A través de las estrellas te encontré Capítulo 38. El niño de los dos cielos
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Capítulo 38. El niño de los dos cielos

Thomas eligió nacer durante una tormenta.

Emma despertó poco antes de las tres de la madrugada con una presión profunda en el vientre y el sonido de la lluvia golpeando las ventanas.

Permaneció inmóvil durante unos segundos.

Había aprendido a no alarmarse ante cada sensación nueva. El embarazo había convertido su cuerpo en un territorio desconocido: movimientos repentinos, dolores breves y pulsaciones que no siempre pertenecían a su propio corazón.

Pero aquello era diferente.

Una contracción recorrió su abdomen.

Emma cerró los ojos y respiró como le habían enseñado.

El dolor disminuyó.

Entonces la pulsera de su muñeca emitió un destello violeta.

—Todavía no —susurró.

Faltaban dos semanas para la fecha prevista.

Thomas respondió con un movimiento firme.

Emma apoyó una mano sobre el vientre.

—Supongo que nunca tuviste intención de obedecer calendarios.

Una nueva contracción llegó antes de que pudiera levantarse.

Esta vez el aire escapó de sus pulmones.

La puerta del dormitorio se abrió.

Evelyn apareció con una bata sobre el camisón y el cabello plateado recogido de cualquier manera. A sus setenta y cuatro años conservaba la extraña capacidad de despertar antes de que alguien la llamara.

Observó a Emma.

Después miró el reloj.

—¿Cada cuánto?

—La primera fue hace unos minutos.

—¿Y la segunda?

—Ahora.

Evelyn encendió la lámpara.

—Entonces vamos a prepararnos.

No había miedo en su voz.

Emma agradeció aquella serenidad hasta que vio sus manos.

Temblaban.

—Evelyn.

La mujer mayor abrió el armario y sacó la bolsa que llevaba preparada desde el séptimo mes.

—No empieces.

—Estás asustada.

—He pasado meses esperando este momento. Tengo derecho a estarlo.

—Tú me dijiste que el parto no era una emergencia.

—También te dije que no buscaras síntomas en internet y no me escuchaste.

Emma intentó sonreír.

Otra contracción borró el gesto.

Evelyn llegó hasta ella y le sostuvo la mano.

—Respira.

Emma obedeció.

La presión se extendió por su espalda y descendió por sus piernas. Al mismo tiempo, una corriente cálida surgió bajo la piel de su vientre.

Las luces parpadearon.

Evelyn alzó la mirada.

—Eso no estaba en las clases de preparación.

—No.

—¿Thomas?

Emma asintió.

La energía volvió a moverse.

No era violenta. Se expandía desde el niño en círculos suaves, atravesando su cuerpo, la cama y las paredes. Afuera, la tormenta pareció responder. Un trueno hizo vibrar los cristales.

La pulsera brilló otra vez.

Esta vez Emma sintió algo al otro lado.

No una voz.

Una presencia.

—Zyren —susurró.

Evelyn apretó sus dedos.

—Entonces dile que se prepare también.

⁕

En Nexara no llovía.

El cielo sobre Zeythar permanecía despejado y las tres lunas proyectaban su luz sobre las nuevas estructuras de la ciudad. Las torres que antes flotaban separadas descendían cada noche unos metros más, acercándose a la superficie por decisión de sus habitantes.

Nexara había comenzado a renunciar a la perfección.

Los jardines crecían sin geometría programada. Las corrientes energéticas ya no eliminaban todas las variaciones de temperatura. Algunos ciudadanos habían solicitado viviendas individuales. Otros preferían permanecer juntos, incluso cuando no existía una razón funcional para hacerlo.

Habían descubierto que desear compañía era una razón suficiente.

Zyren se encontraba en la antigua Cámara del Consejo cuando la pulsera ardió alrededor de su muñeca.

Se levantó de inmediato.

Xantheris dejó de hablar frente a la proyección que compartían.

—¿Qué ocurre?

Zyren no respondió.

La segunda pulsación llegó con tanta fuerza que tuvo que sujetarse al borde de la mesa.

No era dolor.

Era el eco de un dolor distante, transmitido a través de una conexión que los sistemas nexarianos continuaban declarando imposible.

Emma.

Zyren cerró los ojos.

Sintió su respiración acelerada.

La contracción de sus músculos.

Su miedo.

Y, debajo de todo aquello, un latido rápido que no pertenecía a ella.

—Thomas —dijo.

Xantheris apagó la proyección.

—¿Ha comenzado?

Zyren miró las tres lunas a través del ventanal.

⁕

En la Tierra habían transcurrido casi cuatro meses desde la última vez que escuchó la voz de Emma.

En Nexara no había pasado ni una estación completa.

La diferencia temporal entre ambos mundos continuaba intacta. Cada año transcurrido allí equivalía a siete en la Tierra, como si el universo insistiera en transformar la distancia en algo todavía más cruel.

Para Emma, su ausencia había ocupado el final completo de un embarazo.

Para Zyren, el recuerdo de su despedida aún conservaba la cercanía de unas pocas semanas.

Y su hijo estaba a punto de nacer sin él.

La pulsera volvió a arder.

Zyren colocó una mano sobre ella.

—Llévame a la cámara de enlace.

Gabe llegó a la casa doce minutos después de la llamada.

Cloe apareció cuatro minutos más tarde, con el abrigo mal cerrado y dos zapatos distintos.

—No digan nada —advirtió al entrar—. Estaba oscuro.

Gabe tomó la bolsa de Emma mientras Evelyn la ayudaba a ponerse el abrigo.

