2. Un regalo inesperado #3
—No te toques, yo me encargaré de darte placer —me dijo mientras comenzaba a masturbarme con maestría, marcando en mi polla el ritmo de sus embestidas, presionando hasta casi hacer que me corriera, para luego disminuir el ritmo y acariciarme la base y los testículos, impidiéndome terminar, pero haciéndome aullar de excitación.
La sensación de entrega era total, mi cuerpo estaba rendido, abandonado al placer, dispuesto a dejarme hacer por él cualquier cosa y sintiéndome suyo por completo, mientras que él se hundía en mi carne, hasta lo más profundo de mi ser.
El ritmo aumentaba cada vez más, a la vez que su mano recorría mi extensión con total libertad, acercándome al clímax.
Un estremecimiento de intenso placer me recorrió mientras los espasmos del orgasmo me tomaban y me derramaba sobre las sábanas.
En un par de embestidas más, David terminó dentro de mí, anunciando su orgasmo con un estrangulado gemido y presionando mis nalgas con sus manos, para intensificar la penetración justo en ese último momento.
Se dejó caer sobre la cama entre jadeos y risas y me miró muy divertido. Yo seguía donde me había dejado, aún boca abajo, con los ojos cerrados e intentando controlar mi desbocada respiración. Tras quitarse el condón, se acercó de nuevo a mí y me dio un dulce beso en los labios.
—Has estado fantástico —me dijo, aunque yo tenía la sensación de no haber hecho nada más que dejarle todo el trabajo a él.
Me atrajo hacia sí y me abrazó. Apoyé mi cabeza sobre su hombro y acaricié su pecho, justo debajo del pectoral izquierdo, donde tenía una pequeña cicatriz en forma de moneda.
Me fijé también por primera vez en que había otra pequeña cicatriz de varios centímetros de longitud en su costado izquierdo. La recorrí con las yemas de mis dedos.
—¿Cómo te hiciste esto?
David miró las cicatrices un momento antes de contestar:
—Tuve un accidente y me perforé un pulmón. —Tocó la cicatriz recta de su costado y añadió—: Por aquí fue por donde me operaron.
—¿Cómo fue el accidente?
—Eso no tiene importancia, fue hace mucho tiempo.
No se me pasó por alto la evasiva, ni tampoco la rápida sombra que cruzó su rostro. Me reprendí a mí mismo y me recordé que mi misión de aquella noche era ayudarle a relajarse y no recordarle accidentes traumáticos.
—Pareces algo tenso, ¿quieres que te haga un masaje?
David me miró con cierto asombro.
—¿Harías eso por mí? —preguntó elevando una ceja con cierta ironía.
—Sí, claro —le respondí ignorando su condescendencia. Me levanté y cogí el bote de aceite aromático.
David se dio la vuelta, regalándome una fantástica vista.
—Soy todo tuyo.
El final del segundo trimestre se acercaba inexorablemente. Las vacaciones de Semana Santa empezaban el 5 de abril, pero antes de eso debíamos hacer todos los exámenes del parcial, así que tenía que estudiar muchísimo para no bajar el nivel.
Siempre había sido un estudiante de notables y sobresalientes, y no porque fuera especialmente listo, sino porque era terco como una mula.
Cuando me proponía algo hacía lo imposible por conseguirlo, y mi objetivo desde que era un crío de catorce años no sólo era poder estudiar Biotecnología, sino también ganar esa velada e intrincada competición académica que mantenía con Gonzalo desde primero de bachillerato, así que estudiar duro era algo que sencillamente tenía que hacer.
Paradójicamente, él había sido el primer amigo que hice al llegar al instituto y habíamos sido compañeros de clase durante los cuatro cursos del bachillerato, pero a lo largo de los años nuestra amistad se había deteriorado.
No se puede pasar tanto tiempo junto a una persona y no terminar por conocerla bastante bien, y cada pequeño detalle que descubría sobre Gonzalo era una nueva decepción.
Inseguro como era de su poco agraciado físico, se refugiaba en su inteligencia y, por lo tanto, se creía con el derecho de ser siempre el más listo de la clase.
Ferviente creyente de la filosofía de la recompensa, creía a pie juntillas que si alguien tenía un defecto muy grande, debía tener alguna enorme virtud para compensar.
Según su filosofía, yo no debía ser más que un rubio guapo y, por ende, un poco idiota, y creo que por eso se encariñó conmigo en un principio.
Cuando descubrió que sus teorías se iban al traste porque yo era capaz de sacar al menos tanta nota como él, ligar con chicas y ser un decente delantero centro del equipo de fútbol, empezó a despotricar diciendo que el mundo era injusto y que estaba mal repartido, y que una sola persona no podía tener todas las virtudes.
Nunca admitió que ese tipo de comentarios los decía por mí, pero yo sabía que así era, lo que reafirmó mi deseo de demostrarle que se equivocaba y de ver su cara contrariada cuando le aventajaba en alguna materia.
A pesar de todo, seguimos en el mismo grupo, porque para entonces ya teníamos demasiados amigos en común como para evitar vernos, pero nuestra rivalidad siguió siendo un tácito secreto.
Aun así, ese año no iba por buen camino, mi nota media era ligeramente inferior a la suya y Gonzalo no desperdiciaba ninguna oportunidad para restregármelo por la cara, con diferentes y sutiles maneras, de las que nadie era consciente más que yo.
