2. Un regalo inesperado
UN REGALO INESPERADO
A quella semana pasó lenta y tediosa. Le dije que no me llamara y no lo hizo, y yo no le había pedido su número, lo cual fue una estupidez.
Me pasé la semana entera pensando en David y preguntándome si de verdad querría volver a verme.
Cada noche soñaba con él y me despertaba muy excitado.
El jueves por la noche no pude más y me masturbé con lentitud, pensando en sus besos y en sus manos, e intentando no gemir muy alto para no despertar a mis hermanos, que dormían en una litera en la habitación contigua.
Quizá fuera por los nervios, pero el viernes en el instituto se me hizo el día inusualmente largo.
Me costaba concentrarme en clase y apenas pude prestar atención.
No hacía más que dibujar una y otra vez la letra «D» en mi libreta, no habiendo reunido el valor necesario para escribir su nombre completo.
Cuando por fin acabaron las clases, suspiré aliviado, antes de recordar que a esa hora empezaban las relaciones sociales.
Antes de darme cuenta, estaba rodeado de mi grupito de amigos.
—¿Qué, Noah? ¿Hacemos algo mañana por la noche? —Josemi se colgó de mi hombro y me miró con picardía.
—No sé… —contesté evasivo. La verdad era que ese día no tenía la cabeza como para estar inventando excusas con las que rechazar planes para el fin de semana.
—Podríamos ir a la nueva pizzería, y luego de marcha… —añadió Matías moviendo las caderas ridículamente. Varias chicas que pasaban por el pasillo soltaron risitas al verle y él se ruborizó—. O mejor solo a la pizzería.
—Pues yo prefiero una hamburguesa —intervino Gonzalo con su voz taimada.
—¿De verdad tenemos que ir a comer por ahí? —se quejó Gorka. Él era el cachas oficial del instituto, y con su dieta para culturistas lo tenía muy chungo con eso de salir y hacer cenas supergrasientas.
—Es verdad, yo tampoco quiero cenar fuera —añadió Daniel fingiendo desinterés, como si no supiéramos ya que su padre llevaba dos meses en paro y su paga semanal se había visto seriamente mermada.
Josemi, aún colgado de mí, se encogió de hombros.
—A mí me da igual, con tal de ir a ligar… ¿Qué dices, Noah?
Ese solía ser el plan de los fines de semana: beber, bailar y ligar si se podía.
Lo peor era que eso me obligaba a fingir un interés que no sentía por las chicas y muchas veces me vi enrollándome con alguna de ellas en la oscura esquina de un local. Lo cierto es que, después de saber lo que era enrollarse de verdad, ya no tenía ganas de seguir con tonterías.
Le miré a los ojos antes de contestar. Josemi era, con diferencia, el más guapo de mis amigos, y durante un tiempo había estado relativamente colado por él.
Si no fuera tan hetero, le hubiese tirado los tejos.
Era un mujeriego indomable y encadenaba ligues a la misma velocidad a la que se cambiaba de camisa.
Había sido el primero de la pandilla en perder la virginidad, con una chica unos años mayor que nosotros.
Desde entonces, no había parado. A mí me tenía como a su principal compañero de correrías, quizá porque mi cara de niño bueno atraía a las chicas el tiempo necesario para que él pudiera atacar, aunque no creo que en realidad eso le hiciera mucha falta.
Le había visto ligar las veces suficientes para saber que se le daba bastante bien.
Quizás por eso, al mirarle, un escalofrío de conocimiento se apoderó de mi cuerpo, al ser consciente por primera vez en mi vida de que lo que yo sentía por él no era simple admiración de amigos.
Durante años me había preguntado cómo habría sido estar en una cama con él.
Sin embargo, ahora que sabía lo que era el sexo con un hombre de verdad, la sola idea de estar con Josemi me parecía un juego de niños. Sacudí la cabeza.
—No sé, no creo que pueda salir.
—Venga, tío, ¿por qué no?
«Porque he quedado con un hombre para follar», me traicionó mi subconsciente. El siguiente traidor fue mi cara, que se ruborizó ante el mero recuerdo de David.
—Porque no puedo…
—Pero podemos salir los demás, ¿no? —dijo Gonzalo, desviando convenientemente la atención de mi súbito rubor.
Un coro de «síes» se elevó a mi alrededor. Por lo visto, ya se habían puesto de acuerdo. Mientras quedaban a una hora para el día siguiente, pensé con cierto malestar que eso era lo malo de no tener amigos de verdad: que un día, de repente, descubres que eres prescindible.
Por fin llegó el sábado y le dije a mi madre que volvería a salir esa noche. Pero aunque usé a mis amigos como excusa, ella no parecía conforme:
—Estás saliendo mucho, y la selectividad…
—Sí, sí, ya lo sé, está a la vuelta de la esquina —la interrumpí impaciente. Llevaba todo el curso oyendo lo mismo.
Salí en dirección a la boca de metro más cercana. Habíamos quedado en su casa, y me ponía nervioso solo de intentar averiguar si él querría salir o preferiría quedarse. Al llegar, volví a encontrarme con el portero, pero esta vez fue mucho más amable.
—Buenas noches. El señor Van Kerckhoven le está esperando, si es tan amable de aguardar un momento.
Se levantó y se dirigió a un panel que había en la pared tras él y pulsó uno de los botones. Esperó un momento hasta que oímos la voz de David.
—¿Sí?
—Señor, su visita está aquí.
—Sí, gracias. Hazle subir.
El portero me guiñó un ojo y me sonrió.
—Sígame, por favor.
Empezó a guiarme por el zaguán hasta que llegamos a los ascensores.
Yo nunca había entrado en su casa por el portal, sino desde el garaje que estaba en el piso inferior, así que no conocía esa parte del edificio.
El portero se paró frente a uno de los ascensores y lo llamó.
Ambos esperamos a que llegara. El hombre me miraba de reojo, como si estuviese intrigado por algo.
—Perdone que le pregunte, pero… ¿Conoce al señor Van Kerckhoven desde hace mucho? —me dijo al fin.
—No, en realidad no. Desde hace muy poco, ¿por qué?
—Por nada. —El hombre se encogió de hombros—. No quiero parecer cotilla.
El sonido de una campanilla nos avisó de que el ascensor había llegado al tiempo que las puertas de metal se abrían. Ambos entramos y el portero metió una llave en el panel antes de pulsar el número quince, como ya había visto hacer a David y supuse que, sin la llave, el ascensor no funcionaría.
—¿Siempre hace falta usar la llave en el ascensor? —pregunté.
—En este sí. Si se quiere ir a los otros pisos, se pueden usar los otros ascensores.
—¿Por qué?
—Esto es un edificio de oficinas —me hizo notar—.
La única vivienda es la del señor Van Kerckhoven.
Durante el día, esto se llena de gente que viene a trabajar, y los otros ascensores son libres para ir y venir, salvo este, que es privado y va directo al último piso.
Si no tuviera llave, cualquiera podría entrar en el ático.
—Desde luego, las vistas desde ahí arriba son increíbles —comenté, mirando las luces del panel del ascensor
—Bueno, el señor Van Kerckhoven tiene buen ojo. En cuanto compró el edificio, vio claro que sería un sitio estupendo para vivir.
Me quedé un tanto pasmado.
—¿Todo el edificio es suyo?
—Sí, claro, el bloque completo pertenece a su corporación y gestiona el alquiler de las oficinas de las plantas inferiores para las otras empresas —explicó el hombre con una pizca de orgullo profesional—. Pensaba que lo sabía.
—No, qué va —respondí, intentando disimular mi asombro.
El ascensor se paró al fin.
—Ya hemos llegado. Buenas noches.
Salí del ascensor y las puertas se cerraron detrás de mí. El salón estaba oscuro, y de repente me sentí un poco nervioso allí solo. No se veía a David por ninguna parte.
—¿David? —llamé.
Oí el sonido de una puerta abriéndose al otro lado del salón y vi cómo un hombre que no conocía entraba en la estancia.
Debía de tener unos treinta años y vestía muy formal, con un traje de chaqueta, una corbata y una gabardina negra.
Llevaba el pelo muy corto, rapado, y tenía unas facciones marcadas, en las que destacaba una mandíbula cuadrada con un hoyuelo en la barbilla muy acentuado.
No era un hombre guapo, al menos no en el sentido clásico, pero tenía cierto atractivo.
Se me quedó mirando con una curiosa expresión mientras sus ojos me recorrían de arriba abajo, como si me examinara con detenimiento. Me quedé helado, sin saber muy bien qué decir.
—Vaya, vaya, vaya. —El desconocido tenía una voz muy profunda—. Así que tú debes ser Noah.
Antes de que tuviera tiempo para reaccionar, la puerta volvió a abrirse y David entró en el salón, acompañado por otro hombre que debía de rondar los cincuenta años.
No se parecía mucho a David, salvo en que compartían la misma nariz larga y afilada y el color acerado de sus ojos, pero cierta similitud en su postura y sus movimientos me hizo pensar que podría ser su padre. Ambos me miraron.
—Ya os dije que tenía un compromiso esta noche —dijo David dirigiéndose a los otros dos.
—Ya veo —respondió el hombre mayor con una agradable sonrisa y un marcado acento alemán—, por un momento pensé que era solo una excusa para echarnos de aquí, muchacho.
—Buenas noches, Noah. —David se dirigió a mí por primera vez esa noche. Me pareció que estaba muy serio—. Ellos son Hugo Goikoetxea y mi tío Adolph Van Kerckhoven. Adolph, Hugo, este es Noah.
—Encantado —musité, aún un poco atontado.
El tío de David me miró un instante, como evaluándome con interés, y yo empecé a preguntarme si eso sería una costumbre local.
—Bueno, bueno, ya nos vamos entonces. —Hugo se acercó a la mesa y recogió un portafolios—. Por nada del mundo arruinaría tu diversión. Además, yo también he quedado con alguien. Que te diviertas —le dijo a David, pero con su mirada aún puesta en mí.
Asintió en silencio antes de darnos la espalda y acercarse a la puerta del ascensor, esperando por el otro hombre para entrar en él.
Adolph se quedó un momento más y puso una mano sobre el hombro de David.
—Buenas noches, hijo.