frío hace —le oí mascullar mientras avanzaba por el pasillo. Pensé que yo también debía vestirme por si alguien entraba en la casa, así que me puse la ropa, cogí la caja del móvil y fui hasta el salón. Me encontré con que David hablaba con el portero por el interfono.
—Tony —decía—, ¿le has dicho que estoy ocupado?
—Sí, señor, pero insiste.
—Muy bien, déjale subir.
Me miró algo contrariado.
—Al parecer vamos a tener un invitado. Es por un asunto de trabajo, pero intentaré acabar rápido, ¿de acuerdo?