Capítulo 37. El hombre que permaneció
Durante las primeras noches después de regresar a la Tierra, Emma durmió con las cortinas abiertas.
Necesitaba ver el cielo.
No porque esperara encontrar tres lunas sobre Elarin.
Sabía que no aparecerían.
Necesitaba confirmar que seguía existiendo uno.
Algunas madrugadas despertaba convencida de que estaba en la casa suspendida sobre Zeythar. Extendía una mano hacia el lado vacío de la cama y tardaba varios segundos en recordar por qué Zyren no estaba allí.
Entonces veía el cielo azul comenzando a aclararse detrás de la ventana.
El dolor regresaba.
Nunca de la misma manera.
A veces era una presión silenciosa detrás del esternón. Otras, una ausencia tan física que Emma tenía que levantarse y caminar por la habitación para convencerse de que aún poseía un cuerpo capaz de sostenerla.
La tercera pulsación siempre respondía.
Thomas todavía era demasiado pequeño para moverse, pero su energía brillaba bajo la piel de Emma cuando la tristeza se volvía insoportable.
Ella colocaba una mano sobre el abdomen.
—Estoy bien —susurraba.
No sabía si se lo decía a él.
O a Zyren.
El brazalete nexariano permanecía apagado durante el día. Cada noche, emitía un destello violeta.
Solo uno.
Emma respondía tocando el primer círculo.
La luz se volvía dorada.
No podían hablar.
No podían verse.
Pero durante algunos segundos, la distancia dejaba de parecer absoluta.
Zyren estaba vivo.
Eso debía ser suficiente.
Todavía no lo era.
Poco después de regresar a la Tierra, Emma se instaló en una pequeña casa cerca de Evelyn. Había amado vivir con ella desde su llegada a Elarin, pero ahora necesitaba un espacio propio donde reconstruir su vida y prepararse para la llegada de Thomas.
Evelyn respetó aquella independencia durante menos de un día.
Después se mudó con Emma sin preguntarle.
Llegó con cuatro maletas, dos cajas de recetas familiares y una lista de alimentos que, según ella, toda mujer embarazada debía consumir, aunque Emma no pudiera soportar el olor de la mitad.
Charles ocupó la habitación de invitados durante las primeras dos semanas.
Después Emma le pidió que dejara la habitación de invitados y se instalara en la posada mientras permaneciera en Elarin.
No porque no lo quisiera cerca.
Porque necesitaba demostrarle que amarlo no significaba permitir que volviera a organizar su vida.
Charles aceptó.
Aparecía cada mañana de todas formas.
Llevaba fruta, libros sobre embarazos y dispositivos médicos que Emma no había solicitado. Preguntaba antes de entrar. Esperaba una respuesta.
Era un progreso.
El observatorio permaneció cerrado mientras reparaban los daños provocados por el corredor.
Oficialmente, una descarga eléctrica había destruido parte de la estructura.
Las demás anomalías se atribuyeron a fallas eléctricas, fenómenos atmosféricos e incidentes tecnológicos.
Carter International y Hankins Industries protegieron los registros y mantuvieron el observatorio bajo propiedad privada.
Solo Emma, Zyren, Thomas, Charles, Gabe, Cloe y Evelyn conocían toda la verdad.
Alaric había conocido fragmentos, pero nunca comprendió por completo Nexara ni a Vharos.
Nadie explicó por qué varios habitantes de Elarin juraban haber visto tres lunas sobre el pueblo aquella noche.
Las fotografías tomadas desde los teléfonos aparecieron borrosas.
Los videos solo contenían interferencias.
Durante una semana, las redes se llenaron de teorías.
Un fenómeno atmosférico.
Un experimento militar.
Una campaña publicitaria.
El fin del mundo.
Después surgió otro escándalo y todos dejaron de hablar del cielo.
Gabe no.
Pasaba las mañanas atendiendo las empresas Hankins desde la posada y las noches trabajando con Charles en el observatorio.
Había importado nuevos sistemas, contratado a especialistas bajo acuerdos de confidencialidad y adquirido los terrenos alrededor de la montaña para impedir que alguien se acercara.
Cuando Emma le preguntó cuánto había costado, respondió que era irrelevante.
Ella supuso que significaba una cantidad obscena.
Cloe regresó al Café Lumen.
También aparecía en el observatorio casi todas las noches.
Decía que solo iba porque nadie más sabía diferenciar la frecuencia de Thomas de una imitación.
Vharos había desaparecido.
Aun así, Cloe continuaba buscando ausencias entre cada señal.
Gabe continuaba esperando que ella las encontrara.
Ninguno mencionó la confesión realizada durante la batalla.
Tengo miedo de importarte menos de lo que tú ya me importas.
Cloe actuaba como si nunca hubiera pronunciado aquellas palabras.
Gabe respetaba el silencio con una rigidez demasiado cuidadosa.
Emma los observaba.
Esperaba.
Ya había aprendido que algunas emociones necesitaban tiempo antes de poder nombrarse.
Tres meses después, Emma volvió a la clínica.
Su embarazo comenzaba a notarse.
La doctora responsable intentó reducir sus horas. Emma le recordó que estaba embarazada, no enferma, y negoció un horario que ambas consideraron injusto por razones opuestas.
Volver la ayudó.
En la clínica, nadie la llamaba Portadora.
Nadie hablaba de frecuencias ni de destinos.
Los pacientes necesitaban vacunas, curaciones y alguien que escuchara dónde les dolía.
