1. Una vez en la vida #3
Se alejó de mí y se fue al cuarto contiguo.
Con un suspiro me levanté de la cama. Hacía frío, y el haberme despertado tan rápido me había dejado algo desorientado.
Encontré mis calzoncillos en el suelo, pero tuve que recorrer el pasillo en busca del resto de mi ropa.
Volví al dormitorio a vestirme y, cuando hube terminado, él regresó.
Las prendas que había llevado puestas esa noche yacían olvidadas en el suelo, se había puesto ropa limpia.
Ya no vestía tan elegante como antes, sólo llevaba unos vaqueros desgastados y un suéter negro de cuello vuelto.
El sexo había dejado revuelto su corto pelo negro que, una vez libre del fijador, se había ondulado un poco, pero pensé que así estaba mucho más atractivo. Y, además, parecía más joven.
—¿Qué miras? —preguntó con brusquedad. Me había quedado contemplándolo como un tonto.
—¿Y tú qué edad tienes?
—Veintiocho. ¿Ya estás listo?
Asentí.
—Pues vamos.
El viaje hasta mi casa fue silencioso e incómodo.
Él conducía callado, como antes. Yo sólo hablaba para indicarle qué camino tomar.
En realidad, lo que habría querido era preguntarle si podía volver a verle, pero sabía que ese era un comportamiento pueril.
Yo no era más que un ligue de una noche para él y lo mismo debía ser él para mí, por mucho que eso me molestase.
Como buen romántico que soy, me dolía pensar que no volvería a ver al hombre con el que había hecho el amor por primera vez.
Bueno, en realidad, con el que había follado por primera vez, que no es lo mismo.
Pero su dulzura me había conquistado. Cuando me fui con David, pensé que quizá sería salvaje y violento, pero no lo fue en absoluto.
En ese momento me sentía cautivado por él, y no sabía qué hacer.
El coche se paró delante del portal de mi casa, un modesto bloque de edificios en un barrio de clase media.
Hubo un incómodo silencio durante un momento.
David se concentraba en encender un cigarrillo y yo no sabía qué decir.
Me miró, con el cigarro colgando de la comisura de su boca, y volvió a pasar el dorso de su mano por mi rostro, como lo había hecho horas antes en la discoteca.
Había una sombra de duda en sus ojos, como si estuviera debatiéndose entre la distancia que debía poner y lo que de verdad le apetecía hacer.
—Noah. —Las letras salieron despacio de sus labios, una a una, como si estuviera paladeando mi nombre—. Noah, ha sido un placer.
Se inclinó hacia mí, pero pareció frenarse a medio camino y depositó un beso suave en mi mejilla, cargado de una ternura que me desarmó.
Fui yo, incapaz de contenerme, quien buscó sus labios en un intento torpe de retenerlo un segundo más.
Él se tensó por la sorpresa, pero cedió al beso durante un instante breve y contenido, antes de apartarse despacio con un hondo suspiro.
Aspiré el olor de su tabaco y me ruboricé. Me sentía torpe, avergonzado por completo. Musité un casi inaudible «hasta luego» antes de salir del coche. Me quedé allí de pie hasta que el rumor de su coche se perdió en la distancia y luego entré en mi casa.
Vivía en un pequeño piso con mi madre y mis dos hermanos.
Mis padres se habían separado un par de años antes y mi padre ya no vivía con nosotros.
La verdad era que lo echaba mucho de menos, porque siempre me llevé con él mejor que con mi madre.
Yo había salido a mi familia paterna y casi era una copia de mi padre: rubio y de complexión delgada.
Por el contrario, mis hermanos, dos gemelos de veinte años y noventa kilos de peso, eran iguales que mi madre: los tres eran morenos, robustos y vigorosos.
Mi madre trabajaba como enfermera en un hospital geriátrico y tenía un carácter rudo y seco.
De profundas creencias religiosas, iba a misa cada domingo con unas cuantas vecinas, tan mojigatas como ella.
Nunca supe cómo mi padre pudo enamorarse de una mujer así, eran como el día y la noche.
Mi padre no era religioso, era más bien un intelectual de izquierdas.
Había tonteado con el comunismo en su juventud, ahora sus ideas eran más bien socialistas.
Hablaba de Marx, Lenin, Gandhi, Luther King y muchos otros, y leía muchísimo.
Supongo que fue de él de quien aprendí ese hábito.
Otro de los hobbies de mi padre era la literatura erótica.
Lolita y El amante de Lady Chatterley eran dos de sus libros favoritos.
Insistí mucho a mi padre para que me dejase leerlos, aunque sabía que serían tan heterosexuales que no me interesarían demasiado.
Al final, cuando cumplí los dieciséis, me lo permitió y, al confirmarse mis sospechas, empecé a pensar que si algún día admitía que era gay delante de mi familia, él sería el primero en apoyarme.
Apenas dormí el resto de la noche. El olor de David estaba impregnado en mi ropa, en mi piel, en mi sexo.
