A través de las estrellas te encontré Capítulo 39. El niño que recordaba las estrellas
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Capítulo 39. El niño que recordaba las estrellas

Thomas aprendió a decir «luz» antes que «mamá».

Emma decidió no tomárselo como algo personal.

La primera vez ocurrió cuando tenía once meses. Estaba sentado en el suelo de la sala, rodeado de piezas de madera que Gabe había comprado después de investigar durante tres días cuáles eran las más seguras para un niño.

Thomas sostenía un triángulo violeta entre las manos.

La pulsera de Emma emitió uno de sus destellos habituales.

El niño levantó la cabeza.

—Luz —dijo.

Emma dejó caer el expediente que estaba leyendo.

Thomas miró el papel en el suelo, después la pulsera y finalmente a ella.

—Luz —repitió con mayor firmeza.

Evelyn apareció desde la cocina.

—¿Qué sucedió?

—Habló.

—Lleva meses haciendo sonidos.

—Dijo una palabra.

Evelyn se secó las manos en el delantal.

—¿Cuál?

Emma mostró la pulsera.

—Luz.

Evelyn miró al niño.

—Por supuesto.

—¿Por qué dices eso?

—Porque es hijo de ustedes dos. Habría sido demasiado sencillo que comenzara con «mamá».

Thomas continuó observando la pulsera.

Entonces extendió una mano hacia ella.

—Más.

El segundo acontecimiento ocurrió nueve meses después.

Para entonces, Thomas ya decía «mamá», «Eve», «Gabe», «Cloe» y una versión irreconocible de «Charles» que el propio Charles afirmaba entender.

También decía «no» con una claridad impecable.

Utilizaba aquella palabra para rechazar comida, ropa, horarios, instrucciones y cualquier intento de alejarlo de los controles del observatorio.

Tenía un año y ocho meses.

Físicamente era un niño sano de su edad. Caminaba con la inseguridad obstinada de quien todavía no comprendía por qué el suelo no permanecía donde esperaba. Se caía, se levantaba y volvía a intentarlo sin aceptar ayuda hasta que realmente la necesitaba.

Emocionalmente también era pequeño.

Lloraba cuando Emma salía de una habitación sin avisarle. Se reía cada vez que Cloe fingía tropezar. Dormía abrazado a una manta azul y solo permitía que Evelyn le cortara las uñas.

Pero había algo en él que no crecía según las reglas humanas.

Thomas comprendía la luz.

No todas las formas de luz.

Una en particular.

La que aparecía en la pulsera de Emma cada noche.

La que hacía vibrar los instrumentos del observatorio, aunque estos no pudieran identificar su origen.

La que llegaba desde un planeta donde, durante aquellos veinte meses terrestres, apenas habían transcurrido doce semanas.

Zyren conservaba un registro de cada pulsación.

Había contado setecientas ochenta y cuatro desde el nacimiento de Thomas.

Algunas eran débiles. Otras se prolongaban durante varios segundos. Ninguna permitía transmitir palabras o imágenes completas, pero Zyren había aprendido a diferenciarlas.

Dos pulsaciones lentas significaban que Emma estaba despierta.

Tres rápidas aparecían cuando Thomas tocaba la pulsera.

Una vibración continua indicaba que el niño lloraba.

La primera vez que la sintió, Zyren activó todos los sistemas de la cámara de enlace y exigió una evaluación inmediata. Xantheris tardó casi una hora en convencerlo de que los niños humanos lloraban por razones que no siempre suponían peligro.

—¿Con qué frecuencia? —había preguntado Zyren.

—No soy especialista en humanos recién nacidos.

—Consulta los archivos.

Xantheris lo hizo.

Después le entregó un informe de ciento cuarenta páginas sobre el llanto infantil.

Zyren lo memorizó completo.

A través de aquella conexión limitada percibió los cambios de Thomas sin presenciarlos.

El momento en que el niño comenzó a dormir durante períodos más largos.

La aparición de los primeros dientes.

Una fiebre que mantuvo a Emma despierta durante dos noches y a Zyren dentro de la cámara hasta que la señal volvió a estabilizarse.

También percibió algo que los registros no podían explicar.

Thomas no enviaba energía al azar.

Estaba aprendiendo a buscarlo.

Al principio, sus pulsaciones se dispersaban por el corredor cerrado y desaparecían. Después comenzaron a repetir rutas. El niño probaba una frecuencia, detectaba que no llegaba y la modificaba.

No debía ser posible.

Su cerebro humano aún no tenía capacidad para comprender distancias estelares ni estructuras dimensionales.

Pero el Pulso Original no necesitaba que las comprendiera.

Las recordaba por él.

Emma regresó a trabajar en la clínica cuatro meses después del nacimiento.

No porque alguien se lo exigiera.

Porque lo necesitaba.

Durante años había luchado para elegir aquella vida. No estaba dispuesta a abandonarla ahora que finalmente le pertenecía.

Reanudó los cursos de medicina a distancia y redujo sus horas en la clínica. Thomas pasaba las mañanas con Evelyn y algunas tardes con Cloe en el Café Lumen, donde había desarrollado la costumbre de saludar a cada cliente como si fuera el propietario.

Cloe le había reservado una mesa pequeña junto a la ventana.

La misma ventana desde la que Zyren había observado por primera vez la plaza de Elarin.

Thomas golpeaba la superficie con una cuchara mientras Cloe atendía la barra.

—Eso no es música —le dijo ella.

Thomas volvió a golpear.

—Sí.

—Es ruido.

—Música.

—Tu confianza es admirable.

La puerta del café se abrió.

Gabe entró hablando por teléfono.

