2. Un regalo inesperado #2
Le miró con seriedad y David le dijo algo que no pude entender, creo que hablaba en alemán. El otro hombre asintió despacio y le dijo:
—Y ten cuidado cuando hables con tu padre.
—Siempre lo tengo. Nos veremos el lunes.
Asintiendo, se unió a Hugo en el ascensor. Nada más cerrarse las puertas, David dio un largo suspiro, se dirigió al mueble bar y se sirvió una copa.
—Joder, ni en sábado me dejan tranquilo.
Parecía algo cansado y agobiado. Me acerqué a él despacio, dudando qué hacer. David estaba concentrado saboreando su whisky y no me prestaba demasiada atención.
—A lo mejor no es un buen momento —titubeé—. Si prefieres que me vaya…
—No, por favor. —David dejó el vaso y me agarró por la cintura, atrayéndome hacia sí—.
He estado esperando esto toda la semana.
—Hundió sus labios en mi cuello y empezó a besarme ahí—.
Mmh , qué bien hueles. —Se separó de mí un momento, como si se acordara de algo de repente—.
Pero qué maleducado soy, ¿quieres tomar algo?
—No, estoy bien.
—¿Seguro?
Asentí.
—Lo siento. —David volvió a suspirar mientras se pasaba las manos por el cabello—. No he tenido un buen día. De hecho, he tenido una semana horrorosa.
—Ya me dijiste que estarías liado —dije recordando lo que él me había dicho el domingo.
—¿Lo hice? Pues al final he estado más ocupado de lo que yo pensaba. Mucho trabajo. —Volvió a abrazarme de manera muy cariñosa y apoyó su cabeza sobre mi hombro—. Menos mal que ahora estás aquí. Necesito relajarme.
Creo que me ruboricé un poco al oír eso. Él sonrió.
—Estoy muy cansado, y lo último que me apetece es salir por ahí a bailar. ¿Te importa si nos quedamos en casa?
—No, no me importa.
Acerqué mis labios a los suyos y le besé con timidez, aspirando el olor a whisky y tabaco que desprendía.
Me abrazó con fuerza y me devolvió el beso.
Mi pensamiento comenzó a nublarse y me dejé hacer por él.
Sentí cómo me guiaba a lo largo del pasillo, pero yo no prestaba atención más que a sus labios y a sus manos, que recorrían mi cuerpo.
Llegamos a su dormitorio y mis piernas chocaron contra la cama.
David me empujó para que cayera sobre ella y se sentó a horcajadas sobre mí mientras comenzaba a desabotonarme la camisa con una de sus manos.
En la otra aún llevaba su vaso de bebida.
—He estado pensando en ti toda la semana —dijo mientras lamía con lánguida sensualidad el borde de su vaso, húmedo de whisky. No apartaba sus ojos de los míos.
—Yo también —gemí mientras sus dedos empezaban a pasearse por mi piel.
—¿Ah, sí? —rio—. Me pregunto en qué habrás estado pensando.
Parecía más relajado ahora, como si se hubiese olvidado de sus problemas. Terminó de abrirme la camisa y empezó a besar mis pezones y a mordisquearlos.
—Hoy no tengo prisa. —Dejó su vaso sobre la mesita y desabrochó su propia camisa—. ¿A qué hora tienes que estar en casa? ¿A las tres?
Asentí.
—Bien —dijo sonriendo con picardía—, entonces aún tenemos mucho tiempo por delante, podemos jugar un rato, ¿no?
Yo no entendía bien a qué se refería, pero le dije que sí. Él siguió torturando mis pezones un momento y luego volvió a mirarme.
—¿Y a qué te apetece jugar?
—¿Cómo?
David empezó a besarme en el cuello y me susurró al oído:
—¿No hay nada que te apetezca hacer?
—¿En la cama?
—Claro, tonto —ronroneó, aún concentrado en mi cuello.
—No lo sé —susurré, sintiéndome como un idiota.
Me miró con una curiosa sonrisa en el rostro.
—¿Entonces me dejas elegir a mí?
Dudé un momento.
—Eso depende.
—¿De qué?
—No me vayas a hacer nada raro —dije un poco asustado.
Eso le hizo reír a carcajadas. Luego se acercó de nuevo a mí y me dijo muy sensual:
—¿No te fías de mí?
—Sí, claro.
—Entonces, pequeño, cierra los ojos y déjate hacer.
Le miré un momento más y decidí que David no era el marqués de Sade, así que cerré los ojos como me pedía.
Comenzó a quitarme la ropa, hasta que al final quedé desnudo en la cama.
Oí cómo David se incorporaba y empezaba a desnudarse también.
Abrí los ojos para mirarle y sólo le vi negando suavemente con la cabeza.
—No, cariño, no abras los ojos.
Los volví a cerrar y le oí levantarse de la cama.
—¿Adónde vas? —susurré con los ojos aún cerrados.
— Shh .
—¿Tampoco puedo hablar?
Oí cómo se acercaba de nuevo y sentí su peso en el colchón, cerca de mí.
—No, no puedes. Vas a ser un buen chico y vas a estar quieto y calladito. —Volvió a reír—. O tendré que castigarte.
No dije nada más, por si acaso el castigo no me gustase mucho, pero lo único que sentí fue una suave caricia sobre el costado derecho.
La sensación era como si me pasaran una pluma por la piel, un roce que me producía un leve cosquilleo.