Rememoraba una y otra vez sus dientes mordisqueando mis labios, su lengua jugando deliciosamente con la mía, su cuerpo delgado y ligero sobre mí, enseñándome los caminos del placer.
La mañana siguiente me encontró insomne, pero también decidido: tenía que volver a verle.
Esa tarde volví a mentir a mi madre, le dije que iba al cine con unos amigos.
Elegí con cuidado la ropa que iba a ponerme, lo que hizo pensar a mis hermanos que en realidad iba a salir con alguna chica.
Hice caso omiso de sus pullas, pensando sólo en David.
Tuve que hacer transbordo dos veces en el metro y recorrer unas cuantas calles para llegar a su casa.
Él residía cerca del centro, en el distrito financiero, donde hay más oficinas que casas, bastante lejos de la periferia donde yo vivía.
Cuando llegué a su portal, me di cuenta de algo de lo que no me había percatado la noche anterior.
El portero del edificio no era electrónico, sino un hombre vestido con uniforme y gorra.
Me quedé un poco cortado, no sabiendo muy bien cómo dirigirme a él.
—¿Qué desea?
Tardé un momento en darme cuenta de que se refería a mí.
—He venido a ver a David.
—¿El señor Van Kerckhoven?
Dudé un instante.
—No me sé su apellido, es el que vive en el ático.
—¿Y usted es…?
—Soy un amigo.
—Ya veo… —El portero me miró de arriba abajo con desconfianza—. Da la casualidad de que el señor Van Kerckhoven no está en casa, ha salido.
—¿Y sabe cuándo volverá?
—Lo siento, no estoy autorizado a facilitar ese tipo de información aun cuando la conozca. Lo cual no es el caso, de todas formas. Buenas tardes.
Dándome cuenta de que me estaba despachando, me fui hecho una furia, pero no me resigné.
Pensé que quizá el portero no permitiría que me quedara en el portal a esperar, así que rogando que David hubiese salido con su coche, fui hasta la entrada del garaje del edificio y me senté, dispuesto a estar allí hasta que él llegara.
La espera fue larga. Comenzó a llover, hacía frío y empecé a sentirme miserable y patético.
No podía evitar pensar que si David me encontraba esperando por él así, al raso bajo la lluvia como un gilipollas, iba a pensar que no era más que un pardillo.
Sintiéndome más ridículo que nunca, decidí irme, pero justo en ese momento lo vi aparecer.
No conducía el mismo coche que la noche anterior, sino un Toyota azul, pero era él, no cabía ninguna duda.
De repente me sentí aterrorizado y no quise que me viera, pero era demasiado tarde.
—Noah. —Había asombro en su voz cuando paró su coche ante la entrada del garaje—. ¿Qué haces aquí? ¿Hay algún problema?
—Yo… Lo siento, no quería molestarte… Es que… —Me callé cuando me di cuenta de que estaba balbuceando como un idiota.
David me miró un momento más, con el ceño fruncido.
—Estás empapado. Anda, sube.
Subí al coche y volvió a arrancar.
—No esperaba volver a verte aquí.
Me sentí ridículo de nuevo.
—Lo siento, es que yo…
—No tienes por qué disculparte. —Me miró curioso—. No importa, hablaremos arriba.
El ambiente en su casa era cálido. La calefacción estaba encendida, pero yo tenía toda la ropa mojada y no podía dejar de tiritar. David se movía rápido por el salón, encendiendo las lámparas.
—Vete al baño y desnúdate. Puedes ponerte mi albornoz si quieres —añadió al ver cómo me ruborizaba—. Pondré tu ropa en la secadora.
El baño de David era casi tan grande como el salón de mi casa, y en él destacaba una enorme bañera de hidromasaje.
Con el frío que tenía, me imaginé a mí mismo allí dentro, con burbujas calientes hasta el cuello; debía de ser muy agradable.
Suspiré apesadumbrado mientras me quitaba toda la ropa, excepto la interior, y me ponía el albornoz que había colgado tras la puerta.
Era suave y muy cálido y me sentí mejor de inmediato.
Me dirigí de nuevo al salón, un poco intimidado por la situación, pero David no estaba allí.
Empecé a pasear mi mirada por el enorme salón, pues la noche anterior no me había fijado en lo grande que era ese lugar.
Tenía forma rectangular y estaba dominado por dos sillones de piel.
A mi derecha, una puerta de cristal conducía a una amplia terraza con suelo de cerámica.
La lluvia arreciaba ahora en el exterior, y ya había anochecido casi por completo, pero en el interior la temperatura era muy agradable.
Las paredes de mi izquierda estaban tapizadas con estanterías llenas de libros.
También había un enorme televisor, un reproductor de DVD y un equipo de música con unos altavoces impresionantes.
El conjunto era moderno y austero, muy elegante, y denotaba un alto poder adquisitivo, pero no ostentación.
—¿Noah? —Le oí llamarme desde el otro lado del salón—. Estoy en la cocina.