Capítulo 38. El niño de los dos cielos #2
La lluvia desapareció.
El dolor se convirtió en una corriente lejana.
Frente a ella surgió un cielo púrpura.
Tres lunas.
Y Zyren.
No era una imagen completa. Su silueta temblaba dentro de una línea de luz, fragmentada por la distancia entre ambos mundos. Sin embargo, Emma reconoció sus ojos.
—Zyren.
Él levantó una mano.
Ella sintió el contacto sobre la palma sin que nadie la tocara.
—Estoy aquí —dijo su voz.
La conexión debía ser imposible.
Emma ya no creía demasiado en esa palabra.
—No puedo hacerlo.
—Sí puedes.
—No sabes cuánto duele.
—Lo siento contigo.
Emma percibió entonces la verdad.
Cada contracción dejaba un eco en él. Zyren recibía su miedo y su dolor, no como una carga, sino como una forma de acompañarla.
Aquello no sustituía su presencia.
Pero llenaba una parte de la ausencia.
—Nuestro hijo quiere conocerte —dijo Zyren.
—Nuestro hijo tiene pésimo sentido del tiempo.
Una leve transformación alcanzó el rostro de Zyren.
Una sonrisa.
Pequeña, humana y suya.
—Eso lo heredó de ti.
Emma soltó una risa entre lágrimas.
La doctora le habló desde algún lugar más allá de la visión.
—Ahora, Emma.
Zyren sostuvo su mirada.
—Encuéntrame.
Las palabras devolvieron a Emma al cielo azul de sus primeros sueños.
Solo que esta vez no eran una súplica.
Eran una promesa.
Emma apretó la mano invisible y empujó.
La energía estalló.
Todas las ventanas de Elarin reflejaron tres lunas.
El fenómeno duró menos de un segundo.
Algunas personas creerían después que había sido un relámpago. Otras hablarían de una falla eléctrica. Los teléfonos que intentaron grabarlo solo conservaron una imagen blanca, atravesada por tres círculos violetas.
En la clínica, los monitores se apagaron.
El mundo permaneció suspendido.
Entonces un llanto llenó la habitación.
Fuerte.
Indignado.
Perfectamente humano.
Emma abrió los ojos.
La doctora sostenía a un niño cubierto de sangre y luz.
Thomas lloró otra vez.
El sonido atravesó la cámara de enlace en Nexara.
Zyren cayó de rodillas.
No fue el dolor lo que lo venció.
Fue algo mucho más poderoso.
Su hijo había nacido.
Lira se llevó una mano a la boca. Xantheris apartó la mirada, ofreciendo a Zyren una intimidad que la cámara abierta no podía darle.
El llanto continuó durante tres segundos.
Después la línea de luz desapareció.
Zyren permaneció en el suelo, con una mano cerrada alrededor de la pulsera.
Por primera vez desde que Emma regresó a la Tierra, lloró sin intentar detenerse.
Colocaron a Thomas sobre el pecho de Emma.
El niño dejó de llorar casi de inmediato.
Era más pequeño de lo que había imaginado. Tenía el cabello oscuro adherido a la cabeza, los puños cerrados y una expresión seria que resultaba absurda en un rostro recién nacido.
Emma recorrió con un dedo la línea de su mejilla.
—Hola, Thomas.
Él abrió los ojos.
No eran negros como los de Zyren ni verdes como los de ella.
Durante un instante parecieron contener ambos colores.
Después se oscurecieron hasta adquirir un tono gris profundo atravesado por destellos violetas.
Evelyn lloraba sin disimulo.
—Es hermoso.
—Está enfadado —dijo Emma.
—También es hermoso.
La doctora terminó las primeras comprobaciones.
—Respira bien. Su temperatura es normal. Su corazón también.
Miró las pantallas apagadas.
—Todo lo que puedo medir parece normal.
Emma entendió la reserva.
—¿Y lo que no puede medir?
—Eso tendremos que aprenderlo juntos.
Thomas movió una mano.
Sus dedos encontraron la pulsera de Emma y se cerraron alrededor de ella.
El metal se iluminó.
No con un destello brusco.
Con tres pulsaciones separadas.
Emma contuvo la respiración.
La primera pertenecía a ella.
La segunda llegó desde Nexara.
La tercera nació bajo sus dedos.
Thomas dejó escapar un sonido pequeño y volvió el rostro hacia la ventana, como si pudiera ver más allá de la tormenta.
Más allá de la Tierra.
Más allá de las estrellas.
Gabe se levantó cuando Evelyn abrió la puerta de la sala de espera.
Cloe y Charles hicieron lo mismo.
Ninguno se atrevió a preguntar.
Evelyn sonrió entre lágrimas.
—Ambos están bien.
Gabe bajó la cabeza.
Sus hombros se relajaron por primera vez en nueve horas.
Cloe le tomó la mano.
El gesto fue instintivo.
Gabe miró sus dedos entrelazados, pero no se apartó.
Charles cerró los ojos.
—¿Puedo verlo?
—Cuando Emma decida.
El anciano asintió.
No discutió.
Unos minutos después, Emma permitió que entraran.
Gabe fue el último en acercarse a la cama. Observó al niño en sus brazos con una expresión que Emma nunca le había visto.
No era responsabilidad.
No era vigilancia.
Era asombro.
—Thomas —dijo.
El recién nacido abrió los ojos.
Gabe extendió un dedo y esperó.
Thomas lo sujetó.
—Hola —susurró Gabe—. Tu padre me pidió que te contara quién es. Pero creo que vas a obligarnos a descubrir muchas cosas sobre ti primero.
Emma sintió que las lágrimas regresaban.
—No tienes que prometer nada.
Gabe levantó la mirada.
—No es una promesa. Es una elección.
Cloe permanecía detrás de él.
Esta vez, al escucharlo, no sintió celos.
Comprendió la diferencia.
Gabe no intentaba ocupar el lugar de Zyren. Estaba construyendo uno propio junto a aquella familia, y por primera vez no parecía hacerlo por obligación.
Charles se acercó cuando Emma lo llamó.
Miró a su bisnieto durante un largo momento.
—Se parece a Charlotte —dijo.
—Se parece a sí mismo —respondió Emma.
Charles asintió.
—Eso es mejor.
Thomas soltó el dedo de Gabe y volvió a aferrarse a la pulsera.
Las tres pulsaciones recorrieron el metal.
Una.
Dos.
Tres.
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Muy lejos, bajo un cielo púrpura, Zyren sintió el mismo ritmo.
Se puso de pie en la cámara vacía y miró hacia el punto donde había desaparecido la grieta.
La conexión había durado apenas unos segundos.
Pero había existido.
Y si Thomas había logrado abrirla el mismo día de su nacimiento, algún día podría aprender a encontrarla de nuevo.
No porque fuera un adulto atrapado en el cuerpo de un niño.
No porque el tiempo tuviera que acelerarse para él.
Thomas crecería como correspondía a un hijo de la Tierra: tendría una infancia, aprendería a caminar, pronunciaría palabras equivocadas y necesitaría brazos que lo sostuvieran.
Pero su energía obedecía a otra herencia.
La tercera pulsación no contaba los años como los humanos.
Reconocía patrones.
Guardaba caminos.
Recordaba puertas que nunca había cruzado.
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En la Tierra, Emma besó la frente de su hijo.
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En Nexara, Zyren cerró los ojos.
Y entre ambos mundos, por primera vez desde que el corredor había desaparecido, tres corazones latieron al mismo ritmo.