Capítulo 34. Lo que quedará de nosotros
Zyren grabó treinta y siete mensajes para su hijo antes de que Emma descubriera lo que estaba haciendo.
Los encontró en el jardín, sentado frente a una pequeña esfera de cristal. Las plantas luminosas se inclinaban hacia él mientras hablaba y cambiaban de color con cada variación de su voz.
Emma permaneció junto a la entrada.
Zyren no la había escuchado llegar.
—Registro treinta y siete —dijo—. Si estás recibiendo este mensaje, significa que has preguntado por qué no puedo acompañarte en la Tierra.
Hizo una pausa.
La esfera conservó el silencio.
—No fue porque no quisiera hacerlo.
Las líneas bajo su piel se apagaron lentamente.
—Tu madre y yo tuvimos que cerrar el corredor entre nuestros mundos. Ella debía regresar a la Tierra para protegerte y yo debía permanecer en Nexara para impedir que la puerta volviera a destruirlos.
Emma sintió que se le cerraba la garganta.
—No quiero que creas que elegí Nexara por encima de ti. Tampoco quiero que culpes a tu madre por la decisión. La elegimos juntos porque amarte significaba darte la oportunidad de crecer sin que dos planetas intentaran utilizarte.
Zyren bajó la mirada hacia sus manos.
—No sé cuánto tiempo habrá pasado cuando escuches esto. Tal vez aún seas un niño. Tal vez hayas crecido y decidido que no deseas conocerme.
Su voz se quebró.
Apenas.
—Ese derecho también te pertenece.
Emma entró en el jardín.
Zyren levantó la cabeza.
La esfera dejó de grabar.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Lo suficiente.
Él cerró la mano sobre el cristal.
—Pretendía enseñártelos cuando estuvieran completos.
—¿Treinta y siete mensajes no son suficientes?
—No.
—¿Cuántos pensabas grabar?
—No he determinado una cantidad final.
Emma se sentó junto a él.
—¿Qué dicen los otros?
Zyren observó la esfera.
—El primero explica quién soy.
—Eso podría necesitar varios archivos.
—El segundo describe Nexara.
—También.
—El tercero cuenta cómo te encontré.
Emma sonrió.
—¿Le dijiste que apareciste en mis sueños antes de presentarte?
—Sí.
—¿Y que me seguiste por Elarin?
—Realizaba observaciones.
—Me seguiste.
—La distinción es importante.
—No para una orden de alejamiento terrestre.
Zyren no comprendió la referencia, pero reconoció el tono.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
Emma apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Qué más le dijiste?
—Cómo es el cielo de Nexara. El sonido de los mares durante la noche. Los nombres de las tres lunas.
—¿Tienen nombres?
—Por supuesto.
Emma levantó la cabeza.
—Llevo semanas preguntándote cosas sobre este planeta y nunca mencionaste que las lunas tenían nombres.
—No preguntaste.
—A veces eres desesperante.
—También grabé esa observación.
Ella intentó quitarle la esfera.
Zyren la levantó fuera de su alcance.
—¿Qué dijiste exactamente?
—Que su madre utiliza la palabra desesperante cuando no quiere admitir que tengo razón.
Emma se puso de puntitas para alcanzarla.
—Borra eso.
—El registro ya fue almacenado.
—Zyren.
Él dejó que tomara la esfera.
Emma la sostuvo contra su pecho.
—Ahora quiero escuchar los treinta y siete.
—Algunos son privados.
—¿Privados entre tú y nuestro hijo?
—Sí.
—Estoy cargando a tu interlocutor dentro de mi cuerpo.
Zyren consideró el argumento.
—Eso presenta un conflicto de privacidad que no había evaluado.
Emma rio.
Después miró la esfera.
La alegría se transformó lentamente en tristeza.
—¿Grabaste uno para cuando sea adulto?
—Siete.
—¿Y para cuando se enamore?
—Tres.
—¿Qué sabes tú sobre aconsejar a alguien enamorado?
—He reunido información significativa.
Emma arqueó una ceja.
Zyren tocó su rostro.
—Le dije que el amor no siempre llega como una certeza. A veces comienza como una alteración que intentas explicar, después como una necesidad que te niegas a reconocer y finalmente como una persona sin la cual ya no comprendes quién eras.
Los ojos de Emma se llenaron de lágrimas.
—Eso fue muy hermoso.
—Lo revisé veintidós veces.
—Eso lo hace un poco menos hermoso.
—Puedo eliminar esa información del registro.
Ella sonrió y lo besó.
Las plantas del jardín cambiaron a un tono dorado.
Zyren miró hacia ellas.
—Reaccionan a la actividad emocional.
—Lo sé.
—Antes permanecían violetas.
—Tal vez nunca habías besado a nadie aquí.
—Nunca había besado a nadie en ninguna parte antes de ti.
Emma apoyó la frente contra la suya.
Quedaban dos días.
Habían acordado no contarlos en voz alta.
Aun así, cada silencio parecía conocer la cifra.
—Quiero grabar uno contigo —dijo ella.
Zyren activó la esfera.
La luz del cristal los rodeó.
Emma se acomodó frente a él.
—¿Qué debemos decir?
—Lo que quieras que sepa.
Emma colocó una mano sobre su abdomen.
—Hola, Thomas.
La tercera pulsación respondió con tanta suavidad que solo Zyren pareció percibirla.
Su mano cubrió la de Emma.
—Todavía no sabemos si ese será tu nombre —continuó ella—. Tampoco sabemos cuándo escucharás esto. Pero queremos que conozcas una verdad antes de que alguien te hable de portales, frecuencias o destinos.
Miró a Zyren.
—Tú no nos debes nada.
Él asintió.
—No naciste para reparar nuestra separación —añadió—. No eres responsable de reunirnos.
—Si algún día decides intentarlo, te ayudaremos —dijo Emma—. Pero si eligeses una vida completamente diferente, también estaremos orgullosos de ti.
—Tu libertad es más importante que lo que ambos mundos esperen de tu energía.
Emma respiró lentamente.
—Y nunca fuiste un accidente.
La mano de Zyren se tensó sobre la suya.
—No planeamos cuándo llegarías —continuó—, pero fuiste concebido en una noche en la que tu padre y yo nos elegimos sin saber si tendríamos un futuro.
Zyren miró hacia el cristal.
—Eres la prueba de que lo tuvimos.
Emma desactivó la grabación.
No pudo contener las lágrimas.
Zyren las limpió con los dedos.
—No quiero que todos sus recuerdos de mí pertenezcan a una esfera —dijo.
—No será así.
—No podré sostenerlo cuando nazca.
—Encontraremos una forma de que te escuche.
—No sabré si está sano.
—Te enviaré señales siempre que pueda.
—No podré protegerlos.
Emma tomó su rostro.
—Gabe lo hará.
Zyren cerró los ojos.
—Lo sé.
—Evelyn estará conmigo. Charles también, si aprende a respetar límites antes de que yo pierda la paciencia.
—Y Cloe.
Emma soltó una risa.
—Cloe le enseñará cosas que ninguno de nosotros aprobará.
—Eso no resulta tranquilizador.
—Thomas tendrá muchas personas que lo amen.
—No será lo mismo.
—No —admitió Emma—. No lo será.
El dolor atravesó los ojos de Zyren.
Emma no intentó suavizar la verdad.
—Nadie podrá reemplazarte —continuó—. Ni quiero que lo haga. Pero no estaremos solos.
Él apoyó la frente contra la de ella.
—Prométeme algo.
—¿Qué?
—No conviertas la espera en tu vida.
Emma se apartó ligeramente.
—Zyren—
—Continúa estudiando. Conviértete en doctora. Regresa a la clínica. Ríe con Cloe. Discute con Gabe. Perdona a Charles si deseas hacerlo y enfádate con él cuando lo necesites.
—¿Y tú?
—Yo encontraré la manera de regresar.
—Eso no responde.
—Continuaré ayudando a Nexara a cambiar. Protegeré los registros de Thomas. Hablaré con ustedes incluso cuando no puedan escucharme.
Emma sintió que una lágrima descendía por su mejilla.
—¿Amarás a otra persona?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Zyren la miró con sorpresa.
Después algo parecido a una ofensa cruzó su rostro.
—No.
—No puedes saberlo.
—Lo sé.
—Podrían pasar años.
—Lo sé.
—No quiero pedirte que vivas solo.
—No estaré solo.
Zyren colocó una mano sobre el corazón de Emma.
—Existirán dos pulsos fuera de mi alcance. Eso no significa que dejen de formar parte de mí.
—Eso fue demasiado romántico para ti.
—También lo revisé veintidós veces.
Emma se rio mientras lloraba.
Él la besó.
No con urgencia.
Con una ternura que resultó más difícil de soportar.
Lira llegó al caer la noche.
No llevaba armadura ni la túnica plateada del Consejo. Vestía una prenda azul oscuro cubierta por pequeños fragmentos de cristal.
En las manos sostenía dos brazaletes.
—Estos pertenecieron a mis antepasados —dijo.
Emma observó las piezas. Cada una estaba formada por tres círculos entrelazados.
—¿Qué son?
—Una promesa de vínculo.
Zyren se puso de pie.
—Esa ceremonia dejó de practicarse hace siglos.
—Muchas cosas dejaron de practicarse cuando decidimos que el afecto era una deficiencia.
Lira colocó los brazaletes sobre una mesa.
—Los nexarianos no tenían matrimonios como los humanos. Dos personas elegían compartir sus memorias esenciales para que ninguna pudiera abandonar el vínculo fingiendo que nunca había existido.
Emma tocó uno de los círculos.
—¿Compartían todos sus recuerdos?
—Solo aquellos que decidían entregar.
Zyren observó los brazaletes.
—La unión no puede deshacerse.
—Los objetos pueden retirarse —explicó Lira—. La memoria compartida permanece.
Emma comprendió por qué los había llevado.
—No necesitamos una ceremonia para saber lo que somos.
—No —respondió Lira—. Pero tal vez necesiten un recuerdo que la distancia no pueda alterar.
Zyren miró a Emma.
—La decisión es tuya.
Ella tomó uno de los brazaletes.
—Nuestra.
Celebraron la promesa bajo las tres lunas.
No hubo consejeros.
No hubo ciudadanos arrodillados ante la Portadora ni científicos registrando la tercera frecuencia.
Solo Lira y Xantheris como testigos.
Orel asistió porque insistió en que cualquier intercambio energético durante el embarazo requería supervisión médica. Nadie logró convencerlo de que no era una consulta.
La plataforma elegida flotaba sobre el mar.
Las corrientes bioluminiscentes se extendían bajo ellos como galaxias sumergidas. Sobre el horizonte, Zeythar brillaba entre torres que habían comenzado a reconstruirse.
Emma vestía de blanco.
La prenda nexariana se ajustaba a su cuerpo sin ocultar las pequeñas transformaciones que ella todavía no podía ver pero que Zyren parecía detectar cada mañana.
Él vestía de negro.
No llevaba la armadura de comandante.
Emma se alegró.
Quería recordar al hombre.
No al soldado.
Lira colocó los brazaletes sobre sus muñecas.
—El vínculo no exige obediencia —dijo—. No concede posesión ni convierte dos vidas en una. Conserva aquello que ambos decidan entregar.
Los tres círculos comenzaron a girar.