A través del sexo. La saga completa 1. Una vez en la vida
0%
A través del sexo. La saga completa

A través del sexo. La saga completa

Por Nayra Ginory

© inepub.com

1. Una vez en la vida

UNA VEZ EN LA VIDA

E l local se llamaba Carpe Diem y siempre había querido entrar allí. No era el sitio de moda, las copas eran caras y la música disco que pinchaban, algo ochentera, no era especialmente de mi agrado. Y, sin embargo, decidí quedarme en cuanto le vi.

Él era moreno y muy guapo, y me gustó desde el primer instante.

Delgado pero fuerte, no muy alto y con una arrolladora confianza en sí mismo.

Se movía con una elegancia felina que le daba un aire misterioso y seductor, y supe que él era lo que yo había ido a buscar.

Estuve toda la noche mirándole con ansia desde una considerable distancia, esperando que él se acercara a mí, pero sin atreverme a ser yo quien diera ese paso.

Bailé con algunos chicos y alguno que otro intentó besarme, pero yo los rechacé tontamente, porque sólo tenía ojos para él.

Al final, vi que se me acercaba, con esa confianza de la que hacía gala en cada uno de sus movimientos.

—Hola, rubito, ¿cómo te llamas?

Apenas recuerdo la conversación que tuvimos después, en ese momento sólo mantenía el eco de su nombre resonando en mi mente y apenas podía creerme mi buena suerte.

Bailé con él el resto de la noche y dejé que me invitara a un par de copas.

En realidad, estaba asustado como nunca antes lo había estado en mi vida, pero intenté parecer más experimentado y seguro de mí mismo de lo que me sentía.

Se llamaba David y bailaba muy bien, presionando su cuerpo contra el mío de manera casual, pero dejándome ver que estaba intentando seducirme.

Lo que él no sabía es que ya lo había hecho, mucho antes de acercarse a mí.

Después de estar un rato bailando, me llevó hasta un rincón del local.

El sitio se estaba quedando vacío, muchos habían salido en parejas o buscando otro lugar donde seguir la fiesta.

La música era distinta ahora. El DJ pinchaba menos dance y más canciones roqueras y sensuales.

Sonaba «In our lifetime» cuando me besó por primera vez.

El beso fue caliente y lento, como la canción.

El contacto de su lengua contra la mía me hizo gemir bajito, presionándome contra él y pidiéndole más, pero sonrió y se apartó de mí.

—No seas impaciente, pequeño —susurró junto a mi oído, mientras su cálido aliento se derramaba sobre la piel de mi cuello—. Quiero tomarme otra copa primero.

Le miré mientras se alejaba hasta la barra y comencé a sentirme inseguro.

Me apoyé contra la pared mientras pensaba en el beso que me había dado y preguntándome si habría estado a la altura.

La verdad es que yo no tenía idea de cómo hacer estas cosas y, por el contrario, él era mayor que yo y parecía muy experimentado.

No entendía por qué se había acercado a mí ni que yo pudiera interesarle y tenía miedo de que sólo estuviera jugando un rato o burlándose de mí.

Me obligué a suprimir ese tipo de pensamiento al verlo venir de nuevo.

Estaba sonriendo cuando se acercó con un cubata en la mano y se detuvo frente a mí, mirándome como si algo le divirtiera.

—¿A qué viene esa cara tan seria? —me preguntó mientras pasaba el dorso de su mano sobre mi mejilla.

Dio un paso más, presionando su delgado cuerpo contra el mío, de manera que quedé atrapado entre él y la pared que tenía detrás.

Empezó a deslizar suaves besos por mi mandíbula y mi cuello, y yo me estremecí de placer—.

No me digas que estabas triste porque me echabas de menos.

No le contesté y él siguió besando mi cuello y mi cara, pero sin llegar siquiera a rozar mis labios.

Su cuerpo se apretaba contra mí y, aun a través de la ropa, pude sentir el calor de su cuerpo y su excitación.

Yo también estaba empezando a excitarme y durante un momento tuve el ridículo miedo de que él lo notara.

Lo cierto es que se dio cuenta, pero eso pareció gustarle.

Mi corazón palpitaba tan fuerte que estoy seguro de que eso también podía sentirlo.

Por fin, me dio el beso que tanto anhelaba; sus labios sobre los míos, en una unión apremiante y posesiva, como si él tomara algo que era suyo desde hacía mucho tiempo.

Finalmente, me hizo la pregunta que yo había estado esperando.

—¿Quieres venir a mi casa?

Me llamo Noah y, como ya te habrás dado cuenta, soy homosexual.

No sé desde cuándo lo soy. Tampoco sé si es innato o si es algo que decidí por mí mismo, pero el hecho es que desde que comencé a crecer y tener interés por el sexo, he estado fantaseando con otros hombres.

Sé que esto no es lo normal, aunque hoy en día todo el mundo parezca ser tolerante con los gays, lo cierto es que no molestan solo si están lejos o en casa del vecino, pero nadie quiere tener un hijo homosexual.

Recuerdo la primera vez que hablé de esto con mi madre, comentando el caso de un actor que había salido del armario.

Era un intérprete que a ella siempre le había gustado, pero en ese momento su opinión sobre él pareció cambiar.

«No es que tenga nada en contra de los maricas», dijo, «pero podría haberse callado, no creo que siga siendo tan popular después de esto».

Yo balbuceé algo así como que él tenía derecho a vivir su vida como quisiera y que, al fin y al cabo, no tenía por qué ocultarlo si no quería.

Mi madre me miró de reojo, sin responder.

Cuando se estrenó la nueva película de dicho actor, ella, como muchos otros, no fue a verla.

Por eso nunca dije nada, ni en casa ni en el instituto.

Estudiaba y sacaba buenas notas, jugando a ser el hijo perfecto, mientras por las noches me masturbaba pensando en hombres haciendo lo que deseaba, pero no me atrevía a buscar.

Jugaba al fútbol en el equipo del colegio, intentando no mirar a mis amigos en las duchas, aterrado por si un día eso me excitaba.

Salía con muchas chicas, lo cual no me resultaba difícil porque todas parecían considerarme muy mono.

No iba por ahí gritándoles piropos guarros, ni les miraba el culo cuando se daban la vuelta como hacían los demás.

Esa falta de interés sexual, en vez de desanimarlas, parecía gustarles.

Para ellas yo sólo era un chico tímido y encantador, y cuando salíamos no pasaba de besos y caricias.

Recuerdo que una de ellas, con la que estuve saliendo un tiempo, decía que yo era diferente a los demás porque no estaba todo el día pensando en sexo, no intentaba meterle mano y la respetaba muchísimo.

En realidad, no era respeto, sino indiferencia.

Si hubiese podido salir con su hermano en vez de con ella, sí que le habría metido mano.

Pero incluso a finales de los años noventa, cuando el mundo parecía abrirse, salir del armario en el instituto era muy difícil.

Si algún chico era amanerado o se tenía sospecha de que una chica podía ser lesbiana, se le hacía el vacío, y yo no tenía ganas de pasar por eso.

Así que, a punto de terminar el instituto, aún era virgen.

No me gustaba la idea de acostarme con una chica y no me atrevía a intentarlo con alguien del colegio.

Por eso terminé en aquel bar aquella noche, buscando a alguien que quisiera desvirgarme.

La ciudad pasaba rauda al otro lado de la ventanilla del coche.

En la radio sonaban los grandes éxitos del verano anterior.

Él fumaba mientras conducía, silencioso y concentrado en la tarea que desempeñaba.

Aproveché para mirarlo con detenimiento sin que se diera cuenta.

Tenía unos ojos enormes y oscuros, su nariz larga y elegante imprimía un fuerte carácter a su perfil; en su boca de finos labios se insinuaba una curiosa sonrisa.

Era muy atractivo, como esos modelos que sonríen desde las vallas publicitarias intentando vender algún producto de lujo.

En realidad, dentro de su deportivo negro y acompañado por ese hombre tan guapo, me sentía como en un anuncio de coches.

—Ya estamos llegando —dijo al fin.

Entramos en los aparcamientos de un edificio muy cerca del centro de la ciudad.

Todo lo que veía a mi alrededor me decía que mi ligue tenía bastante dinero: la cuidada decoración del hall del edificio y la zona en que estaba emplazado, su coche, su ropa y su reloj de marca.

Me guio hasta el ascensor y metió una llave en una cerradura que estaba junto al último número, el 15.

Cuando salimos del ascensor, me encontré en el recibidor de un lujoso ático.

Miré en derredor, impresionado por los enormes ventanales que dominaban el salón, desde los que se veía toda la ciudad, pero él parecía no querer perder el tiempo y empezó a besarme nada más entrar.

Sus besos sabían a ron y a tabaco, pero eso no me importó.

Su lengua se enredaba con la mía, haciendo que cada vez me resultara más difícil pensar.

Posé mis manos sobre sus estrechas caderas, mientras él tocaba todo mi cuerpo con avaricia.

—Te invitaría a una copa —susurró contra mis labios—, pero prefiero follarte primero.

Intenté hablar, pero la voz no me salió, así que me limité a asentir.

Esa era toda la respuesta que él necesitaba y empezó a guiarme por el pasillo hasta el dormitorio del fondo, mientras mantenía su lengua en mi boca y sus manos desvistiéndome, de manera que mi ropa fue quedando atrás por todo el camino.

Para cuando me senté sobre la cama, ya estaba desnudo por completo.

David se desnudó lentamente frente a mí, sin apartar sus ojos de los míos.

Yo jadeaba, acalorado, mirando el cuerpo que se abría ante mí y pensando que quizá todo iba demasiado rápido, pero él no me dio tiempo a reaccionar y se arrodilló entre mis piernas, recorriendo mis muslos con sus manos y sus labios, en un lento camino hacia mi entrepierna.

Sus manos llegaron hasta mi intimidad, acompañadas por la húmeda caricia de su lengua.

—Dios mío… —jadeé.