A través del sexo. La saga completa 1. Una vez en la vida #4
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1. Una vez en la vida #4

Seguí su voz hasta la puerta que estaba en el extremo opuesto del salón y la abrí. David estaba sirviéndose una copa de vino y levantó la mirada cuando me vio entrar.

—Voy a preparar la cena, estoy hambriento. ¿Te quedas?

—Si no es molestia…

Volvió a reír de esa manera en la que parecía estar burlándose de mí.

—Qué tonto eres. ¿Quieres tomar algo?

Me acerqué a él con algo de timidez.

—Un poco de vino estaría bien.

—¿Estás loco?

Me miró con desaprobación y sacó una Coca-Cola de la nevera.

—Anoche me invitaste a beber.

—Anoche no sabía que eras menor de edad, de lo contrario, no te hubiese invitado a unas copas.

Ni te hubiese traído aquí, por cierto —añadió mientras me daba la espalda y empezaba a sacar cacharros del armario—.

Pero bueno, supongo que ya no sirve de nada lamentarse.

—Giró la cabeza y me miró por encima del hombro, suavizando un poco el gesto—. ¿Te gustan los espaguetis?

Cenamos juntos en el comedor del salón, charlando de todo un poco.

Luego él se sentó en el sofá con su copa de vino y yo me paseé por sus libros.

Parecía tener un gusto un tanto ecléctico en cuanto a literatura.

De Cervantes a Terry Pratchett, de Shakespeare a Tolstói.

Su colección de literatura fantástica era asombrosa: Tolkien, Martin, Salvatore, Le Guin y un largo etcétera.

También había nombres de autores clásicos, como Platón u Homero.

La mayoría de los libros estaban en español, pero también los había en inglés y en otro idioma que no conocía; podía ser alemán, pero no estaba seguro.

Eso me recordó su extraño apellido. Me giré hacia él y le pregunté:

—¿De dónde eres?

—¿A qué viene eso? —preguntó a su vez.

—Es que el portero me dijo tu apellido, y sonaba muy raro. No recuerdo cómo era, pero apuesto a que no era español.

—Es alemán.

—¿Tu padre es alemán?

Dio un largo suspiro; pensé que quizá se sintiera incómodo.

—Sí, y yo también lo soy.

—¿En serio? —David hablaba un castellano perfecto, sin acento, así que me sorprendió que no hubiese nacido en España. Asintió distraído mientras miraba una revista que había sobre la mesa—. Pues no se te nota.

—Vaya, gracias por el cumplido —dijo con ironía mientras se levantaba y se acercaba a mí—. ¿Te gusta leer?

—Sí, aunque los estudios no me dejan mucho tiempo libre. —Me miró con un gesto inquisitivo y continué—: Estoy haciendo COU, y apenas quedan unos meses para la selectividad. Necesito una nota de corte alta para estudiar biotecnología.

—Biotecnología, ¿eh?

—Sí, tengo que sacar al menos un ocho de media.

—Ya veo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que él había cambiado hábilmente de tema, y que ahora estábamos hablando de mí. Intenté dar otro giro:

—Entonces, ¿cómo era tu apellido?

—Van Kerckhoven.

—¿Cómo?

—Fan-ker-ko-fen —lo pronunció despacio de manera que yo lo entendiera.

—Van Kerckhoven —repetí, deleitándome con el sonido—. Me gusta.

Él me sonrió y se acercó de nuevo, tanto que pude sentir su respiración sobre mi piel.

—Bueno, ahora hablando en serio, ¿a qué has venido?

Me forcé a mirarlo a los ojos antes de contestarle:

—Quería volver a verte.

—Sabes que esto no es lo que acordamos, ¿no?

—Ya lo sé, pero…

—Además, eres menor de edad y soy mucho mayor que tú.

Me sentí furioso en ese momento por su condescendencia.

—Lo siento si mi edad es un problema para ti —estallé—. Pero desde que me viste debiste saber que era mucho más joven que tú, y no pareció importarte hasta que no te di una cifra concreta.

—Es verdad, tienes razón. Sabía que eras más joven que yo, pero no es lo mismo tener veinte o dieciocho que tener diecisiete. Aun así, siento que la culpa es solo mía. —Me miró intensamente y se acercó más a mí—. No debí haberte traído a casa. No sin haberte preguntado tu edad primero.

Me quedé callado, sin saber bien qué responder. David suspiró.

—Ni siquiera debería haberte dejado entrar de nuevo aquí, a pesar de que estuvieras empapado de lluvia.

—¿Por qué no?

Esbozó una sonrisa ladeada.

—Porque supe a qué habías venido desde que te vi.

Di un paso hacia él.

