1. Una vez en la vida #2
Dejó de trabajarme un momento para cambiar de posición, buscando una postura más cómoda, luego volvió a mí y siguió haciéndome una felación con ansia, engulléndome hasta el fondo de su garganta.
Me sentí desfallecer y apoyé la espalda en la cama.
Mis roncos jadeos llenaron la habitación mientras él seguía marcando un torturador ritmo con su boca, haciendo que toda la cordura de mi mente se desvaneciera poco a poco.
Mi polla entraba y salía de él, la humedad y el calor me resultaban irresistibles.
—David —gemí cuando sentí que iba a correrme—. David, voy a…
Pero él no se detuvo y yo me tensé, anticipando el momento.
El mundo se rompió en una explosión blanca y tibia a mi alrededor mientras me corría en su boca y él se tragaba mi semen.
Me quedé tumbado donde estaba, incapaz de moverme.
Me sentía un poco mareado y confuso y me estremecía sin control.
Él seguía besando mi cuerpo, ajeno a las emociones que me golpeaban, marcando con besos y saliva la piel desde mi ombligo hasta mi cuello.
—Eres delicioso —susurró cuando llegó junto a mi oído.
—Gracias —jadeé.
Una sonrisa burlona se insinuó en la comisura de su boca y volvió a besarme apremiante, mientras tiraba de mí para tumbarme en el centro de la cama.
Yo acariciaba su cuerpo desnudo, maravillado por la suavidad de su piel y la sensual tensión de los músculos que había debajo.
Ni en mis más locas fantasías había imaginado que estar debajo de un hombre pudiera ser tan excitante.
Me besaba con pasión y susurraba a mi oído las palabras exactas, que me hacían enloquecer.
Parecía conocer mejor que yo mismo mis puntos más sensibles, acariciando y besando mis pezones hasta que endurecieron por completo.
Sentía la urgencia de su deseo contra el mío y moví la cadera en un acto instintivo.
Le oí gemir por primera vez en la noche, dejó de besarme y me miró a los ojos.
—Haz eso otra vez —me pidió.
De nuevo me agité debajo de él, y nuestros miembros volvieron a rozarse deliciosamente.
—Eres increíble —me dijo entre besos—. Ya estás duro de nuevo.
Me sonrió complacido y siguió moviendo las caderas, invitándome a mí a hacer lo mismo, hasta que nos vimos envueltos en un vaivén de locura y placer.
Ambos empezamos a gemir muy excitados, y las caricias se volvieron más intensas.
Nuestras lenguas se entrelazaban en un beso que parecía no tener fin.
Nunca nadie me había besado antes así, con tanta pasión e intensidad.
Sus manos bajaron por todo mi cuerpo, quemando mi piel.
—Date la vuelta —susurró junto a mi oído.
Yo obedecí, sumiso, entregado por completo. Se recostó sobre mí, llenando mi espalda de besos y caricias. Toqueteó mis nalgas y las mordió, separándolas con cuidado mientras tanteaba mi entrada con un dedo. Un jadeó se me estranguló en la garganta.
—¿Te gusta, pequeño? —me preguntó mientras seguía torturándome con su dedo, acariciando mi ano en círculos.
—Sí —conseguí decir entre gemidos.
—¿Quieres que siga?
—Sí —le rogué.
Su dedo se adentró más en mi interior, tocando puntos de placer que yo desconocía tener. Seguí gimiendo, ahora más fuerte, pero cuando sentí que el placer no podía sino aumentar, me abandonó bruscamente. Casi lloriqueé por la frustración.
—Más… —pedí, incapaz ya de contenerme, mientras movía las caderas intentando incitarlo.
Volví a sentir un contacto en mi entrada, una húmeda caricia que me robó la razón.
—Me pones muy cachondo, pequeño.
Luego volvió a pasar su lengua por mi entrada, mojando y penetrando mi ano con ella, moviéndola en círculos dentro de mí.
Me estremecí impaciente cuando comenzó a deslizar su lengua y sus labios por mis glúteos y mi espalda, subiendo con suavidad por mi cuerpo, hasta llegar a mi cuello.
Presionó su erección contra mi entrada, pidiendo paso con ansia y, aunque yo lo deseaba, en ese momento el miedo pudo más y me contraje inconscientemente.
—¿Estás bien? ¿Quieres que pare? —preguntó, mientras se alejaba un poco de mí.
Sentí que había metido la pata y que, como no lo arreglara, me quedaría sin lo que había venido a buscar.
—No, estoy bien. Sigue.
Suspiró junto a mi oído antes de decir:
—Vamos a intentar otra cosa…
Tiró de mí hasta que quedé sentado a horcajadas sobre él. Volvimos a besarnos con pasión, mientras yo restregaba ansioso mis caderas contra las suyas. Dejó de besarme un momento y me miró, con los ojos enturbiados de deseo.
—¿Mejor así? —jadeó. Asentí—. ¿Es la primera vez que haces esto? —preguntó en un susurro.
—No —mentí.
Por un momento pensé que él sabía que yo mentía y que, efectivamente, era virgen, pero se limitó a sonreír.
—Mejor.
Sus manos volvieron a recorrer mi cuerpo hasta llevarlas a mis caderas y elevarlas, de manera que mi entrada quedó suspendida sobre su erección, dándome un control total.
Comencé a presionarme contra él para que entrara en mí, pero un dolor ciego me paralizó, mientras mis músculos se contraían violentamente ante la intrusión.
Con rabia y frustración noté cómo dos rebeldes lágrimas corrían por mis mejillas sin que yo pudiera hacer nada por detenerlas.
— Shh , tranquilo, pequeño. —Se sentó en la cama, rodeando mi talle con sus brazos—. Hazlo muy despacio.
Yo asentí y comencé a bajar lentamente por su extensión, parando cada vez que el dolor me tomaba.
Él besaba mi rostro bañado en sudor y lágrimas, mis labios entreabiertos y mis ojos cerrados, susurrando palabras que apenas llegaba a oír, pero que me calmaban y me animaban a seguir adelante.
Después de un camino torturador, nuestras caderas chocaron al estar unidas por completo.
Aún sentía dolor y también mucho calor, como si mi interior estuviese en llamas, extendiendo por mi cuerpo una deliciosa sensación.
Comencé a moverme de arriba abajo y él se tumbó de nuevo en la cama, dejándome a mí tomar el control.
Al principio me movía muy despacio, todavía un poco dolorido, pero poco a poco mi cuerpo fue pidiendo más y el ritmo se tornó frenético.
David guiaba mis caderas con una de sus manos, mientras que con la otra me masturbaba.
Ya no sentía dolor. Dedos de electricidad recorrían mi cuerpo mientras me movía sobre él, marcando con mis caderas el ritmo que él ordenaba con su mano, dejándole entrar en mí una y otra vez, hundiéndose en mis entrañas.
—Más rápido, pequeño —me susurró sin dejar de mirarme—, más rápido.
Aumenté el ritmo y vi que sus ojos se abrían más, mientras una expresión de auténtico placer se dibujaba en su rostro.
Noté cómo palpitaba su sexo dentro de mí y, con un nuevo latigazo de excitación, me di cuenta de que se estaba corriendo.
Un placer ciego y caliente tomó mi cuerpo, haciendo un rápido recorrido descendente por mi espina dorsal hacia mi ano y elevándose por todo mi polla, arrastrando con él mi semen, que se derramó con violencia en la mano de David.
Me dejé caer sobre él, exhausto, mientras sentía cómo salía de mí.
David se apartó un poco y se quitó el condón.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que se lo había puesto y ni siquiera me había importado.
Estaba un poco mareado y confuso y todo mi cuerpo se estremecía.
Él volvió a tumbarse a mi lado en la cama, intentando controlar su respiración.
La mía propia era un sucio jadeo que abandonaba mi garganta, y mi corazón martilleaba en mis oídos.
Se acercó de nuevo a mí y yo me abracé a él, buscando su tranquilizador contacto de nuevo.
Es extraño cómo puedes sentirte a veces tan bien con alguien a quien no conoces, pero con él siempre fue así.
Me sentía vulnerable y débil como un niño e inexplicablemente tuve ganas de llorar.
David me devolvió el abrazo, rodeándome por completo.
Era cálido y acogedor, y me sentí mal por no haberle dicho la verdad.
—¿David?
—¿ Mmh ?
—Tengo que decirte algo. —Lo miré aprensivo, pero él no contestó—. Antes te mentí.
—¿Respecto a qué?
—En realidad… En realidad, sí que era virgen.
David me miró y se rio, no sin cierta condescendencia.
—Ya, ya me había dado cuenta.
Enrojecí furiosamente al oír aquello, lo que le hizo reír todavía más.
—No te preocupes —me dijo aún riendo mientras me daba un beso en la frente—. Lo hiciste muy bien. —Sus manos acariciaban mi espalda, rozándome sólo con las yemas de los dedos. Una pesada somnolencia se fue apoderando de mí y no pude evitar cerrar los ojos—. Lo hiciste muy bien.
Me desperté con el contacto de una mano sobre mi mejilla y abrí los ojos para ver a David frente a mí.
—Te has quedado dormido.
—¿Qué hora es? —pregunté alarmado, pensando en la bronca que me caería si llegaba muy tarde a casa.
—Algo más de las dos, ¿por qué?
—Mierda —siseé, mientras calculaba el tiempo que tardaría en volver a mi casa desde allí—. Voy a llegar tarde.
—¿Tienes toque de queda?
Asentí.
—¿Pero qué edad tienes?
Me quedé paralizado, mirándolo.
—Diecisiete —dije al final, muy bajito.
David se levantó de la cama. Sus ojos se habían abierto muchísimo y se le escapó una imprecación.
—¿Y cómo demonios entraste en el Carpe Di …? ¿Sabes qué? —Hizo un gesto de renuncia con la mano—. No me lo digas. Casi prefiero no saberlo.
—Lo siento… —me vi obligado a decir.
David me observó unos segundos más, como evaluándome. Luego se pasó las manos por el cabello.
—Joder, debiste decírmelo. Vístete, te llevaré a tu casa.