—El automóvil está listo.

—No necesito una escolta —dijo Emma.

—No es una escolta.

A través de la puerta abierta vio tres vehículos negros estacionados bajo la lluvia.

—Gabe.

—La prensa lleva dos semanas frente a la clínica.

—Eso parece una escolta.

—Es una ruta protegida.

Cloe se acercó a Emma y observó su vientre.

—¿Cómo estás?

—A punto de descubrir por qué todas las mujeres que han pasado por esto se niegan a describirlo con precisión.

—Porque si lo hicieran, la humanidad terminaría en una generación.

Emma soltó una risa que se convirtió en un gemido.

Gabe dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de tocarla.

Había aprendido.

—¿Qué necesitas?

La pregunta sencilla consiguió tranquilizarla más que cualquier promesa de protección.

—Llegar a la clínica.

—Entonces eso haremos.

Charles los esperaba allí.

Emma lo encontró junto a la entrada reservada, bajo el techo que protegía de la tormenta. Parecía haber envejecido durante los últimos meses. Su cabello era casi completamente blanco y se apoyaba en un bastón que antes se negaba a utilizar frente a ella.

No intentó acercarse.

—La doctora Serrat preparó una sala privada —informó—. El equipo que solicitaste está disponible. Nadie entrará sin tu autorización.

Emma asintió.

Charles bajó la mirada hacia su vientre.

Algo doloroso cruzó su expresión.

—Tu madre también llegó durante una tormenta —dijo.

Emma se detuvo.

—Nunca me lo contaste.

—Hay muchas cosas que debí contarte.

Una contracción le impidió responder.

Evelyn y Cloe la sostuvieron.

Charles retrocedió para permitirles pasar.

—Emma.

Ella volvió la cabeza.

—Estoy aquí —dijo él—. Aunque no tengas necesidad de mí.

Emma observó al hombre que había intentado controlar su vida y que ahora, por fin, comenzaba a entender que amar a alguien no garantizaba el derecho a ocupar todos sus espacios.

—Puedes esperar con los demás.

Charles cerró los ojos un instante.

—Gracias.

El trabajo de parto duró nueve horas.

Durante las primeras cuatro, Emma consiguió conversar entre las contracciones.

Cloe permaneció a su lado, llenando los silencios con historias absurdas sobre los clientes del Café Lumen.

Evelyn controlaba cada indicación médica como si la clínica le perteneciera.

Gabe esperaba fuera y recibía informes únicamente cuando Emma autorizaba que se los dieran.

Después el dolor dejó de permitir conversaciones.

La energía de Thomas aumentó con él.

Cada contracción hacía vibrar los instrumentos. Los monitores perdían la señal durante unos segundos y volvían a encenderse mostrando tres frecuencias superpuestas.

El corazón de Emma.

El corazón del niño.

Y una tercera pulsación que ningún dispositivo terrestre podía interpretar.

La doctora Serrat examinó las lecturas.

—Su ritmo cardíaco es estable.

—¿Y lo demás? —preguntó Emma.

—No sé qué es lo demás.

Emma sí.

Era el Pulso Original reconociendo al niño que había nacido de dos mundos.

La pulsera se encendió.

Un resplandor violeta recorrió las paredes y desapareció bajo la puerta.

En la sala de espera, todas las luces se apagaron.

La cámara de enlace había sido construida sobre el lugar donde el corredor se cerró.

Zyren permanecía en su centro.

A su alrededor, Xantheris y Lira ajustaban instrumentos que no habían registrado actividad desde la separación. Ninguno comprendía cómo la pulsera transmitía sensaciones a través de una estructura que ya no existía.

Zyren no necesitaba comprenderlo.

Sentía a Emma.

Cada oleada de dolor atravesaba su pecho sin herirlo. No experimentaba su intensidad física completa, pero recibía la huella emocional: agotamiento, temor, determinación.

Y soledad.

Eso era lo que no podía soportar.

—Emma —dijo, aunque sabía que ella no podía oírlo—. Estoy aquí.

La cámara respondió.

Una línea verde apareció en el aire.

Lira se acercó a los controles.

—No proviene de la pulsera.

—¿De dónde, entonces?

—Del niño.

La línea volvió a surgir y se extendió frente a Zyren como una grieta demasiado fina para atravesarla.

Durante una fracción de segundo escuchó lluvia.

Después, la voz de Emma.

No entendió las palabras. Solo oyó el esfuerzo en ellas.

Zyren avanzó.

—No intentes abrirlo —advirtió Xantheris—. Una conexión incompleta podría dañarlos a ambos.

—No voy a abrirlo.

Zyren extendió la mano hacia la línea.

—Solo necesito que sepa que no está sola.

Emma creyó que ya no podía continuar.

No lo dijo.

La idea apareció cuando la doctora le pidió que empujara nuevamente y su cuerpo respondió con un agotamiento tan profundo que incluso respirar parecía imposible.

Evelyn estaba junto a su cabeza.

—Mírame.

Emma lo hizo.

Durante un instante no vio a la mujer que había cuidado de ella desde niña.

Vio a alguien más joven, sosteniendo la mano de Charlotte en otra tormenta, muchos años atrás.

—Tu madre tuvo esa misma expresión —dijo Evelyn.

—¿Cuál?

—La de estar planeando cómo asesinar al padre.

Emma soltó una risa quebrada.

Las lágrimas aparecieron sin permiso.

—Él debería estar aquí.

Evelyn le apartó el cabello húmedo del rostro.

—Está intentando llegar.

La pulsera ardió.

Emma dejó de escuchar las voces de la sala.