La caricia fue deslizándose hasta llegar a mi abdomen y yo empecé a reírme.
—¿Te hace cosquillas?
—Sí.
—¿No te dije que no hablaras? —David volvió a pasar esa pluma, pues no podía ser otra cosa, por mi abdomen y yo me reí de nuevo.
—¡Para, por favor! ¡Me hace muchas cosquillas! —Empezaba a entender a qué quería jugar David.
—Ese es el castigo por hablar, ¿vas a estar callado? —preguntó con fingida autoridad. Parecía muy divertido, completamente entregado a su propio juego. Asentí—. Así me gusta.
Empezó a lamerme el costado hasta dejarlo húmedo y muy sensible y luego volvió a pasar la pluma por esa zona.
La sensación era increíble y un escalofrío de placer recorrió todo mi cuerpo.
Gemí entrecortadamente, temiendo que eso también estuviese prohibido en aquel extraño juego, pero David no me dijo nada.
Luego hizo lo mismo en mi pecho, en mis pezones, en mis muslos, hasta que todo mi cuerpo estuvo increíblemente sensible y cualquier roce producía electricidad en mi piel.
Cuando creía que no podía sentir más placer, un frío tremendo se apoderó de uno de mis pezones, poniéndome toda la carne de gallina, a la vez que un intenso olor a alcohol llegaba a mis fosas nasales.
Comprendí que David estaba pasando un cubito de hielo y sentí las gotas de agua y whisky correr libres por mi piel a medida que el calor de mi cuerpo lo derretía.
Luego David levantó el hielo y empezó a lamerme el pezón, que se había convertido en un centro de placer.
Casi podía sentir cómo convergían en él cada una de mis terminaciones nerviosas, que enviaban descargas de deseo por todo mi cuerpo de una manera que nunca creí que fueran capaces.
Gemí con libertad ahora, mientras el placer recorría mi cuerpo con cada latido de mi corazón y la ansiedad y el deseo hacían presa de mí.
Solo deseaba que David entrara en mí y me hiciera suyo, pero él no tenía ninguna prisa y repitió el procedimiento con mi otro pezón, a medida que yo me excitaba cada vez más.
—David… David, por favor, fóllame ya…
Oí que él se reía.
—En verdad eres impaciente. —Volví a sentir el cosquilleo en mi abdomen y me reí de nuevo—. Además, aún no te he dado permiso para hablar. Date la vuelta.
Estas palabras me golpearon con fuerza y un escalofrío de impaciencia se adueñó de mí.
Me puse boca abajo pensando que iba a hacerlo ya, pero me di cuenta de que se estaba levantando de la cama de nuevo.
Oí cómo abría un cajón y buscaba algo dentro.
Abrí los ojos sólo un poco, lo justo para ver entre mis pestañas sin que él se diera cuenta, y vi que venía de nuevo hacia la cama con un bote en la mano.
David abrió el bote y un agradable olor se extendió por la habitación. No pude contenerme y le pregunté:
—¿Qué es eso, David?
—De verdad, no sabes jugar, te pegas todo el rato hablando —me reprendió riendo—. En realidad, y sin que sirva de precedente, te contestaré: voy a hacerte un masaje.
—¿Un masaje? —gemí con frustración, sintiéndome incapaz de aguantar la excitación por más tiempo.
—¿Qué pasa, no te gusta la idea? —Y empezó a pasear sus manos por mi espalda, extendiendo por mi cuerpo un poco de aceite.
Lo cierto es que fue muy agradable y lo disfruté muchísimo.
David acariciaba mi cuerpo, presionando aquí y allá ligeramente y otras veces sólo rozándome con la yema de los dedos.
Sus manos iniciaron un lento recorrido hasta llegar a mis glúteos y comenzaron a masajearlos también.
Removí mis caderas como un gato, para invitarle a seguir mientras sus expertos dedos iban acercándose más y más a la hendidura entre mis nalgas y comprimían la piel contra las yemas, consiguiendo que el mero movimiento estimulara mi entrada y la hiciera temblar con anticipación. Oí una risita y David volvió a hablar:
—Yo también estoy empezando a sentir cierta impaciencia, ¿sabes, pequeño?
Noté cómo sus dedos separaban mis glúteos, tanteaban mi ano y se adentraban profundamente en mí.
Un gemido se atragantó en mi garganta mientras él comenzaba a acariciar mi interior, produciéndome oleadas de placer.
Sus dedos entraban y salían, excitándome al borde del colapso, preparándome para recibirle.
Los sacó una última vez y se apartó un poco de mí.
El sonido del plástico de un condón al romperse me convenció de que por fin me iba a penetrar y me estremecí anticipando el momento.
David levantó mis caderas, de manera que quedé apoyado en mis rodillas y con mi entrada abierta para él.
A ciegas, con el rostro hundido en la almohada, estar así de expuesto me pareció muy excitante y moví las caderas en un intento de hacer que él también se excitara aún más.
—Me pones tan cachondo… —susurró mientras me penetraba, moviéndose en círculos para facilitar el acceso y parando cada vez que yo me quejaba.
Cuando estuvo del todo dentro de mí, empezó a moverse suavemente al principio, sólo para ir aumentando el ritmo cada vez más.
Mi cuerpo se estremecía con cada una de sus embestidas y empecé a masturbarme para intensificar las sensaciones.
David se inclinó más sobre mí, llevando sus manos a mi entrepierna y apartando las mías.