Ya llevaba algún tiempo saliendo con David y hubiese sido muy fácil echarle a él la culpa de mi ligera caída de notas, pero la verdad era que, incluso sin una relación que mantener en secreto, el curso se me estaba poniendo muy cuesta arriba.
Al principio nos veíamos cada fin de semana, pero a medida que las clases se endurecieron, tuve que espaciar mis encuentros con él.
Me apenaba mucho hacerlo y temía que quizá la relación pudiese resentirse por eso, pero David nunca se quejó ni hizo ningún comentario negativo al respecto.
Me dijo que si tenía que estudiar, no sería una molestia para mí.
Ese era el único alivio que tenía cuando veía la petulante cara de Gonzalo.
Llevaba casi dos semanas sin verle, pero no me había dado cuenta, enfrascado como estaba entre libros y apuntes justo en medio de los parciales del segundo trimestre.
—Cariño, un chico te llama por teléfono.
Mi madre había entrado en mi habitación en medio de una crisis con un ejercicio de matemáticas.
—¿Un chico? —pregunté un tanto distraído.
—Sí, dice que se llama David.
No necesité escuchar nada más y salí disparado hasta el salón para coger el teléfono. Mis hermanos estaban sentados en el sillón jugando con la PlayStation y haciendo mucho ruido. Cogí el teléfono con manos temblorosas.
—¿Sí?
—¿Noah? —Su voz, cálida y profunda, hizo que un escalofrío me recorriera—. Sé que no debía llamarte a casa, pero no aguantaba más.
—No importa —me apresuré a decir, dándole la espalda a mis hermanos y pegándome el teléfono a la oreja—. ¿Cómo estás?
—Bien. Liado en realidad, pero bien. ¿Y tú?
—Bien, aunque también ando liado. ¿Estás en la oficina? —pregunté.
—Sí —suspiró. Me lo imaginé frotándose el puente de la nariz, vestido de ejecutivo ante una mesa repleta de papeles—. Aún tengo bastante trabajo por delante esta tarde.
—Yo también.
—¿Podemos quedar mañana? —preguntó con una nota de urgencia en la voz.
Empecé a sentir mariposillas en el estómago.
—No lo sé —remoloneé, regodeándome un poco en su impaciencia—. Tengo un examen muy importante el miércoles. Igual no me conviene distraerme.
—Ya, ya lo sé y no quiero ser una molestia, pero de verdad que tengo muchísimas ganas de verte.
Miré hacia mis hermanos, que se estaban matando el uno al otro en la pantalla del televisor, y les di la espalda, temeroso de que pudieran oírme.
—Yo también a ti —susurré, completamente entregado—, pero de verdad que no sé si podré.
—Pues es una pena, porque tengo una sorpresa para ti.
—¿Para mí? ¿En serio?
—Sí, pero no puedo dártela si no te veo.
—Ya sé a qué tipo de sorpresa te refieres —rezongué.
Eso le hizo reír.
—No tiene nada que ver con el sexo, puedo asegurártelo. Aunque, por supuesto, en cuanto te vea voy a devorarte por completo.
Sentí que el vientre me estallaba en llamas, pero aún tenía ganas de jugar un poco con él.
—Pues vas a tener que convencerme. —Esbocé una sonrisa pícara.
David calló un momento.
—¿Conque esas tenemos, eh?
—Sí —reí.
Escuché su risa al otro lado, captando el reto.
—No puedes hablar, ¿verdad?
—No.
—¿Quién está ahí contigo?
—Mis hermanos.
—¿Y no les puedes decir que te dejen un ratito a solas?
Miré hacia atrás indeciso. Aarón acababa de ganar el primer round y Moisés estaba protestando. Pedirles que dejaran una partida a mitad era inútil.
—No me harían ni puto caso —dije con algo de rabia.
—Bueno, no importa, entonces escúchame tú a mí: mañana quiero que nos veamos, y nada más vernos, voy a quitarte toda la ropa, voy a tirarte en la cama y voy a comerme tu polla.
—David… —dije en un hilo de voz, sintiendo cómo mis mejillas comenzaban a arder por la crudeza de su tono.
—Lo voy a hacer muy, muy despacio, haciéndote rogar hasta que no puedas más —prosiguió en un susurro implacable, disfrutando de mi reacción—.
Y luego, voy a follarte tan fuerte que cuando termine contigo no te vas a acordar ni de tu nombre.
Después te llevaré de vuelta a casa y te prometo que estarás en tu cama a una hora apropiada. ¿Tengo que seguir convenciéndote?
El pulso se me disparó. ¿Cómo podía negarme a semejante plan?
—De acuerdo.
—Bien. Iré a buscarte a las seis.
—¿Vas a venir a recogerme aquí? —pregunté con cierta alarma.
—Sí, claro.
—No. Es mejor que yo vaya a tu casa.
—¿Por qué?
—Bueno, es que no quiero que mi madre me vea subiéndome en tu coche —susurré.
David suspiró.
—De acuerdo, te quiero aquí a las seis. Ni un minuto más.
—Vale. —Y colgué, dispuesto a volver a enfrascarme en las matemáticas.
Eran las seis y cinco cuando llegué a su portal. Nada más verme, el portero me dijo que David me esperaba y me hizo subir.
El salón estaba vacío y una música ligera flotaba en el ambiente.