Emma retomó los cursos necesarios para solicitar el ingreso a medicina. Estudiaba por las noches con la esfera de Zyren sobre el escritorio.
Todavía no había reproducido todos los mensajes.
Escuchaba uno cada semana.
El primero explicó quién era Zyren.
El segundo describió Nexara.
El tercero contó cómo encontró a Emma.
—Tu madre afirma que la seguí —decía su voz—. Yo realizaba observaciones necesarias para comprender el comportamiento humano. Con el tiempo descubrí que ambas afirmaciones podían ser ciertas.
Emma rio y lloró al mismo tiempo.
En el mensaje número siete, Zyren le explicó a Thomas cómo eran las tres lunas.
A la mayor la llamaban Ilyra.
La segunda, Vaenis.
La menor, Elara.
Emma escribió los nombres en un cuaderno para no olvidarlos.
En el mensaje número doce, Zyren permaneció en silencio durante diecisiete segundos antes de hablar.
—Hoy no sé qué decirte. Tu madre duerme junto a mí y temo que cuando escuches esto hayan pasado años desde la última vez que pude verla. Quiero conservar este instante sin convertirlo en una despedida.
Emma tuvo que detener la grabación.
No escuchó otro mensaje durante dos semanas.
La prensa descubrió el embarazo en el quinto mes.
Emma salía de una consulta acompañada por Gabe cuando un fotógrafo captó el momento en que él colocaba una mano sobre su espalda para ayudarla a bajar un escalón.
La imagen apareció esa misma tarde.
GABE HANKINS Y EMMA CARTER: ¿EL ROMANCE QUE SUS FAMILIAS SIEMPRE PLANEARON?
Debajo publicaron fotografías antiguas de ambos en galas, cenas benéficas y reuniones corporativas. También recuperaron rumores sobre el acuerdo matrimonial que las familias Carter y Hankins nunca habían anunciado oficialmente.
Al día siguiente apareció un segundo titular:
¿BODA SECRETA O HEREDERO FUERA DEL MATRIMONIO?
Una revista aseguró que Emma y Gabe habían mantenido una relación clandestina durante años. Otra afirmó que el embarazo había obligado a las familias a retomar un compromiso roto.
Nadie mencionó a Zyren.
Para el mundo, nunca había existido.
Emma estaba en la cocina de su casa cuando Cloe dejó caer tres revistas sobre la mesa.
—Felicidades —dijo—. Al parecer, tendrás la boda del año.
Emma observó las portadas.
—Gabe va a incendiar una redacción.
—No. Su equipo legal lo hará mientras él observa desde una oficina sin plantas.
Cloe abrió una de las revistas.
Habían colocado una fotografía de Gabe abrazando a Emma frente al Café Lumen el día que llegó a Elarin.
La imagen de Zyren junto a la ventana había sido recortada.
—Según esta fuente anónima, ustedes nunca dejaron de amarse.
—La fuente anónima probablemente es alguien que leyó otra revista.
—También dicen que el bebé heredará dos de las mayores fortunas de Veymont.
Emma cerró la publicación.
—Thomas no heredará nada de Gabe.
—Lo sé.
La respuesta fue demasiado rápida.
Emma observó a su amiga.
Cloe evitó su mirada y caminó hacia la cafetera.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Cloe.
—Estoy pensando si debo cobrarte el café ahora que vas a casarte con un billonario.
—No voy a casarme con Gabe.
—Eso también lo sé.
—Entonces, ¿por qué estás molesta?
—No estoy molesta.
—Trajiste revistas desde la cafetería para demostrarme que no estás molesta.
Cloe llenó una taza.
—Me parece irritante que puedan inventar una relación completa porque un hombre ayuda a una mujer a bajar un escalón.
—Estás celosa.
El café se derramó sobre la mesa.
Cloe dejó la cafetera.
—Eso es absurdo.
—¿De mí?
—No.
La palabra escapó antes de que pudiera detenerla.
Emma sonrió lentamente.
—De lo que todos creen que Gabe siente por mí.
—No estoy celosa.
—Claro.
—Sé que Thomas es hijo de Zyren. Sé que Gabe te considera su familia y sé que el acuerdo entre ustedes terminó antes de que llegaras a Elarin.
—Sabes muchas cosas para alguien que no está celosa.
Cloe tomó un paño y limpió el café con demasiada fuerza.
—Solo digo que podría aclararlo.
—¿Quién?
—Gabe.
Emma comprendió.
—Quieres que niegue públicamente que estamos juntos.
—Quiero que deje de aparecer como el padre perfecto de un hijo que no es suyo.
La frase salió más dura de lo que Cloe pretendía.
Se quedó inmóvil.
Emma no se ofendió.
—Gabe estará presente en la vida de Thomas.
—Lo sé.
—Lo ayudará a crecer.
—También lo sé.
—Y eso te asusta.
Cloe soltó el paño.
—No me asusta Thomas.
—Te asusta que Gabe ya tenga una familia completa y que tú siempre permanezcas fuera de ella.
Los ojos grises se alzaron.
Por primera vez, no contenían ninguna broma.
—No sé cómo entrar en una familia como la de ustedes.
—Abriendo puertas cerradas parece funcionarte bastante bien.
Cloe soltó una risa débil.
Emma tomó su mano.
—No tienes que competir conmigo. Ni con Charles. Ni con Thomas.
—Gabe no ha dicho que quiera algo conmigo.
—¿Le has dado la oportunidad?
Cloe apartó la mirada.
—Eso sería inconveniente.
—La mayoría de las cosas importantes lo son.