—Pues tú también debes querer lo mismo —dije con una seguridad que no sentía—, o me habrías mandado a la mierda.

Sus ojos se oscurecieron.

—Esto no está bien —dijo.

Me acerqué aún más. Su olor corporal, dulzón y almizclado, se coló en mis fosas nasales. Era el mismo olor que había exudado su cuerpo la noche anterior, después de hacerme el amor.

—Me da igual si está bien o no —susurré, mirando sus labios—. Te deseo…

Me acerqué aún más y le besé con cautela, como si le pidiera permiso. Mi corazón se aceleró al recordar el contacto de su piel desnuda contra la mía y posé una mano sobre su torso, acariciándole. Él detuvo mi mano, poniendo la suya encima a la vez que se apartaba de mí y negaba lentamente.

—No —dijo al final.

—¿No? —repetí, mirándolo fijamente a los ojos. Mi mano seguía sobre su pecho y podía sentir el acelerado latir de su corazón.

—Joder, Noah —gimió.

—No me trates como si fuera un niño —le rogué—. Anoche no lo hiciste. No veo cuál es la diferencia ahora.

—La diferencia es que…

—Ya, ya lo sé, pero la edad es solo un número, ¿no?

Sus cejas se elevaron y me miró con una intensidad tan abrasadora que me obligó a dar un paso atrás.

Por aquel entonces, yo no tenía forma de saber que esa frase, lejos de ser un argumento inocente, acababa de golpear de lleno un rincón oculto y sangrante de su propia vida.

Y aún tardaría meses en descubrir por qué.

La fachada de David se resquebrajó y desvió la mirada. Ya no me parecía un adulto inalcanzable.

—Noah, es que no tienes ni idea de…

—¿De qué? —le reté. Di un paso adelante, rompiendo la distancia de nuevo.

—De nada —espetó.

—¡Pues enséñame, joder!

Durante un segundo, nos miramos sin decir nada.

Justo cuando pensé que David me iba a echar de su casa, me cogió por la nuca y estampó su boca contra la mía.

El beso fue apasionado, casi violento, y presionó mis labios con su lengua, pidiendo paso con urgencia.

Cuando los abrí, mi boca fue tomada por él, explorada en cada rincón.

—¿Era esto lo que querías?

—Sí —jadeé.

—Dime que pare.

—No —gemí, mientras sentía el avance de la excitación—, no pares, por favor.

Toda su resistencia debió quebrarse en ese momento, porque me besó de nuevo.

Me llevó hasta el sofá y me tumbó en él, mientras me liberaba del albornoz y seguía besándome.

Volvimos a hacer el amor, pero esta vez fue más apasionado, más demandante y yo intenté corresponder.

Fuera seguía lloviendo, pero apenas escuchaba otra cosa que sus estrangulados gemidos contra mi oído.

La habitación se llenó de jadeos y de palabras a medio articular. Y ya no tenía frío.

Para cuando acabamos, era noche cerrada y había dejado de llover. El sofá se nos había quedado pequeño, de manera que terminamos en el suelo sobre una mullida alfombra. David me abrazaba por detrás, apretándose a mi cuerpo, y yo me sentía exhausto y feliz.

—¿A qué hora tienes que estar en casa hoy?

—Pronto —respondí con pesar, no quería irme de allí—, mañana tengo clase.

—¿Quieres que te lleve?

Asentí levemente.

—¿Volveré a verte? —le pregunté ansioso.

Hubo un instante de silencio.

—Sí —le oí decir al final.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

Oí una suave risita detrás de mí.

—No, mañana no. —Se levantó y empezó a recoger su ropa—. De hecho, tendré una semana un tanto agitada. El fin de semana.

—¿El viernes?

Me miró con los pantalones a medio poner. Una sombra de duda pasó por su rostro y por un momento temí que me rechazaría.

—El sábado, ¿te parece bien? —dijo, para mi más absoluto alivio.

—Sí.

La despedida en el coche fue menos incómoda que la de la noche anterior.

—¿Puedo llamarte? —me preguntó antes de que bajara del coche.

Le di el número de mi casa, pero tras pensarlo mejor añadí:

—Prefiero que no me llames si no es imprescindible.

—¿No tienes móvil?

—No. Mi madre no quiere comprármelo, dice que es un objeto inútil y superficial —dije esto último imitando lo mejor que pude el tono de voz de ella.

Eso le hizo sonreír. Luego chasqueó la lengua.

—Vaya, pues es un problema. —Se inclinó para besarme, pero me alejé de él.

—Ahora no, aún es muy temprano —siseé, nervioso por que alguien pudiera vernos.

Él se apartó de mí y rio de nuevo.

—Vas a tener que salir del armario un día de estos.