Su traje oscuro estaba impecable, pero el cansancio alrededor de sus ojos revelaba una noche demasiado corta. Desde que Charles había comenzado a retirarse de las decisiones diarias, Gabe dividía su tiempo entre el imperio Hankins y la administración de las empresas Carter.

Emma conservaba la propiedad de su herencia.

Gabe se ocupaba de que aquella herencia siguiera existiendo mientras ella estudiaba cómo salvar vidas en lugar de dirigir compañías que nunca había querido.

No había sido una decisión sencilla.

La junta administrativa desconfiaba de él. La prensa lo acusaba de acumular dos fortunas mediante su cercanía con Emma. Algunos accionistas continuaban insinuando que un matrimonio entre ambos resolvería la incertidumbre.

Gabe había respondido cambiando los estatutos necesarios para impedir que él pudiera beneficiarse personalmente de una unión con Emma.

Después dejó de responder.

Terminó la llamada y guardó el teléfono.

Thomas lo vio.

—Gabe.

La expresión del hombre cambió.

Toda la tensión desapareció de su rostro.

—Hola, comandante.

Cloe apoyó una mano en la cadera.

—No lo llames así. Ya intenta darme órdenes.

—Tiene aptitudes naturales.

Gabe se agachó frente al niño.

Thomas levantó ambos brazos.

Gabe lo cargó sin vacilar.

—¿Comiste?

—Sí —respondió Thomas.

Cloe señaló el plato intacto.

—Está mintiendo.

Gabe observó al niño.

—Eso no es correcto.

Thomas apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Cloe miente.

—¿Cuándo?

—Todo tiempo.

Cloe abrió la boca.

Gabe intentó mantener una expresión seria.

No lo consiguió.

La risa apareció antes de que pudiera contenerla.

Cloe se quedó inmóvil.

Había escuchado reír a Gabe en otras ocasiones durante aquellos meses, pero seguía siendo algo infrecuente. Él sonreía por educación, por estrategia o para tranquilizar a alguien. Reír era distinto.

Le desordenaba el rostro.

Lo hacía parecer más joven.

Más libre.

Gabe notó que lo observaba.

—¿Qué?

—Nada.

—No parecía nada.

—Estaba comprobando que fueras tú.

Thomas levantó la cabeza.

—Gabe.

—¿Sí?

El niño señaló a Cloe.

—Mira.

—Ya la estaba mirando.

El silencio que siguió hizo sonreír a Cloe.

—El comandante tiene aptitudes naturales —dijo.

Gabe desvió la vista.

A pesar de todo lo que había cambiado entre ellos, aún no habían definido su relación.

Ya no eran desconocidos.

Tampoco eran únicamente amigos.

Gabe la llamaba después de las reuniones más difíciles y aparecía en el café cuando llevaba demasiadas horas sin comer. Cloe lo obligaba a salir sin teléfono al menos una vez por semana. Habían cenado juntos, discutido, bailado una sola vez y estado a punto de besarse en tres ocasiones.

La primera fue interrumpida por un periodista.

La segunda, por una llamada de Charles.

En la tercera ninguno tuvo una excusa.

Eso fue lo que los detuvo.

Un beso podía convertirse en algo real.

Y ambos seguían aprendiendo a no huir de esa posibilidad.

La pulsera de Emma se iluminó desde el otro extremo del café.

Thomas giró con tanta rapidez que casi perdió el equilibrio en brazos de Gabe.

—Luz.

Emma acababa de entrar.

El resplandor violeta recorrió el metal una vez y desapareció.

—Tu padre te está saludando —dijo ella.

Thomas extendió las manos.

Gabe lo dejó en el suelo.

El niño caminó hacia Emma con pasos apresurados. Tropezó a mitad del trayecto, cayó sobre las rodillas y permaneció allí un segundo, sorprendido.

Emma no corrió a levantarlo.

Esperó.

Thomas se puso de pie por sí mismo y continuó hasta ella.

—Papá —dijo.

La palabra no era nueva.

Emma le hablaba de Zyren todos los días.

Había colocado una fotografía reconstruida junto a su cama y reproducía uno de sus mensajes antes de dormir. Thomas conocía su voz, aunque la grabación no pudiera responderle.

Pero aquella vez no señaló la pulsera.

Señaló la ventana.

—Papá.

Emma miró hacia la plaza.

—Papá está muy lejos.

Thomas frunció el ceño.

—No.

Cloe abandonó la barra.

Gabe se puso de pie.

Emma se arrodilló frente a su hijo.

—¿Qué quieres decir?

Thomas señaló nuevamente la ventana.

No la plaza.

El cielo.

—Ahí.

Aquella noche llevaron a Thomas al observatorio.

Emma no quería convertir cada palabra de su hijo en un fenómeno. Se había prometido que tendría una infancia antes que un destino.

Sin embargo, Thomas no dejó de señalar el mismo punto del cielo.

Lo hizo desde el café.

Desde el automóvil.

Desde la entrada del observatorio.

La ubicación no cambiaba, aunque él cambiara de posición.

Gabe activó la cúpula principal mientras Cloe sostenía a Thomas. Charles y Evelyn llegaron poco después. Ninguno hizo preguntas hasta que Emma les explicó lo ocurrido.

—¿Podría estar siguiendo una estrella visible? —preguntó Evelyn.

Gabe consultó las coordenadas.

—No hay ninguna en ese punto.

Charles se acercó al monitor.

—No según los mapas terrestres.

Emma colocó una silla frente al panel y sentó a Thomas sobre sus piernas.

—Muéstrame dónde está papá.

El niño observó la cúpula abierta.

Levantó un dedo.

Gabe ajustó el telescopio.

La pantalla mostró